La paradoja de la arcadia rural

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casavillardellAeronáutica, marzo – abril de 1938

 

Hasta hace poco, este simpático caserío de Morga ha visto alterada su paz secular por las hordas rojas. Hoy, reconquistado para España, se envuelve en galanura de una risueña primavera.

Un pie de foto en El Pensamiento Alavés, 21 de mayo de 1937. Morga está más o menos entre Amorebieta y Bermeo (Vizcaya).

 

 

Los últimos asturianos republicanos se rindieron a finales de octubre de 1937, sin poder conseguir su objetivo de llegar a la temporada de grandes nevadas que habría interrumpido las operaciones en las montañas cantábricas. La arcadia rural cayó desde ese momento casi por completo en poder de los nacionalistas.

La arcadia rural se extendía en una ancha franja por todo el norte de la Península, desde Galicia a Cataluña. Su principal característica era la dispersión regular de la población en casas grandes, exentas y casi autosuficientes, por lo general bien construídas en piedra y madera, a veces agrupadas en pequeños núcleos y otras veces perfectamente repartidas en un paisaje de praderas naturales, maizales y campos de cereal. Por lo general cada casa se identificaba con una familia, que había habitado allí desde tiempos inmemoriales. Allá se encontraban las virtudes más ancestrales, las costumbres más primitivas (que por lo general no se consideraban degeneradas, sino ecos de razas ancestrales), extraños idiomas que habían resistido la invasión del castellano, a razón de casi uno por cada valle (lacianego, bable occidental, central y oriental, los numerosos dialectos vascos, ansotano, aranés, etc.) los trajes típicos más extraordinarios y en general el material de mejor calidad para folkloristas y etnógrafos. A medida que se ascendía en altitud, las condiciones empeoraban, y entonces nos encontramos ya en las tierras donde habitaban los míticos montañeses, tan opuestos a la vida blanda de los habitantes del llano y la costa.

La arcadia rural coincidía aproximadamente con la llamada España húmeda, la parte de la península que se podría comparar a Europa. Poco a poco, tras el descubrimiento geográfico de la divisoria España húmeda/seca, se vio que ésta sustituía con ventaja a los Pirineos en el papel de separar África de Europa. Este paisaje tenía una característica fundamental que lo separaba del resto de los paisajes de la Península: no necesitaba ser corregido (regado, desecado, aplanado, ordenado, domesticado, suavizado, dulcificado, etc.) como el del resto del país, o al menos nunca a gran escala. Estaba bien como estaba: lluvias abundantes o al menos suficientes, agua disponible todo el año en la tierra, posibilidad de criar praderas naturales, buenos bosques, mucha madera, clima suave sin cambios violentos. Y en estrecha relación con lo anterior, un reparto de la población más continuo, sin grandes despoblados, una sociedad más cívica, menos delitos de sangre y menos pobreza en general.

Se podría pensar que el Frente Popular no tendría nada que hacer en semejante paisaje, pero no era así. La providencia había hecho esas tierras ricas en hierro y carbón, y esa circunstancia y otras había convertido el norte en la zona más industrializada de España.  Ya Armando Palacio Valdés se lamentaba a principios del siglo XX por el cambio en el paisaje rural de los valles del norte: “Hasta ahora hemos vivido a gusto en este valle sin minas, sin humo de chimenea ni estruendo de maquinaria… ¿Para qué buscar debajo de la tierra lo que encima de ella nos concede la providencia[142]? “. La nostalgia de una era preindustrial no tenía apenas sentido en la mayor parte del país, en especial en el Centro y el Sur. Pero tenía bastante sentido en el norte, y de hecho fue la principal causa de la construcción en estas tierras del mito de un pasado aldeano en armonía con la naturaleza. La Arcadia rural fue un invento más de la revolución industrial.

