“Como un elefante pateando un hormiguero”: la aviación estadounidense en Vietnam

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Un grupo de habitantes de Hanoi espera el fin de una alarma de bombardeo. Fragmento de una portada de Life publicada l 7 de abril de 1967. La revista incluía un reportaje especial de 12 páginas en color: “North Vietnam under siege”. Google Books.

 

Hasta comienzos de la década de 1960, los Estados Unidos se habían permitido el lujo de no mancharse en guerras coloniales. El enemigo era el Bloque Comunista, y la guerra, cuando llegara, se libraría en la estratosfera. Gran Bretaña y Francia, como de costumbre, se enfangaban continuamente en guerras lejanas, en los bordes de sus moribundos imperios. Gracias al evidente tufo comunista de muchos de estos movimientos nacionales de liberación, Norteamérica podían prestar ayuda y aviones viejos, pero sabían bien que la auténtica lucha estaba planteada en términos de un devastador golpe nuclear entre los Estados Unidos y la Unión Soviética. Incluso la guerra de Corea se terminó recordando como un desgraciado incidente que distrajo a la USAF de su verdadera tarea. Cuando el carácter local de la lucha era evidente, el gobierno de los Estados Unidos podía incluso prohibir el empleo colonial de su material aéreo avanzado. Por esta razón, el Ejército del Aire español tuvo que dejarse sus reactores Sabre en casa y bombardear en 1957 a los moros insurgentes de Ifni con material de origen alemán diseñado a mediados de los años 30.

Pero estaban sucediendo muchas cosas que no encajaban en la férrea y congelada estructura de la guerra fría, y todo ello iba a crear nuevos escenarios y nuevos ecosistemas aéreos. En la Conferencia de Bandung, líderes de varias decenas de países expresaron a las claras que eran agudamente conscientes de que la estructura dual del mundo escondía una dolorosa jerarquía de bienestar y progreso, en la que sus respectivas naciones llevaban la peor parte. En la siguiente década la gran mayoría de las naciones todavía colonias formales, en Asia y África principalmente, dejaron de serlo. Muchas naciones independientes del ahora llamado Tercer Mundo cambiaron sus regímenes tradicionales de tutela imperial –monarquías, bajalatos, sultanatos, emiratos– por feroces regímenes republicanos, dispuestos a repetir todos y cada uno de los errores y horrores del nacionalismo europeo de las décadas precedentes. Países gestionados como grandes fincas, como muchos de Iberoamérica, cambiaron la opresión tradicional por nuevos métodos más sofisticados de control de la población. El resultado final de tanta ebullición es que hacia finales de los rutilantes años cincuenta había movimientos de liberación y ejércitos guerrilleros en todo lo ancho del mundo.

En la campaña electoral que le dio la victoria sobre el marrullero Nixon, Kennedy (JFK) se implicó a fondo en cuestiones de política internacional. Rechazó de plano el modelo congelado de guerra fría heredado de Eisenhover, en el que la única respuesta a la amenaza soviética era un encogimiento de hombros o una bomba atómica. Más o menos por las mismas fechas, Kruschev se deshacía de la pesada herencia estalinista y vislumbraba un mundo repleto de movimientos de liberación nacional contra la opresión del imperialismo capitalista, como estaba pasando ya en Cuba, Argelia y Vietnam. Recién llegado a la Casa Blanca, JFK tuvo que asistir al fracaso del desembarco en Bahía de Cochinos (Cuba) de una fuerza anticastrista entrenada y armada por los Estados Unidos. Las fuerzas cubanas acabaron con bastante facilidad con la invasión, en buena medida gracias a que su pequeña fuerza aérea consiguió convertir el desembarco en un desastre, a pesar de los esfuerzos de la igualmente pequeña fuerza aérea rebelde (ambas fuerzas aéreas contaban con los mismos tipos de aviones y de armamento, todo ello de fabricación norteamericana).

