El mundo visto desde la Fortaleza del Norte

 

“¿Es verdad que el tranvía llega puntualmente cada seis minutos?” –pregunta la locutora del programa Madrileños por el Mundo. “No solamente es verdad, sino que te avisa si llega tarde” –dice el madrileño residente en Basilea (Suiza), señalando orgulloso un indicador luminoso. En ese momento el espectador capitalino del programa olvida que su ciudad tiene un excelente sistema de metro y autobuses urbanos, que en general son puntuales y que suelen avisar de los retrasos mediante un indicador luminoso. Y piensa que Madrid, comparado con Basilea, es tercermundista. Hay muchas más cosas en Basilea propias de un mundo rico y civilizado: la disciplina, que se ejemplifica porque pasan lista a los pasajeros de un tour organizado, cosa inaudita en la capital de España, o la civilidad, porque en Basilea todo el mundo habla bajito. Y hay diferencias más hirientes, como unos salarios que multiplican por tres a los españoles y una tasa de paro del 4%, aunque es verdad que un café sale por tres euros.

El espectador madrileño que cree que vive en una ciudad de tercer mundo cambia de opinión cuando llega el segundo episodio del programa, que transcurre precisamente en algún país del Tercer Mundo de verdad. Ahí la actitud cambia, tanto de los locutores como de los entrevistados, que se mueven con mucho más desparpajo y recalcan los bajos precios, el buen clima y la perenne sonrisa de sus indigentes habitantes. El programa discurre entre comentarios jocosos sobre rickshaws y puestos de mercado donde venden serpientes para comer, y el espectador que ve el programa en Madrid se siente aliviado al recordar que él vive en el lado bueno de la frontera, dentro y no fuera de la Fortaleza del Norte.

El habitante de la Fortaleza del Norte sabe que está rodeado por un mundo hostil. Para defenderse de las incursiones bárbaras, la Fortaleza ha debido dotarse de un limes o fortificación fronteriza cuyos principales puntos pasan por Ceuta, Melilla, el Mediterráneo, Chipre, el antiguo Telón de Acero, el Ártico, la costa oeste de Norteamérica y el Río Grande, donde cruza el Atlántico hasta encontrarse con el estrecho de Gibraltar. Según otras fuentes, la línea fronteriza cruzaría el Pacífico para envolver Japón y tal vez Corea, trazaría un vertiginoso arco al este de Filipinas y Nueva Guinea para englobar a Australia y Nueva Zelanda y volvería a cruzar el Océano hasta la frontera entre las dos Californias.

El transporte aéreo añade un problema añadido, pues al no ser el mundo Planilandia es preciso defender también los aeropuertos internacionales. Con este fin, los aeropuertos cuentan con una especie de recinto fortificado donde se pueden concentrar los bárbaros hasta que pueden ser devueltos a sus países de origen. Los puertos marítimos también son otros enclaves a defender.

Salir de la Fortaleza implica descender vertiginosamente en la escala de la renta per cápita, así como en las condiciones higiénicas. Por lo tanto, los viajeros del norte tienen absolutamente prohibido, una vez que ponen pie en el Mundo Exterior, beber agua que no proceda de una botella abierta en su presencia, ingerir alimentos que no vengan de las cocinas de un hotel acreditado, etc. Esta regla tiene una excepción: los fuertes turísticos en territorio hostil, como los resorts de la República Dominicana o los enclaves del Club Mediterranée. En ellos, los turistas del norte pueden disfrutar sin tasa del buen clima, la comida, la bebida y las solícitas atenciones de la mano de obra nativa.

En correspondencia, pasar del Mundo Exterior a la Fortaleza implica ascender una empinada cuesta en términos de renta per cápita, y por lo tanto exige habilidad, paciencia y amor por el riesgo.

