Una neandertal en el Museo Arqueológico Nacional (Madrid).

 

Imagine una llanura helada en algún lugar de Europa, hace cosa de unos 50.000 años. Un grupo de homínidos desastradamente vestidos con pieles de animales vagan entre la ventisca, con la mirada perdida. Son de estatura mediana, muy robustos. Su frente no cae en vertical sobre las cejas, sino que discurre en pendiente hasta que tropieza con un grueso reborde óseo a la altura de las cejas. Toda su cara, enorme, parece extrañamente estirada hacia adelante, en la dirección de su gruesa nariz y su prominente hocico. Se comunican entre sí con gruñidos guturales, mientras blanden toscas lanzas hechas con troncos enteros de arbolillos. Son los famosos neandertales.

El nombre de Neandertal viene del apellido de Joachim Neander, un conocido autor de himnos religiosos que vivió y trabajó en Dusseldorf, allá en el siglo XVII, con tal éxito que la ciudad decidió llamar a un valle –Thal, que es el Val castellano– con su nombre. El apellido familiar era Neumann, pero el abuelo del himnista tuvo el buen sentido de cambiarlo por su equivalente en griego, proporcionando así una magnífica denominación a esta variedad fósil humana, que significa ni más ni menos que “hombre nuevo”.

Los neandertales se libraron de ser llamados calpenses –de Calpe, nombre antiguo de Gibraltar– , nombre mucho menos sonoro y claramente inadecuado, por la tardanza del teniente Flint (¡el teniente Sílex!) en colocar al cráneo que halló en 1848 al alcance de los circuitos científicos. En realidad, antes de 1856 -fecha del hallazgo neandertal- ya se habían sacado a la luz algunos especímenes sospechosos de hombres fósiles en Europa, pero su conocimiento no pasó de algunos círculos eruditos.

También se libró el especimen de ser denominado neckarense (por el nombre de la localidad) o dusseldorfiense (por la ciudad), gracias al sabio inglés King, que lo bautizó oficialmente en 1863 como Homo neanderthalensis (el hombre del valle del hombre nuevo), y le dio así salida para su larga y exitosa carrera como espejo y contraste de la humanidad actual.

En 1856, todo estaba maduro para la entrada en escena del más famoso representante de la humanidad del tiempo antes del tiempo, un ser que lleva más de siglo y medio años apareciendo todas las semanas en los medios de comunicación, una variedad humana extinguida (o tal vez no del todo) sobre la que se ha discutido más que sobre ninguna otra.

La secuencia del descubrimiento neandertal inauguró la variante de hallazgos de hombres fósiles basados en la cadena de obreros (o capataces) ilustrados / erudito local / autoridades científicas de rango inferior y local / autoridades científicas de rango mundial. No se han conservado los nombres de los obreros que vieron por primera vez el espeso cráneo del especimen cuando trabajaban en la cueva Feldhofer, pero sí son bien conocidos los del erudito local (el maestro de escuela Fulhrott) la autoridad de segundo rango (Schaafhausen) y la eminencia (Wirchow). Schaafhausen hizo en seguida la interpretación más correcta: se trataba de restos muy antiguos de un antepasado de la humanidad. Wirchow vio simplemente un espécimen moderno enfermo o degenerado. Rudolf Wirchow ha tenido la desgracia de aparecer una y otra vez en los libros de leyendas de la paleoantropología como el hombre que se burló del hallazgo neanderthal y volvió a negar, casi 40 años después, el hallazgo pithecantropus. Toda una carrera.

Wirchow fue uno de los principales creadores del sistema de salud pública alemán, uno de los más avanzados de su tiempo, el lado más amable del Segundo Reich de Bismarck y el emperador Guillermo, un mundo en el que coexistían el militarismo más desaforado con un notable ensayo de seguridad social. Alemania, que fue imperio desde 1871, se enorgullecía de su sistema educativo y sus universidades, y Wirchow era uno de sus más sólidos puntales científicos. Simplemente se negó a interpretar el hallazgo de neandertal como un fósil procedente de una etapa más simiesca de la humanidad, lo que entraba perfectamente dentro de la lógica científica de su tiempo.

No obstante, el carácter cercano al simio del cráneo fue reconocido inmediatamente, e interpretado sucesivamente como procedente de un “holandés tosco”, “un robusto irlandés”, “un cosaco”, un “ermitaño excéntrico”, etc. En resumen, la Ciencia interpretó que los inequívocos rasgos simiescos del cráneo lo acercaban a las clases y razas inferiores de Europa: obreros, celtas, eslavos y locos.
Era el comienzo de una larga serie de interpretaciones y disputas.