La Marina de los Estados Unidos, con las cubiertas de sus portaaviones repletas de avanzados aviones de guerra, tuvo que asistir impotente al desastre de la invasión auspiciada por su país. Kennedy fue acusado de blando por no ordenar una respuesta militar aplastante sobre Cuba. Empero el presidente y sus asesores ya estaban preparando la política de respuesta flexible con la que los Estados unidos pensaba enfrentarse a las pequeñas guerras y a las fuerzas guerrilleras (subversivas y/o procomunistas) en el mundo entero, singularmente en Asia Oriental, África y América Latina. La misiva presidencial al respecto a las fuerzas armadas provocó la creación en breve plazo de nuevas unidades militares dedicadas a las pequeñas guerras o LICs (Low Intensity Conflicts, conflictos de baja intensidad). Las generosas ideas de Kennedy implicaban como prioridad ganar los corazones y las mentes de los habitantes de los países pobres en los que se desarrollaran tales conflictos. La fuerza debía ser empleada con decisión contra los malos, pero la acción política para asegurar el respaldo de la población era determinante para asegurar el éxito de las operaciones. Muchos oficiales norteamericanos dejaron de lado a Clausewitz y se engolfaron en el estudio de las obras de Mao Tse Tung.

Incluso la Fuerza Aérea creó rápidamente su unidad experimental de Guerra Aérea Especial, conocida generalmente como Jungle Jim (Jim de la Jungla, conocido héroe del cómic). Jungle Jim produjo en seguida la operación Farm Gate. Farm Gate era una unidad de enseñanza, cuya misión era recorrer los países necesitados de ayuda antisubversiva, desde Vietnam a Bolivia. La unidad de profesores desplegada en la zona del Canal de Panamá en 1962 viajaba por toda Latinoamérica, determinando el tipo de operaciones necesarias para derrotar a la guerrilla y llevando a cabo “técnicas de acción civil”. Los equipos volaban sobre las zonas agrestes en que se refugiaba la guerrilla ensayando lo mismo una técnica de guerra COIN (contrainsurgencia) de bombardeo con napalm de una aldea que dando clases de higiene básica a los confundidos aldeanos de la aldea vecina. La Fuerza Aérea de los Estados Unidos caía literalmente del cielo sobre la sociedad rural e indígena de América del Centro y del Sur: “Otra acción cívica clave consistía en establecer comunicaciones regulares con aldeas completamente aisladas. Los comandos aéreos resolvían este dificultoso problema con su élan típico. Primero, se lanzaba un mensaje desde un avión pidiendo ayuda a los aldeanos para construir una pista de aterrizaje. Más tarde, un U-10 equipado con altavoces volaba sobre la aldea e instruía a los aldeanos sobre cómo desbrozar el área elegida para la pista (1).”

Después de que la Voz en las Alturas (una escena entre Apocalypse Now y una película de Luis García Berlanga) hubiera dado las instrucciones pertinentes y de que los aldeanos las hubieran seguido, el avión aterrizaba y los comandos aéreos ayudaban a completar la pista. Con el tiempo, se llegó a lanzar maquinaria de obras públicas sobre las aldeas para hacer más fácil la dura tarea de construir pistas de aterrizaje. No se indican los criterios de elección del terreno (probablemente entre los más llanos y por lo tanto más valiosos del pueblo) ni lo que pasaba si los aldeanos hacían caso omiso de los altavoces aerotransportados.

El puente aéreo de Berlín de 1948 mostró que transportar carbón por vía aérea podía ser muy rentable en términos políticos. El lema casi universal de las unidades de cargueros –“cualquier cosa, a cualquier sitio, en cualquier momento”– hizo lo demás. Los aviones se convirtieron en el instrumento favorito para mover fichas en el tablero mundial, haciendo el papel de caballos capaces de saltar sobre áreas hostiles. Los comienzos fueron modestos en tonelaje y radio de acción. En la guerra de África, los DH.9 lanzaban sacos con hielo, pan y municiones sobre las posiciones españolas que quedaban sitiadas por los rifeños (cosa que sucedía con alarmante regularidad). Se suponía que si el ejército era incapaz de ocupar el territorio de manera efectiva, al menos podía mantener enclaves en territorio enemigo abastecidos como por arte de magia por vía aérea, con el consiguiente desaliento y desgaste de los indígenas sitiadores, carentes de la capacidad de ejercer poder a distancia del hombre blanco. El mejor ejemplo de esta rama del pensamiento militar tuvo lugar en Vietnam, en 1954.

