Fragmento de uno de los paneles de la Exposición Conmemorativa del I Centenario de la Estadística Española, en 1956.
El Anuario Estadístico de 1943 era un tocho enorme de casi 1.500 páginas (1), sucesor en tamaño y forma del Anuario de 1934, el último completo que se publicó antes de la guerra civil. En 1936 se había publicado un Pequeño Anuario Estadístico, de unas 100 páginas, con fines de divulgación. En 1941 y 1942 se publicaron sendos anuarios resumidos o manuales. Pero no fue hasta 1943 que el Estado, bajo circunstancias radicalmente nuevas, reanudó la tarea de contar, estimar, calibrar y publicar con detalle toda la información pertinente sobre la nación, realizando así un acto de dominio importante y explícito. Los siete años de oscuridad estadística habían terminado. Ahora le tocaba el turno al Régimen del 18 de julio de reunir las tablas informativas, ilustrarlas con gráficos y, andando el tiempo, de publicarlas triunfalmente como demostración irrebatible del progreso del país. Pero para eso quedaban unos cuantos años.
Para empezar, el Anuario publicó una serie de datos sobre la posición del país en el mundo, su extensión, forma y confines, invariables desde hacía muchos años pero que ahora podían ser vistos bajo una luz nueva. Estaba la importante cuestión de los límites de la patria, 6.764 kilómetros en total. La idea general del Régimen es que España debía ser una fortaleza autosuficiente, con fronteras bien defendidas contra un mundo potencial o abiertamente hostil. Esta idea implicaba aumentar el consumo de hormigón, la principal materia prima de los blocaos y fortines, pero no todo el perímetro de la nación podía ser fortificado.
La frontera portuguesa no había que defenderla, pues no cabía esperar ningún ataque por ese lado. El Pacto Ibérico se había firmado en febrero de 1942. Las costas insulares eran imposibles de defender de manera efectiva, aparte de algunas fortificaciones aisladas. Quedaban 3.144 kilómetros de costa peninsular, que sí debía ser defendida y en la que se reforzaron las fortificaciones en varios puntos, principalmente en Cataluña y Galicia. El problema principal estaba en los 677 kilómetros de frontera con Francia, que el Régimen veía como su principal zona de peligro de ataque exterior. En este caso los Pirineos eran una barrera natural formidable, que había que mejorar y completar, dentro de la idea general de corregir a la naturaleza propia del franquismo.
La Línea Pirineos o Línea P (no era un nombre oficial) llegó a tener más de 4.000 fortificaciones, en una profundidad de unos 60 kilómetros a partir de la frontera (2). Se combinó con una zona de exclusión de ochenta kilómetros de profundidad donde los movimientos del personal estaban severamente limitados por salvoconductos. Las fortificaciones eran muy básicas, muy metidas en el terreno, y las hicieron presos políticos en una primera fase y los soldados de reemplazo en la fase final. La zona estaba repleta de unidades militares, en alerta ante una posible invasión. La línea P cobró mucha actividad en 1944, cuando el ejército alemán –que hizo su propia línea de defensa en la vertiente norte del Pirineo– fue expulsado de Francia para dejar paso a los aliados y a las Fuerzas Francesas del Interior, con mucha presencia de republicanos españoles. La invasión del maquis en el valle de Arán, en octubre de 1944, fue fácilmente repelida. La fortificación del Pirineo reveló su carácter absurdo cuando, en 1948, turistas franceses comenzaron a entrar en España en cantidad por Irún y Port Bou.
Sólo 1.500 metros medía la frontera con Gibraltar, la única linde del Imperio británico en territorio español. Empero a su alrededor se organizó una considerable línea de defensa contra un posible ataque aliado, llamada enfáticamente la Muralla del Estrecho (los Aliados temían por su parte un ataque alemán, cuya planificación llegó a estar muy adelantada, a la Roca). Sólo en la bahía de Algeciras se construyeron 156 fortines (3). Otros se diseminaron por las playas y sierras contiguas, más escasos a medida que se alejaban de Gibraltar. Se pueden ver algunos hoy en día, entre las densas urbanizaciones turísticas de la Costa del Sol y la costa de Huelva.
La Muralla del Estrecho perdió su sentido, pero la línea de contacto (La Verja) entre el Imperio británico y el franquismo funcionó muy bien como estimulante del nacionalismo español y en general como señuelo para distraer al personal cuando surgía alguna dificultad social o política.
