El mundo, el estado y la ciudad: ¿quién está funcionando mejor?

Una mano humana con pústulas de viruela, grabado coloreado de W.T. Strutt (Europeana)

Reconociendo los denodados esfuerzos de los gobiernos para poner coto a la pandemia, hay que reconocer también que la megacrisis del Covid-19 está siendo gestionada por una institución inadecuada: el estado soberano. El estado es una construcción política pura, y se caracteriza principalmente porque tiene fronteras que lo separan de otros estados. Dicha frontera delimita un territorio, sobre el que el estado se ejerce el poder supremo, en teoría, hasta el último centímetro cuadrado. Hasta ahora vamos bien. Por ejemplo, un estado podría, ante la menor sospecha de que en el estado vecino hay una epidemia, cerrar las fronteras herméticamente y no dejar entrar ni al Tato. Bueno, es algo que todos los estados han intentado hacer, pero no sirve de nada. No funciona, porque las verdaderas fronteras de los estados, ahora mismo, están en los aeropuertos. Así que, cuando el estado soberano se quiere dar cuenta, tiene un montón de contagiados dentro. Resulta que el mundo no funciona a base de estados separados por fronteras, sino mediante ciudades unidas por redes de comunicaciones de alcance mundial. Las pandemias, y el Covid-19 no es una excepción, se ceban con las concentraciones de personas unidas en red, es decir con las ciudades. Ahí tenéis a las desdichadas Wuhan, Milán, Madrid y ahora Nueva York.

Las ciudades infectadas sí saben qué hacer si resultan contagiadas. La técnica es tan antigua que hasta la recoge el Corán: no salir de la zona infectada, no ir a ninguna localidad afectada. La ciudad se organiza para no dejar salir a nadie y para no dejar entrar a nadie. En el interior de la ciudad y su hinterland, se aisla a los contagiados y se intenta curar a los enfermos. El éxito o el fracaso en lidiar con una epidemia se mide en cada ciudad, como se vio en la gripe española de 1918-1920. China siguió a rajatabla el modelo de aislar la ciudad, cuando congeló la ciudad de Wuhan entera durante varias semanas, y la epidemia apenas afectó al resto de China. Ignoro si las autoridades locales de Wuhan tuvieron mucho que decir en la decisión, que probablemente vino de arriba, de Beijing, pero funcionó. Italia (o más bien las autoridades regionales, al principio) intentó aislar Milán, capital de Lombardía, pero con éxito no muy grande. La epidemia es mucho más intensa en el valle del Po, pero se ha extendido regularmente por el resto del país.

En España, Madrid, Bilbao y Barcelona cumplieron un extraño papel. Legalmente durante un par de preciosos días que siguieron al día en que se decretó un cierre parcial (de colegios, por ejemplo), estas capitales funcionaron como una granada de fragmentación, enviando miles de personas, algunas o muchas potenciales contagiadas, en una onda expansiva que, en el caso de Bilbao llegó hasta el norte de Soria y en el caso de Madrid abarcó todo el territorio nacional, es decir, los innumerables lugares donde los madrileños tienen su segunda residencia. Esta diáspora se prolongó después ilegalmente, cuando se declaró el cierre total, y costó mucho frenarla, a base de controles de carretera de la Guardia Civil.

El confinamiento se aplica, de acuerdo con el sagrado poder del estado, hasta en el último centímetro cuadrado de su territorio, sin atender a lo que dice la geografía y el sentido común. Si en la ciudad debe ser a rajatabla, allá en la España vaciada es más bien paradójico. Estepa de San Juan (Soria) tiene 7 habitantes para sus más de 10 km cuadrados, luego tocan a más de 1 km2 (un millón de metros cuadrados) por cabeza. En el distrito de Chamberí (Madrid) la densidad es 30.000 veces mayor. Cada chamberilero debe apañarse con 33 metros cuadrados. El pasmoso sistema que ha permitido a Corea del Sur esquivar lo peor de la pandemia no partió de un estado congelando todo su territorio, sino de un hábil mecanismo, adaptado al medio urbano, de detección y control de contagiados, con cierres parciales donde hacía falta. Requiere mucha tecnología, es una smart city funcionando a toda máquina.

Es verdad que la ciudad por sí sola no lo puede todo. Necesita el apoyo del sistema mundial de ciudades. Necesita, en realidad un gobierno mundial. Ese gobierno no existe, pero en materia sanitaria la OMS se le acerca mucho. La OMS es una las pocas instituciones de las que no se puede decir casi nada malo. Aunque usted no lo crea, organizó la campaña de erradicación mundial de la viruela, que comenzó en 1966 y terminó en 1980. La viruela, que mató centenares de millones de personas, no existe ya, salvo al parecer en forma de algunas muestras congeladas almacenadas entre feroces medidas de seguridad. En un mundo más cuerdo que el actual, el covid-19 habría sido mapeado desde sus primeras manifestaciones y combatido por decisiones vinculantes de la OMS.

En nuestro mundo, la decisión se dejó en manos de los gobiernos, unos 200, uno por cada uno de los aproximadamente 200 estados soberanos que hay en el mundo –ha sido triste comprobar que ni siquiera podemos contar con un gobierno de la Unión Europea. Ignorando la ecología del virus, ahora vemos una especie de horrenda competición entre países. China dejó atrás lo peor, Italia ve una pequeña luz al final de un túnel muy largo, España parece que ya está doblando la curva, los casos crecen con rapidez en Francia, Japón se replantea su estrategia, Estados Unidos se prepara para lo peor, etc. Se ha creado una rebatiña mundial por conseguir material médico que da lugar a titulares como “Turquía se apropia de los respiradores destinados a España” (luego se vio que no era verdad), que en otras circunstancias obligarían a bombardear Estambul, otra gran ciudad que empieza a sufrir el ataque del virus.

Si los estados soberanos están en apuros muy graves para gestionar esta catástrofe, las naciones asociadas a ellos, o más bien sus  correspondientes partidos nacionalistas, están absolutamente horripilados y escandalizados. La pandemia es lo peor que le puede pasar al nacionalismo. Se queda totalmente descolocado. Su razón de ser, su ideal, de repente no sirve para nada. El concepto de nación como isla feliz de puros patriotas y comunidad homogénea, a salvo y en contra del feo mundo exterior, es completamente ridículo en una epidemia global. En Francia Marine LePen y en España Vox claman al cielo contra el gobierno, completamente desencajados. Desde su punto de vista, la epidemia se combate cerrando las fronteras más herméticamente todavía y poniendo hombres armados en cada esquina (lo que no se aleja mucho de la solución vigente). En Cataluña se han producido algunos movimientos muy extraños cuando el nacionalismo local ha dudado entre salvar vidas o tocar las narices al gobierno opresor de Madrid. En Madrid el alcalde está funcionando bien, sin dejar espacio a las tonterías. En Barcelona pasa lo mismo. La ciudad cuida de los suyos, o al menos lo intenta, en mitad de esta calamidad.

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