La coevolución del Ejército Popular y del Ejército Nacional

 

lamujerenelejercitodelpuebloLa mujer en el Ejército del Pueblo. Una de las muchachas valencianas militarizadas. Esta presta servicio como chófer, y conduce un coche de Milicias. Crónica, 15 de noviembre de 1936.

 

Entre los conductores de tanques hay muchos obreros cuya profesión anterior a la guerra era la de taxista.

Estampa, 1 de mayo de 1937

 

Un sistema de fortificaciones realmente efectivo fue trazado por el ejército republicano en julio de 1938 al norte de la ciudad de Valencia, y demostró ser inexpugnable durante toda una terrible semana a los repetidos ataques del ejército faccioso (luego la atención se trasladó al norte, al Ebro). Al final la llamada línea XYZ de defensa de Valencia nunca fue tomada por la fuerza. Consistía en un laberinto de trincheras de kilómetros de profundidad, que aprovechaba todos los recovecos del terreno y hacía uso en cantidad de un material inventado para el control del ganado pero que terminaría siendo también usado contra los seres humanos, el alambre de espino. Un terreno fortificado de esta manera es poco vulnerable a los ataques, pues no consiste en murallas y edificios que se puedan derribar, sino de excavaciones en el terreno difíciles de destrozar por completo. El laberinto de trincheras y alambre de espino garantizaba la agonía de las fuerzas atacantes. El sistema era de origen muy antiguo –”enterrad a mis milicianos hasta el cuello, y lucharán como los mejores”, había dicho un general norteamericano de las fuerzas de la revolución– y había sido desarrollado extensamente en el frente occidental durante la Gran Guerra. Permitía a ejércitos más débiles detener el avance de fuerzas mayores y dotadas de mejor armamento.

La parte más débil era en este caso el Ejército Popular de la República, que cumplía por entonces dos años justos compitiendo por la hegemonía militar con el Ejército Nacional de los facciosos. Las dos organizaciones terminaron teniendo un tamaño enorme, del orden de un millón de efectivos por cada lado y evolucionaron en paralelo durante toda la guerra (coevolucionaron en términos técnicos) a través de constantes interacciones que causaron en total un cuarto de millón de muertos y más de un millón de heridos. Los dos Ejércitos tenían un origen común, el Ejército español de antes de la guerra. El EN se declaró heredero universal del viejo ejército, lo agrandó y fortaleció y lo convirtió después de la guerra en el nuevo Ejército español que ha llegado a nuestros días muy empequeñecido pero conservando un sistema básico de regimientos que se remontan en algunos casos al siglo XVI. De manera parecida a los militares profesionales británicos, para quienes el cataclismo de la primera y segunda guerras mundiales fue poco más que “otro episodio de la historia del regimiento”, para los militares profesionales españoles el cataclismo de la guerra civil fue “la presente campaña”, otra más entre muchas. Esta expresión no se usó en las filas republicanas, para quienes la guerra sí era un penoso cataclismo. El EPR rechazó toda relación con el antiguo Ejército español: sin contar detalles como el saludo, las insignias o los comisarios políticos, la displicina del EPR no era la “disciplina cuartelera” del viejo ejército, sino la libremente aceptada por los soldados del pueblo, bien lejos en teoría de los supuestos autómatas sometidos al látigo de los oficiales fascistas en el otro lado.

A medida que la guerra avanzaba, esta romántica imagen perdió fuerza, mientras los oficiales del EPR usaban la pistola cada vez con más frecuencia para prevenir deserciones y estimular el valor militar de su gente. Hacia el último tercio de la guerra, tanto el EN como el EPR eran enormes organizaciones compuestas en su mayoría por conscriptos forzosos que habrían preferido estar en otra parte. El EN acabó metódicamente con la resistencia del EPR, que desapareció el 1 de abril de 1939, aunque su espíritu fue reivindicado por el maquis que funcionó hasta finales de la década de 1950. Después de la Transición, algunos viejos militares del EPR consiguieron que les reconocieran sus grados o alguna pensión, pero para la mayoría aquello llegó tarde.

Un año antes de la exitosa defensa de la línea XYZ, el EPR atacó en  Brunete, por primera vez con un gran ejército completo, en teoría bien entrenado y armado. Fue una gran decepción. Tras varios días de lucha y varios millares de muertos, aparentemente el nuevo Ejército Popular no había ganado, pero tampoco había perdido. En realidad fue una derrota aplastante, que demostró que la maquinaria militar que podía activar la República –a la altura del verano de 1937– no estaba a la altura de la que podía poner en pie la España Nacional.

