De la portada de El Libro de España, edición de 1969.
Pocas palabras sonaban tan mal en tiempos del Régimen del Movimiento Nacional como “nacionalismo”, y el término “nacionalismo español” se usaba muy poco y con grandes precauciones, hasta desaparecer prácticamente a partir de 1950. “El verdadero nacionalismo español, si puede usarse esta palabra, consiste en no tener ninguno”(1). Los nacionalistas eran los otros, tanto en el extranjero (turcos y paraguayos, por ejemplo) como en el interior (como el reprobable nacionalismo vasco). El nacionalismo era considerado por el fascismo español como una sandez, al basar toda una ideología sobre un accidente físico, un territorio, unas fronteras, una raza, una lengua, etc. El nacionalismo sin ismo español era una cosa muy distinta, pertenecía a un orden espiritual muy superior: era una Comunidad nacional “verdadera en sí misma” (2) (el concepto de Comunidad nacional (Volksgemeinschaft) también lo usó el partido nacional-socialista alemán).
Todos los regímenes políticos anteriores a 1939 habían sido españolistas, también el republicano, a su manera. Pero el nacionalismo del franquismo era especial, pues era, al menos en apariencia, de tipo hiperactivo, es decir fascista. El nacionalismo español tradicional había sido más bien tranquilo, conservacionista de una nación decorosa. El nacionalismo fascista era todo lo contrario, como se puede ver en su definición más famosa, “España es una unidad de destino en lo universal”, digna de Star Trek, que evoca a la nave espacial España dirigiéndose a hipervelocidad hacia alguna galaxia lejana. Esta sentencia de solo 47 caracteres pertenecía al programa falangista de antes de la guerra y se incluyó en las pruebas de cargo que sirvieron para acusar a Falange Española de asociación ilegal para conspirar contra la República, en abril de 1936. Resultaba difícil de explicar al pueblo llano, pero encabezaba el primero de los Principios del Movimiento Nacional aprobados en 1958, la pseudoconstitución del franquismo:
España es una unidad de destino en lo universal. El servicio a la unidad, grandeza y libertad de la Patria es deber sagrado y tarea colectiva de todos los españoles.
A Adolfo Muñoz Alonso, catedrático de filosofía e ideólogo del Movimiento nacional, le tocó la china de explicar el Principio nº 1 en una separata especial (3) de la Revista de Estudios Políticos (1958). Fracasó: después de una frase brillante “La Patria española es como una voz inmensa que nos viene de muy lejos”, a las pocas líneas el argumento se embarulla y se vuelve circular. El fascista o falangista era la fuente más explícita y vocinglera del nacionalismo español durante el franquismo. Empero los curas y los militares tenían también mucho que decir y que decidir, sobre todo estos últimos, sobre el artefacto conocido como Nación española.
El nacionalismo es darwinista puro: la nación es el elemento lanzado a la lucha por la vida contra otras naciones. Esto exige una gran producción de cañones, por lo general en detrimento de la mantequilla. Hasta que tiró la toalla a comienzos de la década de 1950, el franquismo consumió grandes recursos en conservar un cierto poder militar, fabricando armamento de baja calidad y manteniendo unas numerosas fuerzas armadas que eran completamente inútiles como amenaza internacional. Los militares no solo querían fabricar cañones, sino organizar toda la economía del país en un sentido de fortaleza armada; eran los principales valedores del nacionalismo económico, y fueron un elemento determinante en la creación del Instituto Nacional de la Autarquía (4), que más tarde adquirió su nombre definitivo de Instituto Nacional de Industria (INI). Más adelante, en los años del desarrollismo, el estado se centró más en la mantequilla, aunque el complejo militar siguió siendo el espinazo de la nación.
El libro de España da una pista sobre el origen y naturaleza del nacionalismo del Régimen del Movimiento Nacional. Es un manual profusamente ilustrado (5), que se usó mucho en las escuelas durante décadas y que usa como hilo argumental el viaje de dos niños huérfanos desde el sur de Francia a Sevilla, que gracias a las muchas vueltas y revueltas del itinerario se convierte en una completa geografía patriótica del país. En la primera versión (1928), el padre es un obrero que emigra a Francia tras la muerte de su esposa, y muere allí pocos años después de una enfermedad. En la segunda (1940), el padre es un militar y falangista que muere asesinado por los rojos en Madrid, en julio de 1936.
