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En busca del nitrógeno

El nitrato de España. La revista vinícola y de agricultura, 31 de septiembre de 1953. Biblioteca Virtual de Prensa Histórica, Ministerio de Cultura.

El 5 de diciembre de 1939, La Vanguardia informó a sus lectores de la llegada de un barco con 4.000 toneladas de nitrato de Chile al puerto de Barcelona. No era nada inusual, el año 1935 llegaron a los puertos españoles más de cien barcos con fertilizante nitrogenado, 600.000 toneladas en total. Pero algo había cambiado. Sólo dos días antes, el 3 de diciembre, el Tairoa, con alimentos y carga general desde Brisbane a Londres, había sido interceptado y hundido por el crucero pesado Admiral Graf Spee a unas 1.000 millas al oeste de la costa de Namibia. El corsario alemán llevaba tres meses merodeando por el Atlántico Sur y alrededores, en busca de mercantes británicos. Como establecía el reglamento, el Tairoa fue evacuado por su tripulación y a continuación echado a pique.

Tanto si el barco recién arribado a Barcelona pasó el cabo de Hornos, o siguió la ruta del Canal de Panamá, o la más corta desde Buenos Aires –que fue la que se utilizó a lo largo de la segunda guerra mundial, el nitrato llegaba allí por cabotaje– su derrota se cruzó en algún punto con la del buque corsario alemán, que pocos días después fue bloqueado en el puerto de Montevideo por barcos de guerra británicos y hundido por su tripulación. El Atlántico se estaba convirtiendo en una zona peligrosa, que pronto estaría infestada de submarinos alemanes y alguno italiano. Estos antiguos aliados del Régimen de Movimiento nacional no tuvieron inconveniente en hundir o averiar unos cuantos barcos españoles. El peligroso mar elevaba los fletes y el coste del transporte, y una ruta tan larga como la del nitrato de Chile sufría especialmente. Algo había cambiado también el punto de descarga. Los antiguos almacenistas y distribuidores ahora tenían un nuevo Poder allá arriba controlándolo todo. El reparto del fertilizante se haría, informó el periódico, «bajo la vigilancia de los organismos sindicales de Agricultura de Falange Española Tradicionalista y de las J.O.N.S.».

La guerra mundial afectó seriamente al nitratoducto que conectaba la costa del norte de Chile con España. Los envíos directos desde Chile cambiaron por envíos desde Buenos Aires, pero el material llegaba con cuentagotas comparado con la situación de antes de la guerra. Tampoco eran boyantes las importaciones desde Europa allende el Pirineo. Las 600.000 toneladas de fertilizante nitrogenado importadas en 1935 quedaron como un recuerdo de abundancia casi mitológico. La agricultura española se había hecho adicta al nitrógeno, y la drástica reducción de la dosis implicó un problema realmente grave. Las importaciones, entre 1938 y 1948, pasaron de ser menos de un diez por ciento de los envíos normales a alcanzar un exiguo 20 % (1). Otras importaciones de fertilizantes a base de nitrógeno desde Reino Unido, Bélgica y Estados Unidos salvaron algo la situación, pero apenas se consiguió superar una tercera parte del abastecimiento de antes de la guerra.

Las 4.000 toneladas de caliche (nombre vernáculo del nitrato del desierto de Atacama) llegadas a Barcelona no parecían gran cosa, pero es que el nitrógeno es un producto muy especial, un multiplicador de las cosechas casi mágico. Los técnicos calculaban que un barco de nitrato, peso por peso, equivalía a tres barcos de trigo. (2)

El trigo se sembraba en otoño, para acopiar la humedad del invierno y la primavera, en una extensión enorme, oscilante en torno a los cuatro millones de hectáreas. Se puede decir que la décima parte de la superficie del país, una extensión como toda Extremadura, estaba ocupada por el reactor biológico del cultivo de trigo. Se cosechaba en verano, desde junio a agosto según el clima más o menos suave de la región, empezando en Sevilla y terminando en Soria. Para la Virgen de Agosto (el 15) toda la cosecha debía estar recogida. Alcanzar los diez quintales por hectárea (una tonelada de grano en un campo del tamaño aproximado de un campo de fútbol) se consideraba un buen rendimiento. Esos cuatro millones de toneladas de cereal, unos 150 kilos por habitante, que se traducían en 180 kilos de pan, eran la base de la comida, unos 500 gramos diarios de pan por habitante, quod erat demonstrandum. Esta ración de pan era la mitad de la alimentación nacional, en términos de calorías y proteínas, el núcleo duro de la alimentación, mucho más importante para las clases populares que para los ricos. Esta ecuación de hierro determinaba toda la vida del país.