Las diferentes actitudes de Schaafhausen y de Wirchow ante los restos de Neanderthal no sólo reflejan opiniones académicas divergentes, sino también profundas diferencias políticas. Donde Schaafhausen veía un prehumano, y por extensión la posibilidad de evolución progresiva de nuestra especie, Wirchow veía los claros síntomas de la degeneración, el peligro de la decadencia de una especie, y por ende la necesidad de enérgicas medidas para evitar ese deslizamiento hacia la charca natural de la especie humana si no se toman las enérgicas medidas correspondientes.

Estas dos posturas –alentar la innata bondad humana elevando los presupuestos de educación, o bien domar la innata maldad humana elevando igualmente los presupuestos de educación y también los de las fuerzas de orden público, coexistieron desde entonces. La Alemania de 1856 era un increíblemente complejo conjunto de miniestados y ciudades libres dominado políticamente por un estado firmemente convencido de las virtudes militares, Prusia. El Imperio Alemán se fundó tan sólo 15 años después del hallazgo de la cueva Feldhofer, tras tres guerras victoriosas contra austríacos, daneses y franceses –es decir, empujando y consolidando los límites de su territorio hacia el norte, el sur y el oeste; en el este respetaron el axioma de Bismarck según el cual Alemania nunca debía entrar en guerra con Rusia. En este contexto político, el representante del establishment, Wirchow, interpretó correctamente los restos de ese ser semibestial como una amenaza: como lo que podría pasarle a la raza alemana si se abandonaba por el sendero de los instintos. Schaaffhausen, por el contrario, lo vio como una etapa previa, intermedia entre la animalidad y la humanidad, prometedora en tanto que auguraba ulteriores mejoras de nuestra especie.

Esta interpretación triunfó al final, y los neandertales parecieron asegurarse un puesto en la escala evolutiva que conduce desde los grandes simios al hombre civilizado. A mediados del siglo XX, el R.P. Bergounioux es tajante al respecto: “Cuando se comparan las mandíbulas de los diversos seres que se escalonan del chimpancé al Francés, pasando sucesivamente por las mandíbulas de Mauer, de Malarnaud, de La Ferrasie y de un negro, se obtiene una serie perfectamente armónica”.

El mito neandertal tiene ya un siglo y medio de existencia, y todo parece augurarle varios siglos más de vida. Ha servido para encajar toda una serie de imágenes mentales sobre los que se considera que son los seres humanos, en su variante tosca. Los neandertales son el prototipo de la gente robusta y estólida, buena para el trabajo duro y corta de entendederas. Aristóteles los llamó esclavos naturales, y los guardianes de Auschwitz lagerfähig (buenos para el campo). Pronto se comenzó a discutir si son nuestros abuelos, nuestros hermanos o nuestros primos lejanos. La primera hipótesis parece descartada, ya que había neandertales y “modernos” –es decir, nosotros– coexistiendo en Europa hace unos 50.000 años. La última tuvo mucha prensa a lo largo del siglo XX: los neandertales como nuestros parientes (gracias a Dios) lejanos y más brutos que un arado sin reja. La hipótesis de los neandertales como una humanidad paralela de tipos listos, diferentes de nosotros pero no inferiores, cogió fuerza entre los siglos XX y XXI. No hay que ser un lince para ver en esta idea un reflejo del buenismo multicultural de los últimos años. Los periódicos publican con regularidad muestras de la brillantez neandertal: posibles músicos, hábiles cazadores, bien vestidos, buenos habladores, incluso artistas. Se ha llegado a sugerir que Altamira podría ser obra suya. Bajando otra vez a tierra, se han identificado grabados en la roca en Gibraltar como inequívocamente neandertales.

La discusión sobre si existe o no alguna conexión entre los neandertales y los humanos modernos sigue siendo hoy tan enconada como lo ha sido siempre. Aproximadamente cada quince días, la prensa publica una nota a favor o en contra. Fue importante el hallazgo del Niño de Lapedo (Portugal), un adolescente que acusa (según Eric Trinkaus y Joao Zilhao) una especie de mosaico de caracteres nendertales y modernos, y, aquí viene lo bueno, está datado en apenas 20.000 años atrás, cuando se supone que los neandertales hacía ya sus buenos 15.000 años que habían mordido el polvo definitivamente. Existen afirmadores de nuestra estirpe neandertal, como Milford Wolpoff, que declara ver a un miembro de esta especie cuando se mira al espejo, y negadores de la misma, como la mayoría de los paleoantropólogos en activo. Por ejemplo, Juan Luis Arsuaga, codirector de Atapuerca, lamenta no tener genes neandertales entre su colección.

