Un hacendado inglés descubre un nuevo continente a cinco millas de su casa

jfrerecuadrado

John Frere, de Roydon Hall, Norfolk, FRS, FSA, tenía 57 años y era miembro de la Real Sociedad de Anticuarios desde hacía más de cinco lustros cuando en junio de 1797 envió una carta al reverendo John Brand, secretario de la docta casa, redactada en estos corteses términos:

Sir:

Me he tomado la libertad de solicitar de ud. la presentación ante la Sociedad de algunos sílex encontrados en la parroquia de Hoxne, en el condado de Suffolk, los cuales, si bien no son particularmente notables en sí mismos, pienso que merecen que se les preste atención, teniendo en cuenta la situación en que fueron encontrados.
Considero que se trata de evidentes armas de guerra, fabricadas y usadas por un pueblo ignorante del uso de los metales. Yacen en gran número a una profundidad de aproximadamente doce pies, en un suelo estratificado, que fue excavado con el propósito de extraer arcilla para ladrillos. […]
La situación en que tales armas han sido encontradas nos hace pensar que pertenecen a un época verdaderamente remota; incluso más allá de nuestro mundo […].

La Royal Society of Antiquaries existía desde comienzos del siglo XVIII, y fue la primera autoridad en arqueología de Inglaterra hasta bien entrado el siglo XX. Era una más de las instituciones donde los caballeros hacían funcionar sus cerebros, algunas de las cuales, como la Sociedad Lunar de Birmingham, tuvieron gran influencia en el diseño del nuevo mundo industrial que llenaba poco a poco de ruido y polvo de carbón las verdes pero desarboladas campiñas de la Vieja Inglaterra. En el momento en que Frere escribía su famosa carta, la fábrica de máquinas de vapor de Boulton (socio capitalista) & Watt (socio creativo) trabajaba a todo ritmo e Inglaterra pasaba sin darse cuenta de ser un mediano país alimentado por energía solar a ser un enorme imperio movido a base de carbón.

La revolución industrial proporcionó las condiciones imprescindibles para el descubrimiento de nuestros esquivos antepasados de antes de la historia. Por un lado, aceleró la excavación y el movimiento de tierras, por las crecientes necesidades de materiales de construcción, el trazado de carreteras, las canalizaciones de abastecimiento y saneamiento de agua, mientras que los arados pesados hendían profundamente la tierra. Esta causa, puramente mecánica, fué muy importante para comenzar a dibujar los perfiles del misterioso continente que Frere define con una frase magistral: un tiempo antes del tiempo.

Otra de las consecuencias de quemar carbón es que el tiempo se acelera. Por ejemplo, los edificios se construyen a un ritmo más rápido, y las ciudades parece que cambian a ojos vistas. Además, en Francia estaban ocurriendo cosas inauditas. John Frere interpretó como “armas de guerra” los pedernales tallados que encontró, lo que no es de extrañar si se considera la situación de conflicto armado que vivía Europa en 1797. En realidad, se trató del comienzo de la primera guerra de alcance mundial. Francia combatía en los todavía inexistentes estados de Bélgica, Alemania e Italia, y estaba en guerra con Inglaterra. Ese mismo año Kant había tenido la ocurrencia de publicar La paz perpetua, donde traza un futuro del mundo ya no basado en la guerra como antaño, sino en tranquilas relaciones internacionales entre democracias. La Gran Revolución lo cambió todo. El sistema feudal fue abolido oficialmente en Francia por una serie de disposiciones entre 1789 y 1792, mientras que la Convención reconocía implícitamente la unidad del género humano con la declaración de derechos del hombre y el ciudadano y la abolición de la esclavitud, en 1794. La especie humana se reconocía como una e indivisible, a semejanza de la República, pero eso era algo que muchos no estaban dispuestos a aceptar, como se vería en los siglos sucesivos.

Todo esto y la ejecución de Luis XVI podía horrorizar a muchos ingleses, pero el país prosperaba con rapidez, se dotaba de luz de gas, expulsaba a la población campesina de la agricultura y la lanzaba a los barrios bajos urbanos y las fábricas, donde no tardó en constituir un espantoso foco de miseria humana. Malthus no esperó mucho (1798) para publicar su teoría de la población, una especie de demografía truculenta, que tanto influyó en Darwin y que anunciaba ya lejanamente los terribles excesos del socialdarwinismo en el siglo XX. En la Europa de 1797, el futuro se aproximaba tanto que ya resultaba fácilmente visible para muchas personas, y no únicamente para el reverendo Malthus. Un tendero, por ejemplo, podía pensar y desear terminar su vida, o al menos la vida de sus hijos, de una manera muy distinta a como la empezó. Al mismo tiempo que se elevaba ante los humanos el amenazador –o benévolo, según los casos– muro del futuro, el pasado se estiró hacia atrás hasta el punto en los empleados y los fabricantes de sombreros pudieron empezar a pensar en un tiempo antes de sus padres, antes de sus más remotos ancestros, antes del diluvio o antes del tiempo mismo.

