Semáforos y saludos fascistas

  • Sin categoría

hojadellunesaceroArriba: Hoja Oficial del Lunes (Editada por la Asociación de la Prensa de La Coruña) 8 de marzo de 1937. Abajo: Acero – 5º Cuerpo de Ejército (Ejército Popular Republicano) – Frente de Cataluña, 6 de febrero de 1939.

 

A San Saturio glorioso
hemos rezado en su ermita
prometiéndole luchar
por nuestra Patria bendita.

Jerónimo Poza Gómez
Quinto de 1940, de San Esteban de Gormaz
El Avisador Numantino, 23 de marzo de 1938

 

El nuevo Estado español tiene como primordial función, dentro de sus atribuciones, la de proteger a los humildes, no sólo en el aspecto moral, sino también en el material.

“En favor de las personas humildes que tuvieron que empeñar sus ropas de abrigo para alimentarse”. Nota de la Jefatura de orden Público de Córdoba.
ABC de Sevilla, 24 de diciembre de 1936

 

El 22 de abril de 1938 se publica la nueva ley de prensa facciosa, que estaría en vigor 28 años. La ley de Prensa, que atocinaría a los periodistas españoles y a sus lectores durante casi tres décadas, utilizaba un lenguaje prestado de las normas de higiene y salud pública. Su objetivo era simplemente combatir el “diario envenenamiento” que sufría el público y castigar la difusión de “ideas perniciosas” que causaban estragos no entre los niños y los ancianos, como las plagas comunes, sino entre los “intelectualmente débiles”. Sólo si se mantenían a raya a los memes nocivos podría formarse una cultura popular sana, o una conciencia colectiva limpia. Esta ley resumió las ideas fundamentales nacionalistas acerca del grave problema de la difusión de los memes, buenos o malos, entre la población. Y en mitad de una guerra eso era de gran interés militar.

Todos los estados en guerra necesitan responder de alguna manera a a la pregunta ¿por qué luchamos? y lanzar a sus enemigos la pregunta ¿por qué no dejáis de luchar?. En la gran guerra de España estas preguntas se hicieron y se contestaron como es debido. La República sumergió a sus ciudadanos hasta el cuello en un baño de propaganda, servido no solo por los organismos oficiales del ramo, sino por toda clase de partidos políticos y organizaciones, muchas veces con apenas nada más en común que el antifascismo. Esto hizo el mensaje republicano –salvo en su núcleo de  escueta oposición al fascismo– bastante confuso.

Toda esta ensalada de mensajes, ideas-fuerza e informaciones con punta se servía al público mediante una profusión de medios de comunicación de masas nunca vista hasta entonces en España. Muchos se han preguntado qué habría sido del Imperio romano si hubieran dispuesto de la máquina de vapor. También podría uno preguntarse que habría sido de la guerra civil española si los estados en lucha hubieran tenido internet. Lo que sí es seguro es que el lado republicano habría ganado la batalla del twitter.
La República produjo durante la guerra cuatro veces más películas que los nacionales (360 contra 93), tenía muchas más emisoras de radio y horas de programación, imprimió cinco o seis veces más carteles, realizó muchos más mítines y (hasta que la penuria de papel se impuso) tenía más revistas y periódicos, e imprimía muchos más libros.

Por lo que respecta a la tarea de educación (o adoctrinamiento) política de los soldados, la labor republicana fue ímproba. Se crearon millares de bibliotecas de trinchera, cientos o miles de periódicos y revistas de unidades militares, desde Grupos de Ejércitos a batallones, y se convocaban al menor pretexto charlas, reuniones y asambleas para transmitir la Idea (viejo termino anarquista) antifascista, con variantes marxistas, libertarias, republicanas a secas, sindicalistas, catalanistas, comunistas, leninistas, anarcosindicalistas y hasta feministas (esto ultimo con bastantes reparos por parte de los camaradas varones). No faltaban representaciones teatrales, a veces de gran nivel, y lecturas de poesía a cargo de grandes poetas como Miguel Hernández o celebridades como Rafael Alberti. Los periódicos murales también eran muy populares.

