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Los graneros del faraón: trigo, frío y agua

Con el aspecto que tendría un cruce entre una catedral y un almacén, el edificio todavía se levanta junto a la estación de ferrocarril de Córdoba. Su gran momento llegó el 6 de junio de 1951, cuando el generalísimo Franco inauguró la instalación. El concepto del silo o granero era muy antiguo, pero la puesta en escena era futurista: “… el Caudillo pasó a la sala de mandos, desde donde se acciona eléctricamente todo el funcionamiento del silo, con un cuadro luminoso, que va señalando las operaciones.” (1). La idea estaba clara: se podía apretar un botón y empezar a distribuir trigo a toda España, de manera perfectamente ordenada y organizada. Según se ve en la foto de la escena, Franco realmente apretó un botón, a la derecha del tablero de control, y su expresión indica que estaba pensando en un cuadro de mando del trigo a escala nacional… tal vez localizado en el mismo palacio de El Pardo.

El gran silo de Córdoba, con sus 15.000 toneladas de capacidad, era un punto clave de la Red Nacional de Silos y Graneros en construcción, que se había planteado por primera vez, con esa misma denominación, en 1935. Igual que la red de embalses o la repoblación forestal, era una idea antigua con la que todo el mundo, de cualquier color político, estaba de acuerdo. La Red era importante porque tocaba de lleno el núcleo duro de la economía de la nación, el componente básico y principal de la alimentación, es decir el trigo. La fluctuación de la cosecha de trigo se movía en un rango de 2 a 5 millones de toneladas. 3,5 se consideraba aceptable pero no era la norma. La oscilación aleatoria de la cosecha anual de trigo era un problema enorme y la Red Nacional de Silos era la solución evidente.

La idea de una red de depósitos rebosantes de trigo, a salvo de las irregularidades anuales de la cosecha, era muy parecida a la del embalse plurianual de Manuel Lorenzo Pardo, capaz de almacenar tanta agua que pudiera sortear sin problemas uno o dos años de sequía. Era otra respuesta técnica a la violenta ecología de la España Seca: “La Red Nacional de Silos es necesaria por las mismas razones que lo son los pantanos” decía una fuente oficial en 1957 (2). La red de silos debía ser capaz de guardar el excedente de los años buenos cuando llegaran los años malos, para que no ocurriera lo que pasó en el verano de 1944, cuando la cosecha de trigo de 1943 se terminó cuando la de 1944 todavía no se había recogido, y hubo que reducir la ración diaria de pan a 100 gramos, la cuarta parte de la ración oficial.

Antes de la guerra, la Red Nacional de Silos se planteó como una manera de gestionar la abundancia y tener bien controlados los precios. Después de la guerra, la idea cambió a gestionar la escasez y controlar férreamente la cosecha, fanega a fanega, pagada a precio oficial. La futura Red funcionaría en modo faraónico: los labradores llevarían su producto al megadepósito virtual y central de trigo, desde donde se repartiría a toda la nación. La primera década del Régimen, hasta 1950 aproximadamente, no pudo ser. No había materiales (cemento, hierro, etc.) para construir los silos, y no había trigo que guardar en ellos. El supuesto sistema férreo de control de la cosecha funcionaba tan mal que algo más de la mitad de la misma se vendía directamente en el mercado negro, y la otra mitad se movía directamente y con rapidez (a la velocidad de un camión de gasógeno) hacia la hambrienta población.

La situación alimentaria mejoró mucho al final de la terrible década de 1940. En 1949, España entró a formar parte del Internacional
Wheat Agreement (Acuerdo Internacional del Trigo, que canalizaba buena parte del mercado internacional de este cereal) (3). Se formalizó la conexión oficial con Estados Unidos, formidable potencia triguera, que culminó en el tratado de 1953. Todo esto permitía recurrir al mercado mundial del trigo en condiciones mucho menos angustiosas que pocos años atrás. La refinería de petróleo de Escombreras, en Murcia, comenzó a funcionar en 1950. Comenzaba, muy lentamente al principio, la era del pan a base de petróleo. En 1952 terminó oficialmente el racionamiento.

