
Para conocer una vivienda tipo de la clase media, basta con unirse al gobernador civil (y jefe provincial del Movimiento) de Burgos y su séquito (una docena de autoridades municipales y de directivos de la Caja de Ahorros local). Era el 13 de octubre de 1958 y la comitiva visitaba un edificio de viviendas construido por la Caja en la zona de Los Vadillos de la ciudad. La Caja de Ahorros y Monte de Piedad del Círculo Católico de Obreros de Burgos había sido fundada en 1909 por iniciativa del arzobispado y tenía oficinas por toda la provincia.
Lo primero que impresionó al cortejo fue la gran solidez de la construcción, toda ella de hormigón armado con grueso aislamiento térmico. Siguieron los motivos de admiración: portales forrados de mármol verde Pirineo hasta el techo, escaleras de mármol natural y frisos de mármol artificial con despiece biselado. Todo ello bajo potentes lámparas fluorescentes. Dentro del piso piloto, pudieron ver grifos hidromezcladores, lavadoras eléctricas incorporadas, cocinas esmaltadas en blanco, enchufes por doquier, prestos para alimentar cualquier aparato eléctrico, y hasta pulsadores para timbres. No acabó aquí el ambiente Downton Abbey: estancias con parquet de nogal, roble y pino, con calefacción.
De seis o cinco habitaciones, las viviendas se pagaban en 20 años, y estaban destinadas a imponentes o impositores de la Caja, «encuadrados en la llamada clase media»(1). Este tipo de rituales eran bastante corrientes en la década de 1950. Una noticia localizada en Palma de Mallorca, en 1952, «Entrega de viviendas para la clase media» informaba de la ceremonia de entrega, presidida por las autoridades locales, de 44 viviendas de tres dormitorios, sala-comedor, cocina y baño. Estas viviendas eran de alquiler (2).
Una década después mucho había cambiado. Un anuncio de la promotora Urbis, SA, una de las grandes de la época, informaba con toda seriedad de lo siguiente: «Los Reyes Magos traerán en 1963 un espléndido regalo para Madrid y sus habitantes: Tipos de vivienda diferentes, económicas, con todos los adelantos que exige la nueva clase media española». Aquí ya se trataba de viviendas en bloques, en Moratalaz, («La ciudad completa que está dentro de Madrid»), en propiedad, y supuestamente repletas de electrodomésticos (hhh). El Gobernador civil y jefe político provincial, y cualquier ceremonial, ya no hacían ninguna falta.
La clase media tenía una existencia real en el franquismo como nunca ha tenido en la historia de España. En los planos urbanísticos de Madrid, por ejemplo, se marcaban zonas de viviendas destinadas a la clase media como una categoría urbanística más. Eran de hecho una categoría legal. (4)
La clase media tenía un hábitat particular, la vivienda amplia con espacio para el despacho del cabeza de familia, varios hijos, algún pariente y personal de servicio. Esta vivienda debía estar ubicada en edificios y barrios adecuados y debía ser, a ser posible, en propiedad. En ella tenía lugar todos los días una escena típica, la cena en familia, denostada en infinidad de películas progres. Los propagandistas católicos defendían la cena familiar con apasionamiento, a poder ser con el rezo de un rosario después:
“Las comidas y el rosario no deben transcurrir jamás sin la presencia del padre” […]“Defienda usted ciegamente sus comidas en casa. En cuanto terminen de cenar, tire de rosario y persígnese, ¡a ver quién se mueve!” (5)
El nicho (en términos ecológicos) de la clase media era la colocación. Una colocación era un empleo fijo, un destino. Se podía estar colocado en la empresa privada o en la administración, que era lo mejor. La clase media, por lo tanto, vivía en un medio ambiente más estable y predecible, con menores niveles de aleatoriedad. Su huella ecológica era mayor que la de la clase trabajadora, en términos de consumo eléctrico, de carne, o de posesión de bienes de consumo como electrodomésticos o automóvil, pero no demasiado. La ostentación o consumo superfluo y exagerado era completamente anti-clase media.
Desde el punto de vista operativo, la clase media debía cumplir diversas funciones. Una muy importante era reproducirse, criando la mayor cantidad posible de vástagos bien educados (contrarrestando así el miedo habitual a la mayor velocidad de reproducción de las clases bajas). La clase media modesta con montones de hijos era la niña de los ojos del Régimen. El padre debía estar pluriempleado, la madre agobiada de trabajo, aun contando con la ayuda del servicio doméstico, los hijos estudiar todos una carrera (uno cura estaba muy bien visto), la alegría reinar en los pasillos de la casa, atestada pero relativamente espaciosa. Tal familia debía ser la punta de lanza de la civilización de España: trabajadora, apacible, educada, sana, previsora, sobria, casta, funcionando como una empresa familiar, enemiga del riesgo y aficionada a honestas diversiones.
La clase media también debía servir de dique, incluso físico, ante la marea de las clases bajas. Esta función se pudo ver bien clara en el proyecto de urbanización de la Avenida del Generalísimo (actualmente Paseo de la Castellana), en Madrid, de finales de la década de 1940. Una urbanización “apropiada para residencia de la clase media” debía servir de “transición adecuada” entre una nueva zona de postín y el suburbio de Cuatro Caminos.