Francia planeó una operación militar que pretendía repetir los tiempos en que los indígenas se posternaban con la frente en el polvo al paso de los aviones franceses. Consistía en establecer una especie de puesto avanzado con más de 10.000 soldados en Dien Bien Phu, un amplio valle en la frontera entre Vietnam y Laos. Situado en el corazón de la zona dominada por el Viet Minh, sólo podía ser abastecido por vía aérea. No quedó claro si la misión del destacamento era simplemente molestar al enemigo o bien ganar la guerra, pero indudablemente la perdió para los franceses. Al principio los aviones aterrizaron a buen ritmo llevando toda clase de suministros y armas, hasta el punto que un comandante francés solicitó que no le enviaran más artillería, pues ya tenía de sobra para el trabajo que tenía que hacer. A continuación, el poder aéreo colonial francés fue inexorablemente derrotado por la sorprendente capacidad de transporte terrestre (a pie y en bicicleta en muchas ocasiones) del ejército del Vietminh. Las fuerzas de Ho Chi Minh consiguieron acarrear gran cantidad de cañones a las alturas que dominaban el valle, desde donde disparaban sobre la pista de aterrizaje y la posición fortificada.

Día tras día, los aviones franceses realizaban arriesgadas maniobras para abastecer la posición. Los indígenas seguían careciendo de aviación, como en los tiempos de Liautey, pero disponían de una nutrida artillería antiaérea que disparó sin cesar contra los grandes pájaros del hombre blanco. Muchos de los aviones eran norteamericanos (por aquellas fechas el principal avión de transporte del ejército francés era el vetusto Junkers Ju-52), y la proverbial línea aérea fantasma de la CIA (Civil Air Transport, expulsada de China por la victoria de Mao y operando desde Hong Kong) realizó vuelos de suministro para las fuerzas francesas en cargueros en excedencia de la USAF. En los primeros meses de 1954, cuando ya estaba claro que el ejército francés estaba perdiendo en Dien Bien Phu pero también que el Viet Minh era una avanzadilla del bloque comunista, los Estados Unidos pensaron seriamente en hacer algo para ayudar a su nuevo amigo, aunque colonialista, francés. La operación recibió el nombre clave de Vulture, y consistiría en un devastador golpe sobre las fuerzas de Ho Chi Minh, llevado a cabo por los bombarderos B-29 recién egresados de Corea. La reticencia británica a implicarse en el proyecto para darle cobertura internacional frustró su ejecución. La primera fase de la interminable guerra colonial vietnamita acabó unos meses después en la mesa de negociaciones de Ginebra. En la segunda fase (1961-1973), ya con intervención directa norteamericana, el poder aéreo occidental volvería a ser derrotado sin paliativos.

Por fin le llegó el turno a los Estados Unidos de mancharse las manos, y el país elegido fue Vietnam. Formal y realmente el Vietminh había ganado la guerra contra el Imperio Francés (oficialmente denominado Unión Francesa), pero la mitad sur del país siguió bajo el control de la potencia colonial gracias a una complicada y descarada cadena de subterfugios que no permitió otra salida al gobierno vietnamita que continuar la guerra. Un generoso programa de ayudas al nuevo estado vietnamita por parte de los Estados Unidos habría dado la vuelta a la situación, pero la doctrina oficial de “plantar cara y no retroceder un milímetro ante el comunismo” impidió tan honrosa salida. Una vez más, por lo tanto, el Mundo Libre y el Bloque Comunista iban a luchar por delegación. Las fuerzas armadas USA no estaban preparadas para semejante situación, y menos todavía la USAF. Como sucedería tantas veces a partir de entonces, aviones diseñados para destruir mediante bombardeo atómico complejos industriales soviéticos en Magnitogorsk o Berezniki debieron dedicarse a volar camiones vietnamitas, hileras de ciclistas o incluso simples soldados a pie. A pesar de su increíble ferocidad, la guerra en Vietnam no era una guerra total. Contaba con buen número de restricciones políticas acerca de lo que se podía o no bombardear, las principales una amplia franja en la frontera china, Hanoi y Haiphong. Derramar sobre Vietnam varios millones de toneladas de explosivos, y matar por este procedimiento a decenas de millares de personas en medio de tan densa maraña de restricciones políticas fue sin duda un notable triunfo de la USAF y la U.S. Navy.

