Día D, Hora H

Estampa, 21 de agosto de 1937

 

 

CÁDIZ: veraneo ideal y económico
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Heraldo de Madrid, 20 de julio de 1936

 

 

Desde el punto de vista administrativo, la guerra civil española comenzó el domingo 19 de julio de 1936 a las 5,00 de la madrugada. Fue entonces cuando el Ejército declaró el estado de guerra en las principales ciudades de la Península. Elegir la madrugada de un domingo demuestra la inteligencia de los planificadores militares, al ser el día y la hora en que el espíritu humano está más desguarnecido. El descanso dominical obligatorio de los trabajadores llevaba apenas 30 años en vigor, con un lado malo que era el cierre obligatorio de las tabernas ese día, que felizmente apenas llegó a cumplirse.

En realidad el 19 a las 5 a.m. fue el momento cumbre de un golpe de estado que había empezado fortuitamente la tarde del viernes 17 en Melilla, al ser descubiertos los conspiradores antes de tiempo. Parece ser que Mola había establecido en su manual de operaciones que en Marruecos la sublevación comenzara el sábado 18 de madrugada. El resultado final fue que lo que empezó la tarde del 17 en África se propagó como un incendio en un rastrojo por todo el Protectorado, saltó el Estrecho e invadió Andalucía el 18 –el día que quedó para dar nombre al Régimen franquista– vía Cádiz y Sevilla, remontó hacia el norte por Valladolid hasta el momento crucial de la madrugada del 19 en Pamplona, Zaragoza y Barcelona, chisporroteó en amagos e indecisiones en Oviedo, Valencia, Almería y otras capitales y terminó hacia el 21 o el 22, cuando la fase del golpe de estado terminó y comenzó la de guerra abierta.

Que la hora fuera la misma en todo el país era un triunfo de la civilización que ya casi nadie tenía en consideración. Los más viejos podían recordar que a finales del siglo XIX todavía cada localidad tenía su hora propia, que a veces no coincidía ni de cerca con la de la localidad vecina. El ferrocarril y sus horarios, y el telégrafo habían hecho mucho en la práctica por unificar la hora en España, y la radio remató la operación. De manera que los militares planificadores de la declaración de guerra simultánea y masiva pudieron sincronizar sus relojes como se hace en cualquier ataque por sorpresa o robo de entidad bancaria. Uno de los misterios de la guerra civil es porqué esa hora no fue la misma  para todo el país, lo que debería haber incrementado el efecto sorpresa y por ende las posibilidades de éxito, o porqué no comenzó en el norte antes que en el sur, teniendo en cuenta que Mola sabía que Madrid no cedería al golpe militar y que habría que conquistarlo desde fuera, con columnas llegadas precisamente desde las ciudades del norte, como Zaragoza o Pamplona.

Si las cinco de la mañana parece una hora exageradamente temprana incluso para un golpe de estado, hay que tener en cuenta que por entonces amanecía antes, pues el país tenía la hora solar como hora oficial. El Estado español se había adherido en su día al Convenio de Washington de 1888 que dividió el mundo en husos horarios, a partir de la hora cero a lo largo del meridiano de Greenwich, a las afueras de Londres. Ese era el huso que correspondía a España y Portugal, la hora de Europa occidental. El convenio fue un paso importante en la globalización, y marcó un punto culminante del poder del Imperio Británico, cuya hora servía para marcar el tiempo en todo el resto del mundo. En 1900 un decreto estableció oficialmente el comienzo de la hora única para toda España, cancelando el sistema antiguo en que existía la hora del meridiano de Madrid y a partir de ella cada ciudad establecía la suya propia.

En 1918 se cambió por primera vez el horario de verano. En marzo o abril el reloj se adelantaba una hora, con la pretensión de alargar las horas de sol, ahorrar energía e incrementar la producción. En octubre se volvía a atrasar. La hora de verano fue consecuencia de la guerra mundial. La había implantando Alemania (es una medida típica del prusianismo) y algunas naciones la siguieron. La hora de verano cayó en el olvido en cuanto acabó la guerra mundial, pero volvió a ser implantada en 1924 por el Directorio Militar de Primo de Rivera, con un triple objetivo: demostrar quién mandaba, armonizar los horarios españoles con los de los demás países[3] y “procurar un ahorro de combustible y fluído eléctrico”. El cambio a la hora de verano previsto para el 18 de abril de 1931 no se pudo hacer, pues todo ese tejemaneje horario heredado de la Dictadura fue fulminantemente derogado el mismo día 15 de abril por el Gobierno Provisional de la República.

Durante la guerra civil ambos estados, el republicano y el nacional, la volvieron a implantar, empezando en 1937, con un decalaje de una o dos semanas, durante las cuales las dos zonas tenían horas legales distintas. Después de la guerra, se siguió aplicando el cambio estacional hasta que alguien olvidó atrasar de nuevo el reloj en octubre, y desde entonces España abandonó la Hora de Europa occidental o de Londres para pasar a la de Europa central, conocida oficiosamente como hora de Berlín[4]. Fue en octubre de 1940, el momento culminante del Tercer Imperio alemán de Hitler, que acababa de conquistar Francia, Noruega, Bélgica y Holanda, así que políticamente la medida tenía su razón de ser. No fue hasta 1973 que el horario de verano se pasó a aplicar en muchos países como respuesta a la crisis del petróleo, y así hasta hoy.

El gran cambio de los ritmos diarios españoles se produjo en la guerra civil y años inmediatamente posteriores. Ya en 1918 se hizo notar[5] que los horarios empezaban a mostrar signos claros de un retraso de unas dos horas con respecto a la hora solar, es decir, que empezaba a acostumbrarse a comer a las dos y a cenar a las 9 o las 10, cuando lo tradicional había sido un ritmo de colaciones coincidente con los toques de campana: desayuno al amanecer, almuerzo a las 12 y cena hacia las seis o las siete. Parece ser que la popularización de la luz eléctrica retrasó el horario, pero aquello era algo que pasaba en Madrid, o en París: el resto del país conservaba la antigua costumbre de almorzar ligero hacia las doce y cenar a las siete.

Adoptar como oficial la hora de Berlín o de Centroeuropa significó amaneceres más tardíos y anocheceres igualmente retrasados. La necesidad de buscarse la vida durante la guerra civil y la dura posguerra institucionalizaron jornadas de trabajo muy largas, así como el pluriempleo. El resultado final, este ya extendido hasta el último pueblo del país, es el famoso horario español actual, que encanta a los turistas y horroriza a los paladines de la productividad y la competitividad. En los países serios, se madruga mucho, se desayuna fuerte, se almuerza ligero a las once o las doce, se sale de trabajar a las cinco y se cena copiosamente a las seis o las siete. En España, reza la leyenda, la gente se levanta tarde, se toma un café y se va a trabajar, hace una pausa a las dos de la tarde para tomar la comida más fuerte del día, regresa a trabajar a las cuatro o las cinco y sale a las siete o las ocho. Naturalmente, cena a las diez o más tarde. Una extraña y lejana consecuencia de la gran guerra de España.

 

[3] “Considerando la conveniencia de que el horario nacional marche de acuerdo con los de otros horarios europeos…”
[4] Orden de 7 de marzo de 1940 sobre adelanto de la hora legal en 60 minutos a partir del 16 de los corrientes BOE del 8 de marzo de 1940 (en octubre siguiente no se publicó el decreto retrasando la hora).
[5] P. Miguel Barquero, S.J. La llamada hora de verano y su aplicación a España. Boletín de la Real Sociedad Geográfica, Tomo LIX, octubre de 1917.

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