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Etología del general Franco

Parte de un retrato oficial del dictador, datado en 1956.

En 1939 Franco tenía 47 años y estaba en bastante buena forma física, aunque algo fondón. A lo largo de los 36 años siguientes, ya como jefe supremo, tuvo oportunidad de desplegar una variada gama de comportamientos, que se pueden describir según los principios de la etología, la ciencia de la conducta. Es importante destacar que el imprinting o troquelado de Franco fue el Ejército, desde que entró en la academia militar a los 15 años e incluso antes, cuando se preparaba para el ingreso. Su pauta de comportamiento básico siempre fue la de un oficial del Ejército de alto rango. Otra característica importante del etograma de Franco era una pauta de movimientos más bien lenta y fría, muy alejada del estilo teatral de sus correligionarios Hitler y Mussolini y muy parecida a la de Stalin. En un país donde se suponía que la gente gesticulaba y hablaba sin parar, eso tenía su importancia.

Desde el punto de vista plástico, Franco debía ser tanto el símbolo semoviente del Régimen como el símbolo inmueble. Desde que Jalón Ángel fijó el tipo en las primeras fotos, fue evolucionando: uniforme con cuello de piel y gorro cuartelero (militar en campaña), uniforme de gala, con variantes de almirante con bicornio emplumado y capitán general con gorra de plato, (militar estadista), camisa azul (jefe del Movimiento) de paisano con corbata (benévolo dictador), con jersey y nietos (entrañable abuelo), escopeta o caña en mano (hábil cazador y pescador), etcétera.

Operativamente, el general tenía varios comportamientos muy ritualizados en ceremonias diversas, civiles, militares y religiosas. Lo mismo permanecía un rato rodilla en tierra ante un arzobispo sujetando alguna reliquia especialmente sagrada o aguantaba una corona de oro sobre la cabeza de una virgen de madera, que se dedicaba a arengar a un grupo de oficiales, soltar un discurso ante un grupo de obreros (luego productores), presidir la final de la copa del fútbol del Generalísimo (actualmente Copa del Rey) o su especialidad: poner en marcha una central de energía, inaugurar una presa dando salida a un salto de agua y en general apretar el botón o el pulsador que permitía ver de manera física el progreso del país.

El comportamiento más conspicuo era la inauguración. Se podía inaugurar cualquier cosa: puertos, tramos de ferrocarril electrificado, locomotoras diésel, regadíos, campos de fútbol y estadios, grupos escolares, barriadas obreras, iglesias y basílicas, silos, hospitales y un larguísimo etcétera. En todas estas ceremonias había un momento culminante, aquel en que la magia taumatúrgica del dictador declaraba que algo que antes no existía existía ya y funcionaba, formando parte de la nueva España desarrollada y dejando atrás un poco más la vieja España atrasada.
Cada inauguración tenía su propio momento culminante, que se intentaba siempre que fuera lo más drámático posible. De ahí la preferencia por “poner en marcha” instalaciones. Las energéticas se prestaban muy bien, pero otras eran más inertes y había que limitarse a cortar una cinta o descorrer una cortinilla sobre la placa conmemorativa.

Si no era posible la presencia física del dictador, su representante, por ejemplo un ministro, insistía ante el público en que él era un mero avatar del Jefe del Estado, un simple transmisor del Caudillo. Si era el ministro el ausente de la ceremonia, su representante (por ejemplo un subsecretario), decía algo parecido de su superior, y así hasta el final de la cadena de mando. La cual quedó firmemente establecida en la ceremonia que se celebró en Burgos el 5 de junio de 1939. En ella, el secretario general del partido (Raimundo Fernández Cuesta) interpeló así a los camaradas Consejeros de la Falange Española Tradicionalista y de las Jons, en presencia del general Franco: «…puestos en pie, brazo en alto, respondedme: Jurais conmigo por Dios, obedecer siempre al Caudillo y a quienes de él reciban poder de mandar? (un sí unánime y clamoroso de los Consejeros reunidos en Burgos responde a estas palabras de secretario general)» (1). El hombre-al-que-hay-que-obeceder-siempre respondió fríamente, con un discurso protocolario. 31 años después se le pudo ver algo más alterado.

“El Caudillo se mostraba embargado por la emoción y se abrazaba a sí mismo en señal de la unidad de las tierras y los hombres de España”. Este gesto poco militar del Generalísimo se pudo ver en el balcón del palacio real (entonces Palacio Nacional) que da a la plaza de Oriente, en la que no cabía un alfiler aquel 17 de diciembre de 1970. La “manifestación de fervorosa adhesión” se conceptuó como la más importante en 31 años –es decir, desde abril de 1939, cuando la capital fue ocupada por el Ejército Nacional– y solo comparable a la del 9 de diciembre de 1946, cuando el motivo fue la gran campaña antiRégimen de escala mundial liderada por la ONU.

