La guerra de los seis años: el Tercer Reich contra el Imperio Británico

Los imperios británico (en rojo) y alemán en su apogeo a finales de 1942 (en azul) marcados aproximadamente sobre un mapa publicado por Le Monde Colonial Illustré el 1 de octubre de 1939 (Gallica).

 

Al principio todo fue bien. Los coroneles se instalaban magníficamente en alquerías y castillos del norte de Francia e inauguraban el comedor de oficiales, donde recordaban los viejos tiempos de Passchendaele y las hazañas del regimiento, cuando ellos mismos habían sido capitanes o tenientes. El regimiento era el arma secreta del ejército británico. Fundados muchos de ellos en tiempos de Oliver Cromwell o incluso antes, el mundo podía hundirse, pero el regimiento no. Para un buen regimiento británico, la segunda guerra mundial no era más que otro episodio en una larga historia que había pasado por Norteamérica, España, Flandes, La India, Afganistán o Sudán. La otra arma principal del ejército británico era la estolidez. A diferencia del ejército alemán, entrenado para aprovechar de manera implacable cualquier debilidad en la defensa enemiga para atacar y dominar, el ejército británico contaba más bien con una prudente tozudez como garantía del éxito en la batalla.

De las cien guerras que forman la sgm, la más larga de todas fue la que enfrentó al Tercer Imperio Alemán con el Único Imperio Británico. Duró desde la mañana del 3 de septiembre de 1939 hasta la madrugada del 7 de mayo de 1945. Fue también la más diversa de todas, pues se libró en toda clase de paisajes, desde el Norte de África al Océano Glacial Ártico. A diferencia de la simplicidad de la Gran Guerra Patria, que tuvo solamente dos grandes movimientos –avance alemán hacia el este y avance soviético hacia el oeste, hasta Berlín– la guerra britogermánica tuvo pocas partes de frente terrestre convencional, que fueron principalmente las de la retirada en mayo y junio de 1940 en Francia y el avance final de junio de 1944 a mayo de 1945 en Francia, Bélgica, Holanda y Alemania. Eso sin contar el terrible frente italiano de finales de 1943 a comienzos de 1945. En ninguno de esos frentes estuvieron los británicos solos, en 1940 eran un mero adláter del numeroso ejército francés y en 1944 la parte más débil del poderoso ejército norteamericano. En Italia compartían fatigas con franceses, norteamericanos y polacos.

Al ejército británico no le gustaba nada la guerra terrestre masiva, en la que eran maestros los alemanes. Después de la terrible experiencia de 1914-1918, que le costó casi un millón de soldados muertos al Imperio, los planificadores militares británicos subieron a una colina a la puesta de sol y juraron que nunca permitirían una carnicería semejante otra vez, con el recuerdo de las 20.000 bajas en un solo día del 1 de julio de 1916 martilleando su cerebro. Eso había ocurrido el primer día de la batalla del Somme, que se había prolongado cuatro meses, había ganado unos cuantos kilómetros de terreno y les había costado más de 400.000 bajas, de ellas 100.000 muertos.

Eso explica la proverbial prudencia de los generales británicos en la sgm, caricaturizada en una revista satírica soviética como el general ¿A-qué-tanta-prisa? y el general “Es-demasiado-arriesgado” contrapuestos a la dinámica figura de un general norteamericano con ganas de pelea. La apertura del segundo frente en Francia angustiaba por encima de todo a los mandos británicos, de Churchill para abajo. El concepto de avanzar hacia las líneas alemanas en el norte de Francia despertaba instantáneamente el síndrome del Somme.

¿Qué hicieron entonces los británicos entre 1940 y 1944, año este último cuando se metieron en harina de verdad y atacaron directamente a Alemania? Básicamente, marear la perdiz. Es verdad que el concepto resulta insultante para los muchos miles de soldados y marineros de la Commonwealth que murieron sobre Alemania, en la costa norteafricana, en Grecia, Siria, Irak, Etiopía, Somalia, el océano Atlántico, Noruega, el océano Ártico, Italia o Creta.