Cuando divisan el cabo de Higuer, la primera tierra española, uno de los huérfanos da un salto de alegría y exclama, en 1928, “–¡Oh, España, España! ¡Si mi padre hubiera podido volver!” Mientras que en 1940 dice: “–¡Oh, España, España: mi tierra, la tierra por la cual murió mi padre y que tantos mártires regaron con su sangre generosa!” Así España pasó de ser un país estimable poblado por varones ilustres a una Nación cimentada con la sangre de los mártires, el combustible nacionalista (6). Con esta base implacable, el nuevo nacionalismo español del Régimen del Movimiento proclamó su objetivo de reconstruir y estructurar la patria de arriba abajo, sin restricciones de ninguna clase.
Después de tanta retórica, al final, lo que quedó fue un acomplejado nacionalismo clásico de país con pocos recursos. Desde el punto de vista operativo, se certificó la unidad política inatacable de la patria, sólida, única e indivisible (como la República francesa). La fórmula del nacionalsindicalismo se usó como remedo del nacionalsocialismo en Alemania.
El nacionalismo español tenía una gran ventaja sobre el alemán: no tenía nada que demostrar, ningún plan de dominación mundial. España (o al menos su versión en el siglo XVI) ya había sido el mayor imperio del mundo. El nacionalismo español podía dormir tranquilo, y nunca hubo uno menos agresivo con el mundo de alrededor (solo se recuerda un acto de chulería internacional, la ocupación de Tánger en 1940, que duró hasta 1945).
En 1940 se presentó a la triunfante Europa fascista la lista de la compra española de adquisiciones coloniales, además de la devolución de Gibraltar. Incluía todo Marruecos, la parte oeste de Argelia y ampliaciones sustanciosas del Sahara español y de Guinea Ecuatorial, todo ello a costa de Francia, recién derrotada. No hubo trato, y las fantasías imperiales de la Falange fueron convenientemente silenciadas. Así que el espacio vital español (un elemento fundamental del nacionalismo) debía limitarse al territorio peninsular, las islas Baleares y Canarias y las colonias restantes. El nacionalismo español reservó toda su fuerza para el interior.
Las fronteras (con Francia y las costas) fueron sometidas a impresionantes planes de fortificación. La conexión entre el sistema España y el sistema mundo debía ser estrechamente controlada, incluyendo desde la entrada de gasolina a la de películas de Hollywood. La idea general era dejar entrar en el país sólo lo imprescindible (por ejemplo alimentos, en los años del hambre), pero ser completamente autosuficientes en todo lo demás. En julio de 1939 Juan Antonio Suanzes, el gran adalid de la autarquía, recordó cuatro elementos cruciales que debían ser fabricados en el interior, nacionalizados por lo tanto: abonos nitrogenados, petróleo, automóviles y fibras textiles como el algodón (4). Eran los cuatro grandes rubros de las importaciones de antes de la guerra. La fantasía nacionalista trazó planes para obtener nitrógeno de la atmósfera usando energía hidroléctrica nacional, exprimir carbones nacionales para obtener petróleo, obtener fibras artificiales a partir de madera nacional e incluso fabricar «Automóvil español con material español. Esa es la norma del nuevo Estado» (7).
Cristóbal de Castro, en 1939, expresa en buena prosa la opinión general: «… nuestra España, en la lucha universal de Autarquías derivadas de los Nacionalismos, se halla bien situada y preparada, gracias a Dios” (8). Las razones de este optimismo son las habituales en los laudes hispaniae: está admirablemente situada en el planeta, goza de una ecología (geografía económica) variadísima, y, por decirlo brevemente, tiene de todo: es verdad que carece de petróleo, un fallo importante, pero «Tocante a petróleo y sus derivados, está ya alerta el Instituto Nacional de Combustible líquido» (se refiere a la posibilidad de destilar los lignitos de Teruel). «Así, pues,la Autarquía española, que está en potencia bien propincua, pasará de potencia a acto en este renacer productor, guiada por la Historia y asistida por la Geografía, bajo el signo de Franco, hacia las rutas del Imperio» (8). Dejando el Imperio a un lado, en 1941 una empresa de Salamanca anuncia «una eficaz contribución al logro de la autarquía nacional», al haber resuelto el problema de la creación de un sucedáneo de jabón, «Flor jabón» (9).
