La conquista del Guadarrama

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Una miliciana del frente de la Sierra en una fotografía publicada en septiembre de 1936 (Clic en la imagen para verla completa)

 

Preparados los fusiles,
avanzan hacia unas jaras
un grupo de milicianos
del frente de Guadarrama.

Felipe C. Ruanova
El Mono Azul (1936)

 

 

Como Madrid –tal como se temían muchos expertos militares– no había sido dominado por las fuerzas del Ejército actuando desde dentro de la ciudad, era preciso conquistarlo desde fuera. Las ciudades tomadas por los facciosos más grandes y cercanas a la capital eran Valladolid, Zaragoza y Logroño, y desde allí partieron diversas columnas hacia Madrid.

La columna procedente de Valladolid llegó pronto a San Rafael, en la vertiente segoviana de la sierra del Guadarrama. Allí se topó con un obstáculo inesperado: una multitud de veraneantes que vitoreaba a los soldados y les pedía encarecidamente que se quedaran a merendar. La tentación era fuerte: el día era cálido, las frondas y pinares de San Rafael frescas y la oferta de comida y bebida suculenta. Miguel Fleta, que se encontraba allí casualmente, dedicó unas coplas patrióticas a la columna con su potente voz de tenor. Al final, el coronel Serrador, jefe de la columna, envió un motorista carretera arriba, hacia el puerto. El soldado regresó informando que le habían tiroteado desde todas partes. Fue necesario renunciar a la fiesta y enviar a la columna carretera arriba, hacia el Alto del León, en la raya de la provincia de Madrid.

La fuerza venida de Valladolid ocupó el puerto desalojando de allí a los milicianos que lo ocupaban. Entonces comenzó un Verdún en pequeño. Los nacionalistas resistieron varios días los ataques de una fuerza bastante numerosa procedente de Madrid, que incluía restos de unidades militares, guardias de asalto y guardias civiles y gran cantidad de milicianos. La fuerza fue creciendo por el lado republicano, mientras que el lado nacionalista también recibía refuerzos. En cierto momento llegaron cuatro compañías de requetés (algo menos de 400 hombres), cada una mandada por un cura, y la unidad en conjunto mandada por un presbítero. El coronel Serrador les excitó para la batalla con el recuerdo de la actuación de sus heroicos abuelos en la última guerra carlista.

En el otro lado, muchos milicianos madrileños ya conocían la zona, pues la sierra del Guadarrama en 1936 era ya un lugar tradicional de esparcimiento de los trabajadores y trabajadoras de la capital. Las clases proletarias de Madrid, cuyo lugar de descanso al aire libre habían sido tradicionalmente las riberas del Manzanares, principalmente los merenderos de La Bombilla, vieron ampliarse su radio de acción desde los años de 1920 en adelante en dirección de la Sierra. La Sierra se convirtió en pocos años de lugar frío e inhóspito en parque de ocio al aire libre. Abrieron camino los inevitables regeneracionistas de la Institución Libre de Enseñanza, que practicaron, ya desde principios del siglo XX, la novedad de llevar a sus alumnos, jóvenes de ambos sexos de la buena sociedad progresista, a las cumbres de la Sierra del Guadarrama.

Toda la mística del contacto con la naturaleza considerado como salutífero se puso en marcha. La montaña ofrecía aire puro y paisajes edificantes, siendo así la contrafigura de la nefasta taberna. La colonización del Guadarrama (así se llamaba) progresó cumbre arriba en las décadas anteriores a 1936. Había chalets en los pueblos, en las faldas de la montaña, residencias y albergues a media ladera y refugios de montaña en las cumbres. Se practicaba el excursionismo en general, las meriendas campestres masivas, el esquí en invierno y hasta el turismo cultural por el románico segoviano de la vertiente norte de la Sierra. Hacia 1930, era ya habitual el espectáculo de masas de obreros y oficinistas subiendo a los autobuses con destino a la Sierra los domingos por la mañana. La puesta en servicio de un ferrocarril eléctrico que unía Cercedilla con Navacerrada también fue de gran ayuda para llevar a las masas a la montaña.

