Un soldado y un guardia civil flanquean el cuerpo de uno de los mulos muertos de un convoy militar en la plaza de Cataluña en Barcelona, el 19 de julio de 1936. (Clic en la imagen para ver la noticia completa).

 

 

Cómo se conocerán los aeroplanos del Ejército
Los aviadores que ayudan al movimiento en contra del Gobierno de Madrid, llevarán dos franjas negras al lado de la bandera ordinaria del fuselaje. La División Militar de Valladolid autoriza para disparar contra los aviones que no ofrezcan estas señas.

Heraldo de Zamora, 23 de julio de 1936

 

 

Una vez que en sucesivas juntas de generales se tomó la decisión de dar una solución apocalíptica al problema que era percibido por el complejo derechista, es decir, la descomposición revolucionaria de España, se creó una dirección técnica de esta solución final, a cargo del hábil general Mola.

Los dos extremos de las contingencias posibles eran igualmente improbables: un desenlace como el de Sevilla en 1932 (aplastamiento instántáneo e incruento del alzamiento) o el de Barcelona-Madrid en 1923 (triunfo instantáneo e incruento del alzamiento militar). El tercer supuesto intermedio, basado en la experiencia de la revolución de 1934, era el que tenía una mayor probabilidad: triunfo de la sublevación militar tras una guerra civil sangrienta que, en el mejor de los casos, sería corta.

Mola hizo todo lo que pudo para que el resultado final se aproximara a la opción rápida. Su planificación del golpe fue bastante minuciosa. Las instrucciones reservadas y las directivas que redactó en mayo y junio se pueden trasladar a un mapa en el que se ve, por ejemplo, que las columnas de Burgos y de Pamplona debían confluir en Aranda de Duero y caer a continuación sobre Madrid vía Somosierra, o que al Ejército de África le tocaba reunirse en Córdoba, desde sus puntos de origen en Melilla (vía Málaga) y Ceuta (haciendo la ruta Algeciras – Sevilla) para a continuación emprender la larga marcha hacia Madrid por Bailén, Despeñaperros y Valdepeñas [9]. Bastantes de estos movimientos previstos se cumplieron, especialmente la convergencia sobre Madrid desde las ciudades del valle del Duero.

La doctrina general del golpe militar era que este debería ser rápido y violento. Esas premisas paralizarían la resistencia y permitirían llegar a Madrid en pocos días, a lo sumo un par de semanas, ocupar la sede del gobierno y terminar el asunto. Sería lo que los militares llaman una “acción quirúrgica”, con las columnas rápidas actuando a modo de bisturíes. La principal premisa -un país paralizado por la “violencia rápida” militar– no se cumplió, pues más bien fue al contrario. La resistencia republicana fue instantánea y vigorosa en muchos puntos, aunque completamente descoordinada. A final, el desarrollo del Alzamiento fue una gran y sangrienta chapuza. La opción que se impuso finalmente sobre todas las contingencias posibles fue la peor de todas: una guerra total de casi tres años de duración.

En principio no parecía tan difícil. El Ejército estaba distribuído por todo el país en una pauta que seguía más o menos la pauta de dispersión de la población civil. Las ciudades grandes tenían las mayores guarniciones, pero también las pequeñas tenían alguna unidad militar residente, en el peor de los casos unos pocos soldados y algunos oficiales encargados de atender la caja de reclutas provincial.

Es proverbial la capacidad del Ejército de regular todos los aspectos imaginables de la vida, y un golpe de estado no es una excepción. El procedimiento estándar consistía en hacer desfilar las tropas en dirección a la plaza más céntrica de la ciudad, donde se declaraba el Estado de Guerra mediante la lectura del Bando correspondiente, firmado por el comandante militar de la plaza, con acompañamiento de cornetas y tambores. Este era el momento clave de la sublevación. En teoría, las autoridades militares tenían capacidad legal para declarar el estado de guerra o de excepción en cualquier localidad sujeta a alguna calamidad pública o en estado de extrema tensión social, pues la República no había conseguido arrebatar la gestión del orden público de las manos de los militares. Estados de excepción locales se habían proclamado muchos en los años precedentes, y también algunos estados de guerra, señaladamente en octubre de 1934. En julio de 1936 el país llevaba ya varios meses en Estado de Alarma, declarado en febrero de ese mismo año tras la victoria electoral del Frente Popular.

Una vez leído el Bando de declaración del Estado de Guerra, terminada la ceremonia ritual, podían ocurrir muchas cosas. En el mejor de los casos, las autoridades civiles prestarían su colaboración y no habría ninguna resistencia de grupos opositores. Lo normal y esperable era que fuera necesario ocupar por la fuerza algunos objetivos claves del enemigo, principalmente el Ayuntamiento y los locales de los partidos de izquierda (por lo general bastaba con la Casa del Pueblo). Si la ciudad era capital de provincia, también era necesario dominar el importante Gobierno Civil. La fuerza empleada podía ser a su vez limitada, algunos disparos al aire e intimaciones a a rendición, aunque no era raro que fuera necesario emplazar artillería ante el edificio recalcitrante y hacer fuego sobre él.

Este procedimiento estándar se utilizó con buen éxito en las capitales de las provincias del valle de Duero, Galicia, Navarra, la Rioja y Aragón. En todas ellas apenas fue necesario hacer uso de la violencia contra los civiles en las primeras horas y días. Las capitales andaluzas también funcionaron bastante bien por lo que respecta al núcleo burgués de la ciudad, pero dominar las periferias obreras y los pueblos de la provincia requirió gran cantidad de sangre. En el extremo opuesto, la secuencia Barcelona-Madrid-Valencia-Bilbao, las cuatro grandes capitales españolas, todas las cuales quedaron en poder de la República, mostraba hasta que punto las grandes ciudades se habían convertido en un medio hostil para los militares en 1936.

En Barcelona, las tropas salieron a la calle para ocupar la ciudad y leer el reglamentario Bando, para ser recibidas a tiros por nutridos grupos de civiles armados, guardias civiles y guardias de asalto. Tuvieron que retirarse a los cuarteles, que resistieron brevemente el asedio de la multitud. El resultado sorprendió a los militares. El general Batet había dominado tan fácilmente Barcelona en octubre de 1934 –casi no fue necesario cañonear el edificio de la Generalitat– que se pensaba que el golpe triunfaría fácilmente en julio de 1936. En Madrid las tropas ni siquiera llegaron a salir a la calle, y ningún bando fue leído en la Puerta del Sol (centro simbólico y kilómetro cero de todo el país). Los militares se encerraron en los cuarteles y resistieron unas horas el furioso asalto de la multitud de guardias y civiles armados. En Valencia, los militares comprometidos con el alzamiento marearon la perdiz durante casi dos semanas, hasta que se abrieron las puertas de los cuarteles sin derramamiento de sangre. En Bilbao, ni siquiera hubo noticia de ninguna inclinación militar al golpe de estado.

 

[9] Fernando Puell, Justo A. Huerta: Atlas de la Guerra Civil española. Síntesis (2007).

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