La república de Vietnam fue instaurada, las elecciones nunca se celebraron, y los Estados Unidos fueron metiéndose poco a poco en Vietnam como un caballo en una ciénaga, hundiéndose cada vez más cuanto más desesperados eran sus esfuerzos para luchar. Durante 12 años, entre la operación Farm Gate de 1961 y la ofensiva Linebacker II de 1973, aeronaves diseñadas y fabricadas en los Estados Unidos, de todos los tipos y tamaños, vertieron sobre Vietnam un total cercano a los 8 millones de toneladas de sustancias dañinas, incluyendo explosivos convencionales, productos tóxicos para la vegetación, misiles guiados por láser, bombas de aire-gasolina, metralla, proyectiles de todos los calibres y panfletos de propaganda. La impresionante aeromasa militar de la Marina, la Fuerza Aérea, el Cuerpo de Marines, la Guardia Nacional y el Ejército llevó a cabo la tarea mediante una larga serie de operaciones de nombres bizarros (como Ranch Hand, Barn Door, Rolling Thunder, Iron Hand, Wild Weasel). Teniendo en cuenta que Vietnam tiene unos 350.000 km2 y tenía a finales de los años 60 unos 40 millones de habitantes, tocaron pues a unos 200 kilos de material letal por cada hombre, mujer y niño del país, o expresado de otra forma, a un cuarto de tonelada por hectárea.

Hay que tener en cuenta que la lluvia de fuego no se repartió uniformemente por todo el país, pues al Sur le tocó la peor parte. Expresado en cifras por habitante, el bombardeo de devastación sobre Alemania entre 1941 y 1945 había sido inferior en un orden de magnitud. Un resultado tan impresionante no se pudo conseguir sin un funcionamiento intensivo del complejo militar-industrial estadounidense, con el mérito añadido de que el complejo industrial a secas, ligado por estrechos vículos de retroalimentación positiva con el militar, incrementó por la misma época su impresionante ritmo de producción de televisores, automóviles y cereales de desayuno para el generalmente rico y bien alimentado pueblo norteamericano. La devastación aérea de Vietnam fue un trabajo industrial de gran escala, fordista en sentido literal: Robert McNamara, su principal responsable político, había aprendido el oficio en un puesto directivo de la Ford Motor Co. El Secretario de Defensa McNamara pensaba en términos de gráficos, estadísticas e índices de producción. Era capaz de mirar sin pestañear una secuencia de centenares de diapositivas sobre la situación bélica y a continuación solicitar que volvieran a mostrarle la número 23, la 67 y la 114 (2).

Paradójicamente, el complejo militar volador de los Estados Unidos hacia 1960 no pensaba que regar arrozales y junglas con bombas de racimo fuera precisamente su tarea principal. No lo era en modo alguno para la Fuerza Aérea. Por aquellas fechas, sus dos principales generales, Curtis LeMay y Bernard Shriever, andaban enzarzados sobre si era o no conveniente jubilar la flota de bombarderos estratégicos nucleares (3) (LeMay estaba apasionadamente en contra de tal idea), y cambiarla por los nuevos misiles balísticos intercontinentales. Unos años antes, a mediados de la década de los 50, una intensa campaña de manipulación informativa había atemorizado a los ciudadanos con la idea (completamente falsa) de que Norteamérica estaba en peligro inminente de quedar indefensa ante los nuevos aviones de guerra soviéticos, y la USAF había obtenido fondos y recursos para prácticamente todo lo que quiso. La lista de regalos incluía el desarrollo de una nueva generación de impresionantes aparatos: interceptores capaces de volar a más de 2.500 km por hora, bombarderos enormes Mach 2 e incluso Mach 3, aparatos de reconocimiento con un techo de 50.000 pies, etc. En general, todo este nuevo elenco de aviones estaba pensado para volar muy alto y muy rápido, para llegar a lo más profundo de la Unión Soviética con su carga de bombas nucleares –o de cámaras fotográficas– o bien para detener en seco a los bombarderos soviéticos cuando llegaran, en su ruta de ataque a través del polo Norte. Estos aviones daban maravillosamente bien en los noticiarios y en los reportajes de la revista Life, con su metal desnudo brillante hasta resultar plateado… que pronto se cubriría de espesas capas de pintura de camuflaje verde y ocre.

