sitiodeoviedoEjército-Revista ilustrada de las armas y servicios – Nº 7 – agosto de 1940

 
 

Durante toda la tarde el contrapunto de los paqueos poco agudizados en frente de San Lázaro y Mercadín, lo dió la dinamita, que con frecuencia producía enormes desgarraduras en el relativo silencio que rodeaba ayer a Oviedo.

Avance (Gijón) 16 de marzo de 1937

 
 

Quien crea que esto es una segunda edición de “lo de octubre” del 34, se equivoca,
ESTO ES UNA LIQUIDACIÓN DEFINITIVA
que para el marxismo y el capitalismo será una
“LIQUIDACIÓN POR DERRIBO”

Voluntad (Gijón), 4 de enero de 1938

 
 

En declaraciones a la prensa internacional que hizo a comienzos de 1937, más o menos cuando la caída de Málaga, Franco resumió geográficamente la tarea que le quedaba al Ejército Nacional en su conquista de España. En aquellos días Extremadura y Andalucía Occidental, territorio enemigo, ya estaban en sus manos, así como el alto valle del Ebro, el valle del Duero y Galicia, zonas éstas por lo general adictas al Glorioso Movimiento (Andalucía oriental había sido simbólicamente dominada gracias al control de Granada ya de desde Julio de 1936).

En primer lugar, vino a decir Franco, había provincias que ya pertenecían de corazón a la España nacional, pues habían votado a las derechas en las elecciones precedentes, como era el caso de Santander, Castellón o Cuenca. Cataluña y Valencia, regiones ricas, eran por lo tanto naturalmente de derechas. El País Vasco, católico y conservador, mantenía una alianza contra natura con la República. Sorprendemente, el general vino a decir que toda la Hispania parecía rendida al Ejército Nacional… salvo un puñado de irreductibles astures. “Tan sólo el proletariado asturiano, envenenado por doctrinas marxistas y extremistas, presenta verdadera oposición al Glorioso Movimiento” vino a decir el Caudillo.

Franco no se refería a los burgueses de la calle Uría de Oviedo, ni a los aldeanos de Somiedo, sino a los terribles obreros asturianos de los Valles Mineros, especialistas de la subversión, insurrectos en 1917 y en 1934. En esta última ocasión, el mismo Franco había dirigido las operaciones de contra insurgencia. La revolución de Asturias de octubre de 1934 fue una buena oportunidad para que los militares españoles aprendieran en la práctica lo que sería una guerra contra la gente de la consigna UHP (Unión Hermanos Proletarios) en armas.

Los resultados preocuparon y tranquilizaron por igual a los militares. Por el lado malo, quedó demostrado que las concentraciones numerosas de trabajadores eran peligrosas, especialmente si conseguían armas. Esto colocaba en alerta roja, además de los valles mineros de Asturias, a la ría de Bilbao, el bajo Llobregat, la costa levantina, el Bajo Guadalquivir y Madrid (en menor grado). Secundariamente, podrían presentar problemas muchas concentraciones puntuales de trabajadores organizados, como los mineros de Peñarroya, los constructores de presas como Ricobayo en Zamora o la Cuerda del Pozo en Soria o los estibadores de puertos importantes como La Coruña.

Por el lado bueno, se demostró que las unidades militares profesionales no tenían muchas dificultades para derrotar a las masas revolucionarias. Si estas unidades incluían cuerpos especializados en el movimiento rápido por territorio enemigo, como las tropas coloniales con el apoyo de la aviación, las improvisadas milicias de trabajadores no tenían nada que hacer.

En Asturias se utilizó con éxito este sistema. Los aviones del Gobierno, siguiendo la táctica clásica de la aviación colonial, lanzaron proclamas sobre la zona minera y Mieres conminando a la rendición y amenazando con fuertes castigos si así no se hacía:

“Rebeldes de Asturias, rendíos. […]El daño que os han hecho los bombardeos aéreos y las armas de las tropas son nada más que un triste aviso del que recibiréis implacablemente si antes de ponerse el sol no habéis depuesto la rebeldía y entregado las armas. Después iremos contra vosotros hasta destruiros sin tregua ni perdón. ¡Rendíos al Gobierno de España! ¡Viva la República[83]!”

No eran amenazas vanas. El día anterior (11 de octubre) los aviones habían bombardeado la plaza del ayuntamiento de Mieres, dejando detrás 16 muertos y docenas de heridos.

“La aviación coopera en las operaciones de represión. Ella jugó en la contienda la carta definitiva. Bombardearon sin piedad la zona insurrecta. Rompen las comunicaciones entre los centros mineros y la capital. El tráfico hay que realizarlo de noche para eludir los efectos mortíferos de sus ataques[84]”.

Después de este ensayo general de la guerra civil que supuso Asturias, las líneas generales de la sublevación militar quedaron mucho más nítidas. Para empezar, quedó absolutamente claro que la época de los pronunciamientos militares clásicos e incruentos, basados en el prestigio de un general que desencadena una reacción en cadena desde un punto clave, como el de Primo de Rivera (1923, Barcelona, exitoso) y Sanjurjo (1932, Sevilla, fracasado) habían pasado a la historia. El alzamiento sería sangriento, y no desembocaría en una guerra civil si las cosas iban mal, sino que sería una guerra civil desde el principio. Por si acaso, se añadió una Comandancia Militar especial para Asturias a la estructura general de ocho Divisiones orgánicas en que se distribuía el ejército español.