Antes de que existieran los canales temáticos de documentales existían las enciclopedias ilustradas. Una ellas tuvo mucha fama y se reeditó muchas veces: Las razas humanas, del Instituto Gallach. El capítulo sobre El origen del hombre de la edición de 1927, de Pedro Bosch-Gimpera y José de C. Serra-Ràfols, lleva un cauto asterisco al lado del titular, que remite a una extensa nota a pie de página donde se navega con precaución en las procelosas aguas de la pelea entre evolucionistas sectarios y fundamentalistas apologéticos, o sea, entre los darwinistas fanáticos y los meapilas antievolución. Bosch-Gimpera y Serra-Ràfols concluyen que puede contentar a ambos bandos admitiendo una cadena de montaje evolucionista de la maquinaria corporal, en la que en el último momento el Supremo Hacedor introduce las apps con el software del alma. Y después de todo, viene a concluir la nota, no puede ser tan malsana una ciencia que cuenta con tantos sacerdotes entre sus cultivadores.

No les falta razón a los eximios antropólogos catalanes, pues los curas abundan en los anales de la ciencia prehistórica como setas después de la lluvia. Tal vez el más importante de todos ellos, el número uno indiscutible en el star system de los religiosos dedicados a la cosa paleoantropológica, sea Teilhard de Chardin (1881-1955). Peter Medawar le dedicó un exasperado artículo, acusándole de gurú incomprensible, y Stephen Jay Gould pretendió implicarle nada más y nada menos que en el proceso de fabricación del Fraude de Piltdown. Teilhard sale airoso de estos y de muchos otros ataques, y su famoso esquema “del mono a la noosfera” sería repetido hasta la extenuación, en muchísimos libros de divulgación de mediados del siglo XX.

Los curas vieron la puerta abierta para introducirse en el cuasi virgen y prometedor campo del estudio de los orígenes del hombre gracias a varias circunstancias. Por el lado normativo, la encíclica Providentissimus Deus de León XIII (1893) y el dictamen de la Comisión Bíblica llevaron a cabo una de las habituales retiradas tácticas de la iglesia católica, treinta o cuarenta años después del resto de la humanidad, con que la Sede de San Pedro se adapta fluidamente a las exigencias del mundo moderno. Los prehistoriadores católicos tenían ahora la autoridad de San Agustín para empezar a trabajar: “Todo lo que en materia de sucesos naturales pueden demostrarnos con razones verdaderas, probémosles que no es contrario a nuestras Escrituras”, dice la encíclica citando al Sabio de Hipona.

Los religiosos formaban además un porcentaje importante de las clases medianamente instruídas, y algunos de ellos tenían tiempo de sobra (junto con los aristócratas) para las investigaciones prehistóricas sin desatender sus parroquias o sus deberes conventuales. Bastantes, desde los centros de enseñanza e investigación de la propia iglesia, pudieron dedicarse a tiempo completo y de manera profesional a tales menesteres. Baste como ejemplo la importante reunión de Altamira. Tres aristócratas -el duque de Alba, el conde de la Vega del Sella y el conde de Bégoüen- y dos sacerdotes -el abate Breuil y el jesuita Hugo Obermaier- se hallaban cierto día en Altamira. Y allí mismo “en una laderita umbrosa a la izquierda de la vivienda del guarda” decidieron redactar y enviar a Roma un memorial dirigido a Su Santidad, donde quedaba claro que no estaban haciendo nada malo hurgando en los orígenes de la humanidad.

Claro que había otras razones menos manifiestas. La iglesia católica poseía la genealogía más antigua, desde los tiempos de Adán a los tiempos presentes, y su relato del Génesis fué estándar durante incontables generaciones. Aún hoy, la búsqueda de Adanes nucleares y Evas mitocondriales baña con su enorme fuerza expresiva las investigaciones sobre el reloj molecular de la evolución humana. La Iglesia tenía una cierta obligación contractual de conocer nuestros orígenes remotos y explicárselos al pueblo.