En diciembre de 1970 el motivo era la gran campaña antiespañola (en terminología oficial) levantada por el proceso de Burgos, que juzgaba en tribunal militar a una veintena de miembros de ETA. La organización abertzale se había lanzado a la lucha armada (en argot revolucionario de la época) y entre 1968 y 1969 había asesinado al policía político y torturador Melitón Manzanas, al guardia civil de tráfico José Pardines y al taxista Fermín Monasterio.

La gran manifestación de adhesión era un instrumento político usado raras veces por el Régimen (dos veces, con la que se cuenta) y consistía en reunir a medio millón de personas en la plaza de Oriente, ante el hermoso edificio blanco del Palacio Nacional, provistas de gran cantidad de pancartas, para escenificar así la unidad inquebrantable entre el dictador y su pueblo. No es de extrañar que se emplearan rara vez, pues las manifestaciones monstruo las carga el diablo, como se demostró el 21 de diciembre de 1989 en Bucarest. Allí, un abucheo que se extendió entre la multitud se llevó por delante la dictadura de Ceaucescu. En Madrid en 1970 todo estaba bastante más controlado, pero había que tener cuidado. Franco había hablado miles de veces ante auditorios más o menos numerosos, pero generalmente bien organizados. En este caso, reunir esa gran masa crítica de gente en el espacio de la plaza obligaba a cierta improvisación que podía salirse de madre. La información oficial lo contó así:

«Sin que mediara orden alguna de los organismos oficiales, ni de los Sindicatos, a las doce de la mañana, por espontánea decisión abandonaron el trabajo obreros de fábricas y talleres, empleados de bancos y oficinas que cerraron sus puertas así como numerosos comercios. El «Metro» y los autobuses, con dirección a la Puerta del Sol y a la Gran Vía iban abarrotados de gente que se dirigía a la manifestación, mientras otras zonas de la capital quedaban desiertas».

Hay que tener en cuenta que en el momento cumbre de la manifestación, tras las breves palabras del dictador, se desarrollaron“escenas de emoción indescriptible” (2) (en la terminología oficial). Al final todo discurrió como estaba previsto. La parte más adicta de la multitud pasó después a ondear la bandera del Régimen discurriendo hasta la Puerta del Sol y de ahí hasta Cibeles, donde se hizo una versión reducida y fractal de la manifestación ante el ministerio del Ejército y su ministro. Y aún hubo tiempo de ir a tocar las narices ante las embajadas de Francia e Italia antes de acabar. Incluyendo el tiempo necesario para la concentración y la disolución, todo duró menos de cuatro horas. La última manifestación monstruo de adhesión fue el 1 de octubre de 1975, la tercera y última de la historia del franquismo. Se hizo para contestar la campaña antiespañola desatada contra los últimos fusilamientos del franquismo.

Estas tres manifestaciones fueron reactivas, pero la del 1 de octubre de 1971 fue una parte del calendario festivo habitual, el Día del Caudillo nº 35. En ella Franco dejó claro que él era el capitán de la nave y que seguiría “empuñando el timón” el tiempo que hiciera falta. El dictador, efectivamente, empuñaba el timón de la nave espacial España, que había despegado el 18 de julio de 1936 y seguía moviéndose impulsada por el motor pulsante del nacionalismo incesante. El curioso gesto de unidad que trazó el generalísimo, abrazándose a sí mismo en la manifestación de 1970, indicaba que él mismo era la nave espacial y su tripulación, casi a punto de despegar del suelo. Como dice O’Brien en 1984, “podría levitar si quisiera”.

El 20 de noviembre de 1976 se celebró la primera manifestación post-dictador, que se estimó en cientos de miles de personas. La de 1977 fue menos nutrida. Año tras año la curva fue bajando hasta que se extinguió, dejando actualmente (2025) algunos puestos de venta de parafernalia franquista para turistas. La plaza de Oriente ganó mucho con la reforma que eliminó el tráfico rodado, que discurría por la calle de Bailén ante la fachada del palacio nacional y real.

Además de su comportamiento exterior visible y notorio, una parte importante del espectro de comportamiento del dictador era el proceso interno de gobernar. La gobernanza franquista era sencilla en apariencia: piramidal de arriba abajo, desde el Caudillo mismo al último guarda de una finca. A medida que el franquismo avanzaba, se dejó atrás esta denominación, de la misma familia que Duce o Führer y se prefirió Generalísimo y más tarde aún Jefe del Estado, pero el poder absoluto de Franco siguió indiscutido. Este poder personal total era implícito en el día a día del Régimen, pero había veces en que el propio Franco lo hacía explícito, con expresiones como esta que pronunció en Asturias el verano de 1968: “NO OS FALTARÁ LA VOZ DE MANDO MIENTRAS YO SUBSISTA” (escrito en mayúsculas en el original) (3). A muchos de “los hombres y mujeres de Asturias” que escucharon el discurso se les debieron poner los pelos como escarpias. Franco había ido al Principado a inaugurar el aeropuerto y un tren de procesado de acero en Ensidesa (Avilés).

