Vacas, osos y anchoas

34. Asturias y Cantabria

Aunque de paisaje aparentemente muy similar, habiendo anchoas en ambas costas y vacas y prados engañosamente idénticos en ambos territorios, las diferencias son muy profundas y muy sentidas. Hay cierto resentimiento soterrado por lo poco que aguantaron las milicias de Santander al ejército nacional, el verano de 1937. Una vez rendido Bilbao, las fuerzas nacionales atacaron la actual Cantabria y entraron en Santander diez días después, donde fueron recibidas con vítores por la numerosa población derechista. Aniquilados vascos y santanderinos, las fuerzas asturianas resistieron en solitario durante dos meses de lucha encarnizada hasta la entrada en Gijón de los nacionales, el 21 de octubre de 1937.
Es verdad que últimamente la amenaza de los osos salvajes ha estrechado lazos entre ambas regiones. Como muestra el mapa publicado por Rafael Notario en 1964 en su obra El oso pardo en España, este animal vivía principalmente en el centro sur de Asturias, en Somiedo con cierta abundancia y con menor densidad en Degaña. La otra mancha de osus está en la Liébana, Cantabria, a casi 100 km de distancia hacia el este, con algunos animales despistados bajando hacia Riaño en León o hacia el Curavacas en Palencia. Desde entonces el oso cantábrico ha progresado y se ha fortalecido, a diferencia del pirenaico, que casi se ha extinguido –la última osa natural del Pirineo murió en 2004. En 2012 se contaron 29 osas con crías en la zona de Somiedo-Degaña (los llamados Osos del Oeste), con un total estimado de 180 animales. Por desgracia, los Osos Orientales son muchos menos, unos treinta, y con solo tres o cuatro hembras con oseznos (según la Fundación Oso Pardo, fundacionosopardo.org).
Retrocediendo quince o dieciséismil años, hay algo que comparten Asturies y Cantabria que, a diferencia de la guerra y de los osos, es único en el mundo (con permiso de Francia): la gran exhibición de pintura rupestre del Cantábrico. Todo empezó en la caverna de Altamira, que proporcionó -entre muchas otras cosas- el material de base para el diseño del paquete de tabaco de Bisonte, contundente respuesta española al Gauloises gabacho. Altamira daba derecho a decir cosas como ésta: “El hombre español nace a la cultura con los pinceles en la mano”. Esto lo afirma un libro de propaganda del régimen franquista en 1962, que acto seguido ofrece algunos ejemplos de extraordinaria capacidad para el arte del “hombre primitivo español” así, con todas sus letras.
Altamira reinó entre los santuarios del arte paleolítico hasta que Francia recuperó el liderato gracias al afortunado hallazgo de la cueva de Lascaux, en septiembre de 1940. Le Journal del viernes 17 de septiembre de 1940 informó a sus lectores de que cuatro jóvenes perigordinos, buscando madrigueras de zorros, habían encontrado una cueva con una magnífica colección de pinturas, y que según los expertos (savants) consultados, “se trata de una maravilla que supera, de lejos, la famosa caverna de Altemira” (escrito así).
El diario cavernario ABC dejó claro que no se iba a arredrar por la cueva francesa, publicando en 1941 la reseña de una conferencia del gran experto mundial en arte paleolítico Henri Breuil en Madrid bajo el título “Una Altamira francesa. La caverna de Lascaux en Montignac (Dordoña).” Restablecido así el orgullo nacional español, el eje Altamira-Lascaux se empleó, por ejemplo, para enraizar la supuesta existencia de una cultura franco-cantábrica, muy del gusto de los partidarios de la superioridad racial de los pueblos del norte de la Península.
Altamira fue así convertida en patrimonio nacional, y de los más importantes. Pero no estaba sola en su género: Asturies y Cantabria tienen 15 de las 18 cuevas con arte paleolítico del Norte de España declaradas Patrimonio de la Humanidad.
En abril de 2015 se pudo ver en los periódicos la foto de varios expedicionarios tan afortunados que pudieron visitar la auténtica cueva de Altamira, que estuvo varios años cerrada para evitar la contaminación del exterior. Todos llevaban un mono blanco con capucha de la cabeza a los pies, como los que se utilizan en las salas estériles de fábricas y hospitales. Así vestidos, como sacerdotes de un culto a la limpieza microbiana, se encaminaron al interior de la cueva.