El meme o virus mental del nacionalismo es extraordinariamente potente porque es el más sencillo de todos, tan evidente y sólido como un bloque de cemento sobre una acera. Funciona considerando por encima de todo lo demás en el universo un compartimento perfectamente delimitado, formado por un Pueblo en un Territorio. La España del Régimen del Movimiento Nacional contaba con esas dos cosas y además con una Lengua y una Religión.
Una vez que lo del Territorio quedó claro –un gran imperio colonial no podía ser, había que contentarse con lo que había– y al mismo tiempo que se diseñaban los planes más o menos estrambóticos para una completa soberanía nacional autárquica en materia de energía, materiales, alimentos, etc, el Estado se lanzó a estandarizar y uniformizar el resto de los componentes nacionales. Se trataba de normalizar el concepto de España, algo ya intentado muchas veces desde que la Nación española fue inaugurada en 1812 en Cádiz. De manera que el Régimen del Movimiento se puso manos a la obra y produjo una larga serie de normas: desde leyes explícitas a material literario y propagandístico diverso, en el que se detallaba qué se podía considerar español y qué no. Eran aspectos muy españoles (españolísimos) de la vida el tener muchos hijos, ir a la iglesia (pero no ser meapilas), los militares, la caza mayor, los bailes regionales domesticados, la paella mixta (desde 1969), el deporte, la juventud sana y los pasodobles. Eran antiespañoles la política en general, los intelectuales (cuatro-ojos), el vegetarianismo, el control de la natalidad, tomar en serio las lenguas regionales, el pacifismo, y en general todo lo relacionado con la civilización republicana. Por este camino se podía llegar muy lejos. Así se explica que en la película “Margarita se llama mi amor”, dirigida por Ramón Fernández en 1961, el protagonista exclame sin venir a cuento “–¡Pues venga ese plato tan español!” cuando su madre le dice que tienen patatas para cenar.
Se prestó mucha atención a los aspectos culturales de la construcción de la nación (nation-building en argot), un término que habría indignado especialmente durante el franquismo, cuyo concepto de la nación era absolutamente ancestral. Gracias a las nuevas tecnologías de la información y la comunicación se consiguió un notable éxito en estandarizar el español batúa. Radio Nacional de España y luego Televisión Española distribuían por todo el territorio nacional el nuevo lenguaje estándar. En Santa Cruz de Tenerife, los aspirantes a locutores de las emisoras locales de la Cadena Azul de Radiodifusión tenían que recitar, pronunciando muy lentamente y vocalizando con precisión, largas listas de palabras como estas:
Suscripción, inexpugnable, espectro, escéptico, lignito, obstrucción, occipucio, gazpacho, existir, desistir, coacción, ficción.
Hasta que se desprendían de su molesto acento canario original (10).
La emisora de Radio Nacional de España de Arganda del Rey (Madrid) se inauguró en julio de 1944 y contaba con un grupo electrógeno de emergencia diésel de 1.000 HP de potencia: era un detalle significativo de una potente instalación en la que el Régimen echó el resto, la fuente originaria del mensaje radiado nacional con el que conectaban todas las demás emisoras. La televisión, que se generalizó a lo largo de la década de 1960, era mejor todavía como herramienta de estandarización, porque solo había una emisora. Otro importante elemento de nacionalización fue el doblaje de las películas.
A primera vista, el doblaje obligatorio de las películas parece nacionalismo español en estado puro. La Disposición del Sindicato Nacional del Espectáculo de abril de 1941 que la estableció suena como un trallazo patriótico: “Queda prohibida la proyección cinematográfica en otro idioma que no sea el español… El doblaje deberá efectuarse en estudios españoles que radiquen en territorio nacional y por personal español” (11). Todo parece indicar que algún jerarca falangista, informado de que todavía se exhibían algunas películas en V.O. con subtítulos, se propuso remediar semejante aberración. En realidad era algo que la industria cinematográfica había propuesto al gobierno ya durante la República, y el doblaje era corriente en España y otros países de alrededor desde los comienzos del cine sonoro. Las películas dobladas aumentaban el número de espectadores, era el principal argumento de la industria, consciente de que aproximadamente un tercio de la población adulta no sabía leer o se cansaba pronto de leer los subtítulos. Aquella idea encajó no obstante de manera característica con el franquismo, que vio en ella una manera de alinear a la nación con su Lengua principal y de paso proteger a la población contra las ideas disolventes del exterior. Algunos doblajes se hicieron famosos, como el de Mogambo (John Ford, 1953) que devolvía a la prota a la soltería y por lo tanto la libraba del pecado del adulterio, arrojándola a cambio al del incesto.