Desde el punto de vista alemán, el Imperio británico era el gran enemigo, al menos hasta que se dieron cuenta de la gran potencia de los Estados Unidos y la Unión Soviética, pero también era el gran ejemplo, el espejo en el que podía mirarse el Tercer Reich para saber cómo gobernar un imperio mundial. La experiencia colonial alemana había sido tan corta que la única referencia plausible para organizar el imperio alemán en el este de Europa era la India británica. No había ninguna oposición radical entre visiones del mundo como en el caso del imperio alemán y el imperio soviético. Inglaterra se suponía habitada por una raza bastante superior que dominaba el mundo, no por una caterva de subhumanos judeobolcheviques agazapados sobre las cenizas del Imperio ruso. Tanto Hitler como Churchill, salvando las distancias, eran supremacistas blancos y entendían el mundo como una reducida raza superior (la anglosajona o la germánica) reinando sobre un mar de inferiores.

Eso explica la relativa urbanidad con que se llevó la guerra de los dos imperios. Aunque se estropeó bastante al final y nunca llegó al grado del mítico y malinterpretado “Messieurs les anglais, tirez les premiers” de la batalla de Fontenoy de 1745, los prisioneros de ambos lados tenían la seguridad de ser bien tratados si alcanzaban ese estado –a veces se disparaba a los soldados que se rendían con los brazos en alto. Prueba de ello es un curioso debate que llegó a la prensa internacional en 1942, cuando británicos y alemanes se acusaron mutuamente de esposar a algunos prisioneros de guerra, algo prohibido en el Convenio de Ginebra de 1929. Teniendo en cuenta que para entonces ya habían muerto dos millones de prisioneros soviéticos de hambre, frío y malos tratos, se ve como la guerra germanobritánica era otra muy distinta de la masacre del frente del este. La caballerosidad entre oficiales pudo ejercerse entre aviadores durante la batalla de Inglaterra y entre comandantes de las fuerzas que combatieron en el desierto de Libia durante 1941 y 1942, que podían rendir honores militares a los caídos del enemigo y acordar treguas que se respetaban escrupulosamente. Luego todo se estropeó bastante, por ejemplo cuando los ciudadanos alemanes empezaron a linchar a las tripulaciones de la RAF lanzadas en paracaídas desde sus aviones en llamas.

Los tranquilos nueve meses del BEF (el cuerpo expedicionario británico en Francia) terminaron abruptamente en mayo de 1940. Los británicos guardaban la parte izquierda del frente con unos 200.000 hombres, algo así como el 10% del total de las fuerza francobritánica. Arrollados por los rápidos movimientos alemanes, obtuvieron su primera gran victoria en la guerra con la épica evacuación de casi todo el BEF más unos 100.000 soldados franceses desde el puerto y las playas de Dunkerque, en una semana justa. La estolidez connatural al ejército británico funcionó muy bien. Unida a la gran tradición marinera y capacidad de improvisación inglesa se consiguió una enorme evacuación en muy pocos días. Así, con un gran suspiro de alivio, los británicos abandonaron el fementido frente terrestre y se retiraron a la relativa seguridad de su isla, defendida del continente por un ancho foso llamado el canal de la Mancha. La primera experiencia de guerra de Gran Bretaña con Alemania había sido un desastre culminado por un final milagroso que levantó mucho la moral.

