Cerdos esféricos, caballeros y proletarios

Thomas Weaver: Four shear ram (1831). Museum of english rural life

 

La distancia mental que separaba a las clases viles de las privilegiadas en la Inglaterra de finales del siglo XVIII era tan grande como la que existía –en la terminología de la época– entre las naciones salvajes y las civilizadas. Las clases inferiores estaban atadas a su oficio de manera determinante e irrompible. Determinadas subcastas terminaban por desarrollar una estrecha relación entre su morfología física y su manera de ganarse el pan: se esperaba que los gañanes del campo fueran el equivalente humano de los percherones, mientras que millares de niños de corta edad y acusada endeblez, sin duda causada por la desnutrición, eran contratados por unos pocos peniques para ser utilizados como limpiachimeneas. Los niños de las chimeneas debían deslizarse por los estrechos conductos de evacuación de humos para garantizar una adecuada retirada del hollín, y sufrían un entrenamiento consistente en desollar sus codos y rodillas con una solución de salmuera hasta que adquirían la consistencia del cuero. (Según se decía, en Irlanda empleaban para este cometido a gansos atados por el cuello: los esfuerzos desesperados y aleteadores del animal para no asfixiarse aseguraban la adecuada limpieza del conducto).
La contrapartida de los niños de las chimeneas eran los criados porteros de las casas nobles, que tenían la misión de proclamar la riqueza de sus dueños con su robustez y abundante abastecimiento de cerveza. Uno de estos especímenes, Sam el Gordo, dio incluso nombre al llamado generalmente síndrome de Pickwick, en griego narcolepsia.
Cada ser humano adquiría su lugar en la gran maquinaria social en el momento de su nacimiento. Desde el punto de vista de un caballero europeo o británico de finales del siglo XVIII, el linaje –tanto el bueno como el de inferior calidad- lo era todo. Las culpas (y las prebendas) de los padres recaían en sus hijos, de generación en generación. El hijo de un albañil sería albañil con alto grado de probabilidad, y el de un marqués un aristócrata, con suerte incluso también marqués, o duque. En la sociedad preindustrial, la ancha clase de los trabajadores del campo aseguraba un estrecho nexo ecológico entre inferiores y superiores, pues se suponía que las propiedades rurales funcionaban como una gran familia, con un padre o señor de la comarca proveedor a la par que explotador. Los escritos de la época están llenos de idealizadas visiones de la vida en el campo de la Vieja Inglaterra, con tímidas doncellas hilando en sus telares caseros, robustos campesinos con un corazón de oro, benévolos señores siempre dispuestos a sacar una o dos guineas de la faltriquera para remediar alguna necesidad, etc.

Pero las cosas estaban cambiando con rapidez. Además de Stonehenge y las catedrales góticas, surgieron otros monumentos desconcertantes en el paisaje de las Islas Británicas. Uno de ellos era la chimenea de 455 pies (casi 150 metros) de altura de la fábrica de sosa Saint Rollox en Glasgow, construída en un fútil intento del dueño de la enorme factoría química, Charles Tennant, por acallar las protestas de la población dispersando los humos tóxicos a gran altura. La chimenea podía verse desde 50 millas de distancia y Sir Walter Scott expresó una opinión general considerándola “intolerable” . Las chimeneas arrojando humo a borbotones era la expresión arquitectónica adecuada de los nuevos tipos humanos: los ricos propietarios de industrias, que podían esperan acumular riquezas y poder en proporciones sólo soñadas por sus antecesores terratenientes, y los trabajadores, algunos de los cuales podían incluso esperar compartir el festín.

Así sucedió con muchos técnicos hábiles, como George Stephenson, pastor en su juventud, operario de máquinas más tarde y por fin, tras un encuentro decisivo -un verdadero flechazo- con la Gran Bomba de desagüe de la mina Westmore, diseñador de máquinas de vapor y creador de las primeras locomotoras comerciales eficaces. Stephenson es un buen ejemplo de la moral de la igualdad de oportunidades o la sociedad capaz de seleccionar a los más inteligentes fuera cual fuera su origen, una bella ilusión que el capitalismo gustó de acariciar y que más tarde tuvo que ver en los lamentos sobre la Decadencia de Occidente y las consiguientes baterías de políticas de prevención de la degeneración.

El progreso en la industria era rivalizado –y en realidad fue precedido– por el progreso en la agricultura, y su expresión más acabada eran sin duda los mejores ejemplares de las razas mejoradas de ganado. Los pintores de la época obtuvieron una saneada fuente de ingresos pintando a estos animales junto a sus orgullosos dueños. “El buey Durham”, de J. Boulty, muestra a un gigantesco animal de cuerpo casi perfectamente rectangular junto a su dueño, que parece diminuto en comparación, que lo contiene con una simple varita. “Mr. Pawlett con sus ovejas Leicester premiadas en la primera Real Exposición de 1839”, de autor desconocido, muestra sin embargo al humano en primer plano, ataviado con sombrero de copa, chaleco bordado, gabán y botas altas, en actitud de llamar la atención del espectador hacia dos o tres ovejas que pastan distraídas a su espalda, con el aspecto de grandes balas de lana con una cabecita y unas patas muy cortas pegadas.