La orden de 1941 consolidó una boyante industria del doblaje que ya no iba a desaparecer nunca del país, aunque ya no fuera obligatoria.
Las películas en V.O. quedaron reducidas a oscuros cines “de Arte y Ensayo”, donde anidaban los progres como las cucarachas debajo de un fregadero. Se achaca al doblaje sistemático parte de la tradicional incapacidad española para aprender lenguas extranjeras.
Una vez blindada la Lengua, quedaba la cuestión más importante: nacionalizar al Pueblo, más de veinte millones de personas reacias en un porcentaje importante a respaldar la nueva lógica nacionalista del Régimen (6). Resultaba evidente para cualquiera que en España no existía ni de lejos una Volksgemeinschaft (Comunidad Popular) de la consistencia de la que existía en la Alemania nacionalsocialista. En un famoso discurso que pronunció en abril de 1940, Serrano Súñer resumió el objetivo del nuevo nacionalismo español así: “…absorber, ganar a la gran masa de la zona roja que no se pueda destruir” (12). Ahí entró la política social del Régimen, oscilante entre la beneficencia y una especie de socialismo de andar por casa. Pero mientras que aquello funcionaba –no lo hizo hasta que llegó el desarrollismo– el Pueblo podía ser considerado y apreciado como una entidad sana, completamente apolítica y desde luego muy antiguo.
En el nacionalismo del Régimen, el Pueblo es ancestral y remoto: «El hombre español nace a la cultura con los pinceles en la mano» afirma un libro de propaganda en 1962, que acto seguido ofrece algunos ejemplos de «la capacidad para el arte del hombre primitivo español», hace 36.000 años. Se refiere principalmente a la caverna de Altamira. El Pueblo es uno, sano y tradicional, y funciona en una jerarquía benévola, como muestra el reportaje gráfico «Tarde de toros en el pueblo», publicado en el verano de 1940. La mayoría de las fotos enfocan a los toreros aficionados y a las presidentas, que eran las hijas, esposas y novias de los notables de la comunidad de veraneantes de un pueblo sin identificar de la sierra de Madrid. Solo una foto recoge la imagen del pueblo llano, «auténticos tipos de la serranía castellana». Así describe el cronista (M.T.) el aspecto de estas dos formas de vida tan diferentes, las veraneantas y las indígenas: «Las guapísimas chicas del lugar dejaron el percalillo de sus vestidos de diario y lucen la gracia españolísima de la mantilla y se cubren con el adorno castizo y popular del mantón de «flores y flecos». De la Sierra bajaron las serranas con sus peinados de «cocas», sus alfilerones en el moño, sus arracadas, sus collares y sus manteletas de colorines» (13). Las dos razas, como en una escena de El señor de los anillos, terminada la becerrada, se separan, se quitan los disfraces étnicos y se marchan a su hábitat característico, las casas de veraneo y las casas de labor. Estas escenas en las que cada clase «estaba en su sitio» dentro de un concepto españolísimo general gustaban mucho en el franquismo.
El Régimen del Movimiento Nacional contaba con un territorio unificado, una lengua única, un pueblo supuestamente unido y una religión verdadera, pero todo eso venía de atrás, junto con unos cuantos símbolos (la bandera rojigualda, el himno nacional, Covadonga, etc.). Pero aspiraba a más, a construir la nación en el mundo físico. Las fantasías imperiales falangistas fueron prontamente desechadas, pero se inició la construcción de una ecología nacional, basada en las realizaciones de la dictadura de Primo de Rivera, y más lejanamente en las ideas del regeneracionismo, potenciadas e incrementadas.