En realidad el primer choque entre los dos imperios había ocurrido unas semanas antes en Noruega. La Royal Navy había dado buena cuenta de los barcos de la Kriegsmarine y los contingentes terrestres de ambos lados habían sido muy escasos, teniendo que retirarse los británicos cuando empezó el desastre en Francia.
El siguiente paso lógico era la invasión de la isla de Gran Bretaña por los alemanes, y se dieron pasos en este sentido reuniendo barcazas, soldados y equipo. Empero todo se hizo con poca convicción. Al final el asunto se dejó en manos de la Luftwaffe, que, gracias a su enorme error de dejar de machacar los campos de aviación de la RAF y dedicarse a machacar Londres, perdió lo que se llamaría la batalla de Inglaterra. Se puede decir que en el aire, como en el mar, las fuerzas británicas se sentían más a gusto. Tras meses de angustia y unos 40.000 muertos en Londres, la Luftwaffe tuvo que retirarse sin haber vencido la resistencia de la RAF. El arma secreta de la victoria británica fue la indestructibilidad tanto de Londres, que absorbía bombas como una esponja gotas de agua, como de la moral sus habitantes, gracias a una inaudita capacidad de proporcionar té caliente a todas horas, a todo el mundo y en las circunstancias más inverosímiles. También ayudó el radar y un sistema de comunicaciones de alto nivel.

Siguieron tiempos muy malos para los ingleses. Parecía que eran completamente incapaces de derrotar a los alemanes, aunque fuera a las fuerzas relativamente modestas que éstos pusieron en juego en el norte de África. En la primavera de 1941, un desdichado cuerpo expedicionario británico en Grecia fue obligado a abandonar el continente europeo por segunda vez, desde las playas de Nauplia, y luego a evacuar la isla de Creta. En el desierto de Libia, las cosas no iban muy bien y el verano de 1942 Rommel parecía a un paso de ocupar El Cairo. Mientras tanto, la RAF y las Royal Navy no permanecían ociosas, auxiliadas por tecnologías ultrasecretas de teledetección y proceso de datos. La marina tenía que luchar contra los submarinos alemanes, que al principio alcanzaron una cifra de barcos hundidos inaceptable, que habría conducido a Gran Bretaña al hambre en pocos meses (el país importaba el 80% de sus alimentos). Nuevamente, la estolidez de los marineros británicos, auxiliados por un suministro inagotable de tazas de té y bocadillos de carne, triunfó sobre la rama sumergida de la Kriegsmarine. Una de sus armas secretas era un grupo de mentes ultrabrillantes y bastante excéntricas reunidas en Bletchley Park, en los verdes prados del Buckinghamshire. Las mentes construyeron una computadora rudimentaria pero eficaz y la máquina alemana Enigma, que cifraba los códigos usados por la Marina alemana, fue derrotada en toda regla.

En el aire, los británicos planearon derrotar a Alemania reduciéndola a escombros mediante bombardeos aéreos. El mando de bombardeo de la RAF consiguió reunir mil aviones grandes y pesados con este fin ya a mediados de 1942, y los envió a destruir Colonia. La pusilanimidad de los primeros meses de la guerra, cuando sólo se permitía el bombardeo de instalaciones militares, fue sustituida por la técnica del bombardeo en alfombra, una bien modulada secuencia de bombas explosivas e incendiarias que se arrojaba sobre las ciudades alemanas siguiendo una pauta de distribución equitativa de las bombas por toda la ciudad, con especial densidad en su centro. La destrucción de Hamburgo en 1943 fue la gran demostración de que esta diabólica técnica funcionaba. La Luftwaffe no permanecía mientras tanto de brazos cruzados, y la tasa de derribos de los bombarderos británicos era lo bastante alta como para asegurar una probabilidad de supervivencia cercana a cero para las tripulaciones que sobrepasaban la cifra de veinte misiones realizadas. El balance final fue de unos 600.000 civiles alemanes muertos contra 50.000 aviadores de la RAF. Como en el caso de la guerra en el mar, la guerra aérea requería sofisticados sistemas de teledetección de blancos y procedimientos de navegación, que tanto alemanes como británicos desarrollaron in extenso.

