Cinco líderes supremos en la guerra total

De izquierda a derecha, hubo cinco comandantes en jefe o supremos líderes en la guerra total europea: Franklin D. Roosevelt, Winston Churchill, Benito Mussolini, Adolf Hitler y Iósif Stalin. Tres de ellos murieron en abril de 1945, FDR en la cama, Mussolini ejecutado por partisanos y Hitler de su propia mano. Stalin sobrevivió hasta 1953 y el más longevo de todos, Churchill, terminó en 1965 una larga vida que había comenzado en 1874. Hitler era el más joven de todos, tenía solo 56 años cuando murió. Los demás eran sesentones o setentones cuando terminó la guerra en Europa.

Tres de ellos eran dictadores omnímodos, especialmente Hitler, jefe único y absoluto (Führer) de la nación alemana. Mussolini era sólo nominalmente jefe del gobierno, con el rey Víctor Manuel III como jefe de Estado, lo que tendría su importancia en septiembre de 1943, cuando el monarca pudo legalmente destituir al Duce de su cargo. En la Unión Soviética Stalin tenía todos los poderes imaginables, en el partido, el gobierno y las fuerzas armadas, aunque existía la figura del Presidente del Soviet Supremo, equivalente a la de jefe de Estado, ocupado durante toda la guerra por Mijáil Kalinin. Roosevelt era comandante en jefe de las fuerzas armadas y jefe del Estado, había ganado las elecciones de 1932 y 1936 y ganó dos elecciones durante la guerra, las de 1940 y 1944, caso insólito entre los supremos líderes de la guerra y entre los presidentes de Estados Unidos. Churchill no había sido llevado al poder directamente por las urnas, fue propuesto por el cónclave conservador como primer ministro en mayo de 1940 sustituyendo a Chamberlain y en lugar de Halifax, algo derrotista y partidario de negociar con Alemania.

Los cinco supremos líderes se enfrentaron a la guerra de muy diversas maneras. El villano principal, Hitler, trabajaba para la guerra desde 1920 por lo menos. Su partido, el NSDAP (Partido Nacional Socialista de los Trabajadores Alemanes) era militarista hasta el extremo, siendo el resumen principal de su ideología el de golpear duro a los enemigos de la patria alemana, internos o externos. De una u otra forma, a través de sucesivas crisis Alemania fue dando pasos hacia la guerra, hasta el empujón final en Polonia, en 1939. Hitler tuvo un papel central en esta marcha hacia la guerra y en su dirección posterior. Fue el único de los cinco dirigentes que gustaba de fotografiarse con un mapa militar delante y varios generales detrás, señalando objetivos y moviendo divisiones con un movimiento de la mano. De hecho, abandonó por completo la parte civil del gobierno, que siempre le había aburrido bastante, a partir de septiembre de 1939. De manera opuesta, Roosevelt puso buen cuidado en aparecer como un civil al mando supremo de una organización de militares profesionales, que eran los que tenían que hacer el trabajo de dirección de la guerra. En este caso, el gran jefe militar era George Marshall, un hombre que sabía hacer su trabajo y no consentía familiaridades por parte del presidente.

Hitler, por el contrario, desconfiaba profundamente de su alto staff militar, con el que se peleaba con frecuencia. Poco a poco, a medida que Alemania entraba en la zona mala de la guerra, fue cogiendo la costumbre de destituir a generales y asumir él mismo personalmente el mando de sus grupos de ejércitos, o de unidades inferiores, lo que llevó a los mordaces berlineses a augurarle el mando de una compañía o tal vez un pelotón en breve. La mala comunicación entre el OKW (mando supremo de todo el asunto militar) y el OKH (mando supremo del ejército de tierra y también en el frente del este) y entre los innumerables compartimentos de las fuerzas armadas aseguraron un completo caos estratégico en la segunda mitad de la guerra. No hubo ningún Marshall en la Alemania Nazi.

Churchill solía discutir a gritos con su alter ego militar, el general Alan Brooke, e importunar a todo el mundo con fantásticas ideas de operaciones periféricas, pero terminaba siempre doblegándose a las opiniones de su staff político y militar. La dirección de la guerra en el Imperio Británico era un asunto colegiado sujeto al dictamen de innumerables comités, lo que no resultaba muy ágil pero evitó imprudencias o decisiones erráticas.

Stalin siguió el camino opuesto a Hitler en sus relaciones con los militares. Si bien al principio intentó llevar él solo el mando supremo de las operaciones, poco a poco fue delegando la tarea en los militares profesionales, aunque sin soltar nunca las riendas. La historia nos ha dejado muchas descripciones de sus llamadas telefónicas a generales en el frente, que escuchaban su pesada respiración por el auricular y acto seguido su reprimenda o, en el mejor de los casos, gruñido de asentimiento. La Stavka o gran centro de coordinación militar que se creó a raíz de la invasión alemana consiguió con el tiempo un funcionamiento muy eficaz, gracias en parte al trabajo del general Aleksei Antonov, segundo en el mando pero verdadera eminencia gris de todo el esfuerzo bélico soviético.

Mussolini dejó de tener nada que decir en materia militar en la primavera de 1941, cuando la Wehrmacht salvó a las fuerzas italianas de derrotas todavía más ignominiosas que las que ya habían sufrido en Grecia (en realidad en Albania, colonia italiana desde donde partió el ataque italiano y que terminó siendo invadida por el ejército griego) y en Libia. Muchos de los altos oficiales del ejército italiano no eran fascistas, sino monárquicos. Las fáciles victorias de Albania y Etiopía no les parecían mal, pero los desastres posteriores incrementaron su deseo de derribar al Duce, cosa que consiguieron en septiembre de 1943. Por entonces Mussolini ya llevaba mucho tiempo sin actividad dirigente efectiva, empujado por los acontecimientos y sermoneado de vez en cuando por su antiguo discípulo, el Führer alemán.