Los primeros aviones que se enviaron a Vietnam en 1961 no eran veloces jets. Se trataba de viejos ejemplares de motor de pistón, modelos utilizados en la segunda guerra mundial, lo único que existía en los arsenales norteamericanos para llevar a cabo la recién asignada tarea de contrainsurgencia. La nueva idea era que el comunismo no sólo debía ser combatido con un devastador golpe nuclear sobre territorio soviético, sino también en todas y cada una de sus múltiples infiltraciones guerrilleras en países del tercer mundo. En términos epidemiológicos, no sólo debía ser mantenido a raya el foco principal de la enfermedad, sino que había que acabar con todos sus brotes. Las primeras operaciones aéreas norteamericanas sobre Vietnam se llevaron cabo con algunas docenas de aviones repintados con las insignias de la fuerza aérea de la república de Vietnam. El personal se arrancó las marcas de identificación de su uniforme, pues oficialmente no estaban allí. Las operaciones encubiertas se convirtieron en abiertas a partir de 1964, cuando el bien orquestado incidente del Golfo de Tonkín permitió al presidente Lyndon B. Johnson (LBJ) dar el primer paso en firme para hundir a su país en la ciénaga de una guerra injusta, cruel e imposible de ganar. Johnson ahondó un poco más en marcha hacia la locura de sus predecesores Eisenhoover y Kennedy y comenzó a enviar en serio fuerzas militares USA a Vietnam, bajo el nombre MACV (Military Aid Command-Vietnam, familiarmente denominado Mac Vee).

Poco a poco, los aviones y sus tripulaciones comenzaron a llegar en masa. Bajo de la experta y tecnocrática dirección de Robert McNamara, las operaciones aéreas se planificaron para cubrir varios campos a la vez: contrainsurgencia local en Vietnam del Sur (con generoso uso de napalm y defoliantes), violencia gradual contra Vietnam del Norte con el objeto de poner al país de rodillas mediante un bombardeo estratégico “clásico” (Rolling Thunder) y paralización de los envíos de suministros que alimentaban al Vietcong a través de la larga ruta Ho Chi Minh.

El poder aéreo norteamericano se mostró completamente impotente para conseguir estos objetivos ya desde el principio. Lo asombroso es que continuaran la escalada de violencia aérea durante nueve largos años, en la fase “fuerte” de la guerra, entre 1964 y 1973. Rolling Thunder fue una mezcla entre el bombardeo estratégico clásico de instalaciones vitales del enemigo –que desarticularían su economía y pondrían un fin a su capacidad de seguir adelante con la guerra– y el bombardeo colonial inventado por la RAF en los años 20 sobre Irak y Afganistán, en que el elemento psicológico era determinante para meter en cintura a los indígenas. Se planteó como una secuencia espasmódica de ataques a una lista de objetivos cada vez más larga –y controlada estrechamente desde Washington, más exactamente desde el cuarto donde el presidente solía tomar el café– y cada vez más cerca de Hanoi, hacia donde subía desde la zona desmilitarizada en espantable progresión. Tras cada una de las explosiones de violencia en que consistía Rolling Thunder, el ataque se detenía bruscamente con la esperanza de ver ondear la bandera blanca en Hanoi, pero nunca sucedió tal cosa. Tras algunos días o semanas de vacilación, Johnson ordenaba continuar el ataque, cada vez más intenso y con menos restricciones.

Los resultados de las ediciones de Rolling Thunder de 1965 y 1966 fueron estudiadas en profundidad por la CIA, que estimó el número muertos civiles en 29.000. La operación se dio oficialmente por terminada en 1968. Los pilotos norteamericanos de cazas –probablemente el grupo profesional con la autoestima más alta del mundo, allá por 1960– descubrieron en Vietnam que su trabajo no tenía ya nada de glorioso, como lo fue el de sus predecesores en Flandes, Alemania y Corea. Lejos de cargar sobre los cazas del enemigo en sus ágiles aviones, se hallaron reducidos al papel de conductores de aparatos tan pesadamente cargados de bombas que su maniobrabilidad y radio de acción se veían drásticamente reducidas. En vez de hacer el trabajo para el que habían sido entrenados debían “cargar bombas en sus aviones y convertirse en artillería aérea. La tarea exigía una mentalidad diferente, y los pilotos de caza no se habían alistado en la USAF para hacer esas cosas.” En realidad esta vez los indígenas (los norvietnamitas) sí tenían aviación, pero inferior a la de los Estados Unidos en un factor de de 1 a 100 por lo menos.