En términos de proximidad geográfica, la Fortaleza está asediada por el sur por la variedad humana denominada Homo islamicus, que se reparte por todo el norte de África y Oriente Medio. Este tipo humano adora a Alá con un fanatismo sin igual, es cruel y artero, pega a sus mujeres, vive bajo regímenes corruptos y dictatoriales y se alimenta de pan de pita y falafeles. Sus hoscos representantes, si son transportados a la Fortaleza para realizar trabajos viles, tienen la costumbre de increpar a las mujeres de los norteños a las que sorprenden con ropa provocativa en la calle. Según las tertulias políticas radiofónicas, un género del periodismo que se caracteriza por juntar en torno a una mesa, durante largas horas, a representantes de la Opinión Pública para que desbarren sobre temas de los que no saben absolutamente nada, la inmigración islámica es claramente i-na-si-mi-la-ble, pronunciado separando claramente las sílabas.

Al sur del territorio del Homo islamicus se extiende un amplio territorio fuera de toda esperanza, donde habitan los africanos de piel negra. Se caracterizan por vivir en la más absoluta pobreza, por estar sometidos a regímenes brutales e ineptos, por estar siempre enzarzados en sangrientas “guerras tribales”, por sufrir el azote del SIDA, por soportar hambrunas con espantosa regularidad, y por caer cada vez más profundamente en el pozo de la miseria a medida que pasan los años. En estos países no hay presidentes del gobierno, sino hombres fuertes, ni gabinetes, sino camarillas, ni grupos de presión, sino conflictos tribales, ni generales, sino señores de la guerra.

Los corresponsales de los periódicos occidentales reservan su lenguaje más colorido para cubrir los sucesos africanos. Un diario madrileño encabezaba así el reportaje de su corresponsal sobre la guerra civil en Liberia: “La enajenación de “Rambo” – Buitres carroñeros y cadáveres sin cabeza – Un capitán de 11 años – “Sopa de pollo” se cree inmortal – El “yu-yu” de Cuello de Cuero”.

El africano es un tipo humano tan inexplicable para los norteños como si procediera de otro planeta. No obstante, cuando consiguen penetrar en la Fortaleza, se les suele reservar un trato mejor que a los islámicos. Se considera que, en el fondo, tienen buen corazón e innata docilidad, bellas cualidades que no esperan más que sus dueños dejen de dedicarse al menudeo de droga en las grandes ciudades europeas para manifestarse.

Al este acechan las hordas excomunistas de los pueblos eslavos. Como su nombre indica, los eslavos –polacos, rusos, rumanos, servios, etc– están diseñados para soportar eterna esclavitud. Por lo tanto, pasaron sin solución de continuidad de la servidumbre bajo los zares al yugo del comunismo, y hoy sobreviven bajo regímenes dictatoriales más o menos disfrazados de democracia, en los que siempre se echa de menos un líder dotado de la suficiente autoridad como para meter el país en cintura.

Especialidades de los eslavos son el alcoholismo y las mafias: a diferencia de los países de la Fortaleza, en ellos el gobierno no está dominado por brillantes grupos financieros, sino por oscuras mafias conectadas con todo lo malo imaginable: narcotráfico, comercio de armas, prostitución, etc. Por lo que respecta a la proverbial afición de los eslavos por el alcohol, es sin duda necesaria para soportar sus duras condiciones de vida. Los eslavos, aun siendo claramente irrecuperables como tipo humano en general, han proporcionado siempre a la Fortaleza científicos atómicos, bailarines de ballet y compositores de fama. El que sean casi indistinguibles a simple vista de las variedades humanas nórdicas también predispone en su favor.

Más allá de la marea eslava, se encuentra la mayor concentración de seres humanos de todo el planeta: más de tres mil millones de personas habitando el arco que va desde Bombay hasta Beijing, con la India en un extremo y China en el otro. Estas dos variedades humanas –indios y chinos– siempre han desconcertado no poco a los habitantes de la Fortaleza. Su inferioridad es manifiesta en términos de renta per cápita, sus gobiernos corruptos, su policía poco de fiar, hay hambrunas todavía en uno de ellos, el comunismo domina en el otro, etc.

