Breve historia de la chusma

“Sangriento motín en Penagos” (Cantabria). Las ocurrencias, 15 de septiembre de 1911. Hemeroteca Digital – BNE.

¿Quién no se ha maravillado ante la soltura con que los personajes de Downton Abbey “se visten para cenar”? La mayor parte de la gente no hace tal cosa. La serie y otras del mismo estilo, como Arriba y abajo, son inmensamente populares porque nos permiten ver, en su elemento natural, el comportamiento cotidiano de una especie en extinción, la parte superior de la raza humana. Hace muchos años no eran personajes de ficción, sino una presencia constante, a veces muy cerca, otras veces a distancia, pero que siempre determinaba la vida de la gente corriente.

La existencia de un linaje superior era algo que no se ponía en duda en la Europa de la primera mitad del siglo XIX: se trataba de los caballeros, oficiales, clérigos (hereditarios en los países de fe protestante), todos ellos más o menos descendientes de la nobleza, perfecta y férreamente opuestos a los villanos, obreros, rústicos, plebe, populacho o –más modernamente– proletariado. Hoy en día nos resulta difícil asimilar en toda su extensión lo que suponía esta infranqueable barrera, la diferencia entre ser “ilustre, claro y conocido por su sangre” o simplemente “vecino ú habitador del estado llano… de alguna villa o aldea, a distinción del noble, ú hidalgo” (Academia, 1738). Noble” y “villano” eran palabras antónimas, lo honroso y estimable contra lo indigno o indecoroso.

La barrera estaba situada muy arriba de la pirámide social: a excepción de unos pocos caballeros, la inmensa mayoría de la población pertenecía a la inferioridad hereditaria. La jerarquía de la cuna era fácil de establecer: podía decirse sin dificultad quien era de buena cuna o de baja estofa, gracias a los libros de pedigree humano que establecieron las parroquias a partir del siglo XVI. Naturalmente, la educación tenía una elevada correlación con la cuna. “Educación” no tiene aquí ningún sentido pedagógico moderno, sino el manejo de las habilidades que distinguían a un caballero del que no lo era: montar a caballo, tirar de florete, tocar el piano (en el caso de las damas), hablar francés con soltura, y así.

Que una delgada capa de personas superiores dominara un profundo estanque de gente inferior no tenía nada de raro, había sido la norma habitual desde los tiempos de Babilonia. La novedad estaba en que ahora, aproximadamente en el medio siglo a horcajadas del año 1800, un proceso complicado pero firme comenzó a crear una nueva frontera en la parte inferior del estanque entre la antigua plebe, elevada ahora a la categoría de honrado pueblo trabajador y ciudadano, y la chusma. Dicho de otra manera entre la gente y la gentuza.

A comienzos del siglo XVIII, en castellano, la palabra chusma tenía tres significados: los galeotes forzados que remaban en las galeras (captivi remiges), la reunión en gran número de la gente “baja, soez e inútil” (infimum vulgus) y, en germanía (el lenguaje de la delincuencia), la muchedumbre. (Diccionario de la Real Academia, 1729). La plebe era “la gente común y baja del pueblo” (Diccionario, 1737). Y el populacho era “lo ínfimo de la plebe”, infima plebs. Se pasó insensiblemente del populacho a la chusma, que se convirtió en la canalla, elementos peligrosos que había que fijar y controlar.

Esto ocurrió al mismo tiempo que los ferrocarriles se extendían sobre la tierra y el carbón se empezaba a quemar por millones de toneladas en las fábricas. Se empezaron a pintar cuadros idílicos de las virtudes aldeanas, justo cuando el modo de vida aldeano, lento, atado a la tierra y al dominio de los señores, se resquebrajaba y daba paso a las masas de trabajadores urbanos, indiferenciados y cada vez más enfurecidos. El vapor acabó con las galeras movidas por fuerza humana y por lo tanto con la chusma que empuñaba los remos (la palabra viene del término griego para la voz de mando del cómitre), pero ató a mucha gente a las bancadas de la producción en serie, en jornadas de catorce horas de tareas tan repetitivas como empujar un remo. Inglaterra marcó la pauta en el nacimiento y desarrollo de esta nueva clase de variedad humana, producto de la sociedad urbana e industrial.

