De las playas luminosas de Nueva Citerea a las oscuras forestas de Tasmania

Federico Ratzel: Las razas humanas. Montaner y Simón, Barcelona, 1888.

 

Desde la bucólica expedición de Bougainville a Nueva Citerea (1) , en 1767, la opinión sobre los nativos australes había ido empeorando poco a poco, hasta el punto que los naúfragos del buque ballenero Essex, en 1820, tuvieron que alimentarse de carne humana por su temor a desembarcar en islas que ellos creían pobladas por caníbales. Bougainville visitó la actual Polinesia Francesa a finales del siglo XVIII y llamó a Tahití Nueva Citerea, a imagen de la Citerea del mar Egeo, cuna de Afrodita, la diosa del amor surgida de la espuma del mar. En realidad, hay un antes y un después de Bougainville, y no solamente para los aficionados a la jardinería. El prejuicio del señor de Bougainville no era en absoluto racial tal como lo entendemos ahora, sino clasista: en su visita a Otahití creyó ver “dos razas de hombres muy diferentes”, una de elevada estatura, de los que dice que “si anduvieran vestidos, si vivieran menos al aire libre y se expusieran menos al sol, serían tan blancos como nosotros” y otra de estatura mediocre, “con el color y los rasgos poco diferentes de los mulatos”.

Su sucesor al mando de una gran expedición por lo mares del Sur, James Cook, no era ni mucho menos un creyente en la doctrina de la superioridad europea, pero su visión de las islas y los isleños carece ya de romanticismo, y su actitud era ya abiertamente de cautela y firmeza, sin dudar en el uso de la fuerza cuando lo consideraba necesario. Cook correlacionó por fin los rasgos de los tahitianos con su clase social, de manera que la raza de elevada estatura de Bougainville se transforma en las personas “de rango distinguido” o “de clase superior (2) ”. Cook fue asesinado -o murió en una confusa refriega, como se prefiera- en la playa de Kealakekua, en la isla de Hawaii, y su muerte violenta contribuyó a borrar un poco más la visión citereana de las islas pobladas por nobles salvajes, superiores a los europeos en muchas cosas.

Según el señor de Bougainville, las mujeres de Tahití, “tienen los rasgos bastante delicados, pero lo que las distingue es la belleza de su talle y los contornos de su cuerpo, que no están deformados, como en Europa, por quince años de tortura con pañales y corsés”. Se refería a las mujeres de clase alta, pues las clases populares francesas, como las isleñas del Pacífico, no solían usar semejantes ataduras. El corsé era acusado de toda clase de males –desde detención del crecimiento a enfermedades pulmonares. Las mujeres de las clases populares francesas se equiparaban a las isleñas de los mares del Sur en un común abandono de la rigidez social tan propia de las clases altas. Cabe recordar que el documental Moana (1926) de Robert J. Flaherty, fue prohibido en la España franquista por contener imágenes de mujeres con los pechos desnudos, según John Hooper en The New Spaniards. Lo que queda de esta imagen romántica y turgente de los mares del Sur, sin contar la industria turística hawaiana, es que actualmente Moorea, una isla próxima a Tahití, está llena de superexclusivos hoteles formados por hileras de bungalós sobre el agua, donde las parejas adineradas pasan su luna de miel.

A 7.000 km al oeste de Tahití, los navegantes europeos hicieron contactos muy diferentes a los que hubo con las monarquías isleñas en Polinesia. En este caso, la distancia ecológica resultaba ya enorme –en 1777, no era excesiva en Hawaii, y resultaba discutible si existía en China o en Bengala. Tasmanios y australianos, sin embargo, eran dos grupos humanos como no se había conocido ninguno anteriormente: cazadores y recolectores puros, sin pretensiones, con un cierto desinterés por sus visitantes y una casi total ausencia de posesiones materiales. Todo esto asombraba a sus visitantes, pero con las jerarquías universales de calidad todavía incipientes fueron catalogados como una rareza más que como el escalón más bajo, como sucedería a la vuelta del siglo.