A finales de julio de 1944 se acabaron las existencias de la cosecha de trigo del verano de 1943. Una nota oficial informó al público del problema: «las existencias de la cosecha anterior están tocando a su fin y es preciso enlazar el remanente del pasado año con la cosecha actual». La respuesta fue mezclar las últimas existencias del trigo del año pasado con toda clase de supuestas harinas al parecer panificables, para estirar el remanente, y además reducir el suministro oficial de pan a 50 gramos para las cartillas de primera y 100 gramos para las de segunda y tercera. Las patatas salvaron en parte la situación, pues la cosecha había sido buena. Se anunció un suministro extraordinario de patatas, con un suministro extraordinario de aceite para condimentarlas (3). Diez años de equilibrios alimentarios de este tipo dejaron a la población exhausta.

Dionisio Martín Sanz, uno de los fundadores del Servicio Nacional del Trigo, argumentaba en 1946, “Existe un curioso y trascendental paralelismo entre las unidades nutritivas que suministra el campo y la población española” (4), que no hace más que describir un país funcionando a base de energía solar, capaz de funcionar con los recursos de su territorio sin contar para casi nada con el mundo exterior. Durante siglos, esto había sido así de manera literal. Pero había empezado a cambiar en los últimos años del siglo XIX. En 1907, los abonos minerales, en su gran mayoría importados, ya sumaban el 16 % del total del nitrógeno, fósforo y potasio (NPK) que se añadía a la tierra para fertilizarla. El resto, un 84%, era el buen y viejo estiércol, y ahí habría que sumar palomina, gallinaza, sangre desecada, basuras fermentadas, huesos molidos, y un sinfín de elementos similares. No se tiraba nada. En 1933 los abonos foráneos ya sumaban el 33% contra el 67% de los locales, y el aporte de NPK se había más que multiplicado por tres. Así fue como la agricultura española, la base de la nación, comenzó a ensanchar su lugar en el mundo, a depender cada vez más de la llegada de barcos de otros países o de la producción de las fábricas. En paralelo, la población había pasado de 18 a 25 millones entre 1900 y 1935, añadiendo siete millones de bocas que alimentar. (5)

Para dar de comer a tanta gente, el país andaba corto de dos elementos fundamentales y estrechamente relacionados: proteínas y nitrógeno. Las proteínas, sin las cuales seríamos sacos amorfos de materia orgánica, contienen nitrógeno en cantidad. Naturalmente la fuente principal de proteínas era el trigo, con la ayuda crucial de las legumbres. El trigo que se cultivaba en España por entonces solía tener más contenido en proteínas (alrededor de un 15%) que las variedades posteriores asociadas a la revolución verde. Una dieta límite, a base de pan y agua, podía mantener con vida a una persona largo tiempo. Pero no venía mal acompañarla con suplementos de alimentos ricos en proteínas, como el bacalao de Islandia y los huevos, que tradicionalmente se importaban en gran cantidad.

Entre 1939 y 1949 la población española aumentó en dos millones de personas. El país cayó en la trampa malthusiana: una población creciente contra un sistema de producción de alimentos estancado y deficiente. En la lista de culpables destaca el sistema de gestión, el software de la producción de alimentos, una política ultrarrígida de control que asfixió a los labradores. En 1945 una nutrida representación de los agricultores castellanos expresó así su crítica al sistema vigente: “operando rígidamente sobre el volumen total de la cosecha, se precisa… una vasta, compleja y cara organización que engendra una serie de órdenes cuyo cumplimiento retiene a los empresarios en una constante preocupación, … La oposición terminante a la “Ley de oferta y demanda”… conduce irremisiblemente al “mercado negro”. Ya que no existía el mercado libre, los labradores castellanos se quejaron de los bajos precios oficiales a los que se pagaba su producto, que no les incentivaba ni de lejos para ensanchar su cultivo : “pudo muy bien justipreciarse el trigo para evitar la disminución del área de cultivo de este cereal”. El control estricto del trigo, el combustible nacional, no se aflojó, y no por entero, hasta 1951.