Por fin llegó el gran día. A finales de octubre de 1942 el Octavo ejército británico atacó a las fuerzas alemanas en El Alamein, a unos 100 km al oeste de El Cairo. Las fuerzas del Octavo ejército eran una mixtura de unidades británicas, indias, neozelandesas, australianas, canadienses y sudafricanas, pues Londres ya había conseguido movilizar a su gran imperio, la tercera parte de las tierras emergidas y la cuarta parte de la humanidad. Incluso contaba con unidades polacas y de franceses libres. Los alemanes estaban acompañados de nutridas fuerzas italianas. Empero la interpretación general es que fue la primera vez que los británicos zurraron a los alemanes en campo abierto. El general Montgomery, cautamente, reunió un ejército y un material bastante más pesado que el de su oponente, asfixió metódicamente su ruta de abastecimiento a través del Mediterráneo y consiguió completa superioridad aérea. El efecto de la victoria en el Alamein se deslució un poco cuando el ejército británico, lejos de atrapar en un rápido movimiento a los restos del ejército alemán e italiano, se limitó a seguirlos a paso de tortuga hasta el mismísimo Túnez.
Tras eliminar la presencia alemana en el norte de África, británicos y alemanes siguieron en contacto violento en Sicilia y luego en Italia, donde estarían hasta bien entrado 1945. Pero todo aquello, como reconocían tanto Londres como Berlín, no era más que una diversión.

La hora tan temida llegó en la madrugada del 6 de junio de 1944, cuando el ejército británico avanzó sobre las dos playas que le tocaban en Normandía, Juno y Sword, nuevamente en el lado izquierdo del ataque aliado. Las cosas fueron muy bien en las playas, pero Caen, a un tiro de piedra y que debía haber sido tomado esa misma tarde o al día siguiente, resistió un mes entero los ataques británicos. Empero la maldición del Somme no funcionó. Auxiliados por un poder de fuego irresistible, los británicos, codo con codo con las fuerzas norteamericanas, canadienses, polacas y francesas libres, consiguieron empujar al ejército alemán hasta la línea Sigfrido, el equivalente alemán de la línea Maginot que guardaba las fronteras del Reich. Fue entonces cuando el cauto supermariscal Montgomery se volvió loco, y planeó una arriesgada penetración profunda en territorio enemigo hasta Arnhem, en Holanda, a base de lanzar paracaidistas cuyas conquistas serían consolidadas rápidamente por un ataque de tanques en fila india por las estrechas carreteras entre diques de los llamados atinadamente Países Bajos. El fulgurante ataque fracasó, y las fuerzas británicas mantuvieron un perfil más bajo durante lo que quedaba de guerra, que hicieron como de costumbre en el ala izquierda de los ejércitos aliados.

Por entonces el ejército británico estaba exhausto, material y psicológicamente. No había reemplazos disponibles para cubrir las bajas de las unidades. A base de superioridad material fue cubriendo etapas hacia el interior de la Alemania del norte. La más crucial fue un bien orquestado cruce del Rhin al norte de Dusseldorf a finales de marzo de 1945, en el que las fuerzas británicas, al fin, demostraron una aplastante superioridad sobre las alemanas, que estaban a cuatro semanas de su derrota definitiva.

El acto final llegó el 23 de mayo, cuando tropas británicas irrumpieron en el edificio que albergaba el gobierno alemán en Flensburgo, en la frontera con Dinamarca, e hicieron salir a todo el mundo con las manos detrás de la nuca. Era el gobierno del almirante Karl Dönitz, nombrado presidente de Alemania (Reichpräsident) por Adolf Hitler pocas horas antes de suicidarse.

La zona británica de ocupación comprendía aproximadamente la mitad norte de la que luego sería la República Federal de Alemania (Bundesrepublik Deutschland), incluyendo Hamburgo y el Rhür y un sector de Berlín que incluía Charlottenburg y el Tiergarten, la parte elegante de la ciudad. La RFA tomó el relevo en 1949 de las zonas de ocupación británica, francesa y norteamericana. Fuerzas militares británicas siguieron acantonados en Alemania, se espera que las últimas unidades dejen el país en 2019. Tras la unificación alemana de 1990 también despareció la zona británica de Berlín.

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