Nosotros los cromañones

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El cráneo del viejo de Cro-Magnon. Se hizo constar con aprobación que su capacidad craneana era superior a la de los parisienses de mediados del siglo XIX. En L’Homme Avant l’Histoire, par Ch. Debierre. Librairie J. B. Bailliére et fils, Paris, 1888.

 

El hallazgo del Viejo de Cromagnon en 1868, apenas 12 años después del inquietante hallazgo de Neanderthal, provocó un suspiro de alivio generalizado entre los que se dedicaban al asunto de la paleoantropología. Se trataba de un esqueleto completo hallado en el Abrigo de Cro-Magnon, en Les Eyzies, Dordoña, en medio de la Francia Profunda, a medio camino entre Burdeos, Toulouse y Clermont-Ferrand. Louis Lartet, hijo de uno de los primeros prehistoriadores franceses, Édouard Lartet , fue encargado de las excavaciones por el Ministerio de Instrucción Pública. El hallazgo incluía esqueletos de una media docena de individuos, con muchos restos de su artesanía y fue, como ha ocurrido tantas veces, descubierto por trabajadores, durante las obras de construcción de la vía férrea entre Agen y Limoges.

Tras algunos años de estudio, estos restos fueron considerados en 1874 como prototipos de la “raza de Cromagnon”, con rasgos finos y elegantes, digna antecesora de los franceses. La reciente derrota en la guerra francoprusiana hizo que se la considerara una revancha frente a los hombres mono (neandertales) alemanes (!). Se trataba de un resto fósil indiscutible, y al mismo tiempo indistinguible de los restos de un Francés. Todo tipo de adjetivos elogiosos podían emplearse en su descripción: frente elevada, grácil y apuntada mandíbula, elevada estatura: elegancia en suma.
Por un azar del destino, el antepasado directo de los caballeros franceses de mediados del siglo XIX había sido hallado en la Dordoña, gracias a los desmontes necesarios para la construcción de una vía férrea.

Ferrocarriles y hombres prehistóricos coexistiendo en el paisaje de Francia. El lugar del hallazgo, el abrigo de Cro-Magnon en el valle de Vèzere. En L’Homme Avant l’Histoire, par Ch. Debierre. Librairie J. B. Bailliére et fils, Paris, 1888.

 

Acto seguido, al neandertal se le negó toda categoría de pariente o antepasado, y todas las complacencias se volcaron sobre este especímen y sus coetáneos. Al mismo tiempo, comenzaron los hallazgos de obras de arte, primero en plaquitas y huesecillos, más adelante en su versión parietal, más llamativa y espectacular. Las reconstrucciones artísticas de la vida cotidiana del cromañón halagaban el corazón intrépido de la burguesía francesa. Les mostraban combatiendo contra osos de gran tamaño, con las pieles artísticamente dispuestas caídas en pliegues según el modelo griego. Otras veces eran las mujeres las que protegían sobrecogidas a sus pequeños de la la irrupción de una fiera en su refugio.

Los cromañones fueron interpretados como bastante bestias, pero sin duda grandes tipos. La gran herida en la frente de la mujer encontrada cerca del “Viejo” es interpretada como una “primera caricia conyugal” por Cosentini, así como prueba de que “armado con una grosera hacha de sílex, el hombre paleolítico luchaba sin tregua con los grandes animales y con el mismo hombre, sin que ninguna ley refrenara sus instintos brutales” (1). Ciertamente, los parisienses de la exposición universal de 1878 tenían derecho a maravillarse del increíble primitivismo de la vida de sus remotos antepasados, que, no obstante, resultaban completamente humanos, dotados de alma inmortal y , al parecer, con amplias y profundas ideas religiosas, como se encargaron de proclamar de manera casi obsesiva los sacerdotes.