Dionisio Martín Sanz, presente en la reunión (6), dejó de lado el software de control rígido, que consideró necesario y útil, y esgrimió el argumento ecológico que explicaba la escasez: “la escasez de abonos en los momentos actuales”, lo cual, a la altura de mayo de 1945, quería decir escasez de nitrógeno; P y K se podían obtener con bastante facilidad, pero N no. Sin llegar a los extremos de la importancia crucial de la pimienta en el desarrollo de la civilización europea (que tan bien explica Carlo M. Cipolla en Allegro ma non troppo), lo cierto es que el nitrógeno era la llave de la agricultura y por ende de la alimentación en España. Tras más de cuarenta años de depender cada vez más de abastecimientos externos de este crucial elemento, entre 1939 y 1949 el suministro cayó en picado. A escala fisiológica, las plantas de la España del Movimiento Nacional vieron seriamente recortada su capacidad de crecer y sintetizar proteínas y las cosechas se recortaron drásticamente.

En 1939 la vital conexión chilena dejó de funcionar normalmente (7), muy a pesar del país exportador. “Durante las graves circunstancias porque atraviesa el mundo, Chile ha realizado toda clase de esfuerzos para facilitar a España el mayor tonelaje posible de NITRATO DE CHILE indispensable a la agricultura”. El anuncio, publicado en 1942, termina rogando a la Agricultura Española que no se olvide de este producto insustituible “cuando se normalice la situación” (8). No había pueblo donde no estuviera, en alguna pared céntrica, el gran cartel de azulejos donde una silueta a caballo sobre fondo amarillo transmitía el mensaje, escrito en grandes letras blancas: «Abonad con Nitrato de Chile». Diseñado a finales de los años 20, el popular diseño mostraba el poderío del PNC (Permanent Nitrate Committee; había mucho dinero en juego (9). Era un permanente recordatorio de que el abastecimiento de nitrógeno era el punto flaco de la agricultura española, especialmente de la dedicada al cultivo de trigo.

El nitrógeno era el componente fundamental de las proteínas del pan, la gasolina nacional de antes de la gasolina, y reponerlo en los campos después de recogida la cosecha era un gran quebradero de cabeza. Tras siglos de emplear estiércol, barbechos y plantación de legumbres captadoras de nitrógeno, el nitratoducto de 17.000 kilómetros procedente del desierto chileno (solo 12.000 si se usaba el canal de Panamá) pareció la solución panacea. Hasta la guerra civil, el 90% del nitrógeno era importado, de Chile y de otros países, por ejemplo se hacía mucho uso de la cianamida noruega. En 1940 se entrecerró esa puerta, y la industria nacional del nitrógeno era raquítica.

Una respuesta lógica fue volver a la agricultura orgánica de circuito cerrado, como reza este consejo agrícola oficial de 1942: “Las dificultades insuperables del momento en que vivimos restringen los abonos minerales. Sustituirlos con abonos orgánicos. No desperdiciéis basura, que es alimento para vuestras tierras. ¡¡Haced buenos estercoleros!!” (10) Se tenía la idea de que los labradores –en cuya profesionalidad no se confiaba– desperdiciaban los valiosos fertilizantes contenidos en el estiércol, dejando que este, por ejemplo, perdiera nitrógeno cuando, abandonado el montón en el campo, las bacterias lo devolvían al aire.

Todavía en 1956, cuando ya se importaban abonos químicos en cantidad, se calculó que el aporte de elementos fertilizantes NPK (nitrógeno, fósforo y potasio) del estiércol y abonos naturales asociados era al menos equivalente al de los abonos artificiales. La potasa no era problema, pues España tenía un yacimiento para dar y tomar en la montaña de sal de Cardona. El fósforo era un problema menor, se importaba la materia prima del Marruecos francés y había tradición industrial de fabricación. El cuello de botella era el nitrógeno. La reacción del Régimen fue característica: trompetazos autárquicos. “600.000 toneladas de abonos nitrogenados producirán nuestras fábricas”, haciendo eco de la cantidad mítica de antes de la guerra. Es el titular que encabezaba las interesantes declaraciones del Director general de Industria en mayo de 1942, cuando la producción real en ese momento era por lo menos sesenta veces inferior (11). Como cabría esperar de un producto tan sensacionalmente autárquico, “nitrógeno nacional”, el INI se puso manos a la obra, importunando a todo el mundo. En 1939 se lanzó un fantástico Plan Nacional del Nitrógeno, y el año siguiente se declaró su fabricación autóctona como del máximo interés patriótico. Era una reacción característica del tipo España Año Cero, como las que pretendieron crear, partiendo de la nada, una industria del automóvil, otra de gasolina sintética, etc.