Tenía un territorio salvaje extenso y propio, en el Norte industrial, donde millones de personas trabajaban en condiciones de servidumbre más o menos explícita en las grandes áreas industriales y comenzaban a desarrollar una cultura propia, basada en la lealtad a la cuadrilla de trabajo y en el desprecio de los ricachos del sur. En cierto sentido, el Norte fabril estaba más lejos del Londres rico e ilustrado que algunas islas del Pacífico. Un siglo después, las reformas neoliberales de Margaret Thatcher cayeron como plaga de langosta sobre este mismo territorio y les dieron un buen escarmiento.

Esta clase de galeotes industriales se caracterizaban por una casi total ausencia de virtud: no se casaban, procreaban hijos ilegítimos de dudosa paternidad, eran proclives al alcoholismo y a la vagancia. Los grabados de la época nos muestran estas clases bajas con un aspecto físico bien diferente de los linajes superiores. Abundan entre ellas las fisonomías bestiales, los labios gruesos, orejas en forma de coliflor, frente deprimida, gruesos arcos superciliares. La barrera, por lo tanto, no era únicamente cuestión de dinero, sino principalmente biológica. Estos rostros embrutecidos nos recuerdan irremediablemente a las reconstrucciones de los neandertales. Es significativo que una de las interpretaciones del célebre cráneo de neandertal (1856) fuera que pertenecía a “un irlandés excepcionalmente robusto”. A finales del siglo XIX, los irlandeses formaban parte en cantidad de los obreros sin cualificar que pululaban por las ciudades inglesas.

Antes de que fuera demasiado tarde y pasaran a la categoría de morlocks, fue necesario convertirlos en sanas clases obreras, puntal de la nación, brazos laboriosos generando riqueza. Los artesanos tradicionales, hábiles en su oficio y ya casi también desaparecidos, se usaron como la base mítica del nuevo trabajador, del nuevo elemento positivo de la sociedad, laborioso, sobrio e incluso capaz –estudiando por las noches– de elevarse sobre su condición, obteniendo una educación e ingresando en la nueva categoría de las clases medias. La influencia de las revoluciones norteamericana y francesa se dejó sentir, con su concepto nuevo de ciudadano con derecho al voto. El nuevo ciudadano europeo, ex-perteneciente a la chusma, comenzó a darse cuenta de su elevada posición en el mundo, al menos comparado con los negros de las colonias.

A lo largo de todo el siglo XIX, la conciencia de la inferioridad congénita y hereditaria de ciertas variedades de la especie humana con respecto a otras fue desplazándose, de manera lenta e insidiosa, de las clases inferiores de los países europeos hacia el exterior, hacia lo que se denominó razas o pueblos de color. Al mismo tiempo, la gran masa de inferiores se fue clasificando en una mayoría sana y una minoría averiada. El nivel fue bajando poco a poco hasta dejar una minoría irreductible. El estanque se llenó de un sano pueblo (ya no plebe, y menos populacho) separado de un estrato inferior formado por la parte irreductible de la chusma, la canalla delincuente.

En 1888, Vianna de Lima la define con claridad: “En los bajos fondos de nuestras sociedades civilizadas vive todavía una triste categoría de individuos que, por su aspecto físico degradado y sus repugnantes costumbres, no se diferencia mucho de nuestros antepasados salvajes de la prehistoria” (1). La tablilla que proporciona a continuación, resumen de las investigaciones de Lombroso, cifra en un 58% la presencia de un “desarrollo exagerado de los arcos superciliares” en esta clase de individuos. Otras investigaciones provechosas de la anatomía interna de las meninges de estos seres se realizaron sobre cabezas de guillotinados, proporcionados por cortesía del estado francés. Ese mismo año, Federico Ratzel reconoce con tristeza “Todos nosotros estamos desgraciadamente familiarizados con la idea de que el hombre oculta una bestia” (2).

Los antropólogos se lanzaron con avidez sobre esta comunidad o subcultura humana, que vivía en el mismo Londres, París o Madrid no muy lejos de sus gabinetes, y detectaron en ella abundancia de labios gruesos, cuerpos chaparros, encorvados y gruesos, frente deprimida (a veces combinada con gruesa arcada superciliar), extrema pilosidad facial, gruesas narices, o más bien narices apartadas de la rectitud: respingonas o chatas, y tez más oscura, en general. Estas características eran las mismas, exageradas, que se veían antes en el populacho, y que recordaban a una raza humana extinguida, los neandertales.

