La creación del Tercer Mundo

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Mapa comercial de África – la ruta de El Cabo a El Cairo, publicado por el Daily Mail en 1890. (Gallica).

 

Los más de cuarenta años entre 1871 y 1914 se han considerado por los historiadores como una época esencialmente pacífica. Desde el punto de vista de la Occidente lo fue indudablemente. Incluso España, apagados los fuegos de la última guerra carlista, gozó durante la Restauración de largos años de estabilidad política. Los consolidados estados asumieron tareas de control interno (nuevas cárceles, nuevos cuerpos de policía, nuevos métodos de identificación de delincuentes, como el bertillonaje, etc.) y externo (ametralladoras, cañoneras y acorazados 100% metálicos para utilizar en las relaciones internacionales y en los imperios coloniales) con un grado de intensidad y eficacia impensable sólo dos o tres décadas atrás.

La distancia ecológica entre la civilización occidental y el resto del mundo se ampliaba con rapidez. Buena prueba de ello es la gran diferencia existente entre la conquista francesa de Argelia en la primera mitad del siglo, que costó más de 100.000 muertos al ejército francés, que se enfrentaba a unas fuerzas similares en número, organización y armamento, y la conquista del Sudán por las fuerzas de Kitchener –el mismo cuyos fieros bigotes sobre la frase “Your country needs You” excitaron el reclutamiento en los primeros tiempos de la primera guerra mundial. En Omdurman los fusiles de retrocarga y las ametralladoras dieron una rápida y fácil victoria a los británicos, con un balance final de 40 muertos por su lado (20 de ellos aliados egipcios, se apresura a señalar la historia) frente a más de 12.000 en las filas derviches. Para los británicos se trató de un trabajo bien hecho, un incesante apretar el gatillo que, en palabras de Winston Churchill, terminó por resultar “tedioso”. Para los derviches fue una terrible lluvia horizontal de proyectiles contra la que no tenían ninguna posibilidad de respuesta o de defensa.

El armamento moderno proporcionó los medios, pero la motivación fue tal vez más importante. Durante la primera mitad del siglo XIX, buena parte de las guerras “coloniales” estuvieron motivadas directamente por las necesidades expansivas de las compañías comerciales. En el Norte de África, Oriente Medio, India y China, además, la distancia ecológica con respecto a Occidente era reducida. Se comprendía perfectamente la dificultad –o la imposibilidad, en el caso de China- de implantar una dominación militar directa. Un buen ejemplo son las Guerras del Opio, que tenían un objetivo muy concreto -la firma de un tratado con China por el que este país dejara las manos libres al floreciente comercio de hacer entrar opio y dejar salir té. La guerra era la continuación del comercio.

La tecnología y logística militar de Occidente estaba muy pocos cuerpos por delante de la china durante las Guerras del Opio –irónicamente, el argumento decisivo de la victoria militar de los británicos, el uso de vapores de ruedas fuertemente artillados, procedía en parte de un invento chino muy antiguo, los barcos de ruedas de paletas. Una vez alcanzado el objetivo comercial, la guerra dejaba de tener sentido, y se convertía en disuasión mediante la presencia constante de cañoneras en los ríos chinos, recordatorio constante del poder militar de Occidente ante cualquier veleidad china de recortar los privilegios comerciales tan duramente ganados.

En el otro extremo de la escala se encontraban los casos en que la distancia ecológica era enorme, como sucedió en Australia y Tasmania. El choque entre la Primera Revolución Industrial y la Caza y Recolección no existió en términos militares. Simplemente, los colonos európidos consideraban a los “indígenas” como una molestia más, como las plagas de mosquitos o el ataque de carnívoros a su ganado. Fueron tratados en consecuencia, y en un caso al menos, en Tasmania, la imposibilidad de escapar en una isla reducida a terrenos menos apetecidos por los colonos provocó la extinción completa de los autóctonos en apenas dos o tres generaciones. Truganini, la última tasmania, murió en 1876. No había ninguna especial animosidad en esto, ninguna justificación ideológica de altos vuelos. Es lícito pensar que el mecanismo mental de los colonos era de corto alcance: la necesidad más o menos penosa de aplastar un obstáculo “natural”, “como una zona densamente poblada de arbustos que hubiera que talar”.

Este modelo cambió en el periodo 1871 – 1914. La Civilización Occidental se equipó con fusiles de tiro rápido y ametralladoras, pero también con una ideología de largo alcance: la visión orgánica de los estados-nación sometidos a unas “leyes de la evolución” (o del progreso) que implicaban la no-supervivencia de los no-aptos. En consecuencia, los estados se pusieron en guardia ante las amenazas internas de decadencia y degeneración que amenazaban su “fuerza vital”, y fueron por primera vez plenamente conscientes de la necesidad de reforzar y elevar su posición en la jerarquía universal de calidad humana. La tecnología y la ideología se alimentaron y se reforzaron mutuamente, y las consecuencias para el mundo entero no tardaron en dejarse notar: en primer lugar, los estados occidentales tomaron las riendas en todo el planeta.

Ya no se trataba de “afirmar los privilegios comerciales de la Compañía de las Indias Orientales en relación con el trapicheo de opio en el Imperio Chino” o de “asegurar el suministro de aceite de palma en el curso del Alto Níger” , sino más bien de afirmar la superioridad de la cultura occidental –o, más crudamente expresado, de la raza británica, francesa o alemana– sobre otras razas cuya clara inferioridad se había demostrado de manera científica, incapaces de gobernarse a sí mismas. De esta forma, a la distancia ecológica se sumó la distancia mental: la colocación de cada pueblo, raza o nación, términos aproximadamente sinónimos, en un puesto fijo de la escala universal de calidad humana, que en su versión más cruda arrancaba en los caballeros europeos y terminaba en el mono, sin solución de continuidad (actualmente funciona una nueva jerarquía basada en el PIB per capita y el indicador de ineptitud-corrupción). El darwinismo, la ametralladora y la gran economía financiera crearon lo que conocemos hoy como el Tercer Mundo.

