Militares españoles saludan a sus colegas alemanes en la frontera de Irún-Biarritz, probablemente a finales de junio de 1940. Reportaje en la frontera. Irún-Biarritz. 1940. Oficiales alemanes y españoles en una localidad de la frontera hispano-francesa (Otto Wunderlich) Europeana

 

 

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La Prensa (Tenerife) 18 de febrero de 1938

 

Los primeros días del Alzamiento fueron una sucesión de escenas dramáticas representadas en cuarteles y capitanías, con militares de alta graduación representando los diálogos principales y oficiales de menor rango haciendo de coros y comparsas. Los enfrentamientos entre generales y oficiales de alto rango estaban bastante ritualizados. Se conocen con detalle bastantes de estas escenas. La primera fue en Melilla, siendo la víctima de la extorsión el general Romerales, y la más famosa y sainetera la conversación entre un insuperable Queipo de Llano y el indeciso jefe de la división de Sevilla, general Villa Abrille. En Valladolid el general-objetivo, Molero, resultó herido de bala en un tiroteo entre sus ayudantes y los ayudantes de ellos.

En general, la representación empezaba cuando el alto oficial alzado o sublevado penetraba bruscamente en el despacho del general jefe de la división o similar, por lo general un hombre de edad, y le comminaba a unirse al movimiento salvador de España. Si era de menor rango, el oficial sublevado tenía que luchar contra décadas de condicionamiento pavloviano para la obediencia automática a los superiores, aunque ese efecto, bastante fuerte entre oficiales y clase de tropa, se diluía mucho entre oficiales superiores. Tras un forcejeo verbal que a veces terminaba de manera sangrienta, el general-objetivo era recluido en una estancia próxima con guardia en la puerta y la nueva autoridad militar se sentaba en su mesa de despacho y empuñaba el teléfono, pues destronado el antiguo jefe, el nuevo debía restaurar la vieja cadena de mando bajo la nueva dirección.

Suele decirse que el Ejército estaba dividido en vísperas del Alzamiento salvador de España, y lo estaba pero en sentido vertical, con tres capas bien definidas: una clase superior de generales que en su mayor parte no quisieron saber nada de la sublevación, una clase intermedia de Jefes y Oficiales que la apoyaban con entusiasmo y una clase inferior de soldados y suboficiales no profesionales contraria visceralmente al militarismo, como era tradicional en la cultura popular española de la época.

Podemos imaginar el desaliento de la oficialidad media española ante las medidas antimilitares de la República. Los generales ya habían culminado su carrera, pertenecían a la reducida clase rectora como los obispos o los gobernadores civiles. Pero los coroneles solían ser focos de ambición, con el generalato aparentemente al alcance de la mano. La clase de los Jefes en general (coroneles, tenientes coroneles y comandantes) estaba nutrida por personas de mediana edad en un momento crucial de su carrera, y era fácil que algunos quisieran forzar la marcha para subir en el escalafón. Las guerras eran la gran oportunidad de esta clase de personas, pues multiplicaban la velocidad ascensional de los que participaban en ellas. A partir de 1931, un desolador panorama de promoción profesional se abría ante los militares, entre otros motivos por la renuncia explícita a la guerra que hacía la Constitución republicana. Aunque las cosas mejoraron algo durante el bienio de gobiernos de centro y derecha, parecieron hundirse definitivamente con el triunfo electoral del Frente Popular en febrero de 1936.

Haciendo recuentos se ha podido llegar a saber que sólo uno de los jefes de las ocho Divisiones Orgánicas (la unidad básica en que se organizaba el Ejército) se unió al Alzamiento, que un buen número de Jefes (con graduaciones entre comandante y coronel) y Generales estaban con República (no así los oficiales, aunque también algunos eran republicanos) y que la inmensa mayoría de la tropa y los suboficiales de reemplazo estaban en contra de la sublevación militar. Pero los militares del Alzamiento contaban con una fuerza más poderosa que todo eso: se quedaron con el Ejército como institución, con su espíritu de cuerpo, su tradición y su cultura al completo. A pesar de las alternativas de fortuna que se sucederían para una parte u otra, los militares nunca corrieron verdadero peligro de perder la guerra  porque, sencillamente, ellos se quedaron con todo el Ejército.

Los nacionales conservaron intacto el sistema de uniformidad,  condecoraciones, ordenanzas, saludos y vida cotidiana. El Ejército nacional tenía respuestas para todo desde el principio: a partir de la orden de un oficial, la cadena de mando se ponía en marcha estableciendo con precisión qué hacer, cómo hacerlo y como solucionar cualquier contingencia, al menos si estaba descrita en los Reglamentos. Los militares españoles incluso tenían planes redactados para la invasión de su propio país, que se podían leer en las Geografías Militares de España de texto en las academias militares, disfrazadas como relatos geográficos de las campañas de la guerra de la Independencia o de Sucesión. El Ejército funcionaba mediante una cadena jerárquica omnipresente, en la que todo hombre, desde el general de división hasta el simple soldado, conocía con precisión su lugar en la escala.