La clase media debía expandirse, aceptando en su seno a miembros de las clases bajas capaces de evolucionar. Era el mismo mecanismo que funcionó en la Argelia colonial, admitiendo la concesión gradual de la ciudadanía francesa a algunos árabes évolués (evolucionados). Este mecanismo de multiplicación y expansión de las clases medias fue muy importante para el Régimen.
En el franquismo inferior, las estimaciones del tamaño de la clase media no pasaban de un 25% o 30%, y eso incluyendo en sus efectivos a los propietarios rurales de pequeñas heredades. La pirámide social española era realmente piramidal, con una ancha base de clase baja, una loncha intermedia de clase ídem y un pequeño triángulo allá arriba de clase alta.
José Ros Jimeno, reputado estadístico, usando datos de la contribución rústica y urbana (los impuestos), estimó en 1951 la clase media en un 34,1 % del total, con un 65,8 % de clase baja y un minúsculo 0,1 % de clase alta. (6). Más de la mitad de la clase media así estimada (55%) eran agricultores, la mayoría de ellos patronos. Un 18% eran industriales, comerciantes y artesanos. Seguían (12%) las profesiones liberales y los funcionarios públicos (10%). Incluso se podía contar una categoría exótica, los rentistas (2,5% de las clases medias). El trabajo de Ros Jimeno era bastante desolador. Quitando los propietarios rurales y los funcionarios públicos, la clase media activa y fetén, núcleo de una sociedad sana, apenas sumaba un 10% del total. Naturalmente, el franquismo tenía sus ideas al respecto.
«El Caudillo quiere hacer de los trabajadores la nueva clase media y la nueva aristocracia» resumió José Antonio Girón (ministro de Trabajo entre 1941 y 1957) en la Asamblea General de la Mutualidad Laboral de Artes Gráficas, correspondiente al Sindicato del Papel, Prensa y Artes Gráficas, en 1955 (7). La idea central del Régimen era transformar la antigua jerarquía social española en un bloque sólido de clase media. En palabras de Raimundo Fernández Cuesta, ministro-secretario general de FET y de las JONS (1951), “unificación de la sociedad actual en una sola y gran clase media”. O en boca de Jesús Rubio, ministro de Educación Nacional (en 1958) “Crear clases medias es nuestra preocupación nacional”(8). Por fin, en 1965, en un discurso que pronunció en Villagarcía de Arosa, José Solís (ministro secretario general del Movimiento) dió la tarea por completada, al incluir «el nacimiento de una nueva clase media arrancada al viejo proletariado» en la lista que hizo de los logros del Régimen (9).
En 1959 Manuel Fraga, entonces Delegado Nacional de Asociaciones del Movimiento, organizó un importante Congreso Internacional del Instituto de Clases Medias, que vino a ser algo así como el manual de operaciones de la creación y consolidación de las clases medias. Había varios caminos para clasemediatizar el país, y uno obvio era la expansión de la educación, fundamental para crear mogollón de profesionales cualificados.
Entre el curso que comenzó en 1959 y el que empezó en 1975, el número de estudiantes que frecuentaban la universidad se multiplicó por siete, eran medio millón en el momento de la muerte de Franco. Había tantos estudiantes que en Cantoblanco, sede de la Universidad Autónoma de Madrid, se habilitaron a toda prisa barracones prefabricados como aulas. Ir a la universidad, como llamar a los padres papá y mamá, cargando el acento en la segunda sílaba, era un indicador casi infalible de pertenencia a la clase media (10). Entre esas mismas fechas, el número de estudiantes de secundaria, incluyendo la Formación Profesional, se multiplicó por cinco, llegando al millón.
Entre 1960 y 1981 el “mix” de las clases sociales en España cambió notablemente. Por la parte de arriba, la clase de los terratenientes (digamos empresarios agrarios de tipo antiguo) casi se extinguió, mientras que los directivos crecieron un 50%. Los trabajadores sin estudios y poca o ninguna cualificación formal quedaron reducidos a un tercio aproximadamente de sus efectivos iniciales, y el personal de servicio doméstico disminuyó ligeramente. Los obreros cualificados crecieron ligeramente (un 20%), los empresarios con empleados (no en la agricultura) crecieron algo más, un 40%. Los empleados del sector servicios crecieron un 50%, los autónomos un 300% y los profesionales un 730%. Estas tres últimas categorías sumaban el 35,6 % del total en 1981. Si se le añade los obreros cualificados, tenemos el 59,2 % del total de la población activa que se podría considerar como clase media, nueva en gran parte (11).
Esta nueva clase media era diferente de la clase media de toda la vida. De la clase media fetén, la que rezaba el rosario después de cenar, llena de sólidos y tradicionales valores, capaz de moldear su entorno, se pasó a la nueva clase media, creada por contacto exterior, moldeada por un ecosistema doméstico “símil-clase media”. En realidad era algo así como la parte más boyante de la sociedad de consumo.