En la primera fase de nacionalismo profundo, la Nación (así con mayúscula) debía ser autosuficiente, nítidamente diferenciada de un mundo potencialmente hostil, lo que implicaba que el lebensraum o espacio vital español, en ausencia de imperio, coincidía con el territorio nacional –incluyendo las pesquerías de bacalao de Terranova, pez españolísimo– y en él debía ejercerse la autarquía, un ecosistema autosuficiente. Aquello no pudo ser, y se dio paso a una segunda fase de nacionalismo superficial, banal en la famosa terminología de Billig, que paradójicamente transformó mucho más el territorio de la nación que la primera fase “profunda”. Las importaciones masivas de petróleo uniformizaron y cohesionaron el territorio de una manera que habría sido imposible en los años de la autarquía. Un ejemplo es la notable convergencia en la estatura media de las regiones, que se igualó prácticamente hacia 1970, eliminando las notables diferencias que había entre el País Vasco o Madrid con Andalucía o Galicia, por ejemplo.
Los vestigios del nacionalismo español en el poder se pueden ver con bastante claridad en el paisaje, más de medio siglo después del final de la dictadura: son las huellas de un territorio que se quería conectado y vertebrado, “orgánico”. Aunque ya casi no quedan los mojones originales, la nomenclatura de carreteras –que rige en todo el país, salvo Cataluña y el País Vasco– es un buen ejemplo del afán normalizador del Régimen. El plan Peña (por el ministro Peña Boeuf) de 1940 organizó todo el país en seis sectores radiales y seis círculos concéntricos de distancia, todo desde Madrid. N-332 indica, por ejemplo, que se hallas en una carretera nacional, en el sector 3 (Levante) y a unos 300 km de Madrid. Puede ser útil si te pierdes.
Los enormes edificios de la Red Nacional de Silos son todavía bien visibles, pero hay más: las autopistas (que son verdaderos fósiles del franquismo), la red básica de carreteras nacionales (muy ampliada posteriormente), el trasvase Tajo-Segura y muchos de los embalses y redes de canales de riego, buena parte de los aeropuertos turísticos o los “repetidores” de señal de televisión en las cumbres. Se trata de vestigios de estructuras que dan la sensación de amarrar y empaquetar lo más estrechamente posible al territorio nacional.
Hay otros fósiles del Régimen del Movimiento tal vez más importantes que las huellas en el paisaje. Las Empresas Nacionales existían antes del Régimen, pero este fue su edad de oro. Respondían a la idea de la primera fase de nacionalismo profundo de organizar el país manu militari, a razón de una gran empresa para cada elemento de la economía. La más famosa fue sin duda ENCASO (Empresa Nacional Calvo Sotelo de Combustibles Líquidos y Lubricantes), que tenía la misión imposible de independizar a España del mercado petrolero internacional.
Existen vestigios de este nacionalismo más o menos crípticos, como la gran empresa ENCE (Energía y Celulosa), nacida Empresa Nacional de Celulosas (1957 y 1968), y una de las piezas claves del ecosistema de la autarquía. La tarea principal de la empresa nacional era aprovechar las grandes plantaciones de eucaliptos de Galicia y Huelva para fabricar celulosa en cantidad suficiente para abastecer a la nación, de manera centralizada, de un recurso importante. Décadas de lucha del vecindario para alejar una presencia tan molesta como la gran fábrica de celulosas que lleva funcionando desde 1959 en la marisma de Lourizán, en la boca de la ría de Pontevedra, no han tenido éxito.
Repsol, a través de algunas entidades intermedias, nos retrotrae a ENCASO, la Empresa Nacional Calvo Sotelo (1942), responsable de la fabricación de la gasolina sintética nacional. Su herencia es el enorme complejo industrial de Puertollano. La enorme empresa mundial Arcelor-Mittal tiene siete kilómetros de instalaciones industriales en Avilés, herencia de la antigua Ensidesa, la Empresa Nacional de Siderurgia (1950), dedicada a la producción de uno de los materiales fetiche del nacionalismo, el acero. La Empresa Nacional del Aluminio (Endasa), creada en 1943, pasó sus activos a Alcoa (Aluminum Company of America) en 1998. Endesa, fundada en 1944, sigue siendo Empresa Nacional de Electricidad. La presta reacción de las empresas eléctricas privadas creando una red nacional de distribución de fluido evitó que Endesa dirigiera la nacionalización de la electricidad, como en EDF en Francia o en EDP en Portugal. En 2008 Endesa fue comprada por otra empresa nacional, pero italiana, Enel (Ente nazionale per l’energia elettrica). Iveco posee los activos de ENASA (Empresa Nacional de Autocamiones, más conocida por su marca Pegaso, 1945). Enagás, que funciona con su nombre original, es más tardía (Empresa Nacional del Gas, 1972).