La dirección de la guerra no era la única tarea de estos comandantes supremos. Los asuntos civiles requerían también su atención. De mayor a menor implicación en este asunto, Roosevelt siguió siendo el líder de un inmenso país con muchas complicaciones y problemas que atender y que además, casualmente, estaba en guerra con el Eje. FDR utilizaba de manera intensiva los medios y las técnicas de la comunicación para transmitir toda clase de mensajes a los estadounidenses y al mundo en general. Su analogía del buen vecino que le presta su manguera al vecino de al lado para que combata el incendio de su casa (para explicar el “préstamo y arriendo”, el sistema utilizado para abastecer de armas a Gran Bretaña y luego a la Unión Soviética y otros países) era fácil de entender y propició su aprobación. Roosevelt era la cúspide de un complejo y enorme sistema de propaganda e información que mantuvo al público norteamericano entretenido, instruido y motivado durante toda la guerra. Además de en los periódicos, el presidente aparecía regularmente en la radio y en los noticiarios filmados, era una figura familiar que “estaba al cargo”.

Churchill fue convertido en un icono de la tenaz resistencia británica contra el nazismo gracias a fotografías que le representaban masticando un puro con aspecto de bulldog malhumorado, a veces tocado con un casco o esgrimiendo una metralleta. Sus metáforas y frases redondas se difundían por todos los medios de comunicación, como las archifamosas “No tengo nada que ofrecer, salvo sangre, sudor y lágrimas” (13 de junio de 1940, al sustituir a Neville Chamberlain en plena derrota de Francia) o “Nunca tantos debieron tanto a tan pocos” (agosto de 1940, en plena batalla de Inglaterra, en referencia al personal de la RAF). Nunca prestó la debida atención al frente civil o a nada que no fuera ganar la guerra, lo que explica que los votantes británicos le dieran la espalda en las elecciones de 1945: le veían como un capaz dirigente en tiempos de guerra, pero los votantes querían ahora paz y seguridad social.

Stalin era lo contrario de un dirigente con capacidad o ganas de seducir a la opinión pública. Pero tuvo que hacerlo, en su famoso discurso emitido por radio a todo el país el 3 de julio de 1941, pocos días después del comienzo de la invasión alemana. Los hombres y mujeres apiñados bajo los altavoces callejeros en las ciudades de la URSS pudieron escuchar una voz vacilante al principio que les interpelaba en estos términos: “¡Camaradas!, ¡Ciudadanos! ¡Hermanos y Hermanas! ¡Hombres de nuestro Ejército y nuestra Marina!. ¡Me dirijo a vosotros, mis amigos!” y les exhortaba a la resistencia contra un enemigo de enorme poder, pero vencible. Tras este importante discurso, Stalin siguió haciendo su vida con medidas apariciones en público, como en el aniversario de la Revolución de Octubre de 1941 que se celebró en un túnel del metro de Moscú, profusamente adornado para la ocasión. A lo largo de la guerra, su imagen de hombre de acero, que es lo que significa su nombre, se hizo inexpugnable. El culto a la personalidad funcionó a toda máquina y ¡Por Stalin! era una leyenda que aparecía con frecuencia pintado en los costados de tanques y aviones, para animar a los soldados al combate.

Mussolini fue el que peor lo pasó. No era posible salir al balcón del Palazzo Venezia y decirle airosamente a la multitud que las tropas italianas estaban teniendo graves problemas por todas partes, tras los fiascos de Grecia, Libia y África Oriental Italiana. La extraordinaria teatralidad del Duce, con sus amplios ademanes y briosa elevación de la barbilla, se convirtieron de repente en caricaturas. De hecho, dejó de hablar en público desde el verano de 1941 y no volvió a salir al estrado de la Piazza Venezia hasta diciembre de 1942, tras el desastre del ejército italiano en el frente del este. Después vino su destitución y posterior rescate por Hitler, que le llevó en volandas al norte de Italia para presidir la República Social Italiana. Mussolini dio su último discurso público en diciembre de 1944, en Milán. Muy lejos de su jactancia habitual, en él se lamentó mortecinamente de la traición del rey, Badoglio y sus secuaces y terminó con una involuntaria profecía: las próximas señales de recuperación de la situación tan evidentes en Milán, “pionera y condotiera” (antesignana e condottiera), que terminaron con la insurrección general partisana cuatro meses después en la capital de Lombardía.

Como el empresario teatral de una prima donna, Goebbels era el encargado de colocar al Führer bajo los focos, y la tarea se fue volviendo cada vez más imposible a medida que avanzaba la guerra. Las apariciones públicas de Hitler se hicieron más y más escasas hasta desaparecer del todo. El ministro de la Propaganda y Gauleiter de Berlín se lamenta una y otra vez en su diario de la incapacidad de Hitler para entender que a veces hay que estimular a la opinión pública con un buen discurso, y que esa tarea es crucial precisamente en tiempos de dificultad como los que tuvo Alemania a partir de 1942. Sordo a toda súplica, el gran experto de la manipulación de las masas, el hombre que era capaz de tener en un puño a millones de alemanes con alguna de sus encendidas arengas, prefería volver a la habitación de los mapas de su bunker y mover divisiones de un lado para otro con un movimiento de su mano. Al final fue el mismo Goebbels el que tuvo que dar el crucial discurso “¿Queréis la guerra total?” el 18 de febrero de 1943, en el palacio de los deportes de Berlín.

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