Tal vez el más interesante sea el óleo “Una cerda de la raza mejorada perteneciente a su alteza el duque de Bedford”, de George Morland. Aquí el animal es el que aparece en primer plano, una marrana de forma casi esférica con una hilera de tetas hinchadas con las que alimenta a media docena de lechones. El duque en persona no aparece en el cuadro, pero sí su riqueza (2).
La creación de razas mejoradas de animales de granja por selección artificial ejerció una gran influencia sobre los naturalistas de la época, y la obra de Darwin está repleta de ejemplos de esta especie de evolución forzada que tenía lugar en las granjas inglesas de su tiempo. Y la conclusión lógica del éxito de la selección de animales –la manera de crear variedades mejoradas dentro de la especie humana– sería una idea latente que más adelante sería expresada con más o menos crudeza por los eugenistas.

Se crearon dos variedades humanas inexistentes con anterioridad: el caballero y el proletario. Ambos abandonaron el calzón corto y usaban pantalones, la única revolución en la vestimenta masculina de los dos últimos siglos y que tuvo su origen en la Revolución Francesa. El caballero tal y como lo conocemos es un invento británico, como tantas otras cosas. Se caracteriza por una librea aposemática en negro (gris o azul oscuro como mucho), con pecheras inmaculadamente blancas, muy distinto de las bizarras exhibiciones de encajes y adornos que hacían parecerse a pavos reales a los poderosos de antaño. Tal vez G. B. “Beau” Brummel, que fijó el tipo, se inspiró en la austeridad en el vestir de la corte del rey de España.

El caballero moderno era identificado por su librea, y ninguna otra característica identificaba su rango. Carecía de distintivos regionales, salvo si era escocés y se empeñaba en llevar el kilt bajo la chaqueta. No portaba ninguna marca de su origen, oficio o lugar concreto en la escala social. Era una persona intercambiable en cualquier parte del mundo, antecesor directo de la clase de los trajeados que dirigen el mundo de finales del siglo XIX. Se caracterizaba por su autocontrol, especialmente a la hora de beber alcohol –de donde procede la expresión “borracho como un lord”.

Era distinto de los antiguos aristócratas, atados en su vestido y en su ademanes a innumerables y bien visibles lazos de rango, de estirpe y de localización social. El caballero existía en sí mismo. Una interesante derivación del uniforme del caballero se encuentra en el uniforme del camarero, idéntico a su modelo salvo por el hecho de llevar una servilleta pendiendo del codo. De manera que un caballero es un camarero sin servilleta.
El trabajador industrial proletario era igualmente intercambiable y había abandonado de igual forma toda identificación regional, étnica o de origen. También vestía de oscuro por lo general, con pantalones y chaquetas abolsadas y camisas, como decían los novelistas antiguos, “de dudosa limpieza”. Se tocaba con una gorra blanda y deforme, mientras que los caballeros solían usar sombrero duro y cilíndrico. Su aspecto general era romo, mate y polvoriento, mientras que los caballeros admitían brillo satinado y cantos agudos en algunas partes de sus chaquetas y pantalones bien planchados.

La plancha contribuyó a crear una potente divisoria social. En nuestros días, cualquiera puede llevar una camisa bien planchada si es su deseo y dispone del tiempo suficiente, pero hace más de un siglo el planchado era un oficio industrial -existían millares de planchadores y planchadoras solo en París- cuyos productos estaban destinados en exclusiva al público que podía pagarlos. Hay que tener en cuenta que almidonar y poner en condiciones una camisa elegante podía llevar media hora a un planchador experto, y la lencería femenina costaba mucho más esfuerzo.

