El progreso de un país

felizano1936Crónica, 5 de enero de 1936. Biblioteca Nacional de España – Hemeroteca Digital

 

Borobia no ha muerto; vive
Por ese motivo encontraréis nuevamente los calzados elegantes que siempre teníais en Miguel Fluiters, 23 – Guadalajara

Nueva España (Guadalajara), 15 de julio de 1939

 

 

Existe un poderoso mito histórico que dice que las casi cuatro décadas que pasaron entre el Desastre de 1898 y el de 1936 fueron una especie de prolongado plano inclinado por donde la gente de España se dejó caer rumbo a la catástrofe de la guerra civil. Parece como si un reloj gigantesco sonara todos los días en los pueblos y ciudades: faltan x años, x meses y x días para el 18 de julio de 1936. El empleo constante de palabras para describir la situación del país como atraso, crisis, retroceso, agotamiento, conflicto, corrupción, miseria, pobreza, penuria, caciquismo, pretorianismo, violencia, nepotismo, degradación, etc. no deja espacio para nada más. Todo fue tan mal a partir del Desastre de 1898, que compadecemos a la pobre gente que tuvo que vivir esos años, como compadecemos a los prehistóricos que tuvieron que vivir el mundo de garras y dientes del Paleolítico (y sin la ventaja de éstos de poder experimentar en sus vestidos y utensilios el lento pero decidido progreso).

Pero lo cierto es que el “progreso” material durante esas cuatro décadas es  innegable. La combinación SRI (Segunda Revolución Industrial) empapaba poco a poco todo el país, comenzando por la costa y continuando a favor de las principales vías de comunicación y los mayores núcleos urbanos. Esta combinación consistía entre otras cosas en abastecimiento de fluido eléctrico, servicio telefónico, automóviles para carga y pasaje, fertilizantes, motores eléctricos y de gasolina para elevar agua, nuevos materiales plásticos, gas ciudad, ferrocarril metropolitano, rotativas más rápidas, mayor consumo de papel, hormigón pretensado, vestidos baratos de algodón, ferrocarriles eléctricos, espectáculos cinematográficos, abastecimiento mejorado de alimentos, conservas de vegetales y pescado, fruta fresca fuera de temporada o lejos de sus lugares de producción, frigoríficos y carne congelada, identificación de gente –tanto honrada como delincuente– mediante la fotografía, radiodifusión y correo aéreo.  Todo esto cambió la vida de la gente de muchas maneras, como lo habían hecho las manifestaciones de la PRI (Primera Revolución Industrial) –transporte por ferrocarril, transmisión instantánea de datos por telégrafo, máquinas de vapor para la industria y el transporte, gas de alumbrado, buques gigantes de hierro, y tantas otras cosas.

Ya hacia 1900 las guías turísticas impresas en Londres o en París advertían a los viajeros que quedaban pocos reductos que conservasen en toda su pureza el sabor de la España eterna cantada por los románticos: una peste de modernidad en forma de máquinas y ruido lo impregnaba todo. En el extremo opuesto, los energúmenos del regeneracionismo veían el progreso en forma de frágiles islillas rodeadas de un mar abrumador de pobreza y atraso. Una manera de salir de este atolladero conceptual sería emplear algún indicador objetivo, que nos dijera si realmente las cosas mejoraron o empeoraron para la mayoría de la población, por ejemplo el Índice de Desarrollo Humano, utilizado actualmente como el gran indicador de progreso humano por las agencias internacionales del desarrollo.

El IDH está formado por los tres grandes elementos:

La longevidad de la población, mediante la esperanza de vida al nacer de ambos sexos (una vida larga y saludable).

El nivel educacional promedio de la población, representado por el Logro Educativo, el cual se mide mediante una combinación del alfabetismo y de la tasa de matrícula (un nivel adecuado de conocimientos).

El poder adquisitivo, sobre la base del PIB per cápita ajustado por el costo local de la vida (un nivel de vida decoroso).

En ausencia de datos globales de IDH para esa época, sí se pueden hacer algunas consideraciones sobre la evolución de algunos indicadores significativos de la mejora de las condiciones de vida. Uno de ellos es la estatura.

La ganancia total en talla fue de entre tres y cuatro cm entre 1898 y 1936. Los obreros agrícolas partieron de menos de 1,61 para llegar a más de 1,64, mientras que las clases de los profesionales y funcionarios –más acostumbradas a comer bien– pasaron de menos de 1,65 a más de 1,68. Se puede decir que la estatura media de los españoles varones creció a razón de un milímetro al año durante este período. No parece mucho, pero hay que tener en cuenta que la estatura media había permanecido incólume durante 2.000 años.

La esperanza de vida pasó de 34,7 años en 1900 a 49,9 en 1930, con una ganancia de unos seis meses al año. Esta ganancia fue sostenida entre 1900 y 1910, a razón de más de 8 meses al año, y entre 1920 y 1930, con diez meses y medio al año, pero retrocedió levemente entre 1910 y 1920, debido a la epidemia de gripe de 1918 y otras causas.

La tasa de analfabetismo pasó de un 56% en 1900 al 31% en 1930 (66% a 38% en mujeres) (y en torno al 27% en 1936). El ritmo de reducción de los incapaces de leer y escribir fue de casi un 1% anual.

La peor parte se la lleva probablemente el último indicador, el nivel de vida. Hubo bruscos retrocesos en la década de 1910, cuando el impacto de la Gran Guerra provocó una subida muy fuerte de los precios de los artículos de consumo que no fue seguida por los salarios, la llamada “crisis de subsistencias.”

La guerra europea de 1914 a 1918 multiplicó las exportaciones de la enorme cantidad de materiales que los beligerantes necesitaban, enriqueció a unos pocos y disparó los precios de tal manera que las familias que vivían de un jornal o un sueldo pasaron grandes apuros para pagar la comida, la energía o el transporte (la vivienda, mayoritariamente de alquiler, también costaba dinero, pero no era el blanco principal de las quejas, pues el porcentaje que se llevaba de los salarios era mucho menor que el actual).

El IDH recuperó su marcha ascendente durante la década de 1920. Hasta 1930 fue sostenida, y en general la población mejoró sus condiciones de vida. Luego, coincidiendo con los últimos años de la monarquía y la llegada de la República las ondas de choque de la gran depresión empezaron a afectar seriamente a la economía española. El IDH siguió creciendo algo más renqueante, principalmente por el impulso republicano de medidas educativas y de sanidad pública –se multiplicó el número de escuelas y se comenzó a construir una red coherente de centros de atención a la salud- pero lo cierto es que la parte de la economía conectada con el exterior comenzaba a pasarlo muy mal -tanto las exportaciones como las importaciones, en toneladas, descendieron marcadamente entre 1930 y 1935. Examinando otros indicadores, como la venta de coches o el consumo de gasolina, se observa una clara depresión en esos años, con algunos indicios de que en 1936 comenzaba una recuperación –demasiado tarde. Pero estas palabras, depresión o recesión, significaban algo distinto para las personas más desconectadas de la economía-mundo, que eran muchas en el país en aquellos años.

Un crimen -un parricidio- hizo que las pertenencias de un agricultor salieran a la luz, pues fueron subastadas el 13 de septiembre de 1937 en el Juzgado de Burgo de Osma (Soria). Eran: un garrafón de media cántara (8 litros), una herrada (un cubo) para agua, de cinc, cuatro mediasfuentes, un plato y dos cazos de porcelana, dos platos, cuatro pucheros y un cántaro de barro, una almirez de bronce, dos sartenes, dos cazos de cobre, una aceitera, un puchero de aluminio, una palangana, dos carretillas, cuatro cargas de leña, dos docenas de costeras y dos trozas (piezas de madera sin labrar), tres sacos, tres sillas de haya, dos espejos, dos taburetes de pino, una maleta, un cuadro del Sagrado Corazón de Jesús y otro de San José, once servilletas, seis marcadas con el nombre del propietario y cinco sin marcar, dos manteles, una toalla, un cortinón, un baúl, un arca pequeña, un cerdito, cuatro gallinas y un gallo. Eso era todo[16].

 

[16] Boletín Oficial de la provincia de Soria y de la zona liberada de la de Guadalajara, 3 de septiembre de 1937

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