El Anuario describió el extenso territorio nacional dividido en provincias, pero también en regiones, puramente históricas y geográficas, pues el Régimen nunca reconoció ninguna división política más allá del nivel provincial. Las regiones estadísticas coincidían bastante bien con las Comunidades Autónomas futuras, salvo porque Madrid estaba incluida en Castilla la Nueva, La Rioja (entonces Logroño) y Cantabria (entonces Santander) en Castilla la Vieja, León formaba región aparte, Albacete se incluía en Murcia y, curiosamente, la región denominada «Vascongadas y Navarra» coincidía con lo que se llama hoy en día Hegoalde, es decir, la parte de Euskal Herria perteneciente al estado español. Las 50 provincias eran la unidad básica de gestión y de gobierno, cada una con su Diputación y su Gobernador Civil/Jefe Provincial del Movimiento, y dentro de ellas los 9.254 municipios eran la siguiente célula territorial de mando, con sus alcaldes que era preciso nombrar por la Superioridad.
Con unos 60ºC de diferencia entre las temperaturas máximas (Sevilla o Córdoba, más de 40 ºC) y las mínimas (Ávila o Teruel, –20ºC) y 1,3 metros de diferencia entre la altura de lluvia máxima (Pontevedra, más de 1.400 milímetros por metro cuadrado) y la mínima (Almería, poco más de cien milímetros de lluvia por metro cuadrado), el Anuario dejaba ver que se trataba de un país muy diverso desde el punto de vista ecológico, lo que tenía gran importancia desde el punto de vista de la autarquía que era la política oficial del régimen por entonces. La idea general es que España era una especie de subcontinente extraordinariamente variado y autosuficiente, capaz de bastarse a sí mismo.
Sobre este extenso y variado país alentaban (según el cálculo oficial para 1 de julio de 1942) 26.244.164 personas. Salvo los niños pequeños, todas ellas debían ser filtradas, catalogadas y procesadas en relación con su lealtad al Régimen. Las ciudades grandes eran un motivo de preocupación. Las tres mayores (Madrid, Barcelona y Valencia) habían sido precisamente las tres capitales de la República, territorio enemigo. Por el lado bueno, había más de 3.000 municipios de menos de 500 habitantes, fáciles de controlar con fuerzas muy reducidas, apenas unos pocos guardiasciviles. Las aldeas (municipios de menos de 100 habitantes) eran una rareza, 56 en total, casi la mitad en Soria y Guadalajara. Serían el objetivo de las misiones civilizadoras de la Sección Femenina. Los pueblos muy grandes, de 10.000 a 20.000 habitantes, abundantes en Extremadura y Andalucía, debían ser objeto de una vigilancia especial.
Había muy pocas personas nacidas en el extranjero viviendo en España. Portugueses, franceses, cubanos y argentinos copaban las primeras posiciones, seguidos de marroquíes, alemanes e italianos. En conjunto, no llegaban ni al 0,3% de la población. La emigración, tan boyante en las décadas anteriores, tampoco funcionaba apenas en 1943. Se contaron 12.419 turistas en 1942, más de la cuarta parte de nacionalidad alemana.
Más de dos millones de arados romanos coexistían con 4.000 tractores, según datos de 1932, último dato disponible (se suponía que la situación no había cambiado desde entonces, en todo caso en detrimento del número de tractores). La fuerza de tracción mecánica era animal, estaba asegurada por dos millones de mulas y asnos. Así que el grueso del trabajo en el campo lo hacían más de un millón de yuntas, la mayoría de bueyes, vacas, mulas y asnos.
En 1940, se contaron 24 millones de ovejas y seis millones de cabras, los animales domésticos predominantes en España, criados en el monte a base de pasto y ramoneo. Vacas y cerdos seguían con menos de cuatro y más de seis millones, respectivamente. Muchas de las vacas todavía eran soltadas en el monte para que se buscaran la vida, pero ya había ese año nutridas poblaciones de vacas importadas, frisonas y pardo-alpinas, más exigentes en comodidades y alimento. Los cerdos funcionaban en general en régimen familiar, que terminaba cada año por San Antón, el 17 de enero.
El tocino era más caro que la carne de cerdo, un indicador de un consumo de carne poco boyante. La carne de cerdo fresca era una delicatessen de temporada, el 80% de los cochinos se mataban entre diciembre y enero. El resto del año había que tirar de chacinas. Eso se compensaba con la temporalidad inversa del cordero, que se mataba en un 70% entre mayo y octubre.
El Anuario cuenta 25.998.418 cartillas de racionamiento individuales (a 31 de agosto de 1943), correspondiendo casi exactamente a una por cada hombre, mujer y niño. Más de 23 millones eran de tercera categoría, correspondiente a las clases humildes, lo que indica una proporción de clase media ciertamente reducida. Pero hay que tener en cuenta que las cartillas de tercera eran las mejores, por su capacidad de acceso a alimentos a precio reducido. En materia de gastos suntuarios, se contaron 365.000 teléfonos, uno por cada 72 habitantes.
