“El bombardero siempre pasará”

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Un Fairey Hendon de la fuerza aérea británica a mediados de la década de 1930.

 

El primer ministro Stanley Baldwin, sin duda influenciado por el atroz bombardeo de Chapei por la marina japonesa unos meses atrás, formuló en el Parlamento en noviembre de 1932 lo esencial de la doctrina aérea británica: “Creo que es mejor que el hombre de la calle sea consciente de que no hay poder en la tierra que pueda impedir que sea bombardeado. Independientemente de lo que puedan decirle, el bombardero siempre atravesará las defensas[i]”. Sin duda completamente ignorante de las hazañas de la RAF en Asia y África sobre los indígenas, Baldwin pensaba que los ataques aéreos sobre blancos civiles podían significar el fin de la civilización. Al igual que la dama victoriana que lamentaba que la teoría darwinista se hubiera hecho pública, llegó a declarar que habría deseado que nunca se hubiera inventado el arte de volar. Sus siguientes palabras repitieron “el mensaje bajado por Trenchard de las alturas y grabado a fuego en el alma de todo oficial de la Fuerza Aérea[ii]”: “La única defensa es la ofensiva, lo que significa que tenemos que matar más mujeres y niños más deprisa que el enemigo si queremos salvarnos”.

Las exhibiciones aéreas de Hendon dejaron de mostrar las escenas de aviación colonial habituales –que incluyeron en 1922 el ataque a un “fuerte nativo” y en 1927 el rescate simulado de mujeres y niños blancos de las manos de indígenas hostiles– y comenzaron a mostrar escenas de bombardeo aéreo de ciudades. La paridad con la renacida fuerza aérea alemana se convirtió en una obsesión. Mientras la Luftwaffe exageraba sus efectivos haciendo desfilar sobre las ciudades alemanas hasta un 90% de su fuerza, la RAF intentaba seguir su ritmo a través de sucesivos planes de rearme aéreo, más o menos como actuaron los Estados Unidos y la Unión Soviética durante la Guerra Fría. Un fruto de estos planes fue el Fairey Hendon, un bombardero ya monoplano y compacto, precedesor de los Lancaster, Halifax y Stirling.

En 1937 se dió publicidad al “precio de la paz”, la astronómica cifra de 1.500 millones de libras, de los que la aviación se llevaba un buen pellizco –“30 libras y 11 chelines por cada hombre, mujer y niño[iii]” . En la pesada atmósfera de la Cámara de los Comunes, con Neville Chamberlain desgranando la lista de la compra –un acorazado, 8 millones de libras, un bombardero, 50.000 – la oposición laborista se revolvió inquieta en sus escaños, y acusó al gobierno de “preparar la guerra en vez de consolidar la seguridad colectiva”. Una buena parte de la opinión pública estaba a favor del desarme general, y una minoría era incluso pacifista, como el canónigo Charles Raven, que proclamó que era “absolutamente inconcebible que Cristo pudiera pilotar un bombardero”. Sus críticos arguyeron inmediatamente que también era imposible imaginar a Jesucristo conduciendo un coche o actuando en una película de Walt Disney. Mientras tanto, el rearme continuaba su marcha pesada pero firme. El precio del cobre en la Bolsa de Metales se duplicó. Era de 35 libras, 7 chelines y seis peniques la libra en febrero de 1936. Un año después el precio era de 73 libras y 10 chelines.

[i] CROUCH, T.D.: Wings. A History of Aviation from Kites to the Space Age. Smithsonian NASM & W. W. Norton & Co. ( 2003)

[ii] TERRAINE, J.: The Right of the Line. The Royal Air Force in the European War 1939-1945. Wordsworth ( 1997)

[iii] The Illustrated London News, p.119

 

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