Los obreros de Boucher descubren a sus antepasados

Hacha de piedra de Saint-Acheul, cerca de Amiens, vista de lado. En L’Homme Avant l’Histoire, par Ch. Debierre. Librairie J. B. Bailliére et fils, Paris, 1888.

 

Apenas 200 kilómetros separan Hoxne, en Inglaterra, donde John Frere se tropezó con el Paleolítico, de Abbeville, en Francia. Si fijamos estas dos localidades como origen del mapa de la paleoantropología, veremos como su territorio se extendió paulatinamente a partir de esta pequeña semilla, que no por casualidad coincide con el núcleo de la revolución industrial. En Abbeville también se realizaban obras públicas, pero aquí encontramos por primera vez una figura distinta, un iluminado, un convencido en la antigüedad de la especie humana, a cuyo estudio dedicó la mayor parte de sus esfuerzos durante su vida entera.

Aunque John Frere fue el primero que vislumbró el misterioso continente bajo nuestros pies, él mismo apenas fue consciente del alcance de su descubrimiento. Su comunicación fue leída públicamente el mismo año de 1797 y publicada en 1800 en Archaeology, la revista de la sociedad. Nadie le prestó especial atención. Sesenta años después, los descubrimientos de Neanderthal crearon una viva polémica desde el mismo momento en que se hicieron públicos. Casi dos siglos después, Donald Johanson no tuvo ninguna dificultad en convertir instantáneamente en estrella a su pequeña australopiteca Lucy. Pero nadie hizo caso a Frere, como nadie vió nada especialmente interesante en el descubrimiento de una calavera prehumana en Gibraltar, en 1848. La ciencia carecía de sitio en sus estanterías para este tipo de hallazgos (podríamos preguntarnos para qué otros hallazgos carece de sitio en la actualidad). No se trataba tan sólo de tozudez o mala predisposición de la “ciencia oficial”. Simplemente, nadie sabía qué nombre o qué utilidad dar a tan poco conspicuos objetos y por lo tanto fueron literalmente invisibles, salvo para algunos excéntricos como Frere, hasta que Boucher de Perthes cambió las cosas.

Décadas más tarde, Casiano del Prado describe el momento mágico del descubrimiento como artefactos debidos a la mano del hombre (o la mujer) de los sílex tallados de San Isidro, en Madrid, como un momento de creación, en que lo inexistente se vuelve existente y reconocible: “Extraño parecerá, y a mí mismo me lo parece tambien ahora, no reconociese desde luego que las formas de esas piedras no eran accidentales, y que no podian menos de haber sido producidas por la mano del Hombre”. Pero añade acto seguido: “sírvame de disculpa que á otros muchos les ha sucedido lo propio, segun confiesan ellos mismos; y si fijaron al fin la atencion de M. Boucher de Perthes fué por su gran número en algunos puntos, y por la frecuencia con que se presentaban bajo ciertas formas (1)”

Podemos imaginar la casa de Boucher de Perthes como dotada de los últimos adelantos modernos: podía, por lo tanto, aislar y exhibir en ella esos distantes y toscos artefactos de piedra, considerarlos como obra humana y compararlos con el Louvre, de una manera que le habría resultado mucho más difícil hacer a cualquier aldeano de la época en su cabaña, dotada de utensilios que no se diferenciaba gran cosa de las mentadas hachas de piedra. En este sentido, la casa de Boucher proporcionaba el contraste necesario, contraste que más adelante se agudizaría al colocar los guijarros apenas retocados más remotos bajo el escáner analizador de electrones.

Considerado como fundador y padre de la investigación de los orígenes de la humanidad –ahí es nada– Jacques de Crevecoeur Boucher de Perthes era un aficionado, y por ende debió tropezar una y otra vez con el consolidado establishment científico de la Francia de su época. Francia contaba con un cuerpo bastante numeroso de científicos profesionales, pagados por el estado, herederos de la Ilustración y que habían debido acomodar su ideología y sus expectativas científicas a la Revolución, primero y a la Restauración después.

Aunque no puede competir en brillo con el fenomenal despliegue monumental del centro de París, el Jardin des Plantes (nombre procedente de la Revolución, antiguo Jardin du Roi) merece una visita. Conserva incluso una antigua Casa de Fieras –la Menagerie– donde algunos de los animales tienen un aspecto de aburrimiento tal que se diría que llevan allí siglos, y que conocieron personalmente a Cuvier o a Buffon. Los grandes simios están representados por una familia de orangutanes, se diría que descendientes de aquel que cuidó con tanto celo Lamarck. El Jardin des Plantes era de lo más parecido que existía en la época a una gran centro de investigación en Historia Natural, que era un concepto multidisciplinar de verdad, antes de que la ciencia se dividiera en parcelillas de primatología, biología, antropología, etc.

