La dificultad de encontrar a un presidente de la República

 

El 1 de febrero de 1908 ocurrió un magnicidio a la antigua, a corta distancia, nada de bombas bajo el pavimento o rifles de mira telescópica. Dos hombres entre la multitud comenzaron a disparar sobre el coche que ocupaban Carlos I de Portugal y su familia cuando pasaba por el Terreiro do Paço, la maravillosa Praça do Comercio en la entrada principal de Lisboa. Mataron al rey y al príncipe heredero y hubo varios muertos y heridos más. Su sucesor, Manuel II, estaba más interesado en la literatura portuguesa medieval que en la  difícil gobernanza del país. Fue depuesto dos años después, cuando se proclamó la I República Portuguesa. En Italia, Víctor Manuel III, con sus 153 cm de estatura, reinó casi medio siglo, entre 1900 y 1946. Tras el breve reinado de Humberto II, il re di maggio (rey de mayo) por la brevedad de su estancia en el trono, un referéndum estableció la Repubblica Italiana, hasta hoy. En Grecia, Constantino II fue expulsado por la dictadura de los coroneles en 1973 cuando las relaciones entre ambos poderes se torcieron tras un amistoso comienzo, y otro referéndum estableció la República Helénica (Ελληνική Δημοκρατία, Ellinikí Dimokratía) el año siguiente.

Toda Pigslandia parecía en manos de la forma de gobierno repúblicana. ¿Toda? No, un reducto monárquico resiste todavía. Se trata de España. En este país se proclamó la II República en 1931, pero fue aniquilada en 1939 tras una cruenta guerra civil. En 1942 el Calendario Atlante de Agostini definia su forma de gobierno como “Stato autoritario nazionale, che si è dato un capo nel Generale Francisco Franco Bahamonde”. En 1947 el régimen se definió vagamente como Reino, en 1969 Juan Carlos (nieto de Alfonso XIII) fue nombrado oficialmente heredero del Generale y comenzó a reinar en 1975 tras la muerte del dictador. El actual monarca de España se llama Felipe VI. Obsérvese que desde 1900 Portugal ha tenido diez años de monarquía, Italia 46, Grecia 67 y España 70 de facto y 98 de iure.

La monarquía en los países PIGS ha sido y es una institución peculiar. En primer lugar, el monarca siempre viene del norte. La dinastía reinante en Portugal era la de Sajonia Coburgo Gotha, con un “y Braganza” para darle un toque local. La que ocupaba el trono en Grecia era la casa de Glücksburg. En Italia la cosa no venía de tan lejos, la casa de Saboya era la rama piamontesa de antiguas familias sajonas. En España era la mítica casa de Borbón, reyes de Francia y Navarra. Funcionalmente, los reyes PIGS debían ser el “símbolo portátil de la nación” y se suponía que debían tomar un papel proactivo en los asuntos del Estado, lejos de la aburrida vida de los monarcas del Norte de Europa, que no hacen otra cosa que inaugurar parlamentos y visitar escuelas. Los reyes normediterráneos deben ser islas de estabilidad en medios ambientes hiperturbulentos, servir de último dique por si las cosas se salen de madre. Por esta razón, suelen ostentar el mando supremo de las fuerzas armadas (en España todavía es así). Su aspecto físico debe diferir del de los naturales del lugar. Gracias a sus orígenes nórdicos y germánicos, suelen ser más altos, más rubios y con los ojos más azules que la media general de sus súdbitos, con la lamentable excepción de Vittorio Emmanuelle II (si no lo creen, echen un vistazo a las últimas fotos oficiales de la familia real española).

La interpretación general está bastante clara: los monarcas de los países PIGS son (o más bien eran) el mascarón de proa del reducido grupo de nórdicos que mantiene las riendas en los países poblados por la lamentable raza mediterránea. Este concepto, a su vez, ha creado una adaptación peculiar de la forma de gobierno republicana en Pigslandia, que intenta salvar la contradicción de que todos sus politicos son escoria por definición y que el jefe del Estado, también por lógica, no puede o no debería serlo.

Por esta razón, Portugal, Italia y Grecia han creado la figura del Honrado Presidente de la República, es decir, mantienen en reserva algunos políticos completamente incorruptibles y bastante ejemplares por si hay que nombrarlos para la primera magistratura de la nación. Italia es experta en esta cuestión, y de ahí los limpios nombres de Sandro Pertini, Oscar Luigi Scalfaro o Giorgio Napolitano, para poner en la balanza junto con Giulio Andreotti, Bettino Craxi o el increíble Silvio Berlusconi. En España, el principal obstáculo para terminar con la monarquía es, todo el mundo lo reconoce, la dificultad enorme de elegir a un presidente de la III República aceptable.

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