Al hablar de un tiempo “de antes del tiempo presente” Frere sugería algo incluso más antiguo que los pueblos que habitaban las islas Británicas antes de la invasión de Julio César y la conquista del emperador Claudio. Pocos años atrás, el hallazgo de una quijada de mamut en una calle de Londres fue identificado con un elefante llevado allá por el ejército romano. El pasado remoto carente por completo de reflejo en los textos clásicos resultaba muy incómodo para transitar. Después de todo, uno sólo podía remontarse hasta los “antiguos britanos”, o en el caso de España, a los tres o cuatro pobladores míticos cuyas vidas el P. Mariana describe con sorprendente detalle en las primera páginas de su Historia. Las fuentes bíblicas proporcionaban la explicación apropiada, mediante un relato que comienza una vez creado el primer hombre –y tras un poco de cirugía torácica, la primera mujer– en un centro mítico de crianza de la humanidad, es decir, el Paraíso. Sus descendientes se reparten la tierra como quien se reparte una herencia, y fundan las naciones asentando a algunos de sus prominentes miembros en una, y éste en otra, etc. De manera que ante la pregunta ¿Quienes fueron los primeros pobladores de Britania? las respuestas podían ser exactas y concisas: un bisnieto de Adán, llamado Brutus, a quien le fue asignada la isla, como a quien le adjudican una finca, y aquí vivió y crió a sus descendientes, que en último término somos nosotros. Más claro y sencillo no podía ser, pero resultaba insuficiente para la aguda sed de señas de identidad que empezaba a dominar por aquel entonces a los estados europeos, ansiosos de convertirse en naciones con una raíz común. Ya no faltaba mucho para que la imaginación desatada de los prehistoriadores trazase mapas fantásticos de pueblos desplazándose por Europa, como los “campos de urnas” invadiendo Dinamarca, o “la cerámica campaniforme” sentando sus reales en Albacete, etc.

A diferencia de los restos de una civilización desaparecida, de las que son capaces de acumular toneladas de piedras bien labradas unas sobre otras -como es el caso del Foro Romano-, los restos que deja el tiempo antes del tiempo no son en absoluto notorios, y apenas destacan de la naturaleza. Fue necesaria la progresiva sofisticación de los útiles (máquinas de vapor, telares mecánicos, cronómetros de alta precisión, todos ellos con gran cantidad de información incluída en su estructura) para que se pudiera reconocer como obra humana, por primera vez, aquellos objetos con una cantidad de información tan escasa incluída que antes apenas habían sido considerados por lo general como caprichos de la naturaleza –como las piedras del rayo– y no de los humanos. Las máquinas de Watt y más tarde de Trevithick y otros ilustres vaporeros eran toscas para los estándares de comienzos del siglo XXI, pero muy refinadas para el final del siglo XVIII, con tolerancias de décimas de milímetro, y la existencia de artefactos mecánicos cada vez más refinados proporcionó la distancia mental necesaria para identificar y apreciar los toscos frutos del primer trabajo humano. Así se pudo dar un paso más sobre las incipientes comparaciones etnográficas entre el instrumental de los “salvajes” de América y Oceanía y las hachas de piedra halladas en Europa. Una vez reconocidos como tales, los tenues restos prehistóricos -un conjunto de instrumentos de piedra, una mandíbula fósil o un bisonte pintado en las paredes de una cueva- se convirtieron así en un excelente material especular sobre el cual las sociedades podían reflejar sin apenas límites sus propios valores y expectativas acerca de su más remoto linaje… o bien rechazar de plano que hubieran tenido nunca antepasados tan impresentables.

La precisión mecánica de máquinas de vapor, cronómetros y telares tenía su contrapartida en el creciente interés que despertaban las toscas obras de los antepasados. Las sociedades de anticuarios habían nacido ante la necesidad de proporcionar una explicación del origen de los antiguos monumentos de las islas, entre los que destacaba Stonehenge como un gigantesco punto de interrogación. Cuando quedó claro que los romanos no habían tenido nada que ver en su construcción, Stonehenge y sus alrededores se convirtió en un imán irresistible para los caballeros anticuarios, como Leman o Cunnington, habitantes de elegantes casas –algunas diseñadas por Iñigo Jones–, y tal vez por eso mismo obsesionados por la aparente rudeza de la vida prehistórica. La arqueología se convirtió en una afición apropiada para los caballeros, como la ornitología o el estudio de las nuevas técnicas agrícolas. Los hidalgos rurales aficionados solían encargar a obreros locales la dura tarea de abrir los túmulos prerromanos y extraer su contenido, sin hacer mucho caso de consideraciones estratigráficas. Pronto comenzaron a acumular considerable cantidad de materiales, que guardaban por lo general en museos improvisados en sus casas solariegas.

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