En 1936 las zonas industriales de Asturias, Vizcaya y Cataluña destacaban nítidamente contra el fondo rural del resto del país. Y las tres estaban en manos de la República. Minas e industrias significaban obreros, y por lo tanto una cantera de partidarios de los partidos de izquierdas y del anarquismo. Peor todavía, el norte era la base de dos nacionalismos fuertes (el catalán y el vasco) y uno débil (el gallego), así como de uno en formación (el aragonés), más fuerte en Huesca, el Alto Aragón, que en Teruel. Asturias tenía de toda la vida una personalidad enormemente marcada, una especie de nacionalismo “de facto” y una tradición revolucionaria impresionante en sus valles mineros centrales. Por si fuera poco, salvo el Alto Aragón, todas tenían costa marítima o estaban a un tiro de piedra del mar.

Esto explica el indignado artículo que publicó en el ABC de Sevilla Bernardo Bernárdez Romero, “Un emboscado funesto”, evidentemente aprobado por la Superioridad, que se resume en esta frase: “… Cataluña, Vizcaya y Asturias… ¡Los tres baluartes de la anti-España!”, y que se explica con el argumento del arancel: la protección del carbón asturiano, el  acero vizcaíno y las telas catalanas (y de sus muchos millares de trabajadores industriales “bien retribuidos”) se hace a costa de condenar a la miseria al resto del país (los trigos de Castilla, los aceites de Andalucía, los vinos de La Rioja, las frutas de Valencia y los ganados y cereales de Galicia[143]). Era evidente que había que dar una buena lección a las insolentes masas obreras asturianas, de la Ría de Bilbao y de Barcelona, y volver a subordinar esas regiones díscolas al carro de una economía nacional sana. De paso, se podían aniquilar peligrosos separatismos. Todo aquello se hizo, pero llevó su tiempo.

En julio de 1936 el norte se fragmentó en siete trozos. De oeste a este, la no-industrial Galicia cayó fácilmente en manos de los facciosos, mientras que se necesitó más de un año de lucha para ocupar Asturias, el gran bastión del frente Popular y donde primero se usó el lema UHP (Unidad de Hermanos Proletarios). Cantabria, medianamente industrial, estuvo en el lado republicano sin mucha convicción, apuntalada por sus vecinos asturianos y vascos, y cayó en manos facciosas en el verano de 1937, un poco después del País Vasco.
Las tres provincias (territorios históricos) de Euzkadi (por entonces se escribía con z) tuvieron tres destinos distintos. Vizcaya estuvo del lado de la República por el nacionalismo vasco y también por la numerosa población obrera de la Ría de Bilbao. Cayó en junio, proporcionando al Ejército nacional la industria pesada que tanta falta le hacía. Guipúzcoa, con su paisaje de pequeñas industrias dispersas,  sólo tardó un mes en ser conquistado por las fuerzas facciosas, y Álava estuvo del lado de los militares golpistas desde el primer momento, como una versión menor de Navarra. Al otro lado del Bidasoa, la carente de industria Navarra fue el verdadero bastión del Movimiento Nacional. La guerra civil general tuvo pues una versión local en Euskalerria, el verdadero núcleo de la Arcadia rural, y el lugar  donde más se trabajó el concepto arcádico de una raza antigua temerosa de Dios en un paisaje a su medida, con la ayuda de una legión de antropólogos, etnólogos, historiadores y linguistas. Los prados y los maizales de Navarra terminaron por dominar el paisaje de los altos hornos en Vizcaya. El alto Aragón quedó partido en dos, por los respectivos avances de las fuerzas procedentes de Navarra y de Cataluña. El Alto Aragón republicano cayó en la primavera de 1938. Las tierras del Pirineo catalán, viejas comarcas como la Cerdanya, el Ripollés o el Ampurdán fueron las últimas en caer en manos franquistas, ya en febrero de 1939.

 

[142] JOAQUIN FERNANDEZ: EDUCACION AMBIENTAL EN ESPAÑA (1800-1975). RAICES, 2002.
[143] ABC, 24 de diciembre de 1936.

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