El último de estos bombardeos político-militares, la operación Linebacker II, duró 12 días durante la Navidad de 1972 y se utilizó para arrancar concesiones al gobierno norvietnamita en la mesa de negociaciones de París. El 14 de diciembre Nixon y Kissinger enviaron un cable a Hanoi advirtiendo de las “graves consecuencias” de no reanudar las negociaciones “en serio” en un plazo de 72 horas. Al día siguiente de expirar el plazo comenzó el devastador ataque aéreo sobre la capital norvietnamita. Nixon fue muy claro con el responsable uniformado de la operación: “No quiero volver a oir más gilipolleces sobre si no pudimos acertar en tal o cual blanco. Esta es tu oportunidad de usar el poderío militar para ganar esta guerra y si no la ganas, te consideraré responsable (4)”. Linebacker II empleó gran número de B-52, que lanzaron en total 36.000 toneladas de bombas y mataron a unas 1.500 personas. El 8 de enero, Hanoi cedió, se reanudaron las negociaciones y Henry Kissinger recibió el premio Nobel de la Paz de 1973, junto con el principal negociador norvietnamita, Le Duc Tho.

La manera de aplastar al enemigo desde el aire en Vietnam del Sur fue algo diferente. En este caso podía haber más continuidad en los ataques, que también dependían menos directamente de Washington. Aquí se trataba ya de una guerra enteramente colonial, pues la guerrilla indígena (el Vietcong) carecía de aviación. No existía la posibilidad de llevar a cabo la guerra económica y psicológica, como contra Vietnam del Norte. En realidad, todo se reducía, en las inmortales palabras del general Westmoreland a “descubrir al Vietcong, fijarlo y destruirlo”. La táctica aérea resultante fue aproximadamente la de un elefante pateando a ciegas un hormiguero. Cada tipo de avión del inventario USA se adaptó como pudo a la tarea.

Los Boeing B-52, bien lejos de su paisaje natural de patrullaje de los bordes del imperio soviético, aprovecharon su enorme capacidad de carga para convertirse en el más pesado de los pateadores. El terreno a machacar se dividía en franjas de un kilómetro de ancho por dos de largo. Esta “caja” tenía entonces el tamaño apropiado para un bombardeo de saturación a cargo de una célula de tres B-52, que en conjunto regaban casi 100 toneladas de explosivos sobre la parcela asignada, a razón de media tonelada por hectárea. El proceso se podía repetir cuantas veces se quisiera sobre la torturada geografía de Vietnam. El B-52 resultaba aterrador en gran escala para los que estaban abajo, pero la Fuerza Aérea necesitaba también algo igualmente aplastante pero de calibre más fino.

El Spectre (Espectro, Aparición Aterradora) fue la más acabada versión del concepto de cañón aéreo (gunship). Su potencia de fuego se solía expresar de la siguiente forma: imagine un campo de fútbol. Pues bien, un Espectro puede, en una sola pasada, colocar al menos un proyectil en todos y cada uno de sus pies cuadrados (un pie cuadrado es equivalente a un folio grande). Otro de los instrumentos de precisión disponibles para blancos menos importantes era el Douglas A-1 Skyraider, un aparato de un solo motor que podía cargar casi cuatro toneladas de bombas de napalm. Un reducido grupo de estos aviones bastaban para destruir cualquier aldea vietnamita de tamaño medio que se hubiera convertido en “reducto comunista” –y matar de paso a buen número de sus habitantes–.

En 1972, uno de estos ataques fue inmortalizado por un fotógrafo. La imagen de la niña con la piel hecha jirones corriendo por un camino entre otros niños, entre el humo del napalm ardiendo, aparece regularmente en las colecciones de las cien fotografías del siglo. El aparato, de la fuerza aérea sudvietnamita, dejó caer cuatro bombas de napalm sobre la carretera por donde huían del pueblo sus habitantes. El oficial que ordenó el ataque pensaba que el pueblo había sido completamente evacuado. Posteriormente se hizo pastor, y la foto (publicada al día siguiente en Barras y Estrellas) pesó como una losa sobre su conciencia. Una vez más, los militares, al parecer con una infinita capacidad de autoengaño, utilizaron “herramientas” (tools) absolutamente incapaces de precisión (aviones + napalm) para llevar a cabo operaciones sin daño a la población civil. Más tarde, el pastor y la agredida se encontraron en un emotivo encuentro que fué pasado por la TV. En esta historia de perdedores el ganador fue la casa Douglas. El avión era “otro magnífico avión de guerra de la escudería Douglas”. Diseñado para la lucha contra el Japón, llegó tarde para esta guerra, pero no se perdió las siguientes. En ausencia de aviones enemigos funcionó muy bien como bombardero colonial de bajo coste, hasta el punto de ser calificado como “una insustituíble herramienta de los Estados Unidos en las guerras de Corea y Vietnam (5)”. Se construyeron 3.180 ejemplares desde 1957.