Naturalmente, lo hombres de iglesia no se enfrentaron con los remotos antepasados del hombre con las manos vacías. Dejando aparte a los más remotos arcaicos, arenas movedizas en la interfase entre los monos antropomorfos y los pertenecientes al género Homo, donde nunca se encontraron muy a gusto, los eclesiásticos buscaron (y hallaron) numerosas pruebas de la existencia de virtudes cristianas entre los hombres del paleolítico superior, y también, aunque de forma más primitiva, entre sus antecesores. Era cuestión de tiempo que los neandertales se dieran de bruces con la Iglesia. Esta variedad parahumana despertó mucha expectación entre el clero: ¿eran humanos de pleno derecho, con la llama divina ardiendo sobre sus cabezas, o meros brutos? La Iglesia, siempre deseosa de ampliar su grey, decidió que eran perfectamente humanos, y poco menos que hermanos nuestros en Cristo. Véanse, como muestra, las conmovedoras descripciones de Buysonnie (S.J.) de piedad filial y tribal en el caso de los enterramientos del “viejo” de la Chapelle aux Saints, o el caso del niño de La Ferrassie.

El “viejo” de la Chapelle aux Saints, descubierto en 1908, es uno de los principales representantes del star system de los hombres fósiles en la primera mitad del siglo XX, y ello por dos motivos principales: la minuciosísima descripción anatómica que realizó sobre sus restos Marcellin Boule y las propias circunstancias del hallazgo, que dieron alas a la creencia en la existencia de un culto o una incipiente religiosidad entre los neandertales. Su descubrimiento y excavación fueron cosa de eclesiásticos: los hermanos Amédée y Jean Buyssonie, que terminaron su carrera como Prelado doméstico de Su Santidad, el primero y como canónigo de la catedral de Tulle, en Corrèze, el segundo, y Bardon, que murió siendo párroco de Collonges.

El mismo nombre oficial del yacimiento (la Capilla de los Santos) predisponía al hallazgo de destellos de religiosidad primitiva, y éstos fueron encontrados con desconcertante profusión. Para comenzar, el cadáver fue identificado intuitivamente como el de un jefe. Una cata en la terminología empleada en la descripción del supuesto enterramiento pone en claro la apelación al sentido emocional y estético del lector: “El cuerpo había sido cuidadosamente puesto en ella [la fosa] en la actitud natural de reposo: la cabeza, orientada hacia el oeste, miraba hacia la pared…” “rodeada de bellas piezas de jaspe…” “un bello rascador […] se encontró a los pies.”
La interpretación del presunto enterramiento proporciona una buena ocasión para la paleolírica: “De esta manera, el difunto había encontrado su última morada. Estaba en su casa y nadie vendría a cohabitar (sic.) allí: lo habían depositado piadosamente, tal vez sobre un lecho de hojas y ramas, revestido de pieles. Todo, a su alrededor, había sido preparado para que, al despertar, encontrara a su inmediata disposición los bienes necesarios para su vida cotidiana: alimento y armas. El fuego que se mantenía hasta el momento en que la tribu abandonaba estos parajes servía, a la vez, de salvaguardia y de consuelo”.

Bergounioux escribía en 1958. Medio siglo después, en plena oleada de revisionismo antropólogico, el viejo de la Chapelle aux Saints es examinado a una luz muy distinta, la proporcionada por el convencimiento de que los neandertales son una rama lateral de la especie humana, que fueron sustituídos por lo primeros humanos modernos salidos de Africa sin que se produjera mezcla alguna entre ambas poblaciones. El desarrollo de esta teoría implica distinguir con la mayor claridad posible entre el repertorio de comportamiento de los neandertales y de los modernos, de manera que quede meridianamente claro que los primeros no pueden ser nuestros antepasados, al carecer de la conducta que identificamos claramente con la humanidad. Una de estas pautas es el enterramiento deliberado y ritual de los muertos. Los hallazgos de supuestos enterramientos neandertales fueron re-interpretados de manera literalmente despiadada.

En el proceso, elementos aparentemente claros de enterramientos, como la bonita alfombra floral bajo el cadáver de Shanidar o los cuernos de cabra montés dispuestos en círculo en torno al niño de Teshik Tash, fueron considerados como simples artefactos fortuitos. No obstante, en La Chapelle aux Saints sí se admite la existencia de una fosa cavada intencionadamente. Pero, en frase brutal de C. Stringe y C. Gamble, situada en las antípodas de la enternecedora visión que nos transmite el R.P. Bergounioux,
“He aquí, pues, un enterramiento intencionado; pero la cuestión estriba en saber si se trata de una sepultura en el sentido moderno de la palabra o más bien de algo parecido a deshacerse de la basura”. Se trata de un episodio más de la baqueteada carrera del viejo de la Chapelle aux Saints: de jefe de tribu, enterrado piadosamente con todos los rituales debidos a su rango, a precursor de los residuos sólidos urbanos.

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