Las naciones compiten en el Campo de Marte

El Palacio de la Exposición Universal de 1867, un extraordinario edificio con aspecto de espaciopuerto galáctico que representaba la marcha de las naciones en la dirección del  progreso humano (Palais de l’ Exposition Universelle de 1867, Gallica)

 

En 1867 tuvo lugar un acontecimiento importante para la consolidación de la escalera de la humanidad: la Exposición Universal de París de 1867. El centro de la inmensa instalación era un edificio en forma de anillos concéntricos, que ocupaba buena parte del espacio disponible en el Campo de Marte. La idea de los organizadores consistía en que cada uno de los anillos del edificio representase un segmento de la experiencia humana, de manera que el más exterior y el mayor estaba dedicado a la tecnología avanzada, y el más pequeño y central a una exposición temática sobre el trabajo. Cada uno de los radios del edificio correspondían con una nación, de manera que el visitante podía leer la muestra en sentido temático, circulando por cada uno de los anillos o bien en sentido nacionalista, recorriendo uno de los radios desde el centro a la periferia. Entre las muchas ironías de la exposición se encontraba, en el apartado Armas de guerra/Alemania, un enorme cañón Krupp, el mismo modelo de tres años después se emplearía en doblegar la resistencia de París al término de la guerra francoprusiana.

El sentido darwinista de la Exposición era evidente. La jerarquía entre las naciones se mostraba de manera implícita en su oferta de productos. Por ejemplo, poco era lo que podía ofrecer España en materia de tecnología avanzada, en el círculo más exterior de la rueda. La industria española, por lo tanto, “quedó mal”, como “volvió a quedar mal” en la exposición de 1878, en línea con su papel de pueblo decadente y de nación enferma. En la muestra de 1867, la presencia de la industria madrileña se reducía principalmente a “papeles pintados de Ballesteros, una muestra de la platería de Moratilla” –que había presentado con éxito en la exposición internacional de 1851 en Londres una custodia de plata para la catedral de Arequipa, en Perú– “y varios objetos de metal cincelados por Eusebio Zuloaga”. Poca cosa para oponer a las mortíferas producciones de las casas Chassepot, Schneider o Krupp, fabricantes de artillería pesada y fusiles de tiro rápido.

El devenir de la evolución humana se reflejaba en el recorrido entre el anillo central y el exterior. La exposición temática sobre el trabajo humano empezaba precisamente con los útiles prehistóricos desenterrados por el infatigable Édouard Lartet y sus contemporáneos. De esta manera, las maravillas de ingeniería tenían su adecuada contrapartida, su punto de arranque evolutivo, en las hachas de piedra paleolíticas. Este tipo de objetos se convirtieron en una sección fija de las exposiciones universales. En la muestra de 1878 las vitrinas contenían ya restos de arte de la era de las cavernas, en forma de plaquitas grabadas con mamutes –el célebre mamut ceñudo de La Madeleine–, osos, bisontes y otras representaciones de la variada fauna glaciar.

La subordinación de las culturas extraeuropeas se mostraba con claridad en el barrio temático dedicado a las colonias, instalado en la explanada de los Inválidos, donde centenares de auténticos súdbitos del imperio colonial francés se afanaban con sus cánticos, comidas y artesanías típicas en entornos que reproducían con detalle casas y calles típicas de Argel o la Cochinchina. Todo estaba dispuesto de manera que los visitantes apreciasen la enorme distancia de calidad que separaba estas culturas inferiores de las muestras de poder y organización exhibidas en el campo de Marte. El esquema de París como cabeza de Francia –aún hoy, París es muy diferente de Londres o Madrid en su descarada exhibición del poder del estado Francés en cada perspectiva urbana, estatua y casi parterre–, Francia como cabeza de Europa, y Europa como cabeza del mundo era explícito en la instalación del campo de Marte.

Una vista general de la Exposición de 1867. Jean-Victor Adam(1801- 1867). Exposition Universelle de 1867. Lithographe. Gallica.

Millones de personas visitaron la exposición: pocos parisienses se quedaron sin verla, y muchos provincianos emplearon el ferrocarril para viajar a París, buena parte de ellos por primera vez en su vida. Quiere decirse que las masas eran invitadas a participar en la contemplación de la gigantesca y apetecible tarta en que la exposición traducía el aspecto del mundo, permitiéndoles escapar por unas horas de sus miserias cotidianas y, lo que es más importante, proporcionándoles unas indicaciones precisas sobre su lugar en el mundo: trabajadores explotados, tal vez, pero también ciudadanos de una nación poderosa y unitaria, a mucha distancia por encima de las chozas de la explanada de los Inválidos y de las toscas hachas de piedra de la exposición paleolítica.

