Cómo triunfó la sacarosa sobre el azúcar de verdad

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El consumo de azúcar en tiempos de la República, una de las centenares de animadas viñetas publicadas en el libro de Juri Semjonov Las riquezas de La Tierra – Geografía económica al alcance de todos. El consumo de azúcar en España era algo inferior al de Italia, la cual, con unos 7 kilos por habitante y año, estaba muy lejos de la primera división de consumidores capitaneada por Dinamarca, con ocho veces más consumo. Segunda edición revisada de la original de 1940. Editorial Labor, 1945.

La guerra del azúcar entre Andalucía y Aragón duró unos cuantos años, desde comienzos del siglo XX hasta 1914. Fue incruenta, aunque hubo algunas algaradas callejeras y sabotajes de fábricas, y se libró principalmente en el palacio del Congreso de los Diputados de la carrera de San Jerónimo, en Madrid. Fue la lucha entre dos tipos de comida: la más tradicional, representada por la caña, y la más industrial, basada en la remolacha.

La caña de azúcar se criaba en una estrecha franja costera tropical en Almería, Granada y Málaga, centrada en Motril, a 40 km justos de la tundra de Sierra Nevada. Era un cultivo de tradición, herencia de los moros, que producía muchas variedades distintas de azúcares morenos, melazas, terciados, etc, repletos de vitaminas y minerales y muy apreciados como golosina cara. La remolacha era otra cosa. Se trataba de un cultivo muy moderno, inventado en Francia unos años atrás para sustituir las cegadas importaciones de azúcar de caña de las Antillas.

Inevitablemente, este diabólico cultivo llegó a España. Era fácil producir muchas toneladas de remolacha en los campos de la ribera del Ebro, donde se concentró la producción. La materia prima era sometida a un violento procedimiento industrial en alguna de las fábricas de la zona y el resultado eran montañas de azúcar blanca, pura glucosa sin valor nutritivo, lo que se suele llamar “calorías vacías”. Pero, como pasaría con la leche más adelante, el azúcar era considerado como un indicador infalible de progreso. Hacia 1900, los comentaristas veían con envidia los 40 o 50 kilos de azúcar que ingería al año un inglés o un holandés y consideraban evidente signo de atraso que en España la cifra correspondiente fueran unos tristes 4 o 5 kilos.

En 1899 se dio el pistoletazo de salida. El gobierno fijó el impuesto a pagar por cada quintal de azúcar extranjero en 85 pesetas, y de 25 pesetas por quintal nacional. Las fábricas de azúcar y las hectáreas sembradas de remolacha se extendieron como una plaga, especialmente en el valle del Ebro. Pronto llegó la crisis de sobreproducción, con millones de toneladas de azúcar almacenadas (el azúcar no es perecedero) y ruina de remolacheros y azucareros en general.

Los cañeros andaluces intentaron defender su producto, más caro y de mejor calidad, con un impuesto especial todavía más reducido, pero no lo consiguieron. Al final triunfó el modelo del azúcar industrial. El consumo de azúcar blanco subió constantemente, tanto puro como añadido a diversos productos alimenticios, las dentaduras se estropearon, la diabetes comenzó a ser una amenaza, pero los inversores de la industria azucarera se enriquecieron y el país se modernizó.

La franja de la caña de azúcar andaluza, herida de muerte, apenas duró unos años más antes de extinguirse del todo; hoy se pueden visitar en Motril algunos trapiches (molinos de caña) iguales que los cubanos, conservados como arqueología industrial. Irónicamente, la principales regiones de producción de remolacha azucarera hoy en España son Andalucía y el valle del Duero, es decir Castilla y León. Para una historia completa del asunto del azúcar, consúltese el artículo de Miguel Angel Martorell Linares: Cañeros contra remolacheros y andaluces contra aragoneses, publicado en Agricultura y Sociedad en 1996.

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