La industrialización en fábricas dio un vuelco a la visión antigua de la especie humana: nadie sabía muy bien en qué categoría de calidad humana colocar a los obreros que cumplían su jornada de 14 horas en los sucios recintos de las fábricas de hilados de algodón. Eran miserables sin paliativos ni posibilidad de idealización, proclives a la bebida y a la violencia. Habían abandonado las buenas y viejas costumbres y las afinadas habilidades campesinas sin sustituirlas por nada, a no ser su consumo de grandes cantidades de alcohol. Su número crecía sin cesar, así como su embrutecimiento. La industrialización estaba creando un nuevo tipo humano, que paradójicamente parecía que se acercaba más al bruto que al ser humano. Cabe la pregunta de por qué abandonaron el campo para pasar a la fábrica, y la respuesta es simple: las fábricas suponían un jornal, y un jornal suponía la posibilidad de comer con más regularidad y abundancia que en las aldeas. La motivación principal para abandonar el campo en la Inglaterra de comienzos del siglo XIX eran los salarios comparativamente más altos que pagaba la industria, pero también es cierto que muchos labradores se resistieron a dejar su modo de vida, aunque no fuera una arcadia rural. Pues una vez tomada la decisión, se trataba de un camino sin retorno. Los problemas empezaban pronto, cuando el jornal desaparecía por el despido o la enfermedad, pues en este caso los trabajadores industriales carecían de la red de seguridad y suministro alternativo de alimentos que proporcionaban las comunidades rurales. Descubrían en seguida que eran terriblemente fáciles de reemplazar en las monótonas y repetitivas tareas de manejo de las máquinas. Otros trabajadores, incluso niños o mujeres, ocuparían su puesto por un salario más bajo.

Puesto que todo este nuevo estado de cosas había sido provocado por las máquinas, las máquinas fueron consideradas como el enemigo a destruir por los damnificados de la nueva economía. A caballo entre los siglos XVIII y XIX, los ludditas atacaron repetidas veces fábricas y talleres, con una técnica consistente en aparecer repentinamente al amparo de la oscuridad, destruir lo más completamente posible toda la maquinaria y desaparecer sin ser vistos. Irónicamente, en algunos casos, su actuación aceleró el ritmo de la industrialización: los propietarios se apresuraban a sustituir los artefactos arrasados por máquinas más modernas, capaces de mayor producción por obrero. Este es el origen de otra de las modernas divisorias entre los humanos, entre tecnófilos y tecnófobos.

La nueva variedad humana que se creó en la Inglaterra de la Revolución Industrial -el operario de tareas fabriles simples, sin cualificación, fácilmente reemplazable- , fue reconocida de inmediato como una amenaza latente. Sucesivas reformas mejoraron su condición material, pero nunca dejaron de ser reconocidos como una clase aparte, como un cuerpo extraño en la antigua sociedad patriarcal. Esto era evidente en los semisalvajes irlandeses, que emigraban en gran número a Inglaterra para responder a la demanda de mano de obra. A los trabajadores del campo se les suponía asiento al menos de alguna clase de virtudes rústicas, pero se pensaba abiertamente que los trabajadores industriales eran por naturaleza más propensos al vicio que a otra cosa. Para combatir esas malas inclinaciones, innumerables sociedades y proyectos se pusieron en marcha desde comienzos del siglo XIX, con la intención de apartarlos del alcohol, de enseñarles métodos de control de natalidad, de instruirlos o de reducir su inclinación a la violencia doméstica.

Pero las cosas también estaban cambiando en el otro extremo de la empinada escala social: la llamada, significativamente, “gente de calidad”. El antiguo linaje de los caballeros era más bien reducido, tal vez un 5 o un 10% de la población total. Eran los que poseían la plena categoría de seres humanos, y su actitud oscilaba entre la arrogancia de quien se sabe dominante por naturaleza y el pánico hacia la enorme masa de inferiores que les rodeaba, que eran quienes labraban sus campos, servían su mesa y amamantaban a sus hijos. Tanto dejaron a tetas mercenarias la lactancia de sus hijos, que Linneo tuvo que llamar a nuestro orden de animales Mammalia –mamíferos– para recordar a la buena sociedad –la única, evidentemente, que leía sus escritos– que debían seguir produciendo leche para sus retoños.

Pero esto también cambió con la industrialización. De la antigua estructura de 10/90 o 1/99 se pasó a otra distinta, tripartita: un porcentaje reducido de personas de orden, que incluía a aristócratas, comerciantes, funcionarios, militares, y dentro de ella el antiguo linaje de los caballeros, un porcentaje mayor de pueblo llano que subsistía con dificultades, pero que guardaba las apariencias (labradores, artesanos, dependientes, covachuelistas, obreros cualificados) y una masa difícil de determinar en número, tal vez 1/3 de la población total, que llevaban sobre sus lomos la peor parte de la industrialización: mal alimentados, vestidos y alojados, sujetos siempre a la amenaza próxima del desempleo y la enfermedad.

Era ésta la nueva subespecie humana. Reducirla en todo lo posible fue siempre el proyecto de los gobiernos benéficos, pero siempre quedó una parte inasimilable, y siempre quedó la duda de si su inferior calidad humana no sería debida a causas más profundas que la escasez de educación. Malthus añadió leña al fuego al plantear la idea revolucionaria de que la abundancia de población no era un bien en sí misma, sino que gran cantidad de personas podían muy bien ser prescindibles, o, en otras palabras, que habrían hecho mejor no habiendo nacido.

(1) Paul Johnson, El nacimiento del mundo moderno
(2) Russell, la agricultura inglesa

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