Seguramente el EPR de Brunete habría podido derrotar a las fuerzas facciosas del verano de 1936, pero éstas habían evolucionado mucho en un año, y habían conservado de alguna forma su ventaja inicial. En realidad se trató de una carrera de evolución paralela entre dos fuerzas armadas en la que el Ejército Popular siempre estuvo por detrás del Ejército Nacional. La diferencia abrumadora del principio parece que se fue recortando paulatinamente, como demuestran las tablas del Jarama y Guadalajara. En Brunete, el Gobierno republicano creyó que había alcanzado la paridad, erróneamente como se demostró allí y se confirmó semanas después en Belchite.

El EPR funcionó durante toda la guerra como un involuntario suministrador de armamento para el EN. Éste, además de los remanentes de las existencias de armamento de julio de 1936, la fabricación propia y las importaciones, tenía una cuarta fuente de suministro en el armamento capturado al ejército republicano. Era una aportación considerable al poder militar nacionalista. Los primeros carros soviéticos T-26 capturados sirvieron ya en la batalla del Jarama en las filas nacionales, y al terminar 1938 equipaban varias unidades, con un total de más de 80 tanques. Se ha estimado la importancia del armamento republicano en los arsenales nacionales en un extraordinario 30% del total[183] aunque seguramente esta cifra incluye material incautado en el proceso de desarme del ejército rojo de finales de marzo de 1939.  El EPR obtuvo muy poco material por el procedimiento de quitárselo al enemigo, y la única excepción fue la batalla de Guadalajara, en la que bastante armamento italiano, especialmente vehículos, cayeron en sus manos.
La escasez de armamento afectó gravemente al EPR durante toda la guerra. A finales de 1938, el servicio de recuperación de armamento del EN informó que ya casi no se recogían vainas de cartuchos de fusil en el frente. El misterio se resolvió cuando comenzaron a aparecer cadáveres de soldados republicanos con una bolsa de tela al lado, utilizada para recoger las vainas de los cartuchos disparados, lo que indicaba una gran penuria de munición. Los mismos servicios de información podían saber con precisión las unidades republicanas que tenían enfrente analizando sus abigarradas mezclas de armamento, que daba a cada división o brigada una huella característica. La 38 División republicana informó oficialmente a mediados de 1938 de sus necesidades de cartuchos de fusil al CE del Centro, en un estadillo que incluía ocho calibres distintos.

La composición “étnica” de los dos ejércitos era bastante distinta. Se podría decir que la famosa contienda fratricida enfrentó en realidad a gallegos, castellanos y navarros contra catalanes, valencianos, asturianos  y madrileños, con el resto de las nacionalidades españolas más repartidas (como Aragón o el País Vasco) o dominadas tempranamente por el ejército nacional, como Extremadura y Andalucía.

El 25 de agosto de 1937 parte  de las fuerzas del EPR que avanzaban hacia Zaragoza se vieron detenidas en el pueblo de Codo por una unidad catalana que defendió fieramente su posición. Era extraño ver catalanes en el ejército nacional, como lo era ver sorianos en el ejército republicano. Pero ambas unidades existieron, el Tercio de Montserrat y el Batallón Numancia respectivamente. El Batallón Numancia era además el único representante más o menos oficial de Navarra en ejército republicano, pues incluía “milicias sorianas y riojanonavarras[184]”. El Tercio de Montserrat llevaba sobre sí una pesada carga: representar diganamente a Cataluña en las filas de ejército nacional. Muchos de sus componentes habían pasado la frontera hacia Francia y de ahí hacia Irún y la zona nacional. Hablaban catalán y fueron diezmados repetidamente, pues el mando nacionalista los consideraba como tropas de choque.

Para los observadores internacionales, estaba claro que ninguno de los dos ejércitos enfrentados tenían mucha calidad, y que la guerra era demasiado pequeña y primitiva como para sacar de ella ninguna enseñanza práctica de cara a la guerra de verdad que se avecinaba. Algunos generales franquistas compartían la primera opinión, y parece ser que uno de ellos exclamó en cierta ocasión “menos mal que los rojos son todavía peores que nosotros”.

 

[183] Las armas de la Guerra Civil española. José María Manrique García y Lucas Molina Franco. La Esfera de los libros. Madrid, 2006.
[184] La Voz, 23 de octubre de 1936)

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