La tabla resumen de entradas y salidas de materiales que publicó el Anuario da una idea de cómo la economía española se achicó en 1942 en comparación con la situación de antes de la guerra (civil y mundial). En conjunto, las importaciones quedaron reducidas a un 40%, pasando de 5 millones de toneladas a solo 2. Pero no es lo mismo importar una tonelada de trigo que un coche. Las entradas de materias primas, que incluyen los combustibles como la gasolina, quedaron reducidas a un 30% de las del mítico año 1935, las de artículos fabricados se quedaron en un 25%, pero las de alimentos crecieron hasta el 230%, hay que tener en cuenta que 1935 fue un buen año de cosecha de trigo. Las salidas de materiales pasaron de 6,3 millones de toneladas de antes de las guerras a solo 2,3, una contracción al 35% de lo normal. Las exportaciones de materias primas (como mineral de hierro) se quedaron en un 35% de la situación de preguerra, las de artículos manufacturados se redujeron a la mitad, y las de alimentos se redujeron, a un 28% de lo normal. El caso es que, en pleno año del hambre (1941 y 1942 fueron los peores de la hambruna) el balance de entradas y salidas de alimentos estaba bastante equilibrado: entraron 0,7 millones de toneladas y salieron 0,4.
El anuario contaba 270.719 presos en 1940, que se habían reducido aproximadamente a la mitad dos años después. Menos del 9% eran mujeres. Eso era 30 veces más que la población reclusa de los años de antes de la guerra. La inmensa mayoría estaban encarcelados por delito de rebelión (era la retorcida denominación franquista del delito de haber servido a la República contra los militares sublevados), los otros eran los comunes. A finales de 1942, casi 24.000 redimían pena por el trabajo, este número se duplicaría en años sucesivos. La redención por el trabajo se aplicaba a los presos políticos menos significados, en el otro extremo estaban los condenados a cadena perpetua y a la pena de muerte.
En enero de 1941 había casi 41.000 penados condenados a reclusión perpetua o mayor de 20 años, “incluídos los de última pena”. El Anuario no cuenta las ejecuciones, pero da una pista en la sección de causas de muerte. Antes de la guerra (1933-1935) se contaban cada año menos de 8.000 personas de «muerte violenta o accidental, sin contar suicidios ni accidentes de tráfico». En los cuatro años de 1936 a 1939 esa cifra supera los 50.000, y en los tres años siguientes, 1940-1942, es de más 33.000, más de 24.000 y cerca de 17.000, según el Anuario estadístico de 1943. Los siguientes años reflejan una estela descendente de muertes por violencia organizada, que no dejó de ser perceptible hasta finales de la década de 1940.
El anuario proporcionó varias tablas de causas de muerte. Algunas son propias del primer tercio del siglo XX en España, como bronquitis y neumonías, diarreas y enteritis y tuberculosis, indicadores de una vida con no muy buena alimentación y poco confort y salubridad, en conjunto cerca de la tercera parte de las muertes. Otras causas de muerte importantes eran comunes como lo son hoy en día, señaladamente las enfermedades del corazón (cardiovasculares) y las embolias, ictus e infartos cerebrales, en conjunto casi la cuarta parte de las muertes. Por el contrario, el cáncer no llegaba ni al 4% de los decesos. Dos apartados importantes eran la senilidad, que explicaba el 5-6% de las muertes en 1941 y 1942 (en anuarios anteriores se llamaba sencillamente «muerte natural»), y el único apartado de causas de muerte nítidamente diferenciadas de la experiencia de los últimos 150 años en España, la muerte a causa de la violencia organizada.
El gráfico de nacimientos y defunciones 1900-1942 indicaba la magnitud del reciente desastre de la guerra civil. Desde 1900, las muertes se habían reducido cada año paulatinamente desde más de 500.000 hasta menos de 400.000, con excepción del impresionante pico de mortalidad de 1918 por la epidemia de gripe. En 1936 había comenzado un fenómeno nuevo que multiplicó la mortalidad y provocó el desplome de la natalidad. Esta vez no se trata de un agudo pico único de muertes como el de 1918, sino de un macizo montañoso que se eleva entre 1936 y 1941, con dos máximos de mortalidad en 1938 y 1941, y el máximo desplome de la natalidad en 1939.
