Derrota en la bahía de Manila

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El crucero acorazado Carlos V, que no llegó a participar en los combates navales de Cuba y Filipinas. Álbum Salón (Barcelona), 1 de julio de 1898. Biblioteca Nacional.

1 de mayo de 1898

La batalla duró en total seis horas, con una pausa para almorzar. Los barcos norteamericanos pasaron una y otra vez ante los barcos españoles, disparando metódicamente sus cañones de tiro rápido y de grueso calibre. De un total de 5.000 proyectiles, apenas 100 dieron en el blanco, pero fueron suficientes para dañar seriamente a varios barcos españoles y matar a 161 miembros de su tripulación. A las doce del mediodía, el almirante Montojo decidió que ya había tenido suficiente y ordenó hundir en el fondo de la bahía de Manila lo que había quedado de su flota. La escuadra estadounidense no perdió ningún barco y tuvo diez o doce heridos.
A pesar de un resultado tan desigual, no existía ninguna diferencia fundamental entre el Escuadrón Asiático de la Marina de los Estados Unidos y la del Apostadero de Filipinas de la Marina Real Española. Ambas formaciones reunían media docena de navíos de línea cada una, con un desplazamiento de unas 12.000 toneladas por parte española y 19.000 para los barcos nortemericanos. La flota española era ligeramente más antigua. El buque insignia español Reina Cristina había entrado en servicio en 1891, y el flagship norteamericano Olympia en 1895, pero el navió más pesado de la flota estadounidense, el crucero Boston, llevaba en servicio desde 1888. Eran por lo general barcos de casco de acero, con propulsión a base de máquina de vapor pero con opción a emplear velamen, con un pie en la era solar y otro en la era industrial. Todos ellos, a la altura de 1898, eran ya muy anticuados comparados con los Dreadnoughts ya en el tablero de dibujo y que entrarían en servicio en la marina británica apenas un lustro después, con turbina de vapor y desprovistos por completo de velamen.

Los barcos españoles eran en conjunto un poco más pequeños, un poco más lentos, con bastantes menos cañones, y estos menos rápidos de tiro y de un calibre inferior (la proporción de cañones de grueso calibre era al parecer de 7 para los locales por 33 para los visitantes). Esto bastó para asegurar la victoria del nuevo poder emergente, aunque la tradicional dejadez latina también jugó su papel. Muchos oficiales y el propio almirante pasaron la noche fuera, en una recepción en Manila (la flota norteamericana atacó a las 5 a.m., hora local, cuando muchos oficiales todavía no habían regresado a sus barcos). Muchos artilleros estaban en misa, pintando el barco o simplemente distraídos. La leyenda que se contó en España en los años venideros, no obstante, pintó un cuadro de viejos barcos de madera y cabos de cáñamo aplastados por los monstruos de acero.norteamericanos.

El 1 de mayo, día de la batalla, cayó en domingo ese año (la Internacional Socialista había declarado la fecha jornada mundial de reivindicación obrera ya en 1890). El miércoles (4 de mayo) de la semana siguiente Lord Salisbury, primer ministro británico, tomó la palabra tras un banquete en el engalanado Albert Hall y espetó un discurso a la concurrencia que tuvo una enorme repercusión internacional, y sería recordado mucho tiempo.

Salisbury, encaramado en el culmen de la gloria del Imperio Británico, por entonces en su momento más brillante, trazaba un sombrío cuadro darwinista del mundo, una raya en el suelo que dividía tajantemente las naciones perdedoras de las ganadoras:

“Al lado de estas espléndidas organizaciones [las naciones pujantes] hay cierto número de comunidades que solo podemos describir como moribundas… Década tras década son cada vez más débiles, pobres y más carentes de líderes e instituciones en las que puedan confiar… La sociedad… es una masa de corrupción, que impide la existencia de un terreno sólido sobre el que pueda basarse cualquier esperanza de regeneración… Los estados débiles se debilitan cada vez más y los fuertes se hacen cada vez más fuertes. No hace falta ser profeta para adivinar el resultado final de este proceso combinado”. (1)

La clase política española reconoció inmediatamente a su país en la descripción de Salisbury. En aquellos años, era corriente referirse a Turquía (el enfermo de Europa) como nación moribunda, pero ahora había otro país siguiendo su mismo camino en el otro extremo del Mediterráneo. El discurso del Albert Hall sería recordado mucho tiempo: treinta años después, el aparato de propaganda de Primo de Rivera ponía entre los activos de la Dictadura el haber conseguido hacer escapar a España de la siniestra profecía del primer ministro británico.

La pérdida casi completa de la Escuadra equivalía a la desaparición de España como potencia internacional. En 1899 tan solo tres Potencias –Gran Bretaña, Alemania y Francia– controlaban territorios extendidos por todo el mundo, lo que les obligaba a mantener poderosas flotas. Los Estados Unidos, Rusia y Japón también mantenían fuertes marinas de guerra, si bien en este caso sus intereses eran más limitados a sus particulares esferas de influencia. Desde esta perspectiva, la capacidad de ejercer poder a distancia del Estado español quedó reducida a poco más de cero en 1899, y la reconstitución de la Escuadra sería una de las obsesiones de su clase gobernante en los años por venir.

El Reino de España había sido un imperio mundial hasta 1898. Había poseído colonias en cuatro continentes –en cinco hasta 1885, cuando el gobierno vendió las islas Marianas al Imperio Alemán–. Los jugosos ecosistemas tropicales de Cuba y de Filipinas le permitían un cierto control de valiosos recursos comerciales, como el azúcar o el tabaco. La existencia de gran cantidad de indígenas y pueblos pertenecientes a razas consideradas inferiores en las dependencias del imperio proporcionaba a los habitantes de la metrópoli una placentera sensación de raza superior, reforzada legalmente mediante gran cantidad de disposiciones que establecían los distintos escalones de la ciudadanía a que podían aspirar los indígenas y los esclavos según su conducta y habilidades (el gobierno español no se dio ninguna prisa en abolir la esclavitud en sus dominios: fue legal hasta 1886).Toda esta tapadera desapareció bruscamente en la corta guerra de Cuba y Filipinas. No sólo ya a no dominaban ricas plantaciones y razas inferiores, sino que existía la sospecha de que fueran ellos mismos una raza inferior, vegetando sobre una tierra árida y cruel.

 

(1) By the side of these splendid organizations [the “living” nations] […] there are a number of communities which I can only describe as dying […].

They are mainly communities that are not Christian, but I regret to say that is not exclusively the case, and in these States disorganization and decay are advancing almost as fast as concentration and increasing power are advancing in the living nations that stand beside them. Decade after decade they are weaker, poorer, and less provided with leading men or institutions in which they can trust […].

In them misgovernment is not only not cured but is constantly on the increase. The society, and official society, the administration, is a mass of corruption, so that there is no firm ground on which any hope for reform or restoration could be based […].

All I can indicate is that that process is proceeding, that the weak States are becoming weaker and the strong States are becoming stronger. It needs no speciality of prophecy to point out to you what the inevitable result of that combined process must be. […].”

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