Los cines de Madrid, potentes instrumentos de propaganda, difundían a comienzos de 1937 una densa mezcla de entretenimiento y adoctrinamiento. Cada sala estaba controlada por una organización antifascista: El Rialto y el Barceló por el Rincón de Cultura de los batallones del frente de la juventud, los cines Goya, Monumental y Salamanca por el Altavoz del Frente, el Callao (uno de los más elegantes de la ciudad), por la Juventud de Izquierda Republicana, el Carretas (que se hizo muy famoso después de la guerra como local de pajilleras) por la Sección de propaganda antifascista del batallón Margarita Nelken, El Cinema X (antiguo cine Noviciado) estaba “al servicio del Socorro Rojo Internacional”, como el Actualidades, mientras que las JSU (Juventudes Socialistas Unificadas)  tenían el Madrid-París y la UGT el Astur Cinema, el Flor y el Génova.

Los cines Capitol, Doré, Gimeno (en el Puente de Vallecas), Palacio de la Música (el segundo cine más elegante de la ciudad), Royalty y Tívoli tenían todos un compacto programa de producción soviética, lo que mostraba su adscripción al Partido Comunista, aunque todos tenían que seguir, al menos en teoría, las directrices del Subcomisariado de Propaganda del Ministerio de la Guerra.

Lo que se podía ver en estos cines era una equilibrada mezcla de documentales y ficción, de origen soviético en buena parte, con no muchas concesiones al entretenimiento escapista. Dos cines proyectaban el documental “El manejo de la ametralladora”, casi todos noticiarios y documentales de actualidad, en los que los espectadores podían verse a sí mismos defendiendo o sufriendo el asedio de la capital, algunas obras maestras del cine soviético (Iván el Terrible, Tempestad sobre Méjico, La línea general), bastantes documentales sobre las bondades del régimen soviético, algo de Charlot y una escasa representación de las populares películas españolas de cante y baile, apenas Morena clara.

Los locales  controlados por la CNT (SUICEP, Sindicato Único de la Industria Cinematográfica y Espectáculos Públicos)  (Avenida, Progreso, Fígaro, Durruti (antes San Carlos), Calatrava, Chamberí, Olimpia y Encomienda formaban una isla cinematográfica, sin producción soviética ni folklore nacional, dedicada a proyectar grandes éxitos internacionales y documentales de producción propia. Así se podía ver en la misma sesión Mares de China y Castilla Libertaria.  La UGT hacía algo parecido con los locales que controlaba, aunque no tenía producción propia como la CNT. Más adelante, tanto fervor se diluyó mucho y los cines se dedicaron a proporcionar su mercancía habitual de entretenimiento escapista, para desesperación de algunos fanáticos de la revolución. La extraordinaria  cartelera cinematográfica de Madrid del invierno de 1936-1937 ya no se volvería a repetir [176].

Ese mismo día, en Sevilla, el panorama cinematográfico era muy distinto. Predominaban las películas españolas de cante, baile y humor, con algunos éxitos internacionales y hasta una producción alemana de la UFA (Barcarola, en español). La ausencia casi total de adoctrinamiento político, salvo un solitario documental sobre la toma del Alcázar de Toledo, se veía suplida con ventaja por la retransmisión en directo que hacían algunos cines de la charla radiofónica diaria “del excelentísimo señor general” (Queipo de Llano). Pero uno de los grandes memes nacionalistas era, paradójicamente en una situación de guerra y revolución, business as usual. Fuera o no fuera la guerra desde el punto de vista faccioso una Cruzada por Dios y la verdadera religión, la verdadera diversión estaba en locales como el Excelsior (“Dancing, varietés, grandes atracciones.  Dos orquestas, dos”) el Cabaret Maipú, que prometía todos los días, hasta la madrugada, “¡50 bailarinas de salón!” el Salón Zapico, el Kursaal Olimpia o el Salón Florida, con ofertas igual de tentadoras.  Los soldados sin dinero tenían como opción asistir a alguna de las numerosas funciones patrióticas en las que se proyectaban películas, tocaban orquestas y actuaban cuadros de baile, a cuyo término, con suerte, serían obsequiados “con sendas bolsas, conteniendo espléndida merienda”.