Hace un siglo (en 1916) según informa la Guide Bleu, aunque sin darle demasiada importancia, se podía hacer una excursión desde Puente San Miguel hasta las cuevas de Altamira (llaves en casa del alcalde; guía por dos pesetas) para ver sus “curieux dessins prehistoriques”.
Las cosas en Altamira seguían estando muy tranquilas en 1948 (aunque ya se la llamaba “Capilla Sixtina del arte prehistórico”). Según la Guía Afrodisio Aguado, al lado de la entrada de la cueva “hay una casita con un guarda, que tiene las llaves y está dispuesto a servir en todo momento de cicerone. En la casa existe un pequeño museo de arte prehistórico”.
La Guide Bleu de 1957 es mucho más explícita acerca de la cueva (estacionamiento, 1 peseta; entrada, 5 pesetas; acompañamiento de un guía; iluminación eléctrica) y le dedica una extensa descripción, en la que se puede leer que el acceso a la sala de las pinturas estaba probablemente reservada a los jefes de la tribu encargados de los conjuros mágicos, lo que no podía menos que elevar la autoestima de los turistas. Insultantemente concisa se muestra la Guía Michelin de 1973, como si Altamira fuera un restaurante de dos tenedores: ALTAMIRA (Cuevas de). Santander. Ver: Cueva prehistórica** (bóveda**). Todavía la entrada era libre.
Más animado es el cuadro que pinta la Guía Fodor´s de 1979. Además de avalar la hipótesis del arte por el arte (“los hombres vestían pieles, y se retiraban a las cuevas por la noche para protegerse de las bestias salvajes. Aún así, un deseo de belleza ardía en los pechos de estos nómadas prehistóricos, expresado en la ornamentación de sus hogares”), describe una cueva seriamente amenazada por las multitudes que la visitan, con el acceso reducido a 500 personas al día. Una nota informa del reciente cierre de la cueva, en 1978, y su subsiguiente apertura pero sólo a un número reducido de visitantes. Por lo tanto, recomienda informarse con anticipación a los que deseen visitarla. En 1996, para visitar la cueva, ya había que hacer una solicitud por escrito, con meses de antelación.
Por fin, la cueva se cerró al público para restañar las heridas causadas por décadas de luz eléctrica y el vaho de la respiración de millares de visitantes. Es así como Altamira ha recuperado su condición de santuario al que pueden acceder unos pocos elegidos, algo que sin duda aprobarían los chamanes de malas pulgas de hace 16.000 años. La desaparición de la cueva real ha coincidido con una explotación turística importante. La cueva de verdad se ha sustituido por una Neocueva, una rigurosa reproducción que se puede recorrer sin temor de dañar nada. En Madrid, desde hace muchos años, hay una pequeña reproducción de la sala de los bisontes junto a la entrada del Museo Nacional de Arqueología, en la calle de Serrano.
Pero si Altamira se ha perdido, otras siguen abiertas al público. El protocolo varía desde Pindal, donde hay que pedir las llaves en el pueblo de al lado, a Tito Bustillo, que está muy bien organizado con guía y visitas a horas fijas. En Pindal, junto al mar, está el famoso elefante enamorado (menuda cursilería), un mamut con un corazón pintado en su interior, que tal vez era un dibujo didáctico para aprendices de cazadores, le dais con la azagaya ahí y el bicho dobla, os lo garantizo. Pero no es probable que fueran tan hábiles como para matar un mamut a lanzazo limpio. En Tito Bustillo (es el nombre del montañero que descubrió la cueva, muerto trágicamente en plena juventud) nos enseñan una cabeza de caballo dibujada con una precisión cegadora, con dos o tres trazos nada más. En El Castillo hay medio centenar de huellas de manos, casi todas izquierdas, algunas con dedos amputados, no se sabe si de verdad o solo en la pintura.
Muchas veces los guías ayudan al turista con un lápiz linterna. Nos plantan a todos delante de una masa confusa de rayajos y siguen con el puntero de luz la curva de un lomo o el contorno de una cabeza. Entonces la pintura entera estalla en nuestra cabeza: lo estamos viendo, exactamente como lo vieron hace tantos milenios la gente prehistórica del Cantábrico. Y hay muchas cuevas más: Covalanas, El Buxu, El Pendo, La Garma, Morín, Candamo, la Lluera, Santimamiñe (esta última en Euskadi). Y en Francia Marsoulas, Pair Non Pair, Angles-sur-l’Anglin, La Baume Latrone. Suena como música.

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