Hacia 1930 la Sierra era en parte un elegante escenario alpino, donde algunos señoritos bien vestidos se deslizaban por las pistas. Allá abajo y a lo lejos se divisaba la ciudad de Madrid “envuelta en su pesada atmósfera, cárcel de multitudes irredentas y hasta irredimibles de por vida”, escribe Constancio Bernaldo de Quirós, experto en ambos ambientes en su doble condición de criminólogo –escribió La mala vida en Madrid– y guadarramista avezado, fundador del Club Alpino Peñalara. Algo más abajo de los señoritos esquiadores, no obstante, se podían ver “abigarradas muchedumbres inferiores entre los riscos y los bosques, afeándoles para siempre, semana tras semana, con los despojos de su expansión a que ni siquiera podría llamarse rústica, por ser todavía más indeseables los caracteres de las bajas clases urbanas”. Bernaldo de Quirós[39], seriamente mosqueado, añade: “Todos hemos sentido instantes pasajeros de indignación, renegando de nuestra propia propaganda, ante los paisajes mancillados por los ciudadanos de la Puerta del Sol”.

Pero rechaza acto seguido B. de Quirós estas tentaciones aristocratizantes; los desheredados de la educación no  tienen la culpa de su condición, y es preciso “abrir a todos el Guadarrama” mediante obras sociales, “sanatorios, campamentos, refugios, lugares de cura de reposo– en beneficio de las clases proletarias”. Irónicamente, poco después del final de la guerra, se inauguró en sus faldas un inmenso sanatorio antituberculoso para oficiales militares superiores.

“Estos alegres viajeros gritan, al salir para la Sierra: ¡Adiós, Madrid!” decía el pie de una foto mostrando un autobús atestado de excursionistas, en un reportaje sobre el Guadarrama publicado por la revista Blanco y Negro en 1931. Cinco años después, Crónica publicó una foto a toda página donde se puede ver el mismo autobús, ahora vacío y aparcado bajo unos árboles, bajo el titular “La épica defensa de Madrid en el frente del Guadarrama” (2 de agosto de 1936). Los excursionistas se habían trocado en milicianos y muchos se despedían de Madrid definitivamente, tras morir en alguno de los asaltos al Alto del León.

Bastantes de los milicianos combatientes allá arriba regresaban a Madrid –a unos 50 km. de distancia– a la puesta de sol. Allí ocupaban bares y tabernas donde, sin soltar el fusil ni un minuto, explicaban la situación en el frente con gran lujo de detalles. También había un puñado de milicianas. Después se iban a casa a dormir, y al día siguiente, al amanecer, ya estaban de nuevo en la Sierra, disparando contra los fascistas. Tras varios meses de masacre, el frente del Guadarrama se estabilizó y ya no se movió apenas hasta el final de la guerra. Siguiendo aproximadamente la línea de cumbres salvo en Somosierra, formaba un gran arco protector de la capital desde El Escorial hasta la sierra de Ayllón, ya en Guadalajara.

La Sierra, ya convertida en frontera entre los estados nacional y republicano, era un extraño frente de batalla. Podía nevar durante seis meses al año, y las temperaturas solían caer a muchos grados bajo cero. La inventiva militar republicana reaccionó a esta situación con la creación de un batallón de esquiadores. Parece ser que los primeros que practicaron el esquí en la Sierra lo habían hecho inspirados por el libro de de Fridtjof Nansen “Hacia el Polo”, hacia 1905[40]. Hay una Loma del Noruego en Guadarrama que conmemora a Nansen. No se podía decir que el esquí fuera un deporte de masas en aquellos años –hubo que explicar que los componentes del batallón no eran señoritos ociosos, sino trabajadores que habían mantenido su afición al esquí con mucho esfuerzo, gracias a alguna  Sociedad popular de montañismo. como los grupos de Salud y Cultura[41], [42]. –… “al principio se nos acogió un poco recelosamente, porque para casi todos el deportista montañero era “el señorito” de las meriendas caras en el chalet del Club” – confiesa el comandante Rodríguez, jefe del batallón[43] en una entrevista– pero se consiguió reunir a varios centenares de hombres en el llamado oficialmente batallón Alpino. Guarnecían la línea de cumbres durante el invierno, luchando contra los elementos más que contra los facciosos.

 

[39] Constancio Bernaldo de Quirós: La conquista del Guadarrama. Revista de Política Social, 1928
[40] http://pradosanjuan.com
[41] Crónica, 20 de diciembre de 1936
[42] Crónica, 8 de agosto de 1937
[43] Mundo Gráfico, 14 de julio de 1937

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