Hay muchas más huellas de la guerra civil en el Anuario. La mortalidad de hombres y mujeres había estado tradicionalmente en la proporción 51/49. pero entre 1936 y 1941 cambió a 56/44, indicando así como la violencia se cebó sobre todo en los varones. Y en los varones jóvenes: la tasa de mortalidad de hombres entre 20 y 24 años se duplicó durante la guerra y después. Estas dentelladas demográficas se dejaron sentir en las décadas siguientes.
Terminada la guerra mundial, el Régimen del Movimiento hizo otro movimiento de tipo “España año cero”. El “nuevo Estado”, necesitaba un instrumento auxiliar de las tareas de gobierno, una especie de inteligencia artificial capaz de “el conocimiento objetivo de la realidad” (4). La importantísima Ley de 31 de diciembre de 1945, después de poner a caer de un burro la anterior organización oficial de toma y procesado de datos, a la que acusa de atrasada, inconexa, confusa, etc., creó el Instituto Nacional de Estadística (INE), bajo la jurisdicción directa de la Presidencia del Gobierno, es decir de Luis Carrero Blanco. La nueva institución recibió amplios poderes para sonsacar información de cualquier actividad de la nación, especialmente de tipo económico y demográfico, y se le puso como objetivo elaborar información de tipo continuo e instantáneo, de las que dan una idea rápida al gobernante de cómo van las cosas.
El INE celebró su 75 aniversario en 2020. En 1956 el centenario de la estadística española fue la oportunidad para inaugurar el nuevo estilo de propaganda estadística (no es un término peyorativo, sino oficial), con una mega-exposición en la que se exhibieron alrededor de 800 piezas procedentes de decenas de servicios oficiales, desde el Servicio Nacional del Trigo a Correos y Telégrafos. La exposición contaba con fotografías, maquetas, objetos diversos y sobre todo con un despliegue de paneles ilustrados, mostrando gráficos en los que barras y líneas serpentean mostrando el progreso del país, acompañados de ilustraciones alusivas. Por ejemplo, “Un gráfico del descenso de reclusos” y “un mapa industrial penitenciario” entre los diversos proporcionados por el Ministerio de Justicia, o “Gráfico de la disminución del clero”, de la Oficina Estadística de la Iglesia. El Ministerio del Ejército aportó dos fusiles-ametralladores, entre otros muchos objetos y varios gráficos. El stand más sensacional era el de IBM, que presentó una computadora, al parecer el modelo 604, la primera comercializada en masa. En resumen, la exposición quería “medir a España en su actividad y en su espíritu” (5).
La propaganda estadística llegó a su cumbre en 1964, cuando se celebraron los “25 años de paz”. Dentro de la avalancha de propaganda que se abatió sobre el país, destacó la colección de 150 carteles, de formato apaisado y a todo color, mostrando información estadística sobre cómo habían cambiado las cosas entre 1939 y 1964. Todos estaban encabezados con el titular “ESPAÑA EN PAZ” y debajo, en la mayoría de ellos, figuraba un par de viñetas que simbolizaban, en la imagen de la izquierda, la situación previa y en la de la derecha la situación vigente. Fueron realizados por reputados artistas y caricaturistas en un estilo desenfadado, casi caricaturesco. Los carteles mostraban cómo lo malo (el paro obrero, la población reclusa) se reducía, mientras que lo bueno (la estatura de los reclutas, los títulos de familia numerosa) crecía. Se hicieron muchas copias de los carteles, que se pudieron ver en infinidad de pueblos y ciudades de todo el país. Después del anuario de 1943, los dos siguientes fueron bianuales (1944-1945 y 1946-1947). A partir del anuario de 1948, la serie anual ya no se ha interrumpido.
1- Ministerio de Transporte-Dirección General de Estadística_ Anuario Estadístico de España. Año XX. 1943. Se puede consultar (junto con todos los anuarios históricos) en ine.es.
2- Santiago Gorostiza, ““There Are the Pyrenees!” Fortifying the Nation in Francoist Spain,” Environmental History 0 (2018): 1–27).
3- Ángel J. Sáez Rodríguez (2020). “Los fortines de Franco. El ala occidental del despliegue”. Almoraima. Revista de Estudios Campogibraltareños (52), marzo 2020. Algeciras: Instituto de Estudios Campogibraltareños, pp. 45-64.
4- Ley de 31 de diciembre de 1945 de creación del Instituto Nacional de Estadística.
5- Ya, 25 de noviembre de 1956, en el libro conmemorativo del I centenario de la estadística española, Años 1856-1956, Instituto Nacional de Estadística, Madrid, 1957.
Asuntos: Estadísticas
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