En términos técnicos, la Red Nacional de Silos de estilo faraónico ya no era tan necesaria como lo habría sido en la década anterior, pero fue entonces, hacia 1950, cuando comenzó en serio su construcción. El precursor fue el silo de Alcalá de Henares (1949), una construcción muy grande pero que intentaba integrarse en la arquitectura de la zona. El de Córdoba era más grande todavía, y todavía guardaba cierta compostura arquitectónica. Estaba repleto de maquinaria avanzada y podía procesar grano a la velocidad de 60 toneladas por hora. Empero el trigo seguía llegando a los silos y graneros por procedimientos antiguos, y las fotos muestran embotellamientos de tráfico de carros de mulas cargados de cereal en los accesos de los silos.

Una vez que la construcción de la Red comenzó en firme, los aparatosos edificios de los silos se multiplicaron en el paisaje, generalmente en las afueras de pueblos y ciudades. La progresión fue exponencial, clásica de la gran aceleración: en 1958 se alcanzó la capacidad de medio millón de toneladas, en 1967 de un millón, en 1976 de dos millones, equivalente a una montaña de trigo de doscientos metros de altura. Este crecimiento no tenía ya mucha justificación desde el punto de vista de controlar y distribuir el alimento básico de la población. Para empezar, el pan dejó de ser ese alimento básico, a partir de comienzos de la década de 1960. Además, el trigo empezó a producirse en cantidades enormes, gracias a la abundancia creciente de tractores, cosechadoras, abonos químicos, semillas selectas y todo el paquete completo de la revolución verde.

Pero fue justo entonces cuando el Estado (el Servicio Nacional del Trigo hasta 1968, luego el SN de Cereales hasta 1971, luego el SN de Productos Agrarios-SENPA) empezó a controlar (a comprar y luego gestionar) de manera efectiva toda la cosecha de trigo y de otros cereales. El resultado fueron cientos de enormes edificios repletos de trigo, llevado allí por camiones y ya no por carros de mulas. En 1968 la red de silos colapsó (3) repleta de un cereal con el que no se sabía muy bien qué hacer, pues el consumo de pan caía sostenidamente y la producción de trigo crecía a buen ritmo.

En 1968 el Estado dejó de fijar el precio del pan, que dejó de ser la preocupación número uno de los españoles y pasó a la categoría de alimento más bien grosero y sospechoso de engordar. La Red Nacional de Silos y Graneros, empero, siguió creciendo, y el sistema de control férreo de la producción de trigo continuó como si no hubiera pasado nada desde la creación del Servicio Nacional del Trigo en 1937. Es un caso clásico de inercia franquista que se prolongó mucho tiempo después del fin de la dictadura, hasta la ley de 1984 que derogó definitivamente el sistema triguero-panero creado durante la guerra civil.

Además de la inercia ideológica (el trigo era sagrado, y “ni un español sin pan” era uno de los lemas del Régimen) y de poder construirlos en cantidad (hierro, cemento y gasolina comenzaron terminaron por ser abundantes), hay un elemento de control paisajístico en el crecimiento de la Red Nacional de Silos. Un folleto de propaganda de 1957 (2) lo explica así: “Antiguamente, el panorama que ofrecían ciudades y villorrios… se caracterizaba por el perfil agudo de sus campanarios, dominando vigilantes a todos los caseríos que se agrupaban en su torno. Hoy… junto a estos campanarios de las iglesias es frecuente ver descollando sobre la teoría de tejados y azoteas las grandes fachadas y los altos torreones de los silos de la Red Nacional”. El Servicio Nacional del Trigo competía así con la Iglesia Católica en el “dominio vigilante” de pueblos y ciudades. Con el tiempo, los relativamente bien integrados silos de la primera época se transformaron en acumulaciones de cilindros de hormigón de hasta 70 metros de altura, como adustas fortalezas de Mordor.