El poder personal del dictador era ejercido de manera efectiva: las grandes decisiones estaban realmente en sus manos. Así ocurrió en 1959, cuando había que dar el gran giro económico del Plan de Estabilización. Tras meses y semanas de visitas de expertos internacionales, todo dependía del visto bueno del dictador, y éste no estaba nada predispuesto a abrir el país a los vientos judeomasónicos del exterior. Desde su punto de vista, tras la dura década de 1940, nada peor podía pasarle a la economía española. «Ante la pasividad de Franco, se le ocurrió [a Mariano Navarro Rubio, el ministro de Hacienda] invocar un argumento patriótico para defender lo imperativo de la estabilización: “mi general, ¿que pasará si después de volver a la cartilla de racionamiento se nos hiela la naranja?”. Según la versión de Navarro, aquél no supo que contestar; tras unos minutos, visiblemente nervioso, se levantó del sillón y ordenó: “dígale a Ferras [Gabriel Ferras, del FMI] que encargue el estudio”» (4).

Hasta 1973 él mismo fue su Presidente del Gobierno, y en esta calidad presidía el gran instrumento de distribución de poder y toma de decisiones del franquismo, el Consejo de Ministros. A diferencia de otros dictadores que nunca quisieron saber nada de estos comités de gobernación, Franco presidió al menos 1.500 Consejos de Ministros, que se celebraban los viernes a partir de las diez de la mañana en el comedor de gala del Palacio de El Pardo, menos en verano, que se hacían en el palacio de Ayete de San Sebastián, con vistas a la Concha, o más raramente en el Pazo de Meirás, de la Coruña.

A diferencia de sus compañeros dictadores Hitler y Mussolini, más bien amantes de la decisión genial en soledad, el general Franco gobernó sentado a una mesa junto con una docena de varones de mediana edad, nombrados previamente ministros por él mismo. Una vez que alcanzaban ese rango, los ministros tenían el privilegio de discutir en público y ante su jefe supremo las decisiones de gobierno.

¿Como se formaban los gobiernos en el franquismo? La cosa funcionaba así: tras varios meses o años de porfiar, Luis Carrero Blanco, mano derecha del dictador, conseguía la aprobación del Caudillo para el cambio de gobierno, que se hacía cada cinco o seis años. Los cambios de gobierno respondían lógicamente a crisis políticas, pero de ninguna manera eran reactivos, pues la pauta principal de comportamiento y el valor supremo del sistema de gobierno franquista era la estabilidad y la continuidad. Tras un tiempo prudencial, se redactaban listas de notables, siguiendo una pauta regular: se buscaba algún falangista para agricultura, un tradicionalista para justicia, un católico para educación, etc., dentro de la élite funcionarial de cada ramo, y la combinación estaba hecha. Los ministros juraban su cargo de rodillas ante un crucifijo, tenían mucho poder, y duraban en el cargo una media de cinco años. Estaban invariablemente casados y tenían muchos hijos, con un promedio de 5,4 vástagos, casi el doble de la media del país (5).

Los consejos de ministros comenzaban a las 10 de la mañana, se interrumpían de 14,15 a 17,00 para ir a comer y solían acabar antes de las diez de la noche, salvo cuando algún asunto espinoso obligaba a prolongar la sesión hasta la madrugada. Las decisiones del Consejo se publicaban en los días siguientes en el BOE e incluían una gran variedad de temas y una escala muy amplia de importancia, desde grandes decisiones de política internacional a listas de nombramientos para cargos subalternos de la Administración. La prensa informaba los sábados de la riada de decretos, nombramientos y ceses que salía del Consejo del día anterior.

Franco esperaba, de pie junto a su sillón y frente a la puerta la entrada de sus ministros, a los que estrechaba la mano uno a uno. “Al llegar frente al Generalísimo, nos cuadrábamos, hacíamos una inclinación de cabeza y alguno daba un taconazo”, recuerda López Rodó en sus memorias. El comportamiento del Caudillo evolucionó lentamente a lo largo de las décadas de Consejos. Al principio intervenía muy activamente, teniendo costumbre de comenzar la reunión con un largo discurso acerca de los temas más candentes del momento. Poco a poco fue dejando de hablar, limitando su intervención a corregir brevemente a algún ministro con frases del estilo de “Eso no, Suanzes” o a terminar alguna discusión algo encendida entre ministros. Al final ya prácticamente dormitaba. Su ultrarresistente vejiga le permitía asistir a largas sesiones sin moverse del sitio, y una señal cierta de que se acercaba el final del franquismo fue cuando el dictador, por primera vez en la historia, se levantó para ir al lavabo el 6 de diciembre de 1968.

……

1-El Compostelano, 6 de junio de 1939.

2- Diario de Burgos, 18 de diciembre de 1970 (gran manifestación en la plaza de Oriente)

3- Crónica de un año de España (Julio 1967-julio 1968).

4- Pablo Martín Aceña: Sin Plan de estabilización. Universidad de Alcalá. Abril de 2003 (Este trabajo forma parte del libro Regreso al pasado: una historia contrafactual del siglo XX que coordinado por Nigel Towson, publicará próximamente la editorial Taurus).

5- Amando de Miguel, Sociología del franquismo (1975).

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