De vuelta a las trincheras, el enemigo faccioso no era privado de las ventajas de la propaganda republicana. Una unidad especial del Altavoz del Frente, la unidad de propaganda militar republicana, recorría las trincheras con un equipo de megafonía poco sofisticado, pero potente. El altavoz propiamente dicho era una bocina gigantesca montada en la caja de un camión. El aparato tenía un alcance de varios kilómetros. Se instalaba en un sector sensible del frente y comenzaba una andanada de propaganda dirigida a las trincheras nacionalistas, a base de música, discursos de algún comisario político, consignas diversas y noticias más o menos amañadas. Esta actividad requería valor, pues muchas veces el mando nacionalista decidía silenciar el Altavoz a cañonazos. También se utilizaban octavillas tiradas desde aviones o lanzadas mediante cohetes especiales, además de las emisiones de radio de largo alcance.

Al otro lado de las trincheras, los facciosos también tenían su aparato de propaganda, lanzaban sus octavillas e intentaban desmoralizar al enemigo a la par de animar a sus soldados. Los argumentos que utilizaban no eran muy sofisticados. Una lanzada después del avance al Mediterráneo que cortó el territorio republicano en dos mostraba un mapa esquemático de la situación y la leyenda “Estais rodeados. ¿Por qué no os rendís?”. Otras octavillas reproducían simplemente la minuta diaria en los campos de prisioneros franquistas, con tres comidas diarias en apariencia bastante sustanciosas, con delicadezas como la leche condensada o la fruta.

La propaganda dirigida a los propios soldados nacionalistas tampoco era muy trabajada. Una actividad típica podía ser el recorrido por el frente de una delegación de Prensa y Propaganda en varios camiones decorados con banderas, que pronunciaban discursos patrióticos en las plazas de los pueblos cercanos. Se alentaban actividades de sano esparcimiento en los Hogares del Soldado, pero no se consideraba necesario insistir tanto en la Cultura para el Soldado como se hacía en el lado republicano. En realidad, una idea tradicional del ejército español era que al soldado debía enseñársele tan sólo lo necesario para que cumpliese correctamente su obligaciones, sin meterse en más dibujos. En el terreno de la propaganda, esto implicaba limitar la difusión de memes a unos pocos ultra-sencillos, repetidos una y otra vez, y aderezados con un ritual muy completo y formal.
El saludo fascista brazo en alto, por ejemplo, funcionaba como un semáforo. Emitía gran cantidad de información a un coste mínimo, sin ruido y sin posibilidad de confusión. Los nacionales preferían muchas personas brazo en alto pronunciando “los gritos de rigor” a los profusos mítines republicanos, con sus torrentes de oratoria. Esta idea proporcionaba un aspecto muy distinto a las reuniones de masas facciosas y republicanas. Estas últimas se solían celebrar en el interior de recintos abarrotados y cubiertos densamente de carteles con consignas políticas. Los oradores se sucedían, dando vueltas una y otra vez a las dos grandes ideas básicas de la necesaria unidad de los antifascistas y de la no menos necesaria disciplina de hierro, las dos grandes carencias republicanas. La abigarrada multitud jaleaba a los oradores y entonaba los cantos republicanos con el puño en alto, si tenía espacio suficiente para mover el brazo.

