La fortaleza nacional

ymarzo1938-insertoFragmento de la portada de la revista de la Sección Femenina “Y” de marzo de 1938 (clic para ver la imagen completa)

 

…este pueblo fuerte y aguerrido, de tierra seca y campos de oro,
país de nieves que el sol abrasa.

Discurso del general Mola en radio Castilla
15 de agosto de 1936

 

El colegio electoral que dio todos los poderes al general Franco estaba formado por aproximadamente una docena de generales y coroneles, hombres entre los cuarenta y los cincuenta años con experiencia en la guerra colonial de Marruecos. El más viejo era Cabanellas, jefe nominal del Estado hasta ese momento, que tenía 64, y que fue el único que se opuso al nombramiento. Las dos reuniones que necesitaron los electores para tomar su decisión final se celebraron en la finca del famoso ganadero de toros bravos Antonio Pérez Tabernero, en Muñodono, a unos 30 km de Salamanca.
La ceremonia de transmisión de poderes se escenificó en el salón del trono de la Capitanía general de Burgos, caput Castellae, la capital del antiguo reino de Castilla. Era la capital simbólicamente perfecta para el Estado nacionalista, a pesar de sus feroces hielos invernales. Junto con Salamanca, formaba el eje principal de dominio de los facciosos en su plaza fuerte, el valle del Duero, actual Comunidad Autónoma de Castilla y León y feudo del Partido Popular.

El Alzamiento funcionó como un reloj en el valle del Duero. En todas las capitales de provincias, las respectivas unidades militares, relativamente abundantes (la región era la sede de dos de las ocho Divisiones Orgánicas en que se organizaba el Ejército) eliminaron a sus elementos pro-republicanos y aguardaron el momento oportuno para sacar los soldados armados a la calle, dirigirlos a la plaza más céntrica disponible y proclamar allí solemnemente el estado de guerra. A continuación, se ocuparon los tres cuarteles generales del enemigo, es decir, el Gobierno Civil, el Ayuntamiento  y la Casa del Pueblo. Esta fase conllevó algún choque con elementos frentepopulistas armados, pero sólo en Valladolid, con los obreros ferroviarios, alcanzó carácter de gravedad. Al final todos se  resolvieron con rapidez a favor de los sublevados. Las autoridades militares, una vez afianzadas, nombraron algunos de sus oficiales como gobernadores y alcaldes.

Los nuevos gobernadores llamaron por teléfono a las unidades de la Guardia Civil de la provincia, ordenándoles tomar el control de sus respectivas localidades, detener a los extremistas y liberar a los falangistas y derechistas presos, si los hubiera. De esta manera, sin alterar apenas la cadena de mando original, todo el territorio del país del Duero quedó en poder del Ejército en tres o cuatro días. Fueron necesarias algunas patrullas de Guardias Civiles apoyadas por falangistas (cuyo número aumentó prodigiosamente en pocos días) para recorrer las extensas provincias castellanas del norte y sus centenares de pueblos, muchos de los cuales tenían comunicaciones precarias con el resto del mundo, es decir, con la capital de la provincia. Esto adjudicó un enorme valor a la requisa de todos los camiones  y coches disponibles. Las fuerzas del orden volantes encontraban aldeas de cincuenta o sesenta vecinos, dedicados la mayoría a la labranza del secano, poco informados de las noticias (las radios y teléfonos escaseaban).

Tras haber asegurado el control general del territorio, comenzó la tarea de control fino de la población. En esta labor tuvo un papel muy importante la prensa local. En Soria, El Avisador Numantino pasó la primera mitad de 1937 publicando listas de donativos al Ejército Nacional, y lo mismo hizo el Adelantado de Segovia o el Día de Palencia. Las listas se publicaban vecino a vecino, pueblo por pueblo, terminando con un resumen a cargo del Ayuntamiento de los totales recaudados. Los donativos podían ir desde varios miles de pesetas, generalmente firmados por “un patriota anónimo” o “un castellano viejo” a dos pesetas, una docena de huevos y una hogaza, con su dador identificado con nombre y apellidos. En algunos casos extremos, la donación se limitaba a 0,5 pesetas y un pañuelo, o a unos calzoncillos y un par de calcetines.

La proporción de donantes a vecinos solía ser alta, especialmente en los pueblos más pequeños: así en los cuatro municipios de la provincia de Soria listados en el periódico de 31 de marzo de 1937 el número de donantes sobre el de hogares registrados  es de  28 a 60, 59 a 67, 86 a 96 y aproximadamente 200 sobre 718 hogares (en Almenar).  Hay que tener en cuenta que los que no habían figurado en las listas de la edición anterior podían aparecer en una nota en la edición siguiente, como si se tratara de la rectificación de una errata. Otros sistemas de implicar  a la población eran los pliegos de firmas de adhesión al Glorioso Movimiento Nacional, que se solían exponer en alguna sala principal del Ayuntamiento o la Diputación. Cuando se acercaba la hora de encuadernar los pliegos para su envío a Salamanca o Valladolid, el diario local insertaba un aviso a los rezagados en la sección de anuncios breves. También estaba la afiliación a la Falange, que denotaba un riesgo mayor o un compromiso más intenso, y la notificación de toda clase de servicios a la causa.

La cuenca del Duero sólo fue afectada marginalmente por los combates de la Guerra Civil, en los puntos donde los frentes coincidieron con la orla montañosa que rodea la cuenca, especialmente en la Sierra del Guadarrama y en los puertos del límite con Asturias y Cantabria. Este extenso territorio, tan grande como Portugal, estaba gobernado por una institución peculiar, la Confederación Hidrográfica del Duero (CHD), un importante poder fáctico en la región desde su creación en 1927, encargada de la transformación general de su paisaje para hacerlo más productivo. El paisaje clásico castellano de alineaciones de chopos en la ribera de los ríos, por ejemplo, es moderno y obra de los servicios forestales de la CHD. De los ocho millones de hectáreas de la cuenca del Duero, más de tres estaban cubiertas de bosques, pastos y matorrales, y unos cinco millones (algo más de la extensión total de Dinamarca) se dedicaban a cultivos, la mayor parte a cereales, de ellos más de la mitad trigo. Producir trigo era la principal actividad de esta extensa región, que compensaba con su amplitud sus pobres rendimientos. Sólo se regaban unas 40.000 has, y era responsabilidad de la Confederación multiplicar esa cifra por diez. Estas perspectivas estaban todavía lejanas en 1936, cuando apenas se había comenzado a poner en marcha el gran plan de embalses y regadío Lorenzo Pardo-Indalecio Prieto de 1933.

El valle del Duero, nítidamente separado del mundo exterior por un círculo de montañas, era la fortaleza nacional en sentido literal, pero también desde otros puntos de vista. El ideal racial del nacionalismo eran los aldeanos supuestamente trigueños, tostados por el sol y enjutos que habitaban en los campos castellanos. Pueblos pequeños, pequeños propietarios, la lengua castellana en todo sus esplendor –en España se consideraba como el lugar donde se hablaba el mejor castellano una zona vagamente definida en torno al norte de Castilla la Vieja y Cantabria–  una conveniente lejanía del mar y por ende de las ideas disolventes, ausencia casi absoluta de gran industria y sus inconvenientes concentraciones obreras, todo junto hacía que el nacionalismo se sintiera extremadamente cómodo en el país del Duero.

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