Capitanes generales y serenos: ser autoridad

Vegaviana, en Cáceres, uno de los pueblos de colonización, construido entre 1955 y 1960. Un paisaje perfectamente ordenado y jerarquizado en los diferentes tipos de casas, la plaza principal, la iglesia, el cuartelillo de la Guardia Civil, el ayuntamiento y otros elementos de la gran cadena de mando del franquismo. La imagen se publicó en las guardas del libro de propaganda “España” de 1962.

 

Las galletas populares debían llevar como mínimo seis kilos de aceite de oliva o sebo por cada cien kilos de harina corriente. Las galletas finas, catorce kilos de manteca de cerdo o vaca o margarina por cada cien kilos de harina blanca de primera calidad. Las galletas de lujo, treinta y dos kilos de manteca de cerdo o vaca por cada cien kilos de flor de harina (de la que solo se sacaban unos 40 kilos por cien kilos de cereal). (1)

Desde el punto de vista actual, en un mundo donde se vende serrín (salvado) en cajas bajo la etiqueta de “cereales para desayuno ricos en fibra”, las galletas de lujo resultan aterradoras: una reunión de tres grandes enemigos de la salud (harina refinada, azúcar y grasa animal) en groseras proporciones. En comparación, las galletas populares (en su versión de aceite de oliva y harina integral) merecerían la aprobación de cualquier experto en nutrición. Pero en 1940 los tres tipos de galletas marcaban con nitidez tres compartimentos de calidad humana, como la Renfe marcaba los vagones de primera, segunda y tercera clase. Esto no fue un invento del franquismo ni mucho menos, pero el franquismo reforzó la idea de una jerarquía social natural y la utilizó como base de funcionamiento.

La pirámide de mando estaba encabezada por el Generalísimo Franco, actuando en representación de la Divinidad, como se podía comprobar examinando cualquier moneda, que llevaban en su anverso la leyenda “FRANCISCO FRANCO CAUDILLO DE ESPAÑA POR LA G. DE DIOS”. “G.” significaba “GRACIA” y podía tener diversas interpretaciones, desde “favor sobrenatural que Dios concede”, la oficial, a “cosa que molesta e irrita”, más popular. Curiosamente, “la gracia de Dios” era tradicionalmente una expresión de calidad ambiental: “Con lluvia y con sol, la gracia de Dios”.

Bajo el Caudillo, no muy lejos, estaban los capitanes y tenientes generales, esa especie de sanedrín de altos oficiales que le dieron el poder. Seguían los ministros, muy importantes en el Régimen por su larga duración y amplio rango de autonomía en su departamento. Continuaban los Gobernadores civiles y militares y altas jerarquías del Movimiento Nacional (el partido único, FET y de las JONS), que formaban una nube elevada e interconectada (los gobernadores civiles eran los jefes provinciales del Movimiento, etc.) Los Gobernadores civiles eran cargos muy importantes, especialmente en el franquismo inferior en que decidían mucho sobre el abastecimiento de alimentos de la provincia bajo su mando. Estrechamente unido al cargo de Gobernador civil estaba el de obispo y arzobispo, cada uno con su circunscripción territorial similar a la del gobernador, haciendo trío con el de Gobernador militar.

Seguían los funcionarios del Estado altos y medios (de Subsecretarios a jefes de negociado), poderosos por su papel canalizador del papeleo de permisos y autorizaciones necesario para sacar adelante cualquier cosa (más o menos como hoy). Había un estrato intermedio de jefes de demarcación, los ingenieros de minas, de caminos, industriales, agrónomos, forestales, etc., que muchas veces mandaban sobre distritos sorprendentemente extensos. Los alcaldes (que eran nombrados por el gobernador civil) no pintaban mucho, aparte de casos especiales de notabilidades locales o caciques para quienes el franquismo era un accidente histórico más.

La infinidad de oficiales del ejército en activo o semiretiro eran también autoridades muy importantes, sobre todo en localidades pequeñas. La Guardia Civil era la Autoridad por definición, la única que veía continuamente el pueblo llano. El comandante de puesto, junto con el párroco y el alcalde, se suponía que formaban la junta de gobierno de los millares de pueblos pequeños de la nación. Luego estaban los guardias, la policía (la policía armada tenía un poder muy superior a la de la policía municipal), y una gran cantidad de guardias de fincas, forestales, serenos, vigilantes, revisores, etc, que eran los que, llegado el momento, insistían con más energía en su condición de Autoridad. Ahí terminaba el campo de la jerarquía formal, en el que no se han citado muchos elementos accesorios, como jerarquías universitarias y de la enseñanza, catedráticos y profesores, jerarquías juveniles, la estructura piramidal de la Sección Femenina, jerarquías del sindicato vertical, etc. El franquismo nunca puso en marcha sistemas de jefes de bloque, edificio o casa, pero reconocía explícitamente la autoridad de los cabezas de familia (varones), que eran implícitamente el último eslabón de cadena de mando. Todo el mundo, hasta los niños pequeños, sabía perfectamente su posición en esta gran estructura de mando, y tenía muy en cuenta a los que estaban por encima y por debajo de él.

Aunque el funcionamiento del franquismo era caótico con frecuencia (como en el caso del mercado negro) su idea fuerza era la de una sociedad perfectamente ordenada donde todo el mundo tenía su puesto en algún lugar de la escala jerárquica natural. La Autoridad, así con mayúsculas, se transmitía desde el Generalísimo al último sereno o portero de finca de postín como una sustancia perfectamente cuantificable, que además se comunicaba a los parientes y allegados. Carandell, en Vivir en Madrid (1972) describe así el choque de dos Autoridades, una directa y otra por parentesco: “Pepe [el sereno] tenía entonces un juicio de faltas por haberle dado con el chuzo a un señor que quería romper la luna de un bar americano y que luego resultó ser sobrino de uno de Sindicatos”.

1- Orden de 6 de junio de 1940 referente al precio de las galletas. (BOE de 16 de junio de 1940)

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