No obstante, partes de su estilo de vida son ejemplos de estilos de vida adecuados para sectores importantes de los habitantes de la fortaleza. Esto lleva sucediendo muchos años, desde el afán por estudiar sánscrito y por las chinoiseries a finales del XVIII, pasando por la popularidad del budismo, el feng-shui, Krisnamurthi, la cocina china, el yoga, la caligrafía china, el maoísmo, el tai-chi, la no violencia de Gandhi, etc. Lo peor es que los norteños saben perfectamente que, en cierta manera, tanto chinos como indios les compadecen por ignorar determinadas Verdades de la Vida que ellos dominan desde la infancia. No obstante, gracias a la globalización financiera y de estilos de vida, el dominio norteño se impone poco a poco, inexorablemente, también en estos vastos y complejos países.

Es necesario cruzar el Atlántico o el Río Grande para topar con el vasto continente latinoamericano. Nadie duda de su habilidad para la música, pero manifiestan muy pocas otras performances de calidad. Están marcados por el terrible estigma del fanatismo intolerante supersticioso machista, que procede directamente de la península Ibérica. Su historia es un vodevil de cuartelazos, con algún que otro episodio de brutalidad manifiesta. Sus ciudades son pequeñas islas de barrios ricos rodeados de inmensidades de favelas donde se hacina una multitud harapienta fuera ya de toda esperanza. Su incapacidad para dotarse de un buen gobierno es manifiesta: sus clases dirigentes son abierta y casi se podría decir alegremente corruptas. Sus gobiernos son títeres de poderosos carteles de la droga: nuevamente, no existe nada parecido a la benéfica clase financiera que influye tan positivamente en los destinos de la Fortaleza del Norte.

El estereotipo latino se completa con la guerrilla y las comunidades indígenas. La guerrilla ha perdido mucha de su aureola romántica guevarista, pues ahora los habitantes de la Fortaleza han sido bien instruídos en la creencia de que no es más que otra versión de los corruptos e ineficientes estados latinoamericanos, financiada mediante la industria del secuestro, el narcotráfico, etc. Las comunidades indígenas son otra cosa. Tocados con sus trajes tradicionales de brillantes colores, están en perpetua lucha contra las poderosas y rapaces multinacionales que pretenden dedicar su tierras a sucios fines como la minería o la producción de electricidad– teniendo en cuenta que estas transnacionales son las que emiten el recibo de la luz y la gasolina de buena parte de los habitantes de la Fortaleza, se entienden las razones de tal animosidad. Fabrican artesanía indígena, café y otros productos, que se venden en establecimientos especiales en las ciudades de la Fortaleza.

Existen otros tipos humanos para quienes la Fortaleza reserva todas sus complacencias: los últimos cazadores y recolectores, australianos, inuits, bosquimanos, indios amazónicos, pigmeos. Llevan la herencia del buen salvaje, y la literatura de consumo está llena de alabanzas a su buen sentido, clara inteligencia, vida en equilibrio con la naturaleza, rico mundo espiritual y arte de impacto. ¡Cuan distintos de sus parientes del tercer mundo que merodean harapientos por la periferia de la sociedad industrial y urbana!

A los habitantes de la Fortaleza del Norte les parece normal y natural que ahí fuera todo esté oscuro, pobre y violento. Lo que les molesta en grado sumo es que los tercermundistas se pongan chulos y saquen los pies del tiesto. Por ejemplo, cuando Brasil implantó un sistema riguroso de visados para los ciudadanos norteamericanos, en estricta reciprocidad con el que los Estados Unidos imponía a los brasileños. O cuando Bolivia nacionalizó los hidrocarburos.

El 23 de enero de 2006 quedó al descubierto un hecho curioso: la República de Bolivia había sido gobernada durante toda su existencia por mandatarios extranjeros. En efecto, ese día tomó posesión Evo Morales, el “primer presidente indígena” de la nación, es decir, según el Diccionario de la Real Academia, el primer presidente originario del país.
A comienzos de mayo de ese año, el gobierno boliviano (cumpliendo el mandato de un referéndum previo) decretó la nacionalización de los yacimientos de hidrocarburos. En los días siguientes los periódicos más influyentes de España se rasgaron las vestiduras ante tamaña agresión, que calificaron de “atraco”, “comunismo rancio”, “delirio populista”, ”indiada”, “insensato populismo revolucionario”, “robo” y ”falsa legitimidad indígena”, entre otras muchas cosas.