Desde el momento mismo en que se identificaron sus restos, el denominado “hombre de Cro-Magnon” gozó de todas las complacencias de la iglesia, la ciencia y la sociedad. En primer lugar, era incontestablemente antiguo, tal vez más que el semibruto de neandertal, y en segundo término era ciento por ciento humano, indistiguible de un parisiense de buena clase. Los científicos de la época agotaron los adjetivos elogiosos para el espécimen: “grácil”, “esbelto”, “amplia frente”. Pronto se supo que era, además, artista. El hombre fósil existía, a despecho de lo que se pensaba que había dicho el viejo Cuvier –éste nunca profirió la célebre sentencia “el hombre fósil no existe”, sino simplemente “il n’y a point de os humains fossiles”, “no hemos encontrado huesos humanos fósiles”– y era un antepasado muy presentable, sin rastro alguno de animalidad (2).

Una vez establecido con solidez el tipo, se le consideró oficialmente como verdadero linaje de la raza blanca. Por lo tanto, se volcó sobre él toda una serie de consideraciones sobre sus características mentales, culturales y sociales, que en buena parte recogían la imagen de sí mismas que tenían las clases privilegiadas europeas:

El cromañón como tinte de nobleza. Una vez detectada la existencia de una “raza” de hombres prehistóricos idéntica en su anatomía y en su sentido artístico, y hasta religioso, a la burguesía europea, el tipo se fijó, y cromanón pasó a significar “verdadero antepasado de la raza superior, es decir, europea occidental. Se afirmó que los guanches –un pueblo exterminado, y por lo tanto nada incómodo– eran una pervivencia reciente de la raza Cromagnon. Más de un siglo después del hallazgo, Salvador López Herrera es tajante al respecto: “La raza troglodita de la Vézère es la que ha poblado Canarias: fuerte e inteligente, en la que concurren todos los rasgos considerados como signos de superioridad intelectual”. Los antropólogos vascos sugirieron muchas veces que ellos eran los auténticos e incontaminados descendientes de tan señera raza. Todavía en el año 2000 un publicista podía terminar su alegato contra el nacionalismo vasco con la frase “la tenebrosa Euskal Herria de cromañones clónicos” (4). El cromañón, además, establecía larga ventaja con los otros cráneos pertenecientes a razas sospechosas hallados en años posteriores, como el hombre de Chancelade, catalogado como “esquimal” o el esqueleto de la gruta de Grimaldi, tachado de “negroide”.

El cromañón como artista. Tras las resistencias iniciales, cuya principal víctima fue don Marcelino S. de Sautuola, raíz de una noble familia de banqueros, la intelligentsia europea se apasionó por el arte paleolítico. El principal profeta de este arte, el abate (otra vez un eclesiástico) Breuil, no dudó en escribir Quatre cent siécles de art pariétal, y se arrastraba, con sus gruesas botas, su boina y su sotana por el interior de intrincadas galerías en busca de las huellas de la creatividad del cromañón. Sus interpretaciones han tenido mucho peso en la historia occidental cultural. Por ejemplo, el famoso brujo de Les Trois Frères, en el que investigadores recientes se declaran incapaces de ver ni la mitad de lo que veía el buen abate. Es indudable que en este caso se mezcla la ausencia de tecnología de reproducción de imágenes moderna, el deterioro de las mismas pinturas y también en buena parte la imaginación de Breuil y sus contemporáneos. El famoso hechicero nos lleva directamente al siguiente punto.

El cromañón como hombre religioso. Las pruebas de la creencia de este ser en “lo sobrenatural”, a un paso sólo de la iglesia y sus ritos, aparecieron con profusión. Los recónditos y oscuros rincones cavernarios donde aparecían las pinturas fueron denominados con una terminología inequívoca: “capilla”, “camarín”, etc. La imagen era la de un anciano sacerdote comunicándose directamente con la divinidad ante un grupo de barbudos pero bastante aseados paleolíticos. La existencia de curatos en Francia, 25.000 años atrás, parecía demostrada.

