La invención de la juventud

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La elevada posición en la jerarquía humana de la juventud comenzó a consolidarse a orillas del romántico comienzo del siglo XIX. El hecho de que las personas entre los 15 y los 25 años aproximadamente gozaban de mayor vigor físico que la gente de más edad era un hecho bien conocido desde siempre, y utilizado desde tiempos inmemoriales para suplir de mano de obra y carne de cañón a los trabajos rudos y a la guerra. Pero su ventaja física era ampliamente compensada por su inferioridad mental, basada simplemente en su inexperiencia en todos los negocios de la vida. La mortalidad entre los jóvenes, además, era alta, por lo que no convenía invertir demasiadas esperanzas en nadie hasta que no se convirtiera en un adulto hecho y derecho. Los rituales de paso se establecían entre la niñez y la edad adulta, se dejaba de ser niño para ser hombre (o incluso mujer si el punto de partida era una niña). Se entendía que existía una etapa intermedia entre la infancia y la virilidad (al menos en los hombres) llamada “juventud” que los diccionarios del siglo XVIII establecían entre los 14 y los 21 años, a la manera de un término técnico, como los erales eran las reses de más un año y menos de dos. No fue hasta mucho más tarde que se asoció el término juventud con características positivas: “Energía, vigor, frescura”, en el Diccionario de la Academia de 1980.

La ancianidad era el caso opuesto: un reducido y declinante vigor físico combinado con una gran base de datos, fruto de la supervivencia a lo largo de muchos años en un entorno hostil. Los escasos ancianos eran considerados como muy inteligentes, precisamente porque habían sobrevivido, y su archivo mental era tenido en gran aprecio. En ausencia de un registro meteorológico oficial, por ejemplo, debían ser los ancianos de la localidad los que establecieran, por comparación con los registros anteriores almacenados en su memoria, si la inundación en curso era anecdótica o una verdadera catástrofe a la que se debía responder con una rápida evacuación. Esa cualidad de la tercera edad era reconocida oficialmente por el Estado: la ley exigía convocar a los ancianos de la localidad para determinar la zona de ribera de los ríos que se podría declarar de dominio público. La mejora de los registros escritos de fácil acceso, así como la proliferación de funcionarios encargados de manejarlos, dejaron a los ancianos sin trabajo, y por otro lado elevaron poco a poco el valor de la juventud. Los jóvenes podían asimilar la información contenida en los registros, y convertirse así en arúspices tan valiosos como los ancianos. Algunos de ellos, incluso, –los científicos– podían convertir su afición en una profesión.

Otro cambio importante vino cuando se inventó y acto seguido se puso en valor el complejo mental juvenil, basado en el ardor, la impaciencia, la generosidad, la falta de cálculo, etc. Estas características derivaban en último término del comportamiento exploratorio innato propio de los preadultos de cualquier especie, en la etapa en que deben buscar su lugar en el mundo fuera de la protección de los padres. En este caso, la revolución industrial y la aceleración del tiempo vital que provocó fue de gran ayuda. Los jóvenes, desde la altura de una sola generación, podían ya considerar a sus padres como fósiles anclados a viejas tradiciones sin valor. La teoría orgánica de la nación encontró además en esta exaltación un valioso aliado. Los jóvenes de nuevo cuño, en efecto, tendían identificarse menos con la dura realidad física y palpable del modo de ganarse la vida de sus padres y se les podían vender fantásticas motos: nacionalismo grande o pequeño, fascismo, comunismo, liberalismo, racismo, catolicismo, jipismo, etc.

El concepto de “cultura juvenil” tal y como lo conocemos hoy surgió en la patria de Goethe y Stephan George. El escalofriante concepto de “juventud alemana”, tras los ensayos de comienzos del siglo XIX, se consolidó en 1901, con la creación del movimiento Vandervögel (avecilla viajera), basado en “una renovación vital, una lucha contra lo mecánico, lo regular, lo falso, una voluntaria subordinación a la comunidad, una exaltación del individuo en la disciplina” y otras consideraciones que ponen los pelos de punta (Walter Goetz). El movimiento tuvo su culminación en la cima del Hoher Meissner, cerca de Kassel, en las cálidas noches de julio de 1913, cuando “millares de fogatas parpadeaban como estrellas” (Dalton Trumbo, La noche del uro). Otras versiones de los movimientos juveniles eran más prácticas. El movimiento Scout había sido creado cinco años antes por Robert Baden-Powell, Inspector General de Caballería durante la guerra Boer. El movimiento pretendía combatir la incontestable degeneración que amenazaba a la juventud urbana británica por medio de un saludable regreso a la lucha por la vida y la selección natural de los más fuertes, todo ello en plena naturaleza y aderezado por cantos rituales. En 1910 había ya 100.000 boy-scouts en el Reino Unido.

