Un cuento de la lechera de la Ilustración

Viñeta del libro Descripcion de los Canales Imperial de Aragon, i Real de Tauste, por el actual Protector de ambos Canales, el Conde de Sastago (1796) –Biblioteca Nacional.

Cuando el rey navarroaragonés Pedro I quiso organizar una cruzada para conquistar Jerusalén, el papa Pascual II, prudentemente, le sugirió un objetivo más cercano, Zaragoza. Era el año 1101. El rey decidió construir una fortificación en un meandro del Ebro, aguas arriba de la ciudad. Es el actual Juslibol, un recuerdo de las cruzadas pues es la contracción de Deus lo vol, Dios lo quiere.
Ya solamente pronunciar juntos los nombres de Aragón y de Navarra es una demostración de baturrismo (según la Real Academia, baturro viene de bato, “Hombre tonto, o rústico y de pocos alcances”: es otro de los fósiles heteropatriarcales, clasistas, racistas y xenófobos que se esconden en los profundos sótanos del Diccionario de la lengua). Comparten además las famosas jotas del Ebro, que se cantan y bailan con alpargatas, pantalón y camisa blanca y faja y pañuelo rojo. Hay seria confirmación estadística de la afición navarroaragonesa por la jota: en el XXVIII Concurso de Jotas del Ebro de Cenicero, “Cuna de la jota”, de los veinte premios, nueve fueron a Aragón, ocho a Navarra y tres se quedaron en La Rioja. La letra ganadora, de Elena Galilea de Navarra, dice así: “Tu riegas hermosas tierras, con tu curso caudaloso, tierras de raíz jotera, río Ebro eres grandioso”.
Es un río grandioso de verdad, tanto que soporta una conexión entre Navarra y Aragón de más de veinte leguas de longitud, piedra de sillería, esclusas y todo lo necesario para la civilización. Se trata del canal Imperial, la única vía fluvial navegable interior de España junto con el Canal de Castilla, que nace un poco más abajo de Tudela y llega hasta Zaragoza, 110 km en total. Es lo que queda del increíble cuento de la lechera de la Ilustración, convertir la áspera España en una dulce Francia o una alegre Inglaterra mediante una tremenda red de canales de navegación. La pieza clave del sistema debía ser el Canal Imperial. Por el este, a través del Ebro, llegaría al Mediterráneo. Por el NO, a través de algún río guipuzcoano, al Cantábrico. Y por el Oeste, siguiendo el curso del Duero y conectando con el Canal de Castilla, al Atlántico.
El nuevo canal manifestó un nivel de complejidad poco conocido hasta entonces en España, donde el arquetipo de gran lío era la proverbial Obra del Escorial. Hubo que buscar financiación (en dos conocidas casas de banca de Haarlem y La Haya), conseguir tecnología de punta (un ingeniero holandés), buscar apoyos políticos en Madrid, calmar la reticencia de la ciudad de Tudela, a la que no le gustaba el trazado, apaciguar a los grandes propietarios, recelosos de los proyectos de regadío, contratar obreros y técnicos, pagar sueldos, comprar materiales y un etcétera largo.
Hasta que no pusieron a Don Ramón de Pignatelli al mando, nada funcionó. Con el energético Pignatelli al frente de la operación, el canal comenzó a tomar forma y se terminó el tramo entre Tudela y Zaragoza. Aunque los siguientes y utópicos proyectos nunca se llevaron a cabo (hacer navegable el Ebro en toda su longitud, por ejemplo) el tramo construido bastó como un importante elemento de cambio en la región: servía para casi todo: dar agua para los campos y terminar con la amenaza de la sequía, transporte barato que bajaba el precio del pan en Zaragoza, energía hidráulica y luego eléctrica. Era un canal panacea, que funcionaba movido por la fuerza del agua, sin requerir energía fósil alguna. El ferrocarril acabó con su papel de vía de transporte, como más tarde la carretera acabó con el ferrocarril. Los enormes proyectos de regadío del norte de Aragón empequeñecieron el riego que podía dar el canal Imperial. En general, en un mundo movido a base de petróleo, el Canal Imperial ya no servía para casi nada. Actualmente es un bello paraje natural repleto de avecillas, peces y moluscos, otra prueba de que el tiempo lo mejora todo, como las feas infraestructuras romanas son hoy apreciadas obras de arte. Hay idea de convertirlo en parque fluvial lineal, algo que habría asombrado a Pignatelli.

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