The Wall Street Journal avisó al nuevo presidente boliviano acerca de las posibles “reacciones imprevisibles” desencadenadas por la nacionalización, que The Times concretó en un “golpe militar”.
Evo Morales (“un ladrón con jersey a rayas”) rompió una regla básica: los indígenas deben abstenerse de nacionalizar nada, y mucho menos los hidrocarburos. Mossadeg cometió ese error en Irán, en 1953, y fueron necesarios grandes esfuerzos para arreglar el entuerto instalando al Sha en el poder. Un país de la Fortaleza del Norte puede nacionalizar lo que le venga en gana, pero un país del Tercer Mundo no puede. El 9 de mayo de 2006, el diario progresista El País publicó una entrevista con Jonas Gahr Stoere, ministro de asuntos exteriores de Noruega. En ella el ministro declaró con toda tranquilidad que “[En Noruega] la propiedad del gas y el petróleo es estatal, aunque operen compañías extranjeras. Eso sí, pagan un 80% de impuestos sobre sus beneficios”.

Hay otra cosa que los países del Tercer Mundo no pueden ni deben hacer: concertar alianzas y trabajar en comandita en cualquier asunto. No parece mal que haya organizaciones inoperantes como la Organización de la Unidad Africana, la OEA o la Liga Árabe, pero las alianzas operativas dentro del tercer mundo despiertan toda clase de sospechas. La principal fuente de inquietud es la tendencia china de los últimos años por entablar alianzas y relaciones comerciales con toda clase de países del tercer mundo, especialmente africanos. “El neocolonialismo chino se adueña de África” tituló ABC hace pocos años una noticia que informaba de que los “tentáculos” chinos se extendían sobre África, y que, “según denuncian Estados Unidos y la Unión Europea, esta diplomacia del yuan fomenta la corrupción y afianza regímenes totalitarios”, como le dijo la sartén al cazo.

El diario El Mundo publicó hace algunos años otra noticia en esta línea: “El 6 de octubre de 2007, las aerolíneas estatales Conviasa de Venezuela y Air Iran inauguraron el primer vuelo regular que une el Caribe con Oriente Próximo, en medio de una ola de críticas y preocupación por parte de Estados Unidos”. Siguiendo el método popularizado por el periodista Pascual Serrano, se puede convertir la noticia en algo así:”las aerolíneas Nortair de Estados Unidos y Soutair de Nueva Zelanda inauguraron el primer vuelo regular que une el Pacífico Sur con Norteamérica, en medio de una ola de críticas y preocupación por parte de Irán y Venezuela”.

El periódico aclara a continuación el verdadero propósito de la nueva conexión aérea: exportar el terrorismo iraní a Latinoamérica. Se sugiere a continuación que otro país pendenciero, Bolivia, colabora con Venezuela para enviar a Irán uranio destinado a su ilegal programa nuclear. La energía atómica está recomendada como alternativa energética sólo para países de confianza, con puestos elevados en la jerarquía internacional de calidad, y Venezuela e Irán están excluídos de la lista.

Ante el anuncio en 2007 de la intención marroquí de construir una central nuclear en Sidi Boulbra, a 400 km de las costas de Canarias, hubo un susto general, porque la energía nuclear es buena de puertas adentro de la Fortaleza de Norte, pero es mala y peligrosa de puertas afuera. Tras llegar al borde del pánico cuando se informó de que la tecnología nuclear sería rusa, hubo un suspiro de alivio general cuando el asunto se aplazó, al menos hasta 2030, según la Agencia Internacional de la Energía en su informe de 2017. Ahora están construyendo en la zona un inmenso parque eólico, cosa adecuada porque las energías renovables son decididamente tercermundistas, comparadas con una buena central atómica repleta de guardias armados.

El que una cosa sea buena o mala según si el país que la utiliza cae dentro o fuera de la Fortaleza del Norte lo explicó de manera insuperable el reputado analista internacional Rafael Bardají (1): “No es lo mismo una bomba paquistaní que una francesa”. Esta reflexión abre todo un mundo de posibilidades a aquellas personas que tengan la desgracia de ser despanzurradas por una bomba.

1- ABC, 8 de mayo de 2009

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