El cromañón como hábil artesano. Lejos de la tosquedad de la industria asociada a los neandertales, el tipo era capaz de dejar tras sí innumerables muestras de artesanía a cual más fina, y trabajada sobre diversos soportes. Se conformaba así como el antecesor directo de la reconocida calidad de los artesanos franceses, cuyas realizaciones habían encantado a la nobleza y nutrido las arcas del estado durante siglos.

El cromañón como poderoso cazador. Los huesos de bestias de toda laya mostraban a las claras que había sido el incontestable señor de su mundo, Nemrod poderoso y capaz de precipitar si llegaba el caso una manada de cien o doscientos caballos por un acantilado con no se sabe muy bien qué objeto (100 caballos equivalen a unas 25 toneladas de carne -suficientes para alimentar a 2000 personas durante una semana).

El cromañón como guerrero. Las imágenes de hordas de paleolíticos empuñando mazas y repartiendo estopa eran caras a los científicos europeos a caballo entre el siglo XIX y el XX, época en que un número increíblemente alto de científicos y pensadores, entre los que se contaba la gloria nacional de España, José Ortega y Gasset, abogaba por la guerra como actividad placentera y buena para la salud de las naciones. Nunca se hallaron pruebas de tales Waterloos prehistóricos, aunque se interpretaron como tales dudosas acumulaciones de huesos rotos, como las halladas en Krapina.

El cromañón como cima de la especie humana. Un mito estrechamente asociado a los cromañones es el de la Edad de Oro, plasmada en innumerables novelas. Eran, se arguye, un pueblo bien alimentado, de alta estatura, en armonía con su entorno. La hipótesis más o menos explícita suponía una degeneración de la especie humana en estatura y habilidades durante los innumerables siglos oscuros que precedieron al triunfo del libre mercado, ya en los albores del siglo XXI. La frase, probablemente apócrifa, es atribuida a Picasso: “después de Altamira, todo es decadencia”. Los directivos y líderes actuales practican la versión moderna de la vida cromañona: son cazadores, viven en estado de continua tensión, con torrentes de adrenalina fluyendo por unos cuerpos en forma, capturan a veces presas de enormes dimensiones, que les asegurarán alimento durante largo tiempo –del mamut a las opciones sobre compra de acciones. Son conscientes de que viven en un mundo lleno de trampas, donde la competitividad lo es todo –la palabra sagrada para el neo-liberalismo. Los tigres de dientes de sable han sido sustituídos por las OPAS hostiles. Hasta tal punto se reconocen como sus herederos directos, que incluso reproducen lo más exactamente posible su modo de vida en campamentos en plena naturaleza donde aprenden a sobrevivir en un medio hostil. Este tipo de experiencias son cada vez más populares entre los ejecutivos, y se conceptúan como un complemento muy adecuado a los cursos de marketing de guerrilla. Existen incluso profesionales pagados por el estado que se dedican a mantener vivas las técnicas de la supervivencia en estado salvaje, como las fuerzas especiales, boinas verdes, etc. La llama sagrada de la vida natural de nuestros antepasados también ha sido recogida de manera más o menos explícita por los Boy Scouts y sus homólogos, que se entregan con afán a actividades como el stalking. Y, recientemente, varias empresas ofrecen cursillos y experiencias de la vida primitiva.

1- Francisco Cosentini: La sociología genética. Ensayo sobre el pensamiento y la vida social prehistóricas. Daniel Jorro Editor, Madrid, 1911.
2- Laurent Goulven: Idées sur l’origine de l’homme en France de 1800 à 1871 entre Lamarck et Darwin – Bulletins et Mémoires de la Société d’anthropologie de Paris Année 1989 Volume 1 Numéro 3 pp. 105-129.
3- Salvador López Herrera: Las Islas Canarias a través de la historia. Madrid, 1972.
4- Jon Juaristi: “Por Ermua, contra la raza” El País, 19 de febrero de 2000.

 

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