Los nacionales preferían ceremonias más rígidas, a ser posibles basadas en un desfile militar o una parada de las tropas, en una plaza u otro recinto amplio al aire libre. Las autoridades solían salir al balcón y lanzar arengas a la multitud, que era mantenida a mayor distancia, tanto vertical como horizontal, de los que mandaban. En lugar de grandes carteles con consignas, se prefería colgar enormes tapices en los balcones de los edificios de poder, y decorar el resto del espacio disponible con símbolos fascistas o nacionalistas escuetos. Más adelante en la guerra, también los republicanos ensayaron las ceremonias militarizadas rígidas, y los nacionales avanzaron un poco por el ceremonial fascista de estilo heroico y enorme inventado por el Partido fascista italiano y el nazi, pero no llegaron muy lejos por ese camino. Un balcón a seis metros de altura y una buena colección de colgaduras era todo lo que necesitaban.

En los pueblos más pequeños, las ceremonias de exaltación y propaganda podían ser abrumadoras. Tenemos un ejemplo en Castejón del Campo, un pueblo que tenía entonces 150 habitantes y unos 40 hogares, actualmente una pedanía de Almenar, en el Campo de Gómara (Soria). El domingo 17 de enero de 1937 se celebró allí un acto patriótico en homenaje al “invicto Caudillo de la Patria, Generalisimo Franco”, aprovechando la inauguración del nuevo local de la escuela. La ceremonia empezó por la mañana, con una misa solemne en acción de gracias “al Señor de los Ejércitos, por los favores dispensados a nuestro insigne Caudillo, en los momentos angustiosos del pronunciamiento militar, para la salvación de nuestra querida España”. Por la tarde, solemnes vísperas (la oración vespertina) y rosario cantado “en honor de la Santísima Virgen del Pilar, capitana insigne de los Ejércitos nacionales”. Siguió la bendición de la bandera de las milicias de “Acción Ciudadana”.

La ceremonia continuó en la escuela del pueblo: “se organiza después la procesión para dirigirse a la escuela; abre marcha una sección de milicianos de “Acción Ciudadana” con su Bandera [recién bendecida] al frente, seguida del pueblo que entona canciones religiosas y patrióticas, hiriendo los espacios con vivas atronadores a la religión, a la Patria y al Caudillo General Franco”. Ya en la escuela, la ceremonia prosigue con la bendición de los nuevos locales, un discurso del alcalde, la lectura de una poesía –el autor “por lo avanzado de su edad no pudo leerla personalmente, haciéndolo en su lugar el señor Secretario accidental”–, otro discurso de la Maestra, interpretación de canciones en honor de la Patria y la Virgen del Pilar, declamación de poesías por una niña y un niño, y largo discurso del señor Cura con “una semblanza detallada del hombre providencial que hoy rige los destinos de la Patria”. Al acabar el cura, “un vecino del pueblo, hondamente emocionado por las palabras del orador, se arrodilla delante del Santo Cristo que preside los nuevos locales y hace una profesión de Fé que arranca lágrimas a todos los concursantes”. Cerró el acto el señor Cabo de la Guardia civil de Almenar, que “dirige al público su autorizada palabra”. Termina la ceremonia con aplausos y vivas a Cristo Rey, a España y al General Franco.

Pero no era el final, faltaba todavía un “refresco íntimo” con que el Ayuntamiento obsequió al vecindario, la única parte de la ceremonia más puramente civil, en la que hubo un breve discurso del señor Médico de Almenar y una “arenga sencilla y afectuosa” de D. Eugenio Pascual, del que no se dice rango ni profesión, tal vez el cacique del pueblo[177]. Incluso contando con que hubiera unos cuantos asistentes de los pueblos de los alrededores, pero descontando los quintos llamados a filas, casi no había gente en el pueblo para participar como público en la ceremonia (quitando las milicias de Acción Ciudadana y los niños de la escuela, debían quedar poco más de un centenar de personas). Actuaron todos los representantes de la Autoridad: el Cura, el Alcalde, la Maestra, el Médico, el Cabo de la Guardia Civil y probablemente el mayor terrateniente. La expresión de la masa popular consistió en cánticos, vítores, aplausos  y hasta lágrimas. Esta especie de aquelarre nacionalista-católico se repitió indudablemente muchas veces en los millares de pueblos bajo el dominio faccioso. El corresponsal del periódico en el pueblo adornó indudablemente el relato, pero la mera acumulación de eventos, saludos, gestos, arengas, procesiones y discursos en un espacio social y físico tan pequeño debía resultar aplastante hasta para el más indiferente.