La fijación del nitrógeno de la atmósfera o “nitrógeno sintético” (en forma de amoníaco, por ejemplo) era la industria nacionalista por excelencia, pues era el material básico para la fabricación de abonos, pero también de explosivos militares. Es decir, cañones y también mantequilla. El nitrógeno sintético era un ersatz del nitrato natural, y su obtención industrial, mediante el proceso Haber-Bosch, ya estaba punto en 1913. Consistente en unir químicamente nitrógeno e hidrógeno a las bravas, mediante altas presiones y temperaturas, y necesita una fuente de nitrógeno, fácil de obtener del aire, y otra de hidrógeno, que se puede obtener de los hidrocarburos fósiles o bien, de manera más elegante, de la hidrólisis del agua. Un hallazgo que cambió el mundo, la síntesis Haber-Bosch para fabricar amoníaco sintético, obtenido del nitrógeno atmosférico rompió la tapadera del rendimiento de los cultivos por hectárea y permitió alimentar a muchas más personas por unidad de superficie. En la España de la década de 1940, habría resuelto la trampa maltusiana, pero las cosas no fueron tan fáciles.

Todos los estados de los años 30 (y algunos mucho antes) invirtieron enormes sumas en la consolidación de una industria «nacional» del nitrógeno. La dictadura de Primo de Rivera realizó grandes esfuerzos para conseguir el autoabastecimiento de nitrógeno, con la vista puesta en el abastecimiento de explosivos de interés militar, además de la fabricación de fertilizantes (12). Se instalaron varias fábricas en el norte, y el estado creó un Comité del Nitrógeno, donde se acariciaron sueños de independencia nitrogenada gracias a la hidroelectricidad y a los combustibles fósiles (la fijación de nitrógeno es un proceso que necesita energía en cantidad). Pero por aquellos años el nitrato de Chile y otros productos extranjeros eran una competencia formidable. Los labradores españoles se negaron en redondo a financiar una industria nacional del nitrógeno, preferían seguir importando fertilizante de lejanos países a precio mucho más barato.

El Plan Nacional del Nitrógeno de después de la guerra civil tenía una base de partida en apariencia más sólida que su frustrado antecesor de la dictadura de primo de Rivera. La política oficial era la autarquía, los nitratoductos (de Chile y de otras procedencias) estaban seriamente averiados, y los militares suspiraban por un abastecimiento ilimitado de explosivos: nitrocelulosa, amonal, nitroglicerina, pentrita, trinitrofenol, etc, etc, todos ellos basados en compuesto nitrogenados (13). A pesar de tan poderosos acicates, durante más de una década no se hizo gran cosa para fijar nitrógeno nacional. El INI estaba perdido en su costoso e inútil plan de gasolina sintética y, aparte de importunar a la industria privada del nitrógeno, no hizo gran cosa al principio. Se fabricaban abonos nitrogenados en pequeña cantidad como subproductos de la industria pesada, acerías y otras que quemaban carbón. También Puertollano, el gran hub tecnológico del franquismo, fabricaba cierta cantidad. Existía un boyante mercado negro de fertilizantes con “precios astronómicos” (14).

En marzo de 1950, Juan Antonio Suanzes (por entonces ministro de Industria y Comercio) mintió con descaro cuando aseguró en la prensa que la política de industrialización «no pretende en modo alguno trastornar el orden natural de la economía española, postergando el campo en beneficio de la ciudad. Nuestra riqueza fundamental sigue radicando en la tierra» (15). Lo cierto es que esta política había concedido una atención más bien desdeñosa al asunto de la producción de alimentos, al que se dejó que se apañara por sí mismo. Después de todo, el campo funcionaba casi en circuito cerrado, no necesitaba tecnología industrial de punta. Este “casi” era el problema, cuando se hizo cada vez más evidente que se necesitaba un gran salto adelante en la producción por hectárea si se quería evitar que la gente siguiera muriendo de hambre.

