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Un cuatrimotor Bloch Languedoc de en 1956. Los Languedoc eran máquinas de formidable aspecto, pero no podían competir en fiabilidad y coste por pasajero con sus equivalentes norteamericanos DC-4 y sucesores.

 

Un lustro después de su fundación, Aviaco consolidaba sus líneas y ampliaba su flota. Un anuncio publicado en La Vanguardia a comienzos de 1954 informaba a sus clientes de los destinos accesibles desde Barcelona y muestra una red bastante densa, con posibilidad de viajar a Amsterdam y Bruselas (una conexión importante para Aviaco esta última) en el extranjero y a Bilbao, Oviedo-Gijón, Mahón, Palma y Zaragoza. Incluso se podía volar a Santander y Santiago, pero en ese caso vía Madrid. El enlace Madrid-Barcelona era diario, excepto los domingos, y costaba 470 pesetas. El periódico costaba 70 céntimos, una proporción de 1:700. Por esa regla de tres un billete para ese trayecto costaría hoy casi mil euros. Iberia ofrece vuelos actualmente por poco más de 100 euros y, si Ryanair hiciera este trayecto, lo ofrecería por poco más de 10 euros.
Siendo el transporte aéreo peninsular a mediados de la década de 1950 una actividad reservada a una élite rica o a profesionales con necesidades concretas (como los hombres de negocios o los toreros), Aviaco hizo grandes esfuerzos para asegurarse una base de clientes lo más amplia posible.
Un anuncio de 1953 iba dirigido a un sector de clientes muy concreto pero importante: “los concertistas famosos en sus tournées por España”, que podían hacer gracias a la aviación “el máximo número de actuaciones en la mínima cantidad de fechas”. Pero en enero de 1954, aprovechando que era Año Santo Compostelano, la compañía hacía una oferta tentadora más general:“Gane el jubileo en Santiago volando por Aviaco”. Siguiendo ese camino, con ánimo de explorar un nicho de mercado novedoso en el mercado del transporte aéreo español de la época, el lema de otro anuncio de ese mismo año es “Disfrute más días de vacación… en un máximo de dos horas, se encontrará en la playa elegida”, un anzuelo irresistible considerando que un viaje en coche Madrid-Valencia, la playa más cercana a la capital, podía durar fácilmente ocho horas.

 

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