En 1935, el Ejército organizó unas aparatosas maniobras disuasorias en el Principado, durante las cuales se desalojaron varias aldeas y se utilizó fuego real. En julio de 1936 los militares sabían que no tenían ninguna posibilidad en la zona central e industrial de Asturias, pero una actuación de camuflaje extraordinariamente hábil del coronel Aranda consiguió desviar a Madrid una amenazadora columna de mineros que avanzaba sobre Oviedo y conservar la ciudad para el Alzamiento.

Tras varias semanas de lucha y confusión, el frente se congeló a finales de octubre de 1936, cuando los nacionales consiguieron abrir un pasillo y conectar Oviedo con el resto de su zona de dominio. El frente no cambió apenas en los diez meses siguientes, hasta septiembre de 1937. Siguieron dos meses de guerra de alta intensidad que terminaron cuando cayó Gijón (Xixón), el 21 de octubre.

El poder en la mitad este de Asturias y el correspondiente borde norte de León lo tuvo todo ese período el Consejo [Soberano o simplemente Provincial] de Asturias y León, que tenía la estructura completa de un Estado. Era un país de unos 7.000 km2 habitado por medio millón de personas, lo que le daba una densidad de población (75 habs/km2) muy inferior a la superpoblada República de Euzkadi.

Este nuevo y efímero país tenía cuatro fronteras. Una era el frente de guerra al oeste, donde se hacían periódicos intentos de conquistar Oviedo o de cortar su cordón umbilical con la zona nacional (el corredor del Escamplero). El ataque más fuerte al corredor, que tampoco obtuvo resultado, se hizo en febrero de 1937 y contó con la participación de algunos batallones vascos. Por el sur, el frente estaba poco definido, en las estribaciones sur de la cordillera Cantábrica, alta montaña cubierta de nieve muchos meses en invierno. Por el este estaba la raya que separaba al Consejo Asturleonés del igualmente soberano de facto Consejo Interprovincial de Santander, Palencia y Burgos. No había mucha comunicación por ahí. Al norte, la costa estaba en manos de la marina nacionalista, que bombardeaba regularmente Gijón.

La principal riqueza de Asturias, el carbón, quedó casi inutilizada. Resultaba muy difícil hacer llegar el carbón al puerto de Valencia u otros de la zona republicana, y se cortó casi por completo la autopista carbonera de Gijón a Bilbao. Otras industrias importantes funcionaron al ralentí y con poco provecho para la causa republicana, como la famosa fábrica de armas de Trubia.

Con todo, el problema del abastecimiento de la población era menos angustioso que en Euzkadi, que dependía casi por entero del frágil cordón umbilical que pasaba por el puerto de Bilbao. En Asturias no había una población industrial tan densa completamente desconectada de la tierra como en Bizcaia. Por el contrario, era muy frecuente que los mineros y obreros fueran también agricultores a tiempo parcial. La tierra resultaba rica, apoyada en sus pilares principales de la vaca, el prado, el labriego y la güelina. La pesca todavía funcionaba, dando los nuevos nombres de los vapores pesqueros de Candás una idea de la extraña armonía entre las diversas facciones rojas que había tradicionalmente en Asturies, antes y durante la guerra: Durruti, Salvoechea y Ascaso coexistían con Konsomol y Lenín, Pablo Iglesias, Libertad a secas e incluso Pi y Margall .

Más que de la escasez, la gente se quejaba de la confusión en el abastecimiento, pues no quedaban bien definidas las funciones de las cooperativas de los sindicatos, la organización de la Consejería de comercio y el papel del pequeño comerciante privado. El tema de si se podían o no vender libremente las conservas de pescado resultaba candente, y los coches de los diversos comités formaban embotellamientos de tráfico en la Calle Corrida, en Gijón.

Al final, como en 1917 y 1934, los asturianos resultaron ser un hueso muy duro de roer por las fuerzas del orden. Las tropas  fascistas italianas y nacionalistas españolas tardaron sólo doce días en llegar a la capital desde que empezó la conquista de la provincia de Santander, pero necesitaron cinco veces más tiempo para ocupar Gijón desde que empezó su ataque directo a Asturias, el 1 de septiembre de 1937. La fórmula de éxito que se había empezado a ensayar en el ataque a Euzkadi (primeros de abril-finales de junio de 1937), consistente en bombardeos muy aplastantes de aviación y artillería, se usó con todavía más abundancia, experiencia e innovación en Asturias.

Por ejemplo, los aviadores de la legión Cóndor experimentaron con bombas de napalm de fabricación artesanal. Según la universidad de Oviedo, al menos un millar de civiles murieron por culpa de las operaciones militares, aparte de los que cayeron por la represión o por las malas condiciones de vida que acarrea la guerra. Pocos meses después, la autopista carbonera Gijón – Bilbao volvía a funcionar, y las fábricas de armas del norte a servir crecientes pedidos, mientras el estado nacional preparaba minuciosamente las últimas fases del ataque final a la resistencia republicana.

 

[83] ABC, 13 de octubre de 1934
[84] Extracto del libro de Manuel Villar, El Anarquismo en la insurrección de Asturias. Fundación Anselmo Lorenzo.

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