Cuando Suanzes soltó su discurso, la fábrica NICAS en Valladolid llevaba unos pocos días de funcionamiento. Producía nitrógeno sintético a base de agua, aire y electricidad renovable (hidroelectricidad). El proyecto había comenzado en 1940, cuando el proverbial grupo de industriales bilbaínos planeó la autosuficiencia nitrogenada del país siguiendo un procedimiento industrial avanzado. Las partes eran Saltos del Duero (futura Iberdrola) y Banco de Bilbao (futura BBVA). La energía provendría de las grandes centrales hidroeléctricas del tramo del Duero que coincide con la frontera portuguesa. La idea consistía en sacar partido del enorme embalse hidroeléctrico de Ricobayo, en el Esla, para alimentar una fábrica en Valladolid, desde donde el nitrato sintético se repartiría por toda Castilla, resolviendo de un plumazo el raquítico rendimiento del trigo en la cuenca del Duero.

La fábrica de Nitratos de Castilla (NICAS) que se quería instalar en Valladolid era una gran instalación que usaba el procedimiento Haber-Bosch. El producto tenía el nombre comercial de Amonitro, y era nitrato amónico rebajado con caliza, carbonato cálcico. Se trataba de un procedimiento industrial muy elegante, sin usar energía fósil (actualmente se llama amoníaco verde). El hidrógeno se obtenía de la hidrólisis del agua mediante la electricidad. Durante diez años se trabajó para conseguir y acoplar la complicada maquinaria, de origen británico, norteamericano, alemán y sueco. Por fin llegó la habitual visita taumatúrgica del dictador, el 2 de marzo de 1950. Franco llegó a Valladolid en modo high-tech, a bordo de un tren Talgo e inauguró NICAS y Endasa, la Empresa Nacional del Aluminio, otra hijuela de la abundancia de energía eléctrica del tramo final del Duero. En 1959 se informó de que NICAS había abandonado el procedimiento eléctrolítico y obtenía su hidrógeno gasificando carbón. La empresa había tenido grandes dificultades por las restricciones eléctricas, así que se acabó el hidrógeno o amoníaco verde.

NICAS funcionó cuatro décadas, envenenando el aire de la ciudad de Valladolid todo ese tiempo con espesas emisiones de óxidos de nitrógeno, pero el futuro del nitrógeno sintético no estaba en la hidroelectricidad, sino en el petróleo. En la década de 1960 se instalaron grandes fábricas alimentadas con nafta, un subproducto de la industria del petróleo. En 1961 la prensa pudo anunciar casi oficialmente la resolución de la trampa malthusiana: “»La paradoja de Malthus se ha resuelto así industrialmente y las perspectivas del consumo son ilimitadas.» (16).

Por entonces el campo español estaba ya lanzado decididamente hacia la Revolución Verde. En 1953 había causado sensación “El cañón de la revolución verde, que interesa mucho más que la revolución roja”, una instalación de riego por aspersión que se exhibió en la Feria Internacional del Campo (17). En 1975 se presentó Abadía, el primer trigo duro enano obtenido en España por modificación genética, un trigo muy productivo con un tallo corto y resistente que producía mucho grano y poca paja, innecesaria ya que los tractores habían sustituido a las mulas (18)
A mediados de la década de 1950, se alcanzó por fin el consumo de nitrógeno de 1935, algo más de 100.000 toneladas, equivalente a las famosas 600.000 toneladas de fertilizante (19). A partir de ahí el crecimiento fue rápido, y acelerado cuando se comenzó a usar gas natural como fuente del hidrógeno usado en el proceso.

Nitrógeno en cantidades enormes, motores de gasolina, regadíos, variedades selectas: todo el paquete completo de la revolución verde dejó muy atrás las penurias de la década de 1940 y siguiente y se llevó por delante las prácticas tradicionales de la agricultura orgánica, así como sus variedades genéticas. Con el nombre de agricultura ecológica y supuestos de partida muy distintos, este tipo de agricultura se intentó recuperar a partir de 1990 aproximadamente.

A finales de la década de 1960 se podía decir que había nitrógeno de sobra para los campos y, en un momento histórico que la prensa no registró debidamente, hacia 1967, la línea de producción de trigo se desconectó de la línea de superficie labrada, a la que estaba amarrada desde tiempo de los romanos, y remontó airosamente el vuelo. El “curioso y trascendental paralelismo” que decía Dionisio Martín Sanz entre la tierra y los habitantes de España se había roto. En diciembre de 1967 se informó al público (20) de que el pan se dividía en libre (piezas de cualquier tamaño y calidad, de precio a convenir) y obligatorio (piezas de 0,8 kilos de calidad estándar, de precio fijado por el Gobierno). El pan pasó de núcleo de la alimentación a elemento periférico, sospechoso de provocar obesidad.