En 1984, cuando dejó de funcionar oficialmente la Red Nacional de Silos, había 672 de ellos, repartidos por la España interior y del sur, con 2,3 millones de toneladas de capacidad de almacenamiento. Esta colección de grandes edificios se convirtió en un gran engorro. Su propiedad fue pasando a diferentes instituciones autonómicas y municipales. Al ser edificios impresionantes, bastantes de ellos con interés arquitectónico, suelen ser objeto de proyectos de restauración y de dedicación a otros usos que el almacenamiento de cereales (4). El Fondo Español de Garantía Agraria, lejano sucesor del Servicio Nacional del Trigo, cedió en 1996 el silo de Córdoba a la Junta de Andalucía, y en 2015 fue declarado Bien de Interés Cultural, aunque nadie sabe muy bien qué hacer con un edificio tan enorme. (5)

Si la red nacional de silos entroncaba directamente con el Egipto de los faraones, la red nacional de frigoríficos era una concepción ultramoderna. En parte, su origen responde a la necesidad de impresionar favorablemente a los norteamericanos, cuya influencia en España crecía por entonces, a comienzos de la década de 1950. Otro acicate fue el convenio firmado con Argentina, por el que esta república se comprometía a sustanciosos envíos de carne congelada, entre otros alimentos. Pero la idea era básicamente nacional. Consistía en disponer de carne, pescado, frutas y verduras congeladas, enfriadas y distribuidas hasta el último rincón del país, sin hacer ningún caso a las violentas variaciones climáticas de la península Ibérica. En septiembre de 1948 se anunció oficialmente que el INI quedaba encargado de redactar “un plan de la Red Nacional de Frigoríficos” (6). En julio de 1957 se publicó un vistoso mapa con infinidad de instalaciones repartidas por todas las provincias españolas bajo el titular “La red del frío. Refrigeración y congelación industrial para cerca de millón y medio de toneladas de alimentos” (6) En 1958 se hablaba de “la cadena frigorífica que enlaza todo el territorio nacional” (7), pero eso era más un deseo que una realidad.

La Red Nacional de Frigoríficos era el tercer paso que se daba –desde finales del siglo XIX– para aplanar la oscilante e impredecible pauta de producción de recursos por parte de la naturaleza, más todavía en una ecología mediterránea como la que imperaba en gran parte de España. El primero fue el almacenamiento de agua en los embalses plurianuales, capaces de guardar el agua de los años lluviosos para distribuirla en los de sequía. El segundo la red nacional de silos, para almacenar cereales y salvar así los años de malas cosechas. Y el tercero la red frigorífica, pensada fundamentalmente para carnes, pescados y frutas, de producción muy estacional, que llegaban en gran cantidad y desaparecían en cuestión de semanas. Esta pauta tan marcada de lo que se llama hoy en día con aprobación “alimentos de temporada” (más sabrosos, baratos y ecológicos) se veía como un atraso en la década de 1950, cuando todavía estaba plenamente en vigor. El folleto de propaganda de 1958 sobre la Red Nacional de Frigoríficos aludía como su ventaja principal que “el régimen de avalancha de la llegada de artículos al consumo quedaría automáticamente anulado y podría siempre disponerse de productos alimenticios, aunque no fuese su época de recolección”(8).

La Red Nacional de Frigoríficos evitaría las “avalanchas” saltando por encima de las restricciones ecológicas de la península Ibérica. Tradicionalmente, los animales debían llegar vivos a los mataderos de las grandes ciudades, y el viaje en tren de las vacas desde Galicia a Barcelona, por ejemplo, duraba cinco días y hacía perder a las reses un diez por ciento de su peso, un montón de carne y de dinero. Además, las vacas y terneras debían llegar a los mataderos en un flujo regular, independientemente de lo lustrosas que estuvieran, y en verano había poco pasto y los animales enflaquecían. La gran mayoría de los cerdos se mataban en diciembre y enero, mientras que los corderos eran muertos (sacrificados en argot ganadero) más bien en verano. La carne congelada laminaba todas estas irregularidades y solucionaba brillantemente todos estos problemas. Lo mismo se podía decir de las frutas y verduras congeladas o refrigeradas.

