Aviones y teléfonos: transporte y comunicaciones para un golpe de estado

Dos aviones completamente históricos, ambos de la casa de Havilland: arriba, el Puss Moth que debía llevar al general Sanjurjo de Portugal a Burgos y abajo el Dragon Rapide que llevó al general Franco de Canarias a Tetuán.

 

 

A las diez de la noche fué suspendido, por orden de la superioridad, el servicio telegráfico y telefónico con toda España por causas que nos son desconocidas en absoluto. Desde dicha hora hasta las dos de la madrugada hemos intentado conferenciar con distintas poblaciones de España sin conseguirlo.

Guión (Córdoba), 18 de julio de 1936.

 

 

Entre el 17 y el 20 de julio de 1936 hubo cuatro importantes vuelos de generales, con cuatro finales muy distintos. Franco voló en un de Havilland Dragon Rapide a Tetuán desde Canarias, para hacerse cargo del Ejército de África en el Marruecos español. Todo fue bien. En otro Dragon Rapide, Núñez de Prado voló desde Madrid a Zaragoza para hacer valer su autoridad ante Cabañellas, sublevado en la capital de Aragón. Núñez de Prado fue detenido inmediatamente, encarcelado y fusilado algunas semanas después. Goded se trasladó de Mallorca a Barcelona en un hidroavión Savoia Marchetti, llegando a la capital catalana cuando las fuerzas militares sublevadas ya estaban perdiendo la batalla por la ciudad ante una coalición de guardias civiles y de asalto y milicias anarquistas. Goded fue juzgado y fusilado unas semanas después. Sanjurjo debía volar desde Lisboa a Burgos para hacerse con el mando del Alzamiento militar, pero la avioneta Puss Moth se estrelló al despegar demasiado cargada de un campo en muy malas condiciones y el general murió abrasado, atado a su asiento.

Tres de los aviones, los Dragon Rapide y un Puss Moth, eran de la firma de Havilland. Este fue probablemente el papel más importante que cumplieron los aviones de fabricación británica en la Guerra Civil española, pues el Gobierno de Su Majestad se negó a suministrar material aéreo de ningún tipo al de la República (a pesar del contrato de suministro en vigor que tenía con el Gobierno español de varias unidades de Hawker Spanish Fury) y fue el más activo sostén del embargo de armas a los dos bandos (los aviones ingleses civiles sí fueron contrabandeados en cierto número).

Los tres vuelos de los generales sublevados también muestran que lo que tenían en mente todos ellos, junto con tres generales claves más que no tuvieron que coger el avión para llegar a su puesto en el Glorioso Alzamiento: Mola, que vivía y trabajaba en Pamplona, Cabanellas, que residía en Zaragoza, sede de la Quinta División Orgánica que mandaba y Queipo de Llano, que recorría el Bajo Guadalquivir por esos días dentro de sus funciones como Inspector general de Carabineros. Los seis generales no pensaban en un golpe de estado clásico, un pronunciamiento (en español en el original) sino en una guerra civil corta, de unas pocas semanas de duración. De los seis generales, solo dos llegaron a conocer el día de la victoria, el 1 de abril de 1939, 1.000 días después del comienzo de la sublevación militar. Mola murió en accidente de aviación (lo que adjudica al colectivo “cúpula de generales golpistas españoles del primer tercio del siglo XX” una enorme tasa de mortalidad en accidente aéreo del 33%) en junio de 1937, y Cabanellas de muerte natural en mayo de 1938.

Los tres vuelos de los generales facciosos fueron la culminación y la parte más visible de un tráfago de comunicaciones muy intenso que fue necesario para coordinar el golpe. Los principales canales fueron el correo postal, que se usó mucho, la mensajería confiada a elementos de confianza, el teléfono y el telégrafo. También hubo reuniones vis a vis en lugares discretos, necesarias pues aún no se disponía de ningún sistema de teleconferencia. El correo postal era de confianza y su red llegaba al más apartado rincón del país, vía ferrocarril y líneas troncales de autobús que enlazaban con otras secundarias y por fin con los pueblos servidos por peatones, nombre antiguo de los carteros rurales. La gente escribía muchas más cartas que ahora, en que el 99% de la correspondencia es comercial. El canal postal resultaba lento, con una demora de varios días entre destinos dentro de la península y de semanas si era necesario llegar a las islas o a las posesiones africanas.

Pagando una sobretasa se podían utilizar los servicios de LAPE, Líneas Aéreas Postales Españolas, que enlazaba una red básica de ciudades con aviones que volaban a unos 250 km/h. El telégrafo y el radiotelégrafo era instantáneo, pero existía el inconveniente de las demoras en la entrega de los telegramas en el domicilio de los destinatarios. Como se pagaba a tanto la palabra, dio origen a una rama de la literatura en castellano, la expresión “telegráfica”. Otro inconveniente del telégrafo para la organización del golpe es que resultaba demasiado público, a diferencia de las cartas, que circulaban cerradas. El teléfono era el mejor instrumento de comunicación disponible en la época, pero estaba todavía poco extendido. Había aproximadamente un tercio de millón de teléfonos en toda España, uno por cada 70 habitantes.