Al final el nitrógeno se convirtió en un subproducto de la petrolización, primero a partir de nafta, luego de gas natural, que actualmente explica la mayor parte de la producción mundial. Ganada de largo la batalla del nitrógeno, los rendimientos de trigo por hectárea se dispararon, llegando a multiplicarse por cuatro sobre el nivel tradicional. Tanto nitrógeno disponible tenía que desbordar por algún sitio, y así fue. Acompañado de su compinche el fósforo, terminó en las aguas de ríos y lagos, donde alimentó el plancton y los seres vivos que de él se alimentan. Los recién construidos embalses empezaron a llenarse de espesa agua verdosa en sus fondos, carente de oxígeno. El Plan Badajoz, una de las joyas de la corona del Régimen del Movimiento, tuvo una consecuencia imprevista cuando se comprobó que el Guadiana recibía excesivas cantidades de fertilizantes y pesticidas, procedentes de los boyantes regadíos de la zona, “cuyo control resulta muy difícil”, dice un informe oficial de 1977 (21). Siguió medio siglo de dura lucha para limpiar las aguas de nitrógeno, esa especie de santo grial de la agricultura, que terminó por abundar tanto que se ha convertido en una amenaza planetaria.

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1- Eleuterio Sánchez Buedo: El nitrato amónico y sus derivados. Agricultura, nº 227, 1951.

2- Salvador Font Toledo: Los abonos y el problema triguero. Alimentación Nacional, octubre de 1942.

3- La Vanguardia, 29 de julio de 1944.

4- El rostro de España, Editora Nacional, 1947.

5- Domingo Gallego Martínez: Transformaciones técnicas de la agricultura española en el primer tercio del siglo XX. En Ramón Garrabou, Carlos Barciela y J.I. Jiménez Blanco, eds.: Historia agraria de la España contemporánea. 3. El fin de la agricultura tradicional (1900-1960). Editorial Crítica, 1986.

6- Congreso Agrario Regional del Duero. Valladolid, mayo de 1945.

7- Leandro Castro, Los fertilizantes en España. Revista de Estudios Agrosociales, nº 20, 1957.

8- Calendario Agrícola “Ceres” para 1942. Imprenta Castellana. Valladolid, 1941.

9- Enric Mateu Tortosa: Agricultura y propaganda: el nitrato de Chile en España. Historia Agraria, 59. Abril 2013.

10- Inserto en la revista Surco, abril 1942, tomo I, página 21. En «La información agraria en España desde sus orígenes hasta la Agenda 2000», Memoria para optar al grado de doctor presentada por Yanet Acosta Meneses. Universidad Complutense de Madrid, Facultad de Ciencias de la Información, Departamento de Historia de la Comunicación Social, 2007.

11- Heraldo de Zamora, 13 de mayo de 1942.

12- Eduardo Aznar Colino: EIASA: La electroquímica del Alto Gállego en el siglo XX. Universidad de Zaragoza.

13- A. Gómez de Mendoza: El plan del nitrogeno (1939-61)

14- Leopoldo Hernández Robredo: La escasez de nitrógeno y el campo. Surco, Boletín del Consejo Superior de Cámaras Oficiales Agrícolas, nº 38, abril de 1945.

15- Hermandad, 11 de marzo de 1950.

16- Eliseo de Pablo: «La producción española de abonos nitrogenados», ABC, 16 de junio de 1961.

17- La Rioja, 2 de mayo de 1953.

18- L.M. Villena Trigos enanos españoles II. Nueva variedad de trigo duro: Abadía.(1975) Anales de la Estación Experimental de Aula Dei. CSIC – Estación Experimental de Aula Dei (EEAD).

19- Luis Robles Teigeiro: La industria de fertilizantes nitrogenados y fosfatados: una perspectiva histórica (1939-1989).

20-Boletín Oficial de la provincia de Logroño, 7 de diciembre de 1967.

21- Medio Ambiente en España. Informe general. Subsecretaría de Planificación de la Presidencia del Gobierno. 1977.

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