Las personalidades científicas de la época habían heredado no pocas mañas de la aristocracia y de la iglesia: jerarquías rígidas y verdades inconmovibles en un mundo donde el retorno al pasado que intentó recomponer el Congreso de Viena se deshacía rápidamente en sucesivas intentonas revolucionarias, especialmente las de 1830 y 1848. A lo largo de esta primera mitad del siglo XIX se realizaron unos cuantos descubrimientos ocultos, como el de Engis de 1829 y el de Gibraltar en 1848, ambos identificados más tarde como neandertales. Pero, así como el hallazgo de Frere simplemente no fué entendido de ninguna forma, ahora sí existía un cuerpo de científicos profesionales, liderado por personalidades como Cuvier en Inglaterra y Wirchow en Alemania, que se oponían encarnizadamente a la idea de la existencia de una prehumanidad. Boucher, por lo tanto, encontró por primera vez oposición a sus teorías.

Los hallazgos se realizaron por el método clásico: excavaciones de obras públicas, aviso al erudito local, nuevos hallazgos, comienzo, por primera vez, de excavaciones deliberadas. Boucher, un caballero, probablemente no tocó nunca la azada o la pala. Como dice en sus libros, “encontró sus aliados entre los obreros”. La relación que se entabló entre Boucher y sus obreros merece una atención más detallada. Según cierta versión, las clases trabajadoras europeas encontraron una saneada fuente de ingresos explotando la credulidad de los hombres de ciencia de la época, para los que fabricaban primorosas falsificaciones de hachas de piedra, grabados en piedra, huesos humanos y otros bibelots prehistóricos.

Según otra versión, los obreros estimaban tanto a Boucher que no podían defraudarle: interpretaban su sed de hallazgos y en consecuencia la satisfacían fabricándoselos. En este caso, tendríamos un camino para la creación de restos prehistóricos en la mente del investigador. Lo cierto es que la fabricación de los artefactos que deseaba Monsieur Boucher llegó a ser una lucrativa artesanía local, que culminó con la falsificación de dos mandíbulas (las célebres de Moulin-Quignon) que proporcionaron indecibles disgustos a posteriori a Boucher.

Años después -en 1874- tuvo lugar el episodio del obrero Stamm, quien deseaba complacer a Conrad Merk, un maestro de escuela que excavaba en la cueva Kesslerloch (Thayngen, Basilea). Así lo cuenta Herbert Wendt en Tras las huellas de Adán: “Los obreros, viendo la alegría que dan al viejo maestro cada vez que encuentran un hueso o un guijarro grabado, deciden, probablemente sin malicia, efectuar ellos mismos algunas representaciones e introducirlas en los niveles en excavación, de forma que pueda encontrarlas el buen hombre sin sospecha alguna”. Aquí tenemos un extraño lazo de unión entre los antepasados de la especie humana actual y sus representantes proletarios. En ambos casos se trata de arte no oficial ni académico. No obstante, Stamm, desconfiando de sus dotes artísticas, encargó las falsificaciones a “un alumno secundario de Schaffhausen”, que copió las figuras de un Atlas zoológico bastante popular.

Fué necesaria una expedición autentificadora, en 1859, que llevaron a cabo los científicos ingleses, capitaneados por Lyell. Tomaron el barco, después el tren, almorzaron fuerte (a la fourchette) en la casa de Abbeville de Boucher, y se dirigieron al lugar de las excavaciones, donde pudieron ver y fotografiar, in situ, los famosos sílex tallados asomando entre los estratos del diluvial de las terrazas de Somme. La rapidez y comodidad del viaje, y el empleo de alta tecnología en la obtención de pruebas, muestran a las claras que las cosas habían cambiado mucho desde los tiempos de Frere. Cuatro años después, el Estado Francés se rindió, es decir, la Academia de Ciencias de París aceptó oficialmente la donación de las colecciones que Boucher les había enviado años atrás, y que habían pasado todo ese tiempo cogiendo polvo en algún rincón. Ese mismo año de 1859, además, la primera edición de On the Origin of Species se había agotado a los pocos días de su aparición. La había escrito otro caballero, Charles Darwin, en los ratos de ocio que le proporcionaba la administración de sus fincas en Down, Sussex.

1- Casiano del Prado: Descripcion Física y Geológica de la Provincia de Madrid (1864).

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