Mientras que la República tuvo que poner en marcha partiendo de cero un Ejército, con nuevas reglas, uniformes, insignias, y hasta un sistema de comisarios políticos, los nacionales no tuvieron más que agrandar y fortalecer el suyo colocando los nuevos elementos sobre la estructura preexistente (en ella, los capellanes sustituían con ventaja a los comisarios políticos).

Así llegó la gran hora del Ejército español, su desquite tras medio siglo de descrédito, con momentos especialmente impopulares como 1898 en Cuba y Filipinas, 1909 en el Barranco del Lobo y 1921 en Annual. En España, el Ejército era muy poco respetado por la mayoría de la gente. Mientras en Inglaterra los militares y los marinos eran unos tipos simpáticos que cumplían correctamente su papel de agrandar el Imperio y asegurar el suministro de mercancías y beneficios mineros para la metrópolis, donde eran poco visibles salvo en ceremonias especiales, en España los uniformes estaban en todas partes.

Sin ser de utilidad alguna para la economía nacional, habiendo fracasado en su última misión de garantizar las fronteras del Imperio, el Ejército devoraba una parte demasiado grande del presupuesto, y no precisamente en armamento de última tecnología, sino en sueldos y pensiones para varias decenas de millares de oficiales, muchos de ellos sin ninguna tarea definida, o, para decirlo más crudamente, sin gran cosa que hacer en todo el día, salvo asistir a los toques de ordenanza y pasear por la población. De ahí a considerarlos parásitos, más o menos al nivel del clero, solo iba un paso.

Para empeorar las cosas, el Gobierno tenía la mala costumbre de llamar al Ejército para imponer el orden cuando la Guardia Civil se veía desbordada. Esta política, que la República fue incapaz de terminar, proporcionó legitimidad a la declaración el estado de guerra por los militares en julio de 1936.

El Ejército español también se hacía odioso por la manera en que reclutaba a sus soldados. Tradicionalmente los reclutas procedían de las clases más bajas, aquellas familias incapaces de reunir las 2.000 pesetas que costaba la redención a metálico de sus hijos. No todos los jóvenes iban al servicio, pero al que le tocaba sin cuatro mil reales en el bolsillo para pagar la redención a metálico le tocaba algo equivalente a la cárcel, por una duración de tres años como mínimo. Más hiriente todavía resultaba la sustitución, en que un soldado podía pagar a otro para que ocupara su puesto.

En 1912, el gobierno de Canalejas había eliminado los aspectos más ofensivos de la exención de los ricos del servicio militar, aunque se mantuvo en líneas generales el sistema por el que solo los pobres servían como soldados gracias a un sistema más o menos complejo de cuotas (soldados que pagaban para reducir su tiempo de servicio militar) y exenciones por estudios y ocupaciones.

Los oficiales, por su parte, solían proceder de la clase media, generalmente con alguna tradición familiar en la milicia. Entraban casi niños en las Academias militares, tras haber pasado por alguna academia privada preparatoria para el ingreso. Allí recibían una instrucción técnica bastante correcta, algo desfasada, que se inspiraba en los dos grandes modelos del ejército español, el ejército francés y el prusiano. Los cadetes recibían también un curso intensivo y abrumador de patriotismo, basado en todos los tópicos del nacionalismo español, que les inculcaba firmemente la idea de que ellos, en el seno de la institución militar, eran la columna vertebral de la nación española, su sostén principal.

Los alumnos de las academias militares salían a los 17 o 18 años con el grado de alféreces. Para entonces, el Ejército era ya todo su mundo. La mayoría cobrarían un sueldo de él hasta su muerte. Su otra esfera de intereses era su Arma, que proporcionaba un espíritu de cuerpo muy fuerte a los artilleros, ingenieros o de caballería que en ocasiones tenía interesantes consecuencias políticas.

La gran coartada del Ejército, aquello que aseguraba sus sueldos, era la Patria. Siendo los militares patriotas profesionales y armados, se necesitaba un pacto de no-agresión mutua entre el Gobierno y el Ejército (yo no me meto en tus cosas mientras tu no te metas en las mías). El acuerdo se firmó en 1875 pero quedó roto en 1906 con la ley de Jurisdicciones, que castigaba duramente las ofensas “en estampas, alegorías, caricaturas, emblemas o
alusiones” al Ejército y la Armada. Peor todavía, los militares se acostumbraron a pensar en ellos mismos como responsables y administradores del Estado, dentro de un modelo de administración colonial.