Incluso España estaba a muchos cuerpos de distancia por encima de los salvajes, y así se encargó de proclamarlo un remedo de las Exposiciones Coloniales parisinas, que tuvo lugar en 1887 en Madrid: la Exposición de Filipinas. La Exposición se desplegaba en el interior del Palacio de Cristal del parque del Retiro, una especie de versión en miniatura del célebre y enorme Crystal Palace que albergó la Exposición Universal de Londres de 1851. Aunque de modestas proporciones, la exposición filipina permitió que los madrileños pudieran contemplar “tribus de malayos e igorrotes, culebras, caimanes y antílopes”.

La exhibición de subhumanos fue toda una industria del entretenimiento a lo largo del siglo. Casos famosos fueron la venus hotentote o la señorita Julia Pastrana, una mexicana cubierta de pelo. En 1903 la Feria Mundial de San Luis exhibió un grupo de pigmeos de Ituri, en el Congo, por entonces todavía propiedad privada de Leopoldo, rey de los belgas. Uno de ellos, Ota Benga, fue exhibido en el zoo del Bronx en el recinto de los simios.

Un siglo después, alguien descubrió un hombre disecado en el Museu Darder (por Francesc Darder i Llimona, un explorador nacido en la localidad), un bechuana naturalizado blandiendo una lanza y sujetando un escudo con la otra mano. Así comenzó el famoso caso del Negro de Bañolas o Banyoles. El cuerpo había sido obtenido por el naturaliste voyageur Jules Verreaux en el sur de África, en 1831, que confesó que había robado el cadáver –“para obtenerlo tuve que exhumarlo de noche en un lugar vigilado por sus parientes”. El Museo Darder lo adquirió en 1916. Durante muchos años fue la principal atracción local, hasta que alguien se dio cuenta, ya en la década de 1990, de la inhumanidad de exhibir el cadáver de una persona taxidermizado como si fuera un trofeo de caza. Tras mucho revuelo internacional, sus restos fueron devueltos a Botswana en 1998. Se recogieron más de 7.000 firmas en la localidad en contra del traslado del cuerpo, que era la principal atracción del museo. Contrasta la historia del Negro de Banyoles con la opinión citada por Menuier para combatir la paleoantropología, una ciencia que acerca al hombre al mono: “No se encuentran hombres fósiles porque Dios no ha querido que los restos de la más noble criatura figuren en los museos al lado de los huesos de los más viles animales”.

En el último tercio del siglo XIX, todo parecía encajar: los hallazgos de simios, hombres primitivos y pueblos salvajes formaban un gran panorama de evolución “del chimpancé al francés”. La “gran tradición” de la evolución de la especie humana sustituyó a la “pequeña tradición” basada en la historia escrita de las costumbres e instituciones. Las clases medias podían por lo tanto comenzar a manejar una visión mucho más amplia de su propia colocación en el mundo, una visión grandiosa y orgánica de ellos mismos como pináculo de la evolución. En consecuencia, todos los demás componentes de la especie encontraban su lugar en los sucesivos escalones de la calidad humana.

La “gran tradición” se consolidó gracias a obras influyentes, como Ancient Society de Lewis H. Morgan (1877), donde se traza el camino único “desde el salvajismo a la civilización”. Muchos años después, Emiliano Aguirre publicó una secuencia de ascenso de performances desde la animalidad hasta la plena humanidad que comienza en la “acción de blandir ramas rotas” y termina en “la religión”. Esta visión permanece casi intacta en las primeras décadas del siglo XXI, a pesar de los ataques del multiculturalismo.

Trazar una dirección única implica la existencia de dos sentidos posibles. El forjeceo entre los que creían que el sentido siempre sería del salvajismo a la civilización y los que creían que el camino se podía recorrer de manera contraria llenó toneladas de escritos, y alimentó toda clase de políticas preventivas de la decadencia y la degeneración, uno de los más terribles virus mentales del siglo XX y del siguiente.

Así se pasó de la gran jerarquía vertical “del emperador al aldeano” a la gran jerarquía horizontal de la calidad de las naciones. El sistema necesitaba de una escala de calidad bien establecida entre los tipos humanos que poblaban la tierra. El invento de las raza y la esforzada labor de los antropólogos la proporcionaron. La paleoantropología proporcionó, a su vez, una escala temporal evolutiva que se podía correlacionar fácilmente con las diferentes razas y subrazas. La incipiente primatología proporcionó las imágenes de brutalidad simiesca necesarias para dotar de una base al edificio.

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