La experiencia de los primeros pasajeros aéreos

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Un Junkers G.24 de , SA) en 1930. La compañía contaba entonces, además de este modelo, con algunos Fokker VII y un Ford TriMotor.

 

Advertencias para los pasajeros aéreos

(Tras unas indicaciones sobre transporte de mercancías, modificaciones de itinerarios, precios, etc, horario y servicio de automóviles)

Policía interna del avión:
Mientras no se hayan instalado departamentos especiales para fumar en los aviones, se prohibe fumar en la cabina.
Al despegar y aterrizar deben ocuparse los asientos y ponerse los cinturones de seguridad, dispuestos en cada uno de ellos. Está permitido levantarse durante el vuelo para poder ver mejor, o cambiar su asiento con otro pasajero. Se permite abrir las ventanillas de las cabinas. Está prohibido tirar objetos desde la cabina del avión.

Velocidad:
Aunque el avión tiene una velocidad de 170 kilómetros por hora, aproximadamente, se pierde en la altura casi completamente la sensación de velocidad en el aire.

Baches de aire:
No existen. Si ocasionalmente se siente un ligero desplome del aparato, debe atribuirse únicamente a las corrientes de aire que producen un efecto similr al oleaje en los buques.
Los pasajeros no necesitan temer el mareo, puesto que éste se presenta sólo en un tiempo muy malo, y de manera menos desagradable que el mareo en el mar.
Los remedios contra el mareo pueden obtenerse en todos los aerodromos.
En los aviones se suministra a los pasajeros aéreos algodón para los oídos con el fin de amortiguar el ruido de los motores.

Despegue:
Al despegar el avión se eleva del suelo después de un rodaje de unos cientos de metros, casi imperceptible. El despegue y el aterrizaje se efectúa contra la dirección del viento.

Observación:
La superficie terrestre se desliza lentamente debajo del avión. La vista humana ha de acostumbrarse primeramente a la observación de la vista de pájaro. Todas las distancias se contraen fuertemente, según la altura de vuelo. El círculo de visión tiene una altura de 1.000 metros, según sea la claridad del aire y según posición del sol, 30 kilómetros de diámetro aproximadamente. Sólo después de haberse acostumbrado la vista pueden percibirse detalles, tales como personas, animales, coches, trenes, buques, etc.
La superficie terrestre aparece en forma de mapa. La orientación con un mapa es sumamente sencilla para personas acostumbradas a la lectura de éstos.
Para la mayoría de las líneas pueden obtenerse pequeños mapas de ruta manejables, de las Jefaturas de aeródromo. Un indicador de altura dispuesto en la cabina, indica al pasajero la altura a que vuela el aparato.

Vuelo de planeo:
Una disminución repentina del ruido de los motores no es motivo para inquietarse, puesto que el motor está estrangulado, sea para iniciar mediante vuelo de planeo—para algunos la parte más bella del vuelo—el aterrizaje, o para reducir la altura de vuelo a consecuencia de modificarse las condiciones de visibilidad y la topografía de terreno. Todo avión de transporte es capaz de planear en longitud diez veces aproximadamente la altura de vuelo, volando, por lo tanto, sin los motores, igual en vuelo recto que en virajes.
Al variar el piloto la dirección de vuelo, el aparato se inclina temporalmente por un ángulo pequeño para efectuar el viraje, de modo que una de las alas parece más alta que la otra. Se ruega a los pasajeros aéreos obedezcan las indicaciones del personal responsable para la realización del tráfico aéreo.

(Siguen unas indicaciones sobre el equipaje y la compra de billetes)

Vestuario especial:
de cualquier clase, no es necesario, puesto que el transporte se efectúa exclusivamente en aviones de cabina cómodamente instalados.

Refrescos:
pueden adquirirse en todos los aeródromos.

Los aparatos fotográficos
de cualquier clase deben guardarse durante el viaje aéreo encerrados en las maletas. Tomar fotografías del terreno sobre el que se vuela, se permite únicamente con expresa autorización de las autoridades.

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Boletín de la C.L.A.S.S.A. (Concesionaria de Líneas Aéreas Subvencionadas, S.A.) nº 3. Marzo de 1930. En Ícaro, nº 27. Puede consultarse en la Hemeroteca Digital, www.bne.es

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