Tú y el darwinismo

Darwin en 1870, por Julia Margaret Cameron. Library of Congress Prints and Photographs Division.

 

Los antepasados de Charles Darwin, inventor y profeta de la evolución, no eran unos cualquiera. Sangre patricia británica corría a torrentes por sus venas, pero eso no impidió que manifestaran un considerable espíritu de innovación. El abuelo de su esposa, Josiah Wedgood, había inventado nuevos procedimientos de fabricación de porcelana, tan brillantes como la china. La teoría de la evolución le llegó a nuestro héroe por vía paterna. En efecto, su abuelo Erasmus, un ilustrado, coetáneo de Buffon y Lamarck, escribió (¡en verso!) una Zoonomía repleta de metáforas sobre animales que se transforman, mudan de forma, progresan y extienden su prole sobre el planeta. Darwin también fue un ilustrado en el mejor sentido de la palabra, a diferencia de muchos de los científicos e intelectuales de su tiempo, dados al energumenismo y a la idea fija. Hoy es un placer la lectura de su obra, pues todo lo que dice, lo dice con mucha cortesía, y siempre deja abierta la puerta de la posibilidad de un error o una idea equivocada.

Darwin es el gran profeta de nuestro tiempo, el hombre que vio más lejos que ninguno, que nos apeó del pedestal diciendo que descendíamos del mono, provocando un cataclismo en el edificio de la humanidad, dándole nuevas e inquietantes perspectivas al conocimiento de nuestro linaje y de nuestra posición en el mundo.

Su biografía comienza con un ritual de iniciación. Nuestro héroe pasa sus años mozos dedicado a las ocupaciones propias de un joven caballero: la caza y la holganza, principalmente. No muestra ninguna vocación clara hacia las ciencias o las artes, salvo un vago interés por la historia natural. Inicia estudios de medicina, y llega a plantearse un futuro como clérigo rural. ¿Habría acabado Carlos Darwin como hidalgo campesino, cultivando alguna amable excentricidad, y escribiendo en sus últimos años algún libro definitivo sobre la captura de la trucha con mosca? Felizmente para la Ciencia, una serie de casualidades y la evidente escasez de naturalistas cualificados con que contaba Inglaterra le conducen a formar parte de la tripulación del Beagle, un barco de vela cuya misión oficial no queda muy clara en la narrativa darwiniana, salvo la de proporcionar al futuro inventor de la evolución una larga excursión por el mundo de cinco años (1831-1836).

Así pues, todavía joven patilludo, le hallamos embarcado en un barco de Su Majestad rumbo a Sudamérica. Varios meses y millares de millas después, hallándose en una de las islas Galápagos (no en vano Melville las llamó Las Encantadas) varias especies de pajaritos –pinzones– forman corro en torno al joven naturalista. Entonces llegó la revelación. Charles cae en la cuenta de que está viendo parientes cercanos que han adoptado diferentes oficios, lo que sugiere claramente que proceden de un antepasado común.

Veinte años de estudio después, Darwin está a punto de publicar El Libro. No fue esa su única ocupación: aprovechó para tejer una espesa red de información y contactos con el establishment científico de la época, administró con éxito las propiedades familiares, se casó e incluso tuvo tiempo para dejarse una barba inmensa y patriarcal. En ese momento, un profeta secundario, Wallace, también sufre una revelación en unas apartadas islas de Insulindia, donde se ganaba la vida recolectando especímenes zoológicos –Wallace, diferencia de Darwin, era pobre. La escasez de dinero amargó sus días y le hizo cometer algunas sonadas meteduras de pata. Pero también disponía de una gran barba, de género aún más místico que la de Darwin.

Ambos contribuyeron a consolidar el arquetipo del naturalista: peludo, bondadoso y despistado, igual que la fotografía de Einstein contribuyó a formar el icono del científico loco del siglo XX: despeinado, desaliñado e igualmente despistado. La bondad de Darwin nunca ha sido discutida. A diferencia de otros titanes del pensamiento, como Marx y el mismo Einstein, a quienes recientes biografías achacan conductas muy impropias con sus familiares y amigos, nadie se ha atrevido a escribir nada malo de la vida privada de Darwin. Su figura se consolida en el santoral moderno, con más fuerza cada año que pasa.