Pero la adecuada proporción entre coste y beneficio de los baratos ataques de los Skyraiders no era la norma. Con frecuencia, se usaban aviones de 15 millones de dólares, como el McDonnell Douglas Phantom II, diseñado como interceptor Mach 2, para bombardear “unos cuantos búfalos en un campo”, cuando cualquier minúscula unidad del Vietcong se daba cuenta de que había sido detectada por el reconocimiento aéreo y desaparecía entre la floresta. Al final, el criterio general era simplemente que “cualquier cosa que se mueva en la selva es un vietcong (6)”. No era raro emplear varios aviones y muchas toneladas de bombas para volar un simple camión que hubiera tenido la desgracia de ser detectado a lo largo de la ruta Ho Chi Minh. Y con los ciclistas o simples paisanos a pie el balance económico era todavía peor.

No fue así para la industria. Si hubo un claro ganador de la guerra de Vietnam, éste fue el complejo militar industrial norteamericano, especialmente el sector de aviación militar. La casa McDonnell Douglas, fabricante del Phantom II, uno de los principales caballos de batalla del conflicto, ganó mucho dinero con este avión. Durante la guerra de Vietnam, las cadenas de producción de McDonnell trabajaron sin descanso, fabricando Phantom II para la Fuerza Aérea así como para la Marina y las unidades de marines. Otros aparatos fueron destinados a fuerzas aéreas por todo el mundo: la RAF británica, Irán, Israel, Corea del Sur, Australia, Alemania Occidental, Japón, Grecia y Turquía. Aviones descatalogados de la USAF fueron empleados por España y por Egipto en 1979, tras la firma de la paz con Israel. Sólo las ventas en el extranjero de este avión aportaron de 4.000 a 5.000 millones de dólares a la McDonnell (7). El Phantom gustaba a los militares principalmente por la fenomenal cantidad de bombas y artilugios mortíferos que podía cargar bajo las alas. Los constructores del monstruo “feo, superpesado, de morro caídocxlii” se enorgullecieron de anunciar que el avion podía transportar más toneladas de carga explosiva que un gran bombardero de la segunda guerra mundial. A diferencia del estilizado Starfighter, el avión era grande, pesado y de líneas angulosas.

Como resumen estadístico adecuado de los bombardeos norteamericanos sobre Vietnam, se ha calculado que la fuerza aérea norteamericana lanzó (deliver en terminología militar) explosivos suficientes como para matar un millón de veces a cada ciudadano vietnamita: parece mentira que haya sobrevivido alguno y también parece extraño que los USA perdieran la guerra. Una explicación radica en que, a diferencia del paisaje industrial de Alemania y Japón en la Segunda Guerra Mundial, en Vietnam había pocos objetivos militares bien definidos. Los aviones descargaban grandes cantidades de bombas para destruir objetivos muy pequeños, y el síndrome haber intentado matar moscas a cañonazos (fleas with a sledgehammer) sería un inagotable tema de discusión en las manifestaciones públicas de la USAF durante los años siguientes. La respuesta del VietCong, además, similar a la alemana en 1944, fue enterrarse en profundos refugios subterráneos, tan extensos y complicados que hoy son visitados por los turistas.

 

1-  THE AIR FORCE ROLE IN LOW-INTENSITY CONFLICT – DAVID J. DEAN Lieutenant Colonel, USAF Airpower Research Institute Air University Air University Press Maxwell Air Force Base, Alabama 36112-5532 October 1986
2- TUCHMAN, B.: The march of folly. From Troy to Vietnam
3- COFFIN, T.: La sociedad armada (1966)
4- POWASKI, La guerra fría
5- Chant, C. Great Aircraft
6-  Takman, Napalm
7- R.E. Bilstein: The enterprise of flight. The American aviation and aerospace industry. Smithsonian (2001)

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