Perdices y fascistas

cronica5-1-1936Crónica, 5 de enero de 1936

 

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El Siglo Futuro, 1 de enero de 1936

 

 

A comienzos de septiembre de 1937, los periódicos de la zona nacionalista comenzaron a piar recordando que el año pasado no se había cazado y que los animales pululaban en los sembrados, molestando a los labradores. La Superioridad respondió con una orden levantando la veda y autorizando la caza en la temporada tradicional, desde septiembre a febrero, siempre que fuera caza menor y se usase munición ligera, nunca bala o postas. Las autoridades militares interpretaron el decreto en sus correspondientes distritos. En general, a los gobernadores militares no les hacía ninguna gracia la idea de hombres armados merodeando por el campo, sin contar con que en el verano de 1936 las fuerzas nacionales fueron hostilizadas muchas veces por milicianos republicanos armados meramente con escopetas de caza.

Los requisitos se endurecieron, y para  obtener la licencia, era imprescindible un certificado de buena conducta y de adhesión al Glorioso Movimiento, expedido por el Puesto de la Guardia Civil, y pagar una cantidad bastante crecida de dinero. En Cáceres, se permitió la caza dos días a la semana, en la forma tradicional, batidas organizadas por los ayuntamientos, aunque se prohibió a menos de 30 km del frente. En Soria, se advirtió a los cazadores que no se acercaran a menos de un kilómetro de los campos de aviación y polvorines, y se prohibió cazar en la Zona liberada de Guadalajara. En Oviedo, donde en aquellos días se combatía duramente para acabar con la resistencia asturiana, la caza siguió prohibida.

Se reprendía a los soldados por malgastar la valiosa munición de guerra tirando a los conejos y las perdices: “No son perdices lo que debe cobrarse a esta hora difícil, sino fascistas” decía solemnemente Solidaridad Obrera[137]. Aunque la caza se siguió practicando con o sin autorización en todo tiempo y en todas partes, no cabe duda que la veda de 1936-37 y la abundancia de zonas prohibidas a los cazadores dió un cierto respiro a los animales de pelo y de pluma. Como decía el conde de Yebes, “en 1939 reanudamos la tarea de cazar[138]”.

El lobo, que llevaba tres o cuatro décadas de acelerado retroceso, y había sido exterminado en muchas comarcas y regiones enteras, conoció una expansión efímera gracias a la guerra civil y a las actividades de los maquis después[139]. El oso tuvo la desgracia de ver coincidir sus últimos refugios en el Pirineo y la cordillera Cantábrica con zonas de guerra activa, aunque parece ser que no tuvo dificultad en ocultarse de las ruidosas fuerzas militares. Las operaciones de exterminio de alimañas mediante cebos envenenados se siguieron haciendo, aunque ahora con un control más estricto de la autoridad. En general, la naturaleza sobrevivió e incluso prosperó en las condiciones de la guerra, una época en que los hombres están más atentos a destruirse mutuamente que a destrozar su medio ambiente.

Los naturalistas, en cambio, fueron claras víctimas de la guerra civil. La decisión nacionalista de atacar Madrid por el noroeste tuvo una consecuencia imprevista: la destrucción de buena parte de las instituciones dedicadas a las ciencias de la naturaleza. Hay pocas cosas menos adaptables a la guerra que un instituto de investigación de la naturaleza: el conocimiento que busca no es de utilidad, a no ser que se dedique a fabricar armas biológicas, y su utillaje extremadamente frágil, compuesto por animales de laboratorio, tubos de ensayo, matraces y maquinaria muy delicada. El Instituto de Investigaciones y Experiencias Forestales, así como el laboratorio de Hidrobiología, casi las únicas entidades que se dedicaban a la cultivo de la ecología, estaban en las cercanías de la carretera de la Coruña y quedaron incluidas en el frente, junto con otros centros de investigación biomédica. Todo desapareció, y los inestimables libros de sus bibliotecas siguieron apareciendo en los puestos de venta callejeros durante meses. Circulaban historias de soldados que habían guisado y comido alegremente animales de laboratorio infectados con terribles enfermedades, sin que tuvieran luego la menor molestia, claro está. El Instituto del Cáncer quedó en tierra de nadie y fue literalmente arrasado.

Todo esto tenía un sentido, la creación de la Ciudad Universitaria en el ángulo NO de Madrid, la zona noble de la ciudad, para sustituir al polvoriento caserón de la calle San Bernardo. Se pusieron muchas esperanzas en la amplia y luminosa Ciudad Universitaria, con sus facultades repartidas en edificios modernistas, rodeadas de jardines y campos de deportes. Se hicieron suscripciones públicas y sorteos para recaudar fondos. El proyecto comenzó en 1928 y pasó airosamente a manos de la República. La inauguración de buena parte de las instalaciones estaba prevista para octubre de 1936. En noviembre ya era frente de guerra, que duró congelado hasta el 28 de mayo de 1939. Las facultades fueron convertidas en parapetos y fortificaciones.

Todos los investigadores que debían estar dando clase y haciendo descubrimientos científicos de calado en sus amplias instalaciones debieron dispersarse y buscar acomodo como pudieron, algunos en instituciones militares donde sus conocimientos podían ser de utilidad, otros en la reducida vida académica que tanto el Estado nacional como el republicano se sintieron obligados a reanudar tras los primeros meses de confusión. La mayoría de las revistas científicas suspendieron su publicación en espera de tiempos mejores. Una de las hazañas de la guerra civil fue la publicación del volumen 12, correspondiente a 1937, de la Revista Matemática Hispano-Americana, encabezado por el artículo [140]“Curvas sobre una superficie que cumplen la condición  ∆ƒf (x,t)ds =0”.

En medio de la guerra, algunos seguían contra viento y marea cultivando el estudio de la naturaleza. El cabo maestro de primera enseñanza M. Muñoz publicó en “Libertad”, órgano de la 42 División (Cuenca, frente de Teruel) un artículo titulado “Lección de botánica para los soldados” que termina con estas palabras, seguramente las más sensatas que se escribieron durante toda la guerra civil española: “De esto sacamos la conclusión de que no debemos romper ni estropear las plantas, puesto que quitamos su vida, siendo un perjuicio tanto moral como material contra nuestra misma persona[141].”

 

[137] Solidaridad Obrera: “No malgastéis las municiones” 13 de enero de 1937
[138] Sesgo y balance de nuestra post.guerra en caza mayor, Revista de Montes, nº 82, 1958
[139] José A. Valverde : El lobo español. Revista de Montes  Nº 159, Año 1971
[140] Asclepio. Revista de Historia de la Medicina y de la Ciencia, 2011, vol. LXIII, nº 1, enero-junio, págs. 193-220, LA ACTIVIDAD MATEMÁTICA EN ESPAÑA DURANTE LA GUERRA CIVIL Francisco A. González Redondo
[141] Libertad, órgano de la 42 División,  julio de 1937.

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