2 de marzo de 2024

Naciones en su jugo

Vamos a ver, el discurso de la izquierda, sobre todo la escoradilla a babor, sobre la derechísima o ultraderecha es siempre negativo. La izquierda recita mecánicamente la letanía de acusaciones: la extrema derecha es xenófoba, misógina, racista, tránsfoba, machista, homófoba, belicista, negacionista, etc. Incluso fascista, que es lo que más placer produce a la derechísima por mucho que protesten de ello (es como llamar picasso a un pintamonas). Pero seguimos sin saber de qué va la derechérrima. ¿Cuál es su punto fuerte? ¿Por qué hablan todos con los ojos desorbitados? ¿De dónde procede esa increíble convicción que les hace decir con absoluta seriedad tonterías como castillos?

Para arrojar luz sobre este asunto, hemos ido a la fuente, este artículo de un notable pensador y líder de la derechísima. Saquen café, como dice el genial autor del Blog de banderas. En primer lugar y muy importante: sea lo que sea que hay que defender, hay que hacerlo sin complejos. Es decir, sin el conjunto de ideas, emociones y tendencias generalmente reprimidas y asociadas a experiencias del sujeto, que perturban su comportamiento. No se entiende muy bien, pero parece que el asunto va de no reprimirse con nada. Se pueden decir las mayores burradas con voz alta y clara.

En segundo lugar, hay que sentir lo que quiere el pueblo (lo que quiere de verdad). Es decir, no pensar en ciudadanos, electores o clases sociales. Sino en El Pueblo, honrado y limpio a pesar del veneno ideológico que la izquierda quiere verter en sus oídos.

En tercera posición, hablamos de miles de años de historia. Los pueblos se han desplegado desde hace muchos siglos sobre sus territorios, y han ido poco a poco construyendo un paisaje, a través de entidades innatas y orgánicas como la familia y la religión. Todas estas cosas naturales están anudadas por la nación, «la nación que nos une y abraza«. La nación es el desiderátum de la derechísima, «Lo mejor que puede existir, o imaginarse o desearse«.

Aquí empiezan los problemas. La nación existe de verdad, con la misma existencia real que el vecino plasta del segundo izquierda que siempre se queja del ruido del bar de abajo. Y lo mismo que el vecino del segundo izquierda, «Toda Nación tiene derecho a preservar su identidad, su herencia y su Ley«. En lugar del bar de abajo, la Nación (a partir de ahora ya siempre con Mayúsculas), tiene otras amenazas con las que lidiar.

Al ser un ente orgánico de existencia real y natural, la Nación no puede aceptar cuerpos extraños en su seno, igual que un caballo no aceptaría una dosis de aceite de ricino. Y hay cuerpos extraños para aburrir: en primer lugar los que no creen en la existencia natural de la Nación (o creen en la existencia de otras naciones dentro del cuerpo de la Nación y contrarias a ella), aunque sean naturales del lugar, y en segundo lugar los extranjeros sin dinero y de piel más bien oscura. Eso explica frases tan absurdas como esta: «reivindicamos el derecho de todo ser humano a no emigrar», tan estrambótica como la idea del deber de todo ser humano de emigrar, con lo bien que se está en casa si no te echan.

Y aquí llegamos al meollo del asunto, la Nación en su jugo: «solo en la Nación hay verdadera solidaridad«. Los connacionales son hermanos entre sí, pero no son hermanos de los demás hombres. Por eso una guerra civil es una aberrante contienda fratricida, mientras que los alemanes y los rusos pueden darse de hostias sin parar y sin alterar el orden natural de las cosas. La nación cocida en su jugo promete identidad, solidaridad, espíritu de sacrificio… y hasta la felicidad, siempre que no nos salgamos de los carriles de la identidad nacional. Este plato cada vez se sirve en más restaurantes, casas de comidas y deliverys.

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