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Taumaturgia: los viajes del Caudillo (y de sus ministros)

Visita de Franco a Cáceres, en julio de 1970. (España 80 años, Editora Nacional, 1973)

La serpiente de charol (1) recorrió una y otra vez las carreteras de España, en viajes que siempre empezaban y terminaban en el palacio de El Pardo, y que duraban desde unas horas a una semana. Aparte del extraordinario Mercedes G.4 de seis ruedas que le regaló Hitler, que solamente usaba para ir de cacería, Franco tenía una gran colección de cochazos oficiales pintados de negro lustroso, que incluía algunos Rolls Royce, Cadillac, Buicks y otro Mercedes menos ostentoso, un modelo 770. Incluso llegó a usar un coche de fabricación nacional, un Chrysler fabricado por Barreiros. Todos estos coches estaban blindados, lo que limitaba seriamente su velocidad. Acompañados por otros modelos menos magníficos usados por ministros y otras autoridades, formaban la caravana oficial de los viajes del Caudillo.

Salvo en caso de viajes improvisados por causa de catástrofe natural, como las inundaciones de Cataluña de 1962, los viajes se planificaban con la suficiente antelación. Había que organizar muchas cosas: inauguraciones, discursos, muestras de adhesión. El momento cumbre solía ser aquel en que el Generalísimo apretaba un botón o movía una palanca más o menos simbólica y una central eléctrica inexistente hasta entonces comenzaba a funcionar y a enviar kilovatios a la economía española, o un embalse de riego a mover millones de litros de agua hacia los campos sedientos, o un silo a comenzar su carga de grano, etc. Tenían menos interés los cortes de cinta de nuevos tramos de carretera o la entrega de llaves y títulos de propiedad de viviendas obreras, la inauguración de grupos escolares, y así. Lo más importante e impresionante era el momento en que algo comenzaba a funcionar, en que la energía chisporroteaba como respuesta al click del interruptor pulsado por el dictador, funcionando como un taumaturgo que ponía en marcha, casi literalmente, una comarca o una provincia entera.

Las autoridades locales tenían la misión de movilizar a cuanta más gente mejor, como público de los discursos y ceremonias o espectadores del fugaz paso de la caravana oficial. El comportamiento del público ante la visita de Franco estaba codificado en expresiones estándar que se usaron una y otra vez entre 1939 y 1975. El cruce de los adjetivos “delirantes, entusiásticas, constantes, incesantes” y los sustantivos “aclamaciones, ovaciones, vítores” era la fórmula habitual, pues permitía infinidad de combinaciones para alivio de los periodistas. Había otras más concretas como “aplausos frenéticos” o “clamor y entusiasmo inenarrables”. Se necesitaba una buena dosis de arquitectura efímera (más en el franquismo inferior que en el superior), en forma de tribunas engalanadas, arcos de salutación, banderolas, etc. A veces, los alcaldes de las aldeas simplemente pedían a los vecinos que sacaran por las ventanas las mejores y más coloridas colchas que tuvieran.

El movimiento pulsante del dictador entre el palacio del Pardo y cualquier punto del país era sólo la parte más visible de una necesidad intrínseca del Régimen: la presencia física y real de la Superioridad con la mayor frecuencia y extensión posible. La docena larga de ministros viajaban pues in extenso, reproduciendo fractalmente los viajes del Generalísimo y produciendo un “fructífero contacto entre administradores y administrados”. Los ministros inauguraban las instalaciones asignadas a su departamento y “estudiaban sobre el terreno” los problemas (nunca políticos) del desarrollo de la nación.

Algunos ministros, como Manuel Fraga, mantenían un ritmo viajero infernal. Este itinerario da idea de lo que podía dar de sí un solo día de ruta del ministro de Información y Turismo. El 10 de julio de 1965, irrumpió en la provincia de Soria por la carretera de Zaragoza, inauguró el nuevo Parador Nacional de Santa María de Huerta, subió luego hasta la capital, donde visitó las obras del nuevo parador nacional “Antonio Machado”, saltó de nuevo a su vehículo y terminó, 50 km al noroeste, en la mítica Laguna Negra de Urbión. Allí, Manuel Fraga Iribarne recorrió un empinado sendero flanqueado por carteles de madera de pino con mensajes como “Este lugar lo ha creado Dios”. Arriba, el celestial panorama de la laguna y su circo glaciar se extendió ante el ministro, que no tuvo tiempo más que para echar una rápida ojeada, ponderar las inmensas posibilidades turísticas del enclave y saltar de nuevo a su vehículo, que le llevó, atravesando la agreste comarca de Cameros, hasta Logroño, donde le esperaban para, pulsando los mecanismos correspondientes, iluminar las torres de la catedral de Santa María de la Redonda, nuevo hito turístico del Camino de Santiago.

Otros titulares ministeriales apenas se movían de Madrid. Pero el resultado final era que en cualquier momento dado siempre había algún ministro soltando algún importante discurso en alguna parte. En un día como cualquier otro, en agosto de 1962, le tocó a Alberto Ullastres (Comercio, 1957-1965) inaugurar la Feria de Bilbao y soltar de paso una consigna: “Se trata de que todo el mundo sea clase media”. Cada ministro inspeccionaba y vigilaba los aspectos de su jurisdicción, y si el Ministro de Justicia solía reunirse con presidentes de audiencias, arzobispos y cardenales, el de Trabajo no tenía más remedio que platicar con trabajadores.

El 1 de mayo de 1963, el ministro de Trabajo, Jesús Romeo Gorría (ostentó el cargo entre 1962 y 1969), estaba de gira por la cuenca minera de Teruel. En Montalbán, le contaron el caso de Faustino Bielsa Huguet, un minero que quedó ciego por una explosión. El ministro visitó al desmoralizado minero y “Allí mismo, en aquella humilde casa de Montalbán, ante la realidad lacerante de aquel hombre, nació el Decreto que otorgaba a los ciegos en accidente la consideración de “grandes inválidos”. La historia fue publicada en el panfleto de propaganda anual “Crónica de un año de España” del 18 de julio de 1962 al 18 de julio de 1963 (2). El cronista rechaza la obvia objeción de que hubiera sido mejor crear una comisión ad hoc de la seguridad social, en lugar de organizar esta “historia sentimental”. Y defiende el criterio taumatúrgico franquista para solucionar los problemas: la visita del ministro, su presencia física, a un paso de la imposición de manos propia de los monarcas medievales, proporciona solución inmediata a un problema que los técnicos “enclaustrados en sus despachos” habrían tardado mucho tiempo en resolver.

1- La expresión la inventó el periodista Ramón Sierra, “la acharolada serpiente de coches oficiales”, ABC, 18 de octubre de 1964, “El pacto ibérico sigue vivo y operante”.

2- Crónica de un año de España. 18 de julio de 1962-18 de julio de 1963. Servicio informativo español (1963).

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