La vida en la zona azul implicaba una continua sucesión de declaraciones de fidelidad al Movimiento. Podían ser explícitas, como firmar en los pliegos de adhesión que se exponían en ayuntamientos y gobiernos civiles para luego ser encuadernados en gruesos volúmenes que eran remitidos a la Superioridad. Era necesario contribuir a las innumerables colectas, la más importante de las cuales fue la Suscripción Nacional. Había que dar unas monedas a las postulantes del Socorro de Invierno (daban a cambio un distintivo que proporcionaba una inmunidad temporal ante el siguiente asalto de la Sección Femenina). Era necesario abonar el impuesto del Día del Plato Único, que luego fue seguido por el Día sin Postre. Naturalmente, no asisitir a los innumerables actos de exaltación patriótica que se celebraban –solían coincidir con alguna victoria sobre los rojos– resultaba sospechoso, y así sucesivamente. No hizo falta una Gestapo para conseguir estos resultados. En las pequeñas ciudades castellanas, y mucho más en los pueblos, todo el mundo vigilaba a todo el mundo. En privado, altos dirigentes nacionalistas procedentes de las viejas familias políticas de la restauración se burlaban de esta “fascistización” del régimen, pero reconocían su necesidad para mantener dominada la situación: los uniformes y los saludos brazo en alto hacían funcionar a todo gas las neuronas espejo y contribuían a la construcción de una “comunidad nacional” de manera sorprendentemente eficaz. El conde de Rodezno, ministro de Justicia en el primer gabinete del general Franco, aseguraba en su diario que prefería morir antes que ponerse el uniforme de FET y de las JONS, pero eso no le impidió una leal colaboración con el Régimen.

La idea fuerza o supermeme del estado faccioso era la nación. Única, perfecta, indivisible, se debía morir por ella y por su contenido: la familia, la tradición, el orden y  (aquí empezaban las variantes, aunque menos acusadas que en el lado republicano): el trono (jaimista o alfonsista), el sindicato vertical, la corporación, la religión, etc. La República de la última fase de la guerra intentó utilizar también el potente argumento patriótico, usando como referente principal la guerra contra los franceses a comienzos del siglo XIX.

La escoba fue un elemento gráfico muy usado en la cartelería y en general en los medios de comunicación de la guerra. Era parte del gran esfuerzo que destinó a la comunicación para la violencia. Los milicianos barrían a la bestia fascista y los nacionales a las hordas marxistas. A medida que la guerra avanzaba, los soldados de ambos bandos iban adquiriendo la apariencia de estatuas de granito, mientras que la escoria –vagos, borrachos, especuladores, fascistas, generales facciosos, curas, rojos, etc.– adquirían forma de sabandijas. “No merecen  una bala, es mejor aplastarlas a pisotones” dice un miliciano que patea soldados del tamaño de ratones en un dibujo de Solidaridad obrera.

Significativamente, ambos estados achacaron la calidad humana más inferior a las fuerzas extranjeras que cooperaban con sus enemigos: brigadas internacionales, consejeros soviéticos, tropas “voluntarias” italianas, legión Cóndor, tropas marroquíes. La propaganda reservaba sus iras –y su racismo, en el último caso– para estas variedades humanas, porque resultaba imposible demonizar y animalizar en bloque al contrario como era costumbre en las guerras internacionales. La idea oficial (con más reservas por el lado nacional que por el lado republicano) era que el, generalmente, sano pueblo español padecía bajo el mando equivocado del fascismo o el marxismo internacionales.

 

[176] La Voz, 3 de enero de 1937
[177] Noticiero de Soria, 1 de febrero de 1937.

Asuntos: ,

Espacios: ,

Tiempos:

Tochos:

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies