El áspero hueso central de la Península

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Un ejemplar algo ajado de Castilla en escombros, el nada optimista libro de Julio Senador, impreso en Valladolid en 1915

Castilla-La Mancha, Madrid y Castilla y León forman la mítica Meseta y la no menos mítica Gran Castilla. Aunque usted no lo crea, todavía algunas fuerzas políticas apoyan el llamado pancastellanismo, un enorme país situado en medio mitad de la península Ibérica.

La historia del descubrimiento de la Meseta es casi tan interesante como la del descubrimiento de las fuentes del Nilo. En 1799, Alexander Von Humboldt fue el primero que se dio cuenta de que había algo extraño en el interior de la península Ibérica, llanuras de enorme extensión a cientos de metros de altura por encima del nivel del mar. En 1885 Salvador Calderón y Arana, librepensador y super-catedrático infatigable, dejó dicho todo lo que había que decir del asunto en su Ensayo orogénico sobre la meseta central de España.

Para los energúmenos del regeneracionismo aquello fue una bendición, como el Watergate para los comentaristas políticos de Washington. Allí tenían, científicamente demostrado, un modelo perfecto que explicaba el atraso general del país, y por qué esta miseria era más acentuada en el centro que en la periferia. En las naciones civilizadas las tierras altas y pobres se disponían adecuadamente en la periferia o en zonas reducidas, como era el caso de las Highlands en Gran Bretaña o el Macizo Central francés. Pero en España la Meseta era enorme, más de un tercio de la extensión total del Estado, y ocupaba una posición central. No era un paisaje europeo, se apresuraron a gemir muchos regeneracionistas, sino algo parecido a las estepas de Asia central o el altiplano del Tíbet. De ahí el aislamiento tibetano que sufría y su alejamiento de las dulzuras de la civilización.

Los escritores del 98 afilaron sus plumas. Unamuno (D. Miguel) veía la Meseta como el adusto núcleo de España, “como un áspero hueso de melocotón rodeado por la pulpa jugosa”. Muchos otros forzaron metáforas de castillo roquero, fortaleza almenada y bastión central e inexpugable de la patria. Naturalmente, esas imágenes resultaban inquietantes vistas desde abajo, la parte jugosa, como Cataluña, Galicia, Euskalherria, etc.

Este extraño país estaba habitado por una extraña gente, los castellanos, y dividido en una parte Vieja y otra Nueva. Castilla en sentido amplio fue oficialmente catalogada como región metafísica, económicamente no-existente, reserva de virtudes de la raza pero con un Valor Añadido Bruto por kilómetro cuadrado despreciable. Este fue el territorio y el panorama que heredaron las nuevas Comunidades autónomas de Castilla y León y Castilla-La Mancha.

Paradójicamente, el núcleo duro de la patria española carecía de entidad política alguna. Solamente después de que Galicia, Asturies, Cantabria, Euskadi, Navarra, Aragón, Valencia, Murcia, Andalucía y Extremadura se organizaron como regiones autónomas, lo que quedó en medio no tuvo más remedio que hacer lo mismo. La idea de una Super-Comunidad castellana central se abandonó pronto, y en su lugar quedó la ficha de dominó de las dos comunidades castellanoleonesa y castellanomanchega, con Madrid haciendo de clavo.

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