Wallace escribe una carta a Darwin. Cuando éste lee su contenido, siente como si la tierra se abriera bajo sus pies. Es Su Teoría, la misma, expresada casi con las mismas palabras. Apresuradas conspiraciones de pasillo en las Sociedades Científicas entre las amistades de Darwin deciden presentar ambas contribuciones a la par. Poco después se publica El Libro, un grueso volumen de casi 600 páginas que vende toda su primera edición en cuestión de días, como si fuera una entrega de Harry Potter.

Lo que sigue es completamente cinematográfico: la secuencia del combate entre el obispo negador de la evolución Samuel Wilbeforce y Thomas Henry Huxley, discípulo predilecto del Maestro –el obispo fue fácilmente noqueado por un Huxley en plena forma– el sketch de la dama victoriana que sugiere si no habría sido mejor, ya que parece que la teoría del mono es cierta, “haber hecho callar a Darwin a tiempo” –algunas versiones insisten en que era ni más ni menos que la esposa del obispo de Worcester– caricaturas en Punch, comentarios elogiosos de otro barbudo célebre, Carlos Marx, que pensaba que la obra de Darwin complementaba en la Naturaleza las teorías evolutivas que él desarrolló en la Sociedad, etc. Todo el mundo, desde las sociedades anarquistas en España hasta los círculos científicos alemanes, discutió apasionadamente el significado del concepto de selección natural, y cada uno sacó sus conclusiones, muchas veces opuestas.

Uno puede entender la considerable angustia que invadía a ciertos victorianos ante la idea de ser descendientes del mono. Por un lado, el simio (los estudios sobre su conducta estaban en sus comienzos) era considerado como una horrenda caricatura de la humanidad, rijoso, sucio, grosero, etc. Lejos estaban todavía las narraciones de la noble conducta de los gorilas del Virunga como ejemplo y enseñanza para los humanos. El asunto de descender del mono implicaba tener a simios por abuelos, y podía tener un significado directo, implícito y descaradamente sexual, que sin duda estremecería a las damas victorianas poseídas por varones provistos de abundante barba y patillas. El último coletazo de la teoría de la posibilidad de coyundas fértiles entre simios y humanos se puede encontrar en Heuvelmans, aunque él la restringe evidentemente a las “mujeres nativas”. Algunas películas y novelas de ciencia ficción han explorado el asunto; en una de ellas es la propia madre gorila la que asesina al producto aberrante de semejante cruce.

Por otro lado, en la sociedad no estaba bien visto hablar de ciertos antepasados, simplemente porque, salvo algunos nobles antiguos, los antepasados de la mayoría de los burgueses victorianos no hacía muchas generaciones que vivían en condiciones muy duras, demasiado cerca de la naturaleza. Hoy puede parecernos encantador el modo de vida primitiva, pero ellos lo tenían más cerca que nosotros. Apenas 10 años antes de la publicación de On the origin… millones de personas habían muerto de hambre en Irlanda. La idea de unos antepasados buscándose la vida entre los bosques no tenía la misma capacidad de seducción que posee hoy, y que los románticos pusieron en candelero precisamente porque comenzaban a disponer de agua caliente e iluminación por gas.

Tras su ascenso a la gloria, convertido definitivamente en una divinidad laica, Darwin se retira al Olimpo en Down, donde su templo (la casa, la biblioteca, el sendero de gravilla) se constituye en la Meca del evolucionismo. Todavía publicó varios otros libros, entre ellos uno de especial interés: El origen del hombre. Se apasionaba por la esforzada labor de las lombrices de tierra en la creación de humus fértil, administraba sus fincas, leía montañas de libros, escribía y cuidaba la penosa enfermedad que le aquejó durante toda la segunda mitad de su vida. Una de las muchas teorías propuestas sobre la “enfermedad de Darwin” es que se trataba de ataques de pánico: lógico, después de abrir la enorme caja de Pandora de la evolución. Cuando murió, era ya una gloria nacional. Fue enterrado en la Abadía de Westminster al lado de Isaac Newton, mientras el coro cantaba “Dejad que su cuerpo descanse en paz; su nombre vivirá eternamente”.

