memoriasdedonlaureano006El Caudillo se dirige al país por televisión. En 1958 apenas uno de cada 20 hogares tenía receptor, pero eso cambiaría rápidamente en la década siguiente. La frase entrecomillada es un buen ejemplo de la Lingua Dictatura Franquista, un idioma hueco pero resonante. Fotografía publicada en las Memorias de Laureano López Rodó, Plaza & Janés – Cambio 16, sin fecha.

 

Si Stalin era Gengis Khan con teléfono, Franco fueron los Reyes Católicos con televisión. Al principio la tarea parecía inalcanzable por su pura vastedad. Se trataba de colocar una telepantalla en cada uno de los siete millones de hogares españoles, y la tecnología disponible proporcionaba únicamente armatostes de carcasa de madera y pesado cañón de electrones, de unos 50 kilos de peso para una pantalla oblonga de 21 pulgadas. El aparato devoraba kilovatios a buen ritmo, elemento importante a tener en cuenta (el consumo por habitante de electricidad en 1960 era de unos 150 kWh al año, y un receptor de TV mediano de la época podía consumir fácilmente esa cantidad de energía y más). Otro asunto a resolver era la extensión de la señal de TV hasta el último rincón del territorio, lo que exigió cientos de estaciones repetidoras de la señal madre de microondas, que salía de los estudios del Paseo de la Habana en Madrid, escalaba la sierra del Guadarrama hasta la estación de la Bola del Mundo y desde allí se repartía por toda la geografía nacional. También hubo que establecer una programación, asertiva y sencilla, basada en informativos, películas, documentales y series de televisión norteamericanas, en la que la carta de ajuste ocupaba más de un cinco por ciento del tiempo. La programación era única y la misma para todo el país, y seguía el ritmo vital del trabajo, terminando a una hora prudencial por la noche para que todo el mundo pudiera descansar lo suficiente. Desde ese punto de vista era el sueño de una dictadura hecho realidad. Todo el mundo veía la TV con avidez, no siendo necesaria coacción alguna. El mero desfile de imágenes en blanco y negro con 640 líneas de resolución por la pantalla era suficiente, pues era como tener el cine en casa. Se vendían curiosos filtros para colorear las imágenes.

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