El listón fue bajando poco a poco a lo largo del siglo, hasta que, en vísperas de la Gran Guerra, se consideraba que tal vez el 95% de la población era social y genéticamente sana, salvo la clase bien caracterizada de los criminales natos, entre quienes se nutrían los reducidos grupos de anarquistas. El agua potable a disposición general tuvo mucho que ver con este progreso de la población correcta desde el punto de vista biológico.

Así, poco a poco, se pasó de una reducida masa de superiores asustados ante el mar de inferiores a un bloque más o menos compacto –la comunidad del pueblo nazi es el ejemplo más nítido– de ciudadanos cabales enfrentados a una porción de degenerados, criminales natos, subhumanos, etc., que cada estado ampliaba o reducía a voluntad según sus necesidades de cohesión política.

Los estados necesitaban herramientas para lidiar con esta población, para integrarla de alguna manera en el cuerpo de los estados-naciones en proceso de cristalización. Un estado nación era una unidad compacta de nación, raza y cultura, y necesitaba señalar con claridad una especie de piso inferior entre los habitantes de la nación formado por los asociales, criminales y enemigos por lo tanto del pueblo. Se necesitaba una explicación y una estrategia para esta gente.

Lombroso y sus secuaces proporcionaron una solución, la justicia positivista, cuyo principio fundamental establecía que los delitos no eran tan importantes como atrapar y controlar a la persona que los cometía. El control legal, por lo tanto, debía transportarse “del delito al delincuente”. Los criminales, de los que se hacía una clasificación bastante prolija entre rateros, asesinos, envenenadoras, descuideros, estafadores, etc., eran una variedad humana definida. Lombroso tuvo su iluminación cuando analizó el cráneo de un bandolero calabrés, Giusseppe Villella y detectó una rara fisura que identificó como un atavismo prehumano. La relación criminal nato = atavismo = inferioridad racial = pueblos indígenas colonizados = Italia del sur funcionó de tal manera que, a comienzos del siglo XXI, un tribunal ha tenido que dirimir si el cráneo del bandolero es extraído de las colecciones del Museo Lombroso y devuelto a su tierra, donde se le considera casi un héroe de la lucha contra los piamonteses (3).

Las medidas de defensa social debían adecuarse, por lo tanto, no a la gravedad objetiva mayor o menor del delito, sino a la mayor o menor peligrosidad del delincuente. El primer modelo según el cual el delincuente era una especie de hombre-mono fue refinándose con el tiempo. Ferri, el principal discípulo de Lombroso, explicaba  la “actividad nociva” de los delincuentes por una lista bastante larga de causas, incluyendo “tendencias congénitas que atrofian el sentido moral”, “condiciones psicopatológicas”, “impulsos pasionales”, el mal ambiente familiar y social y también la cárcel, fase habitual de la trayectoria del hombre delincuente, que Ferri llamaba “la estufa para la cultura de los microbios criminales” (4).

El medio ambiente se podía añadir a la genética para explicar los impulsos criminales, lo que llevó a su vez a grandes planes de saneamiento de suburbios y barrios bajos, con el mismo criterio con que se combatía el paludismo vertiendo petróleo en una charca.

Una consecuencia lógica de la idea del bio-delincuente es que las penas de cárcel de término fijo se debían sustituir por un tiempo indeterminado de reclusión, de igual manera en que el ingreso en un hospital siempre se hace por tiempo indeterminado, hasta la curación del enfermo. El siguiente paso era sustituir las penas por la comisión de delitos por las “medidas de seguridad” que se podían establecer, idealmente, de manera previa al delito. La escuela positivista no veía ninguna diferencia entre la pena a posteriori y la medida de seguridad preventiva “desde el punto de vista de defensa contra la delincuencia”. Es el concepto de “custodia protectora” que se utilizó en la Alemania nazi para los oponentes del régimen. Los seres humanos que debían ser así apartados de la sociedad no debían, sin embargo, ser arrojados a una celda, sino trasladados a una colonia agrícola al aire libre, donde pudieran trabajar con sus manos y experimentar el influjo curativo de la naturaleza.

