“El último fortín de la Naturaleza”

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El prototipo del Westland Wallace que se utilizó en el vuelo sobre el Everest de 1933.

 

Desde que fue identificado como la montaña más alta del mundo en 1856, el monte Everest (Chomolugma en tibetano) obsesionó a los británicos, que podían atisbarlo desde las colinas de Darjeeling a la izquierda y un poco detrás del Makalu, a cien millas de distancia al norte. Durante muchos años fue tan inalcanzable como la Luna, con sus casi nueve kilómetros de altura y dominando el intrincado macizo de Kanchenjunga, encerrado bajo llave además en la frontera entre dos países poco amistosos para los extranjeros: Nepal y Tíbet.

En 1921 comenzaron las expediciones oficiales británicas, con gran aparato de porteadores y equipo, que se repitieron regularmente casi todos los años pero que no consiguieron alcanzar la cima. En 1925 Alan Cobham, en una de sus largas expediciones aéreas por el Imperio, voló de Calcuta a Darjeeling y enfiló las cumbre del Himalaya con su de Havilland DH.50. Consiguió ascender hasta 17.000 pies (más de 5.000 metros) antes de abandonar. El Everest mide 29.000 pies.

Por fin, en 1932, el teniente coronel Stewart Blacker lanzó la idea de conquistar lo que llamaba “la última plaza fuerte de la naturaleza” con “pilotos británicos, volando aviones británicos equipados con lo último en motores británicos”(1). La formidable Lady Houston, que también hizo un gran papel en el desarrollo del Spitfire, puso el dinero, la RAF colaboró servicialmente y la casa Westland proporcionó los dos aviones, los dos variantes modernizadas del Wapiti que ya llevaba años prestando servicio colonial en la India. Eran el Westland Wallace y el llamado Houston-Westland PV-3, una modificación del anterior cuya denominación honraba a la patrocinadora de la expedición. Los motores serían Bristol Pegasus, un nuevo desarrollo de la firma que se fabricaría en gran número.

Los dos aviones fueron cuidadosamente tuneados para el vuelo a gran altitud con sistemas de calefacción eléctrica y suministro de oxígeno a los pilotos y al cameraman y fotógrafo de la cabina posterior. Se prestó mucha atención al aspecto documental de la expedición. Las cámaras y sus películas fueron probadas en condiciones de baja temperatura. Los motores hicieron exhaustivos test de vuelo a gran altura, y se utilizó una cámara de baja presión de la RAF para simular las condiciones que prevalecerían a 29.000 pies de altura. Por fin todo estuvo listo y los dos aviones fueron embalados en grandes cajas de madera y enviados por barco a Karachi.

Ya con los dos aparatos vueltos a montar y listos para el vuelo, la expedición se asentó en Purnia, cerca de la frontera con Nepal, justo al sur del Everest. Los vuelos de reconocimiento mostraron que la madre de todas las montañas (eso significa aproximadamente el nombre tibetano) tenía dos tipos de condiciones meteorológicas: espesas y amenazadoras nubes de borrasca que cubrían totalmente la cima o bien, en días despejados, vientos muy fuertes que formaban una característica pluma blanca en la cumbre, formada por partículas de hielo arrastradas por el ventarrón. Tras una espera adecuada, cierto día la cumbre se vio despejada y con una velocidad del viento de apenas 55 millas (90 kilómetros) por hora.

Tras algún tiempo volando entre una neblina que no dejaba ver ningún punto de referencia en tierra, los aviones la superaron por fin y vieron ante ellos, sin ninguna transición, el macizo blanco del Kanchenjunga flotando sobre la tierra, como completamente ajeno y aparte de ella.  Siguió una larga y penosa trepada hasta que llegaron a las inmediaciones de la altura de la cima, expuestos en cualquier momento a ser abatidos por una ráfaga de viento demasiado fuerte. Racionando el oxígeno y navegando trabajosamente en contra y a favor del viento, pudieron pasar la cima casi rozando y sacar sensacionales fotografías y películas. El vuelo se repitió unos dias después, esta vez sin neblina y proporcionó gran cantidad de material cartográfico valioso. El libro narrando la expedición, “First over Everest”, profusamente ilustrado y documentado, se publicó en diciembre de ese mismo año e incluía pares de fotos para ver en relieve con un visor esteroscópico; era un magnífico regalo de navidad.

 

(1) Donald Dale Jackson: The Explorers. (The epic of flight, Time-Life Books).

 

 

 

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