El ejército había tenido el país en sus manos durante la dictadura de Primo de Rivera (1923-1930), y la experiencia no le había disgustado del todo.  El modelo colonial del marqués de Estella se basaba en buena parte en el uso del Ejército para conseguir convertir a la masa principal del pueblo español en gente de orden. Primo comprendió que no bastaba solamente con los Principios de Autoridad, Jerarquía y Orden (la mano dura) sino que era necesario elevar una parte sustancial de los indómitos indígenas españoles a la categoría superior de ciudadanos. Seguía así el modelo colonial francés, que distinguía una categoría, los indígenas evolués, que podía disfrutar de algunos derechos civiles. El Somatén, los exploradores y los delegados gubernativos de partido judicial tomaron parte en este intento de encuadramiento de la población bajo instituciones uniformadas.

La última experiencia fue la más explícita. Primo de Rivera ordenó la creación de una especie de cuerpo de inspectores de municipios a base de jefes o capitanes del ejército, a razón de uno por cada partido judicial, para “impulsar en los pueblos las corrientes de una nueva vida ciudadana”: “Serán misiones especiales de estos delegados estimular la organización de Somatenes locales y de grupos infantiles de exploradores; la de Asociaciones de educación física, con la cooperación de los maestros y médicos; la de crear organizaciones ciudadanas de ambos sexos “pro cultura” que permitan desterrar o disminuir el analfabetismo; la de organizar sencillas conferencias de educación ciudadana, en que se predique el respeto a la ley, al jefe del Estado y a la autoridad, la obligación de contribuir a las cargas públicas, el deber de defender la Patria, el de emitir el voto en conciencia y sin venta ni sumisión, los deberes familiares, los preceptos de higiene, el cariño al árbol, a los pájaros y a las flores, y, en fin, todo cuanto pueda contribuir a ir afinando y fortaleciendo el alma y el cuerpo del ciudadano”. Este magnífico decreto fue firmado en La Ventosilla el 20 de octubre de 1923 por Alfonso (XIII) y se publicó en la Gaceta al día siguiente. Cabe imaginarse los pensamientos de los oficiales del Ejército (harían falta unos 250) con posibilidades de ser asignados a una labor tan inverosímil. La lectura en negativo de sus funciones permite por otra parte hacer la lista completa de las deficiencias sociales y culturales del país, que ellos estaban llamados a subsanar[11]. Este modelo colonial del Estado español, que estaba por entonces en vigor, adjudicaba a los militares un papel muy destacado, de carácter “técnico”, en asegurar el orden y la disciplina en el país.

Un territorio colonial se administra por una élite procedente de la metrópoli, distante por lo general millares de kilómetros de distancia. Pero, ¿qué ocurre cuando el territorio metropolitano y el territorio colonial son contiguos o incluso coinciden? Esto último parece absurdo en principio: un territorio no puede ser colonia y metrópoli a la vez. Pero a escala de un país bastante grande como España, contemplado con la suficiente lejanía, el aspecto general durante los tres primeros cuartos del siglo XX es claramente “colonial”. Esto significa varias cosas: una ancha distancia social entre la élite gobernante y los índígenas, a los que se reconoce una cultura extraña y sin valor, a lo sumo pintoresca; la creencia en que los indígenas deben ser transformados y civilizados antes de serles permitido gozar de derechos civiles plenos, siguiendo el modelo de los evolués de la Argelia Francesa, también una colonia demasiado cerca de la metrópoli; la obsesión sobre la transformación integral del territorio, acercando –y en gran escala– los paisajes indígenas demasiado húmedos, demasiado secos o demasiado abruptos a los paisajes idealizados de la metrópoli, más suaves y ordenados; y la distribución de las fuerzas armadas no hacia el exterior, defendiendo las fronteras de la patria, sino distribuidas en guarniciones y puestos por todo el interior, prestar a aplastar cualquier sublevación indígena.

El modelo colonial interior sucedió al imperio colonial mundial en 1898. Pronto los gobernantes españoles volvieron a meterse en líos, mediante sucesivos tratados y pactos en 1900, 1902 y 1906 que llevaron directamente al desastre en Melilla de 1909. Desde ese año hasta 1927 se sucedieron 18 años de guerra en el norte de Marruecos. La prolongada guerra entrenó a toda una generación de militares en artes que luego aplicaron exitosamente en la metrópoli, entre 1936-1939 y más allá. El Rif era una colonia pero también parte integral del territorio de la patria, de manera que terminó siendo una especie de versión reducida y exacerbada de España, una “hiperespaña”, si se permite la expresión, donde el modelo colonial se aplicaba sin contemplaciones.

En julio de 1936 había poco más de 200.000 hombres armados en España, aproximadamente el 1% de la población total, que era de unos 24 millones de personas. En marzo de 1939 la cifra se acercaba a los dos millones, cerca del 10% de la población total. Tradicionalmente se había considerado un tamaño de ejército de un décimo del total de la población como indicador de la movilización total, de que el estado estaba ya completamente militarizado.

 

[11] DIRECTORIO MILITAR: Real Decreto acerca de la inspección de ayuntamientos. – . Gaceta de Madrid – 21 de octubre de 1923.

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