Por lo general, en todos los países se vio claramente la necesidad de reducir el daño que causaba el contaminado medio ambiente urbano en la juventud sacándola al campo a intervalos. En Cataluña, millares de jóvenes y adolescentes disfrutaron de vacaciones en la naturaleza gracias a organizaciones anarquistas y socialistas. Estas iniciativas salvaron vidas y fueron una importante contribución a la salud pública. Con el pasar de los años, no obstante, el encuadramiento político y el encasillamiento cultural de la juventud terminó en el absurdo, con un nutrido cuerpo de funcionarios e instituciones juveniles dependientes del estado, los partidos políticos o las iglesias, hasta el punto que terminó por crearse la figura del joven profesional a tiempo completo, dedicado a participar en las innumerables actividades propias de su condición: Muestra de Arte Joven, Encuentro de Asociaciones Juveniles, Congreso de Responsables Municipales de Concejalías de Juventud, Jornadas sobre Mujer Joven y Medio Ambiente, etc. Llegó a existir incluso incluso un Programa de Vivienda Joven (sic). Pero a comienzos del agitado siglo XX todo esto estaba muy lejano.

En 1914, la llamada juventud, en bloque, pasó a las trincheras, bajo el mando de viejos generales poco amigos de escatimar vidas, y sufrió allí espantoso daño en sus cuerpos y en sus mentes. Los fascismos que estuvieron a punto de dominar el mundo a mediados del siglo XX sacaron todo el partido que pudieron de la juventud, así como el estalinismo. En septiembre de 1942, cuando se reunió en Viena un Congreso de la Juventud, casi todos los países europeos tenían organizaciones juveniles únicas subordinadas al partido único, desde Portugal a la Unión Soviética. En Viena se subrayó que la mitad de los congresistas estaban luchando en el frente del Este. Entre 1939 y 1945 los jóvenes pasaron otra vez en masa a las fuerzas armadas, y la edad mínima para ser considerado soldado bajó paulatinamente hasta llegar al colmo en Alemania en 1945, cuando el Volkssturm terminó encuadrando a niños de 14 años o menos.

El final de la guerra no terminó sin embargo con la manipulación política de la juventud, más bien la acentuó. Todos los partidos de las democracias crearon secciones juveniles, que por lo general se dedican a lanzar chirriantes campañas de propaganda, a conservar puras las esencias del partido y a servir de cantera de dirigentes. Lo que desapareció por completo fueron los uniformes, que ya solo se permiten en las organizaciones juveniles clásicas de endurecimiento juvenil, tipo boy-scout.

La invención de la juventud agradó mucho a los poderes sociales, porque les permitía estereotipar y por lo tanto mejorar su control sobre una buena porción de la especie humana. Se difundió un comportamiento juvenil estándar a través de los medios de comunicación, que dejaba claro que los jóvenes no eran propiamente personas en el sentido completo del término, sino subadultos propensos a desarreglos hormonales –con lo que la juventud adquirió un significado clínico de eterna adolescencia– a los que había que tratar con benévola liberalidad o con mano dura, según los casos. Se esperaba y alentaba que los jóvenes fueran partidarios de un vuelco en el orden social vigente –hoy decimos “alternativos”– hasta su paso a la edad adulta, debiendo evolucionar posteriormente hacia posiciones más conservadoras. Implícitamente, esto suponía equiparar a los adultos no-conservadores con retrasados mentales, fijados toda su vida en la eterna adolescencia.

Los hallazgos paleoantropológicos echaron más leña al fuego del invento de la juventud. La estimaciones de la esperanza de vida de los paleolíticos no superaban los 30 años. Esto contribuyó a crear el mito de la edad biológica innata de la humanidad en torno justo al límite de la definición legal de la juventud, con lo que esta etapa de la vida, lejos de ser un episodio de formación para la edad adulta, se convertía en el único período digno de ser vivido de toda la longitud de la existencia, siendo las etapas posteriores lamentable decadencia y ruina. Esta circunstancia reforzó un virus mental que había evolucionado en la gran caldera romántica de comienzos del XIX (una verdadera explosión de ideas), cuando el logotipo del héroe cultural dejó de ser Voltaire o Goethe, ambos ridículos con sus gorros de lana, sus achaques de viejo y sus calientapiés, y pasó a Byron y Shelley, muertos gloriosamente en plena juventud y predecesores directos del santoral de los rockeros.

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