Hubo empresas nacionales para casi todo: aluminio, fertilizantes, acero, uranio, celulosas, electricidad, petróleo, turismo, hélices y motores de aviones, gas natural, prospecciones mineras, construcción naval. Funcionaban en comandita con las Redes Nacionales (de Silos y Graneros, la frustrada de Frigoríficos, Electricidad, Carreteras, Ferrocarriles, etc.), y en función de lo establecido en sucesivos Planes Nacionales (de Obras Públicas, Vivienda, Hidrológicos, Electrificación, Carreteras, etc.), con el apoyo por debajo de organismos nacionales de todo tipo (como el Parque Nacional de Tractores o el Servicio Nacional del Trigo) y la dirección Superior de superorganismos como el Instituto Nacional de Industria, de la Vivienda o de Colonización. Como remate de todo el edificio, el Movimiento Nacional y su rama sindical, repartida en 26 Sindicatos Nacionales de especialidades, como el casi poético Sindicato Nacional del Olivo.
En 1970, el torpe intento del Ministerio de Información y Turismo de crear una Empresa Nacional de Publicidad (Exclusivas Publicitarias de Medios Estatales, SA) mostró claramente que la edad de oro de las empresas nacionales ya había pasado. «Por este camino, ¿qué podrá ser materia respetada en favor de la empresa privada dentro de poco tiempo?» gruñó un editorial del ABC (14) dedicado a criticar con ferocidad el proyecto, que además coincidió inoportunamente con una «revisión crítica» del INI, fuente del nacionalismo económico y origen de las grandes Empresas Nacionales.
A comienzos de la década de 1970 el INI absorbió a Telesincro, una empresa pionera de informática, y negoció con CTNE y Fujitsu la creación de lo que sería la gran empresa nacional de construcción de ordenadores. El viejo mantra volvía ser recitado: Ordenadores españoles fabricados con materiales españoles, por los impulsores de los dos grandes proyectos frustrados de la gasolina nacional y la energía nuclear nacional. Secoinsa (Sociedad Española de Comunicaciones e Informática, S.A.), se fundó efectivamente en 1975 y se anunciaba en la publicidad como «La Empresa Nacional de Informática» (15). Desapareció a mediados de la década de 1980. Fue una de las últimas iniciativas del nacionalismo económico del Régimen del Movimiento.
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1- El cristianismo y España, Pueblo, 20 de febrero de 1946.
2- Clausura del curso de Delegadas locales de la sección Femenina, en Madrid. El Diario Palentino, 28 de marzo de 1942.
3- Revista de estudios políticos, Nº 99, 1958, págs. 5-32
4- Elena San Román: Ejército e industria: el nacimiento del INI. Ed. Crítica, 1999.
5. El libro de España. a) por F.T.D., Editorial Luis Vives, 1939 (reprodución facsímil de la edición de 1932) y b) Anónimo, Edelvives, 1969 (la edición original era de comienzos de la década de 1940).
6- Fernando Molina Aparicio: «La reconstrucción de la nación». Homogeneización cultural y nacionalización de masas en la España franquista (1936-1959). Historia y Política, 38, 23-56. (2017).
7- La industria del automóvil en España. El Progreso (Lugo), 13 de febrero de 1940.
8- Cristóbal de Castro: Las rutas del Imperio: Autarquía. Hoja Oficial del Lunes (Madrid), 3 de julio de 1939.
9- Sobre el problema del jabón. El Adelantado de Segovia, 14 de enero de 1941.
10- Yanes Mesa, J. A. (2013). La locución radiofónica en Canarias durante el franquismo. RIHC. Revista Internacional De Historia De La Comunicación, 1(1), 157–177.
11- Josep Estivill Pérez: La industria española del cine y el impacto de la obligatoriedad del doblaje en 1941. Hispania, LIX/2, num. 202 (1999).
12- Carme Molinero: La captación de las masas. Política social y propaganda en el régimen franquista. Cátedra, 2005.
13- De un reportaje a doble página publicado por la revista Fotos el 31 de agosto de 1940. Biblioteca Virtual de la Provincia de Málaga.
14- ABC, 19 de diciembre de 1970.
15- ABC, 30 de noviembre de 1982.
Asuntos: Nacionalismo
Tochos: El museo del franquismo