Se pusieron grandes esperanzas en algunos proyectos de megainstalaciones frigoríficas, por ejemplo en Mérida, epicentro de la matanza del cerdo, o en León, en zona de mucho ganado vacuno (9). En Cádiz, el puerto, se construyó un imponente edificio para almacenar carne congelada. Hubo el habitual forcejeo entre el ansia de controlarlo todo del INI (Instituto Nacional de Industria) y el resto del mundo. Aquello no terminaba de funcionar: incluso si se hubieran construido los grandes frigoríficos temáticos regionales, y abastecido convenientemente de la gran cantidad de electricidad necesaria para su funcionamiento, faltaba casi por completo la correspondiente flota de camiones y vagones de ferrocarril refrigerados, y también se carecía de otro elemento importante, el frigorífico eléctrico doméstico en todas las casas, sin el cual el pescado congelado se venía abajo enseguida. A mediados de la década de 1950 muchas viviendas se apañaban con fresqueras (útiles en invierno solamente) y con neveras de hielo, abastecidas con barras de hielo de la fábrica más cercana, capaces de cierta refrigeración pero nunca de mantener congelado un alimento. Los frigoríficos eléctricos eran de uso minoritario.

El Sindicato Provincial de la Pesca de Oviedo consideró la congelación del pescado «un gasto inútil, por cuanto el mercado consumidor no acepta los productos congelados por su rápida putrefacción una vez descongelados». El Ayuntamiento de Bilbao comunicó la poca aceptación de la carne congelada argentina, por una razón similar (10). En general, los congelados eran vistos como alimentos inferiores a los frescos, y desde luego la ausencia de un frigorífico con congelador en cada casa no facilitó su aceptación.

Hubo que hacer campañas de publicidad y frigorificar los hogares para que, hacia 1970, la cadena del frío se completara y consolidara, pero desde luego no en la forma de una Red Nacional de Frigoríficos, sino de manera informal, a base de múltiples eslabones desde un lejano matadero o un buque pesquero a los mercados y supermercados, y de ahí al compartimento congelador de los refrigeradores domésticos. El esquema original de una red nacional jerárquica de distribución de alimentos refrigerados y congelados terminó transformándose en la necesidad de colocar un refrigerador eléctrico en cada uno de los hogares españoles y de convencer a los consumidores (es decir, al “ama de casa”) de las ventajas de este tipo de alimentos. El proceso básico se completó aproximadamente durante la década de 1960. Entre 1960 y 1980 el porcentaje de hogares equipados con refrigeradores eléctricos pasó de un 20% a un 70%. El compartimento general a 6 o 7ºC se manejaba más o menos como las antiguas neveras de hielo, pero el congelador a –10ºC o menos implicó un notable cambio en la alimentación. El Régimen acogió con agrado este trastoque moderno de las tradicionales pautas alimenticias, y publicitó extensamente sus supuestas ventajas.

Los productos congelados (y los alimentos precocinados, “listos para comer”) se anunciaban en 1966 como «un nuevo estilo de vida alimenticia”, que necesitaba una campaña educativa ad hoc dirigida al ama de casa para vencer su fama de alimentos de inferior calidad (11). Diez años después la campaña ya había cogido impulso, bajo el lema “Congelar es ahorrar tiempo y dinero» (12). El ahorro de tiempo era el argumento principal del nuevo ecosistema doméstico electrificado, que seguía de cerca el modelo de ama de casa con mucho tiempo libre gracias a su arsenal de electrodomésticos, iniciado en los Estados Unidos y parte de la americanización acelerada de España en el franquismo superior.