La ocupación británica de Tasmania fue una contramedida de la visita de los barcos Géographe y Naturaliste en 1802. La sospecha de que los franceses pudieran estar tramando algo en lo que entonces se conocía como la Tierra de Van Diemen bastó para enviar una expedición de penados y sus correspondientes guardianes a ocupar los actuales emplazamientos de Hobart y Launceston, pronto seguidos por algunos millares de colonos libres con su ganado ovejuno. La rápida ocupación ganadera del territorio supuso el fin para los antiguos australianos y tasmanios. La extinción por el contacto entre dos complejos sociecológicos muy distintos, mediada por las enfermedades infecciosas, cambios ecológicos, alcohol y destrucción de estructuras sociales se acompañó de medidas específicamente destinadas a acabar con el “problema aborigen”.

La colonia de Tasmania consiguió verse completamente libre del problema indígena en fecha tan temprana como 1830, como pudo comprobar Charles Darwin en 1835 durante su breve visita a la isla. La llamada “Black War” de Tasmania tuvo su punto culminante en la famosa encerrona total de la isla, al parecer inspirada en las grandes cacerías que tenían lugar en la India, destinada a acorralar a todos los isleños originales en la península de Tasman. En apenas 25 años fueron exterminados todos los naturales del lugar, unas 2.000 personas. La última tasmania, Truganini, murió en 1876. La Guerra Negra fue seguida en 1834 por la batalla de Pinjarra, cerca de Perth, dirigida por el fundador de la colonia de Australia Occidental, capitán James Stirling, donde perecieron la mitad de los varones de la tribu local. La matanza de Pinjarra fue una más de las medidas de desarrollo de la colonia, que en los cinco años siguientes consiguió “molinos de harina, fábricas de cerveza, periódicos, una base ballenera, un astillero, una feria agrícola y un baile anual en la casa del gobernador” (3).

En otros lugares la solución final podía ir por caminos menos oficiales, pero igualmente eficaces a la larga. En 1838, siete pastores asesinaron y quemaron acto seguido a más de 20 hombres, mujeres y niños en la matanza de Myall Creek. Se disparaba sobre los antiguos australianos, y se les llegó a dar harina envenenada, como se coloca raticida en un sótano. Esta es una clave de la actitud ante el problema aborigen: era considerado como de un rango similar al de cualquier plaga. No se esgrimieron apenas consideraciones o justificaciones intelectuales de ningún tipo. El gobierno de la colonia protegía en teoría a los antiguos australianos, y tenía el deber de castigar a sus asesinos, pero cualquier medida contra los que hacían el trabajo sucio del control de plagas era “muy impopular”.

Los nuevos australianos también eran particulares. El año de Pinjarra se alcanzó el máximo de la importación de penados desde Inglaterra, con casi 5.000 personas, cuyos delitos variaban “desde leves hurtos a crímenes atroces”. Esta escoria social desde el punto de vista inglés empezó a llegar a Australia en 1787, como una medida para solucionar el destino de los millares de presos condenados a deportación. Tampoco se esgrimió ninguna elevada consideración para esta especie de limpieza del país por expulsión de indeseables, y probablemente influyó más que ninguna otra cosa el hecho de que los barcos prisión anclados en el Támesis se caían ya a pedazos.

Cuando la deportación terminó, hacia 1860, Australia había recibido más de 160.000 penados, considerados hoy como la verdadera raíz de la población de la nación. Más de la tercera parte de los penados procedía de Irlanda, y muchos de ellos eran simplemente algunas de las víctimas de la catástrofe ecológica y social que supuso la primera mitad del siglo XIX para la isla, donde la superpoblación, el monocultivo de la patata y la explotación inglesa condenaron a millones de personas al hambre. No deja de ser inquietante que Tasmania e Irlanda tengan aproximadamente la misma extensión y, en cierta forma, un destino paralelo de sus habitantes autóctonos ante la presión de una cultura dominante.

1- Tahití. El impacto de la descripción de Bougainville de Tahití vive todavía hoy, después de más de dos siglos y cuarto.
2- Buffon, Del hombre (1749), ed. española del Fondo de Cultura Económica, 1986
3- Douglas Pike: Australia, continente tranquilo, Labor (1968)

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