Hacia 1890 se completó el cierre del planeta. Ya no existía en ningún lugar de La Tierra ninguna región que no estuviera bajo la autoridad efectiva de un estado. Las fronteras se trazaron de manera perfectamente nítida. En la remota zona hoy conocida como el estado brasileño de Acre, Brasil y Bolivia chocaron para delimitar sus fronteras en la Amazonia, que antes aparecían en los mapas como dudosos trazados de puntos. En el sur de África, la delimitación de la zona británica se llevó por delante el interés de Portugal por conectar Angola y Mozambique, en el conocido incidente del mapa rosa.

Una vez delimitadas con claridad las parcelas, pudo comenzar en serio la explotación a gran escala. Aquello era nuevo. Tradicionalmente, un territorio colonial proporcionaba a la metrópoli mercancías valiosas de reducido peso y tamaño, desde sedas a oro, plata, azúcar y especias. Ahora se comenzó a hablar de materias primas y de miles y millones de toneladas, que los barcos de vapor podían transportar con facilidad. La India, por ejemplo, exportaba millones de toneladas de cereales a Reino Unido. Y lo siguió haciendo durante las terribles hambrunas que se sucedieron entre 1875 y 1900, periodo durante el cual las exportaciones de cereales crecieron de 3 a 10 millones de toneladas, aproximadamente el 20% del consumo de la metrópoli. En ese periodo más de diez millones de personas murieron de hambre en La India.

Este es un ejemplo extraordinariamente sangriento, pero había otras señales de que el sistema colonial mundial se estaba saliendo de madre. En la India, los virreyes aplicaron a rajatabla el principio de que toda ayuda planificada es contraproducente, y que la economía se arregla a sí misma. Por esta razón, no se podían enviar los excedentes de cereal de una zona a otra azotada por el hambre, era necesario dejar que el sistema se equilibrara por sí solo. Algo similar ocurrió en Irlanda en 1845-1849. Tanto en Irlanda como en La India, el disparador de la catástrofe fue un fenómeno de la naturaleza –una plaga en un caso y una gran sequía en el otro. Eso había ocurrido antes muchas veces, pero existen indicios de que la colonización los convirtió en devastadores.

En el Congo ni siquiera hubo un estado teóricamente responsable de la colonia. Este enorme país fue propiedad personal del rey Leopoldo de Bélgica durante casi veinte años, y la única función de su extensa finca era proporcionarle dinero a torrentes. Fue un caso tan sangrante de explotación y genocidio que el gobierno belga tuvo que hacerse cargo de la propiedad de su rey, no sin antes indemnizarle generosamente, e instaurar en el Congo una colonia más o menos normalizada. No se sabe con exactitud el número de congoleños que murieron bajo el cruel reinado de Leopoldo, pero su número asciende a millones.

Usando el método Monty Phyton, que consiste en ponernos en el lugar del Frente de Liberación de Judea y preguntarnos ¿qué le debemos a Roma?, podemos imaginar cualquier grupo de colonizados hacia 1900 discutiendo el tema en relación con Francia, Gran Bretaña, Italia, España, Alemania, etc. Tal vez en algún punto hubiera alguna consecuencia positiva, tal vez una escuela, la erradicación de la malaria o una buena carretera. Pero la consecuencia final y general fue la creación del tercer mundo, la manera en que dos tercios de la humanidad fueron arrojados a la pobreza sin final.

El África Occidental Alemana (Deutsch-Südwestafrika) añadió un elemento inquietante. Los indígenas podían morir por millares o por millones si así convenía al sistema mundial de economía colonial, pero en la actual Namibia lo que se planteó fue el exterminio completo de la población de una colonia. Namibia no era selva tropical como el África Oriental Alemana (actuales Tanzania, Ruanda y Burundi) y el África Occidental Alemana (actuales Togo y Camerún). Sus despejados horizontes, que se consideraban muy apropiados para el asentamiento de colonos alemanes, estaban muy laxamente habitados por pueblos ganaderos y cazadores-recolectores, a diferencia de Deutsch-Westafrika y Deutsch-Ostafrika, densamente pobladas por agricultores. Los hereros y otros pueblos fueron primero derrotados militarmente y luego exterminados sistemáticamente o expulsados del país, entre 1904 y 1908. El total de víctimas se acercó a las 80.000, aproximadamente la mitad de la población nama y herero. Algunos de sus cráneos acabaron en las colecciones antropológicas de Berlín. El genocidio herero y nama ha sido reconocido recientemente por el gobierno alemán, que estudia algún tipo de compensación para Namibia.

La manera de denominar las colonias tenía su importancia, y en alemán suena más asertivo: Deutsch – SüdWest / West / Ost – Afrika. Fue la práctica común de las potencias colonizadoras en el continente africano, que dejaban claro que no estaban ocupando países ni territorios con personalidad y cultura propia, sino meramente trozos del gran pastel colonial. Así, existió un inmenso territorio denominado Afrique Occidentale Française, otro más modesto justo debajo –British West África–, el Africa Orientale Italiana, la llamada pomposamente África Occidental Española y otros muchos denominados con el mismo sistema. Este sistema se usó en menor escala en otros continentes, especialmente en las Indias Occidentales (las Antillas) y Orientales (Indonesia). Así hubo las British West Indies, o las Nederlands-Oost-Indië. Es una parte ya casi desaparecida del antiguo sistema colonial de denominación del planeta, pero el Tercer Mundo sigue ahí.

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