Pero no estaban repartidos uniformemente, sino concentrados en las grandes ciudades de tal forma que un pueblo de varios miles de habitantes, sobre todo en el centro y sur del país, solía contar únicamente con dos o tres teléfonos, que se encontraban en el cuartelillo de la Guardia Civil, el Ayuntamiento y con suerte en casa de algún rico de la localidad. Se ha calculado que ocho de cada 100 familias tenían teléfono en 1936[6]. No era así en toda España. Guipúzcoa ocupaba puestos de cabeza en el mundo en la densidad de su red telefónica por kilómetro cuadrado. Por ejemplo, ocupaba el sexto lugar en estaciones de abonados y el segundo en estaciones públicas [7]. Por el contrario, en Benalup de Sidonia (Casas Viejas en la actualidad) había solo dos teléfonos en un pueblo de varios miles de habitantes.

La red telefónica (salvo la de Guipúzcoa) era propiedad de la CTNE (Compañía Telefónica Nacional de España), una filial de ITT (International Telephone & Telegraph). Había ganado la licitación en 1924, parece ser que por influencia directa de Alfonso XIII. La República intentó denunciar la concesión, pero pronto de echó atrás ante el poder norteamericano; como dijo Azaña, las cosas hubieran sido distintas si España hubiera tenido mil millones o quince acorazados en El Ferrol. La CTNE se adaptó con absoluta discrección a la guerra. No hubo una Telefónica nacional y otra republicana como ocurrió con CAMPSA y otras instituciones, sino que la compañía se escindió en cinco delegaciones, tres en zona nacional (Tenerife, Sevilla y Valladolid) y dos en zona republicana (Barcelona y Madrid, donde tenía su rascacielos-buque insignia en la Gran Vía)[8].

Los conspiradores debieron utilizar también la red de comunicaciones del Ejército y la Marina, pero es probable que resultara mucho menos segura que la civil, pues los soldados y marineros que la operaban estaban lejos de ser de confianza. Un cabo de la marina que se hizo famoso, Benjamín Balboa, utilizó la red de radio de la Marina con tanta habilidad desde su central en Madrid que contribuyó de manera importante a abortar el golpe de estado en los barcos de la Armada. Eso sucedió en las primeras y confusas horas después del Alzamiento y no es probable que los oficiales hubieran podido utilizarla antes a su placer para enviarse mensajes conspiratorios unos a otros. Balboa cortocircuitó los mensajes golpistas que pretendían aprovechar la red radiotelegráfica de la armada y actuó por su cuenta entablando contacto con los radiotelegrafistas de los buques. Fue un gran ejemplo de guerra electrónica.

El general Mola, que se suponía que dirigía la organización del golpe desde Pamplona, utilizó todos estos medios de comunicación para asegurar que todos los implicado en el ataque por sorpresa supieran qué hacer en el día D, hora H. Esta expresión no procede del desembarco de Normandía de 1944, sino que es más antigua, y parece que el ejército español la usó ya en el desembarco de Alhucemas y puede que antes.

El número ideal de oficiales implicados en un golpe de estado militar es uno solo, y que ocupe la cúpula de las fuerzas armadas o esté muy próximo a ella. En teoría, una vez dada la orden desde la altura suficiente, toda la cadena de mando inferior se pone en movimiento sin rechistar. El cuasi elegante golpe de estado de Primo de Rivera en 1923 se organizó mediante una reunión de cuatro generales prominentes y una comunicación al jefe del Estado, que aceptó no oponerse. No se necesitó más. En marcado contraste, Mola debió trabajar durante meses como un atareado jefe de empresa para poner en marcha el manual de operaciones de la guerra civil. Era un documento muy complejo, que incluía la contratación de un avión en Londres para llevar al capitán general de las Canarias a su puesto en Tetuán, infinidad de movimientos de menor importancia de generales y jefes a diferentes guarniciones, la firma de un convenio con la Comunión Tradicionalista, que a su vez llevaba años entrenándose y acopiando armas, así como directrices tácticas y estratégicas para tomar Madrid, instrucciones sobre la cantidad de violencia organizada a ejercer sobre los desafectos, plantillas para redactar bandos de guerra y borradores políticos de lo que vendría después.

 

[6] http://www.ucm.es/info/hcontemp/leoc/telecomunicaciones.htm
[7] Según el folleto Descripción, historia y estadística de la red telefónica de Guipúzcoa”. El Financiero-6 de julio. (1923), redactado por el ingeniero-director de la red telefónica de la provincia.
[8] Luis Enrique OTERO CARVAJAL: Las telecomunicaciones en la España contemporánea, 1855-2000 – Cuadernos de Historia Contemporánea- 2007, vol. 29.

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