Gloster Goral: el estado del arte del avión colonial en la década de 1920

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El prototipo del Gloster Goral en 1927.

 

Muchas veces una especificación de la autoridad aeronáutica sirve para marcar la frontera a traspasar en la tecnología aeronáutica, por lo general señalando objetivos futuristas e impresionantes en cuanto a capacidad de carga, autonomía, velocidad, “invisibilidad”, etc. Pero la especificación 26/27 del Ministerio del Aire británico era todo lo contrario: retrocedía a 1916 y pedía aviones robustos capaces de aprovechar todas las piezas posibles del de Havilland DH.9, a su vez una versión del exitoso bombardero de la primera guerra mundial DH.4., que había volado por primera vez en 1916. Estos aviones se fabricaron en gran número y para 1926 quedaban toneladas de componentes de los mismos en los almacenes de la RAF.

Otro factor que jugó su papel en la extraordinaria especificación 26/27 fue el dinero. La RAF había conseguido sobrevivir en los años 20 apelando a su extraordinaria rentabilidad como policía del Imperio en comparación con el uso de fuerzas de tierra. Las guerras coloniales debían ser lo más baratas posibles, y eso incluía a los aviones que las llevaban a cabo. Los aparatos metropolitanos podían y debían estar en el afilado borde de la tecnología, pero todo lo que se necesitaba para el trabajo colonial ya estaba inventado para 1916, y sólo eran necesarias variaciones y modernizaciones parciales de un tema bien conocido.

El Goral cumplía perfectamente las especificaciones del Ministerio del Aire, y resultó ser un aeroplano de finas líneas, tal vez demasiado para el rudo trabajo ultramarino que debía llevar a cabo, según se ve comparando su diseño con el de sus competidores, como el Westland Wapiti. Westland ganó la competición porque tenía una gran familiaridad con el modelo al que debía suceder, el DH.9, que había fabricado en gran número. El Goral estaba construido íntegramente en metal y tela, pero ofrecía la posibilidad, que llamó bastante la atención, de sustituir piezas de metal averiadas por otras de madera, lo que resultaba interesante en países con pocos o primitivos talleres mecánicos.

 

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