Vectores de “clasemediatización” eran el bachillerato o el coche. Y por encima de todos ellos el piso en propiedad. La vivienda no alquilada era desde luego el elemento clasemediatizador más importante, seguida del coche en propiedad. Seguía toda la parafernalia del ecosistema doméstico de cierta calidad: calefacción central, frigorífico (la transición de la nevera de hielo al refrigerador eléctrico no se completó hasta finales de la década de 1960), lavadora automática de programa completo. Este nuevo ecosistema doméstico, bastante complejo, exigía atención y mantenimiento, es decir, cierta disciplina. Aquí es donde el Régimen del Movimiento Nacional empezaba a lanzar gruñidos de aprobación.
Parecía que volver a “el sabor antiguo de la norma y el pan”, una característica expresión de José Antonio Primo de Rivera, que expresaba el ideal falangista de disciplina social, podía hacerse mediante el uso de energía fósil y un gran salto adelante en términos de huella ecológica. Cada kilovatio, aparato, vehículo, letra, hipoteca, etc, que entraba en contacto con una familia se convertía en una más de la maraña de conexiones estabilizadoras que, paradójicamente, simulaban la (inexistente) aldea patriarcal de la arcadia rural, también multiconexionada y conservadora, atada con múltiples conexiones a la tierra, pero ecológicamente dependiente de la tierra, de la alternancia de lluvias, sequías y pedrisco. La clase media había abandonado esta eco-dependencia, sólo en apariencia, pues en realidad estaba ambientalmente amenazada, por ejemplo por la subida de los precios del petróleo, como se vio con claridad en 1973 y después.
El resultado final, que se consiguió en apenas 20 años, fue crear un enorme amortiguador de masa en la sociedad, una máquina consumista medianamente protegida de la incertidumbre, dedicada a aumentar su huella ecológica y a acopiar recursos financieros centrados en la vivienda en propiedad. Este modelo fue seriamente dañado en la gran crisis financiera de 2008 y después, que se llevó por delante, entre otras cosas, la Caja de Ahorros y Monte de Piedad del Círculo Católico de Obreros de Burgos. En agosto de 2025, el diario de orden ABC publicó un editorial (12) que lamentaba el disparatado aumento de los precios de la vivienda en propiedad, que impedían la emancipación en condiciones de la juventud y anunciaban el previsible declive de la clase media, «donde se cultivan las ideologías moderadas y es la base de cualquier proyecto colectivo», frase que podrían haber firmado Girón, Solís o Raimundo Fernández Cuesta. ¿Es la clase media el más importante fósil del franquismo? Emmanuel Rodríguez López, en su libro El efecto clase media (11) demuestra que esta es una hipótesis muy plausible.
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1- «Visita de las autoridades al nuevo grupo de viviendas que la Caja de Ahorros del Círculo ha construído en la zona de los Vadillos y próximas ya a entregarse». Diario de Burgos, 14 de octubre de 1958.
2- La Vanguardia, 3 de diciembre de 1952.
3-ABC, 6 de enero de 1963.
4- Ley de 25 de noviembre de 1944 sobre reducción de contribuciones e impuestos en la construcción de casas de renta para la denominada «clase media».
5- Nicolás González Ruiz: Los problemas familiares de la clase media en España. En “Problemas de la clase media”, Semanas sociales de España, XI Semana, Barcelona 1951. Secretariado de la Junta Nacional de Semanas sociales, Madrid, 1951
6- José Ros Jimeno: Estructura de la sociedad española desde el punto de vista de las clases sociales que la integran. Examen especial de la composición de la clase media y de sus principales subclases. En “Problemas de la clase media”, Semanas sociales de España, XI Semana, Barcelona 1951. Secretariado de la Junta Nacional de Semanas sociales, Madrid, 1951
7- ABC, 12 de mayo de 1955.
8- Amando de Miguel, Sociología del franquismo, 1975.
9- Pueblo, 17 de marzo de 1965.
10- Los españoles, Luis Carandell
11- Emmanuel Rodríguez López: El efecto clase media. Crítica y crisis de la paz social.Traficantes de Sueños, Madrid, febrero de 2022. https://traficantes.net/sites/default/files/pdfs/PC26_efecto_clase_web_0.pdf
Las cifras son las siguientes
Población ocupada en 1981 (total: 12,8 M) / Población ocupada en 1960 (total: 11,6 M)
Terratenientes x 0,1
Directivos x1,5
Jornaleros y obreros del campo x 0,3
Propietarios rurales sin asalariados x 0,3
Obreros sin cualificación 0,4
Personal de servicio 0,9
Obreros industriales y de la construcción 1,2 (eran el 23,6 % del total en 1981
Empresarios con asalariados no agrarios 1,4
Cuadros medios, empleados, vendedores 1,5 (eran el 15,9% en 1981)
Empresarios no agrarios sin empleados, autónomos 3,0 (eran el 12,4 del total en 1981)
Profesionales 7,3 (eran el 7,6% del total en 1981)
12- La quimera juvenil de la vivienda, ABC, 15 de agosto de 2025.
Asuntos: Clases sociales
Tochos: El museo del franquismo