El proyecto positivista tuvo una gran repercusión mundial, fue traducido a varios idiomas y él se inspiraron códigos y leyes posteriores. Una de ellas fue la Ley de Vagos y Maleantes aprobada por la República española (con gobierno de izquierdas entonces) en 1933. La ley refleja la influencia de Luis Jiménez de Asúa, jurista famoso y positivista, que creía que las ideas de Ferri “acercaban la justicia penal a la realidad del mundo individual y social”. Se redactó un proyecto de campos de concentración, tres en la Península, que apenas llegaron funcionar hasta que llegó la guerra civil. Los campos de concentración alemanes arrancaron también en 1933 y tenían una señal especial para los detenidos “asociales”, un triángulo negro. Los campos de la Unión Soviética estalinista tenían categorías parecidas. Fueron dos casos en que se intentó erradicar completamente la hez de la sociedad, la escoria situada en los bajos fondos, eliminando así esa excrecencia molesta de la Comunidad popular nazi o del Hombre nuevo soviético. En otros países el modelo se aplicó mucho menos explícitamente, generalmente a base de guetos urbanos “donde no entra la policía”.

Oficialmente, el concepto de criminal nato ha desaparecido del derecho y la ciencia actuales, al menos oficialmente. En realidad su influencia es muy profunda. Por el lado genético conoce revivales como el caso del cromosoma Y adicional que tienen algunos varones, que se asoció erróneamente a un más alto grado de agresividad. El lado ambiental es más consistente. Son barrios o distritos enteros peligrosos, habitados por gente peligrosa. En estos lugares el argumento de la jerarquía racial (magrebíes en Europa, negros en los Estados Unidos) se mezcla con la explosiva mezcla social y ambiental y produce sociedades más extrañas que las de una isla remota, a pocas paradas de metro del centro comercial de la grandes ciudades. Ahí están los inmigrantes “de tercera o cuarta generación”, lo que sugiere que emigrar es un proceso eterno, que se transmite en una familia de padres a hijos y de estos a los hijos de sus hijos. La gente de más edad es menos peligrosa, pero los jóvenes y adolescentes son muy peligrosos. Lo sabe todo el mundo y lo sabe la policía, que los detiene y encarcela con tanta regularidad que en realidad es un proceso lombrosiano de control de la jauría de delincuentes natos, aunque se guarden las formas procesales y haya delito y condena penal concreta.

Determinadas sociedades lo llevan mejor que otras. En Escandinavia y algunos otros países hay aproximadamente 50 personas en la cárcel por cada 100.000 habitantes adultos. En un país del tamaño de Suecia, eso equivale a una población reclusa de unas 5.000 personas. España, con su tasa de más de 100, tiene una población carcelaria de unas 50.000 personas. Algo no funciona bien en los Estados Unidos, donde la tasa es actualmente de más de 600 y llegó a ser de casi 1.000 a comienzos del siglo XXI, lo que indicaba que casi uno de cada 100 adultos estaba en la cárcel. En proporción, los más de dos millones de reclusos que hay en USA pueden compararse con episodios terribles de la historia como el sistema de campos de concentración nazis o el Gulag soviético (si bien con una tasa de mortalidad muy inferior). El nivel de población excluida sube y baja paulatinamente, según los países y las épocas. Un argumento típico de las novelas de ciencia ficción es el de un mundo donde la chusma es el 90% de la población, controlada con métodos militares por una reducida élite que vive en burbujas defendidas del mundo exterior.

1- “Dans les bas-fonds de nos societés civilisées vit encore toute une triste catégorie d’individus qui, para leur physique dégradé et leurs moeurs exécrables, ne diffèrent pas beaucoup de nos ancêtres sauvages de la préhistoire.” L’Homme selon le transformisme (1888).
2- Ratzel, Las razas Humanas (1888)
3- El cráneo que contó la historia equivocada

3- Eusebio Gómez, profesor de Derecho Penal en la Universidad Nacional de Buenos Aires: Enrique Ferri, aspectos de su persona, síntesis y comentarios de su obra. EDIAR, soc. anón. editores. Buenos Aires, 1947.

Asuntos:

Tochos:

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies