El ensayo general de la guerra de España

Revista de Tropas Coloniales, mayo de 1925

 

 

“¡El incendio de los poblados y cosechas ha sido siempre el supremo argumento para inclinar a las cabilas en cualquier sentido!…”

Francisco Franco: Necesidades sobre material y fortificación. Revista de Tropas Coloniales, abril de 1926.

 

El único de los cuatro vuelos de generales en julio de 1936 que tuvo éxito (los otros tres llevaron a la muerte a sus pasajeros, dos fusilados y el otro en accidente) tuvo una preparación compleja en la que estuvieron implicados, además de numeroso personal técnico, el general Emilio Mola, que dio luz verde al viaje, Juan March, que puso el dinero, Juan Ignacio Luca de Tena, director del diario ABC, Juan de la Cierva, famoso inventor del autogiro, Luis Bolín, corresponsal de ABC en Londres, el Duque de Alba, con numerosas amistades de alto nivel en Londres, el Marqués del Mérito, tapadera aristocrática del viaje y dos rubias sensacionales, destinadas a servir de cobertura.

El 9 de julio de 1936 Luis Bolín, corresponsal en Londres del diario ABC, alquiló en el aeropuerto de Croydon un aparato de Olley Air Service Ltd. poniendo como tapadera una expedición de caza en África. Una buena fecha para fijar el comienzo de la Guerra Civil española, tan discutido últimamente por los historiadores de derechas, podría ser el 11 de julio de 1936, día en que el Dragon Rapide alquilado por Bolín despegó de Croydon (el aeropuerto de Londres por aquel entonces) y enfiló la ciudad francesa de Burdeos, el primer tramo de su largo y azaroso viaje hacia Las Palmas de Gran Canaria.

El Dragon Rapide de Olley Air Service Ltd. había sido alquilado para un cliente oculto, y el servicio un trayecto desde las Islas Canarias a Marruecos: tras muchas vacilaciones, Franco se había unido a la sublevación. El general, capitán general de Canarias, debía ir al Protectorado español de Marruecos para tomar el mando de las tropas destacadas allí, las más mortíferas de todo el ejército español. El alquiler costó 1.015 libras, proporcionadas por el mítico financiero mallorquín Juan March, y un seguro adicional de 10.000 libras fue solventado gracias al respaldo del duque de Alba.

El biplano alquilado en Londres hizo un accidentado viaje desde Londres hasta el aeropuerto de Gando, en Las Palmas, donde cargó a su importante pasajero el 18 de julio.  El Dragon reemprendió el vuelo con destino a la costa africana. Tras parar en Agadir y hacer noche en Casablanca Franco tomó tierra en el aeropuerto de Tetuán el 19 de julio de 1936, por la mañana, pocas horas después de la hora H del Alzamiento en la Península (ese mismo día, a las 5 de la madrugada).

Tetuán era la capital de la zona española del Protectorado de Marruecos,  un territorio árido y abrupto cuyo punto más septentrional se encontraba a sólo 14 km de la costa andaluza, y, con sus 20.000 kilómetros cuadrados y 750.000 habitantes, equivalente  aproximadamente en tamaño y población a la provincia de Badajoz. Pero lo más importante en esos días es que estaba llena de unidades militares, las mejores del Ejército español, fogueadas y entrenadas a conciencia en una guerra colonial que había acabado solo nueve años atrás. Franco mismo era un producto profesional de aquella guerra, que le había dado todas las oportunidades habidas y por haber de aprender el oficio.

Todo había empezado 27 años atrás. Asustados y mareados, los soldados de reemplazo que no habían podido pagar las 2.000 pesetas que costaba la exención del servicio pusieron pie en el puerto de Melilla el día 27 de julio de 1909 tras un viaje en ferrocarril y en barco de entre una semana y dos días de duración, cuyos principales puntos intermedios habían sido Barcelona, Madrid o Málaga, los grandes lugares de concentración militar. No tuvieron tiempo de ver la ciudad. Los oficiales los arrearon sin contemplaciones hacia la intrincada sucesión de quebradas del monte Gurugú, que dominaba la ciudad de Melilla. En uno de estos hondos y pedregosos barrancos, las fuerzas españolas se vieron atrapadas en medio de una granizada de disparos de los rifeños, que habían fortificado y acondicionado todas las estribaciones de la montaña. La carnicería duró varias horas, hasta que se dio la orden de retirada a las posiciones más próximas a Melilla. La tecnología occidental salvó in extremis la situación, cuando la desbandada ya era general. Los cañones Schneider de tiro rápido, contra los que nada podían hacer los rifeños, protegieron la retirada y evitaron un desastre completo. Las bajas mortales españolas ascendieron a casi un millar, incluyendo un general y decenas de oficiales superiores. Las rifeñas fueron también notables, pero menos cuantiosas.

Esta primera experiencia de guerra colonial coincidió exactamente en el tiempo con la sublevación popular de Barcelona, de manera que ambos se vieron como un ataque coordinado a la Católica España, por parte del populacho barcelonés en el norte y de los salvajes rifeños en el sur.

Así comenzó el Vietnam español, una guerra atroz en un territorio del tamaño de una sola provincia española, y con una población no mucho más numerosa, que duró 18 años y se convirtió en un sumidero de carne de cañón y  de dinero público, proporcionando a cambio decenas de millares de muertos españoles y marroquíes, un país devastado por la guerra y una generación militar partidaria del escarmiento sin contemplaciones, sistemáticamente brutalizada.

En 1906, en Algeciras, una conferencia internacional había adjudicado  a España confusos deberes de control y policía sobre la parte menos rica y más abrupta del Imperio marroquí , quedando la otra porción bajo la responsabilidad de Francia.  El acuerdo era una pieza menor del complicado juego de dominio a escala mundial entre las Potencias de la Entente y de la Triple alianza (que son casi imposibles de recordar hoy en día). No dar todo el pastel marroquí a Francia parecía una buena idea para apaciguar a Alemania, parecía pensar Inglaterra con la aquiescencia de Rusia.  España, pues, firmó solemnes documentos por los que se comprometía a impulsar la civilización en el imperio jerifiano, siempre nominalmente bajo la autoridad del sultán, lo que complicaba aún más las cosas.  Las ricas minas de hierro del Rif añadieron otro elemento de tensión.

Ese mismo año, en el palacio de la Carrera de San Jerónimo, tras arduas discusiones, fue aprobada una ley  que adjudicaba a la justicia millitar el castigo de las ofensas a la Patria de cualquier clase, como cualquier  artículo de prensa que el Ejército considerase injurioso.

Hacía ochenta años que el Ejército no peleaba contra algún otro gran ejército nacional europeo (la última vez fue contra la Grand Armée francesa en la guerra de la Independencia), aunque no había permanecido ocioso, con la I Guerra Carlista, expediciones a Marruecos, México e Indochina, la II Guerra Carlista, sublevaciones en Cuba y Filipinas y la derrota final a manos de las fuerzas armadas de los Estados Unidos. De todas estas aventuras, sólo tres habían salido bien: las dos guerras carlistas y la expedición marroquí de Prim, sin contar las veces numerosas en que el Ejército había salvado el Orden y la Propiedad de cualquier ataque insurrecto, especialmente al sur de Despeñaperros, así como la lucha contra las catástrofes naturales, como una plaga de langostas en Ciudad Real. El Ejército se acostumbró así a intervenir de continuo en la defensa de la patria contra sus enemigos interiores, incluyendo anarquistas, jornaleros insurrectos, plagas de langosta y huelgas de ferrocarriles. Pero este tipo de actividad interior tenía serias limitaciones políticas y legales, mientras que en Marruecos podían emplear literalmente todo su arsenal.

Tras el desastre del Barranco del Lobo, las fuerzas españolas agruparon fuerzas y comenzaron a utilizar toda clase de nuevas tácticas, estrategias y armas contra los aldeanos marroquíes. La guerra terminó en 1927, y mucho de los que se usó allí se terminó usando en la guerra de España, nueve años más tarde.

En realidad, desde el punto de vista de los generales nacionalistas, había sido una guerra colonial desde el principio, en que la tarea consistía en meter en cintura a unos cuantos millones de indígenas levantiscos, aquellos que quedaron desde el principio, por  convicción o localización geográfica, en el bando republicano. Los partes de guerra del C.G.G. (Cuartel General del Generalísimo) casi nunca hablaron en los treinta y dos meses de guerra de ofensivas o batallas. El concepto clave era el de operaciones de limpieza. El territorio se limpiaba metódicamente de las hordas marxistas, y en esto consistió la guerra hasta el parte final de victoria dado en Burgos el 1 de abril de 1939.

La experiencia de las tropas coloniales se trasladó a la Península usando barcos y unos pocos aviones, pronto mediante un verdadero puente aéreo que utilizó Junkers Ju-52 alemanes. Entre los que ya estaban allí en julio de 1936 y los que se reclutaron más adelante en el Protectorado, el Marruecos español proporcionó más de 100.000 soldados al EN.

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