Por fin, el 2 de marzo de 1968, llegó el tour de force de la vertebración de España mediante redes de distribución: se planteó oficialmente la necesidad y la posibilidad de “corregir la irregular disposición… en el espacio, de nuestros recursos hidráulicos”, de la misma forma en que los grandes embalses de cabecera corregían ya, por todo el país, la irregularidad temporal del agua (13). De los creadores de la Red Nacional de Almacenes de Cereales y de los planificadores (frustrados) de la Red Nacional de Alimentos Congelados, ahora parecía comenzar su construcción la Red Nacional del Agua. (Nunca se usó esta expresión antes ni durante el franquismo. La usó el candidato de la derecha en un mitín electoral en Valencia, en julio de 2023) (14).

Las tres redes tenían el mismo objetivo, corregir un ecosistema muy impredecible en el tiempo, que alternaba la inundación y la sequía, la helada y la ola de calor, y muy diverso en el espacio, demasiado húmedo en Pontevedra y demasiado seco en Almería, donde el trigo abundaba en Castilla pero faltaba en Levante, o el pescado sobraba en Galicia, pero escaseaba en Aragón. El embalse plurianual solucionaba la sequía local, pero ahora se iba a dar otra vuelta de tuerca, transportando agua de la España Húmeda a la España Seca. Disciplinar así un país entero era una tarea apropiada para el franquismo, una de cuyas principales obsesiones eran el orden y la predecibilidad.

En 1960 volvió a funcionar el Centro de Estudios Hidrográficos, creado por el entonces ministro de Obras Públicas Indalecio Prieto en 1933. Regresó pues la planificación del agua de altos vuelos, como la que se había plasmado en la obra maestra de Manuel Lorenzo Pardo, el Plan Hidrológico Nacional de 1933. El Plan incluía el proyecto de un trasvase de largo recorrido desde la cabecera del Tajo a la cuenca del Segura. En 1933 aquello parecía ciencia-ficción, pero cuarenta años después había mucha maquinaria de obras públicas a disposición.

Era proverbial que el regadío en España era la diferencia entre la riqueza y la pobreza, pero también que el valor del agua de riego dependía mucho del país donde se utilizara: era “cobre en Castilla, plata en Aragón y oro en Levante”.

En 1941 se lanzó el PAICAS (Plan de Aprovechamiento Integral de la Cuenca Alta del Segura), para exprimir los recursos de las serranías (más bien secas) que hay entre Murcia y Albacete. Aquello no funcionó como se esperaba, pero generó una demanda impresionante, una intensa sed de agua en la esquina sudeste de la Península Ibérica. El siguiente paso solo se podía dar en un país petrolizado y con maquinaria pesada: poner en práctica el lejano plan de 1933 de una conexión entre la cuenca del Tajo y la del Segura.

Todo fue muy rápido, apenas cuatro años desde que se tomó la decisión del gobierno. Todos los trámites de participación pública se hicieron a matacaballo, incluyendo un desmayado debate en las Cortes. Las objeciones de los regantes potenciales de Toledo y Cáceres, aguas abajo del Tajo, fueron rechazadas, así como la reticencia inicial de los agricultores valencianos, a los que no gustaba nada que el trasvase tocara su río, el Júcar. La solución más elegante, un túnel excavado en la roca viva de 200 km de longitud por el que el agua circularía por gravedad, al estilo romano, fue desechada por demasiado cara. Al final la obra incluyó 250 km de canal, con varios túneles –uno de más de 30 km–. Se usó maquinaria pesada sin tasa: excavadoras capaces de dar bocados de 70 toneladas, y tres tuneladoras capaces de avanzar treinta metros diarios a través de la roca. La parte más impresionante del acueducto era su arranque. El agua del embalse de Bolarque era impulsada 245 metros en vertical, a base de bombas eléctricas, hasta alcanzar la cota de 600 metros de altura sobre el nivel del mar, que le permitiría iniciar su viaje de 300 km hasta el embalse de Talave, ya en la cuenca del Segura.

En junio de 1970 el ministro de Obras Públicas, Gonzalo Fernández de la Mora, describió con cierto detalle el futuro trasvase del Ebro, del que ya se habían encargado los estudios técnicos. La enormidad de agua que el Ebro “tiraba” al mar todos los años se aprovecharía por dos vías: la Solución margen derecha llevaría agua a Valencia y Murcia (es decir, sería un gran Trasvase Ebro-Segura que dejaría pequeño al Tajo-Segura en construcción) y la Solución margen izquierda transportaría agua a Cataluña, es decir el área metropolitana de Barcelona principalmente. Parecía que la Red Nacional del Agua iba cobrando forma (15).

El agua del Tajo comenzó a llegar al río Segura, tras un viaje de tres días de duración, en marzo de 1979. Por entonces hacía dos años que el Régimen del Movimiento Nacional había desaparecido. La idea inicial era trasvasar 1.000 hectómetros cúbicos de agua al año, el volumen de un kilómetro cúbico. La cantidad real trasvasada ronda la tercera parte de esta cantidad. No se había previsto que los años secos apenas queda agua para mantener con vida el Tajo; corregir la irregularidad espacial del agua tropezó con la fundamental irregularidad temporal de este fundamental recurso. En teoría el Gobierno central tiene la última palabra sobre cuánta agua transportar a levante, pero tiene que lidiar con las llamadas con cierta exageración “guerras del agua” entre Castilla-La Mancha, origen y donante del agua, y Levante (Murcia principalmente), destino y receptor del valioso recurso. De manera imprevista, los trasvases (el que ya funciona y otros proyectados, especialmente el del Ebro a Levante) se han convertido en conflictos políticos del más alto nivel.

1- La Vanguardia, 7 de junio de 1951 y ABC, 7 de junio de 1951.

2- Óscar Núñez Mayo: Red Nacional de Silos. Folleto de la serie Temas Españoles. Publicaciones españolas (1957).

3- Carlos Barciela: «Ni un español sin pan» : la Red Nacional de Silos y Graneros — Zaragoza : Prensas Universitarias de Zaragoza, 2007.

4- Red Nacional de Silos. Integración en la realidad urbana andaluza y su reutilización para nuevas tipologías. David Salamanca Cascos, Carlos Mateo Caballos, María Moreno García, Lara Rodríguez Moreno y Antonio Alarcón Gordo.(2011).

5- Artículo de la wikipedia: “Silo de Córdoba”.

6-Referencia del Consejo de Ministros. ABC, 2 de septiembre de 1948.

7 – El Español, 28 de julio de 1957.

8- Federico Villagrán y Antonio Gómez Alfaro: Red Nacional de Frigoríficos. Temas españoles, 1958

9-ABC, 26 de agosto de 1961

10-A. Gómez Mendoza: Hacia una economía del frío. El plan de red frigorífica nacional, 1947-1951. (Parte del Proyecto de Investigación «La industria en la España de Franco 1939-1959») (1995).

11- Sexto Salón Hogarhotel, La Vanguardia Española, 10 de noviembre de 1966

12-La Vanguardia, 11 de noviembre de 1976

13- Acueducto Tajo-Segura. Ministerio de Obras Públicas y Urbanismo, DG de Obras Hidráulicas, Centro de Estudios Hidrográficos (1982).

14-https://www.eldebate.com/espana/comunidad-valenciana/20230511/feijoo-compromete-aprobar-plan-nacional-agua-dotado-40-000-millones-euros_113979.html

15- La Vanguardia, 27 de junio de 1970.


Imagen: de la portada del folleto «Red Nacional de Silos», Temas Españoles, 1957.

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