Uno puede preguntarse cuál fue la influencia real de Darwin en el mundo tal como lo conocemos. Un libro reciente da una respuesta: lleva el inquietante título de “Haeckel y los orígenes del fascismo”. Otro se intitula “La peligrosa idea de Darwin”. El nexo entre el darwinismo “social” y el fascismo es bastante bien conocido, aunque las alucinaciones racistas del nacionalsocialismo proceden más bien de una línea paralela que arranca en Gobineau y continua en Houston Steward Chamberlain. Pero también los marxistas se reconocieron como herederos en parte del darwinismo, e incluso los anarquistas kropotkinianos. No obstante, los que mejor provecho sacaron del corpus darwinista fueron los capitalistas y defensores del libre mercado, esa especie depredadora que hoy, después de la Gran Recesión, domina casi completamente la Tierra. Para éstos, la idea de “selección natural”, “lucha por la vida”, “el más fuerte y mejor adaptado sobrevive”, “evolución humana desde formas inferiores”, etc, sonaba –y suena– como música para los oídos.

La idea de Darwin era algo así como la madre de todo el conocimiento prohibido, una especie de enorme caja de Pandora de la que cada uno sacó lo que quiso. La avidez con que fué acogido el libro muestra a las claras que Darwin podría haber publicado tal vez una década antes sin ningún problema. La idea estaba en el aire. Los nuevos caballeros disponían por fin de una teoría, completa y documentada, que explicaba su lugar en el mundo. En realidad, todo el mundo la hizo suya. Ya vimos que Carlos Marx la consideró muy favorablemente (publicaría su propia teoría de la evolución, El Capital, pocos años después).

Los dos libros comparten la circunstancia de ser monumentales y de amenidad discutible, y por ende fueron muy poco leídos, pero sí citados de tercera y cuarta mano de manera incesante. Los anarquistas, o los que luego se llamarían así, liderados por el príncipe Kropotkin –otro caballero– la interpretaron en el sentido de una tendencia natural hacia la cooperación entre los individuos, que asegura la supervivencia de la especie. Los nacionalistas alemanes vieron en ella una justificación a sus descabelladas teorías sobre el destino manifiesto de las naciones y los pueblos. De manera tal vez más directa, el concepto de la “supervivencia de los más aptos” (frase que no figuraba en el infolio original de Darwin, fue acuñada por Herbert Spencer e insertada en ediciones posteriores de El origen de las especies) sonaba como música celestial en el oído de los capitalistas, colonialistas e imperialistas que se aprestaban a repartirse las riquezas del mundo como si de una gigantesca tarta se tratase. La sociedad en su conjunto acogió con cierto alivio la idea de que la especie humana era cambiante y que el conflicto estaba inserto a nivel biológico en nuestra historia porque facilitaba comprender y aceptar cosas horribles que estaban pasando o habían ocurrido. La extinción de los tasmanios fué una de ellas.

Entre todo este entusiasmo ¿hubo alguien a quien no le gustaran las ideas de Darwin? naturalmente fueron las iglesias, y no únicamente las cristianas, sino todas y cada una de las organizaciones religiosas del mundo. Las iglesias tienen como ideal un mundo congelado y estático, donde un depósito inagotable de salvación, siempre de calidad suprema, llena sin dificultades a aquellos que la solicitan con fe y renuncia de sus capacidades intelectuales. Su esencia estaba en el mantenimiento del statu quo, y realmente el vendaval evolucionista era una amenaza directa al mismo. (No ayudó nada el hecho de los líderes de la iglesia anglicana fueran llamados primates). Como escarnio final, una cuadrilla de evolucionistas lleva décadas intentando explicar la religión como un fenómeno natural producto de la evolución. No obstante, un porcentaje muy importante (si no la mayoría) de los primeros paleoantropólogos fueron sacerdotes.

Hoy en día, a comienzos del siglo XXI, Darwin vive y goza de buena salud. “Este darwinismo cruel de la belleza femenina puede contemplarse en oficinas, bancos y ministerios. A medida que uno sube a cualquier planta noble y se adentra en el núcleo del poder las azafatas y secretarias son más fascinantes” (1). A comienzos del siglo XXI, se podían encontrar fácilmente media docena de novedades editoriales atacando o desarrollando el darwinismo en cualquier librería madrileña, y “Charles Darwin” arroja 18,6 millones de resultados en Google, aunque es verdad que “Cristiano Ronaldo” tiene 78 millones.